Ese día José se enojó conmigo porque
llegué tarde. La pizza se enfrió por mi culpa y tal vez no llegaríamos a
tiempo para el evento de la librería. Sólo podía confiar en las
palabras que se deslizaban en esa noche bogotana. Hablar de la gestión
del diseño, las tesis, las jerarquías del trabajo intelectual, la
pertinencia de la filosofía como profesión. Cuando llegamos a nuestro
destino, toda esa amargura se diluyó en su amplia sonrisa y los dos,
como niños, comenzamos a saltar entusiasmados entre Homero, Whitman,
Mann y alguna Historia del Arte. Comimos una deliciosa torta de naranja
con chocolate. Luego le dije que necesitaba una foto en el baño, porque
al igual que el resto de la casa debía tener detalles encantadores y un
espejo grande, cualidad necesaria para salir los dos en una fotografía
análoga. Sólo había un baño. Alguien parecido a una anfitriona de la
casa, nos dijo con gesto maternal que entráramos juntos pero que no
tardáramos (guiño de ojo). Me gusta saltarme algunas reglas inútiles
como la separación por género o cantidad en el uso de los baños. Qué
agradable es la complicidad, tanto como las flores blancas y observar el
perfil de un hombre joven. Esa noche, José fue Oscar Wilde y también
Harry Potter. Cuando volvimos a la sala para el evento principal (la
rifa de bonos para libros) nos tomamos de la mano y con ello no me quedó
duda del poder extraliterario de la literatura.
