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martes, 31 de octubre de 2023

Desaparición

Hasta que la vela se apague, hasta que las lágrimas se sequen / Siempre quédate a mi lado, quiero que me mires / Hasta que se derrumbe, hasta que se rompa / Siempre aquí, quiero mirarte  KISS ME GOOD-BYE - BUCK-TICK

El pasado 19 de octubre murió Atsushi Sakurai (1966-2023) líder de la banda japonesa de post punk BUCK-TICK. La noticia apenas fue difundida en los medios al lunes siguiente, momento en que me enteré por mi amigo Jose. Esta no fue la única noticia ominosa que conocí por estos días: tengamos en cuenta que a inicios de ese mes se había recrudecido el genocidio en Gaza (es decir, la destrucción cruel e irracional de la infancia). Luego se sumaron las muertes de una compañera de trabajo, de la joven actriz Alejandra Villafañe (1989-2023) —cuya historia conocí por el conmovedor apoyo de su novio—, y del actor Matthew Perry (1969-2023), intérprete de Chandler Bing en la entrañable serie Friends (1994-2004). 

Menciono estos tristes acontecimientos, no por simple amarillismo, sino porque tuvieron un impacto inusitado en mí. La particularidad de estas personas es que a la mayoría las conocí gracias a los medios de comunicación. Aunque fueran famosos, o más bien pese a eso, experimenté hacia ellos cierta sensación de familiaridad, de cercanía. Esto lo viví, especialmente, con la muerte de Atsushi, ya que simboliza el reposicionamiento que estos eventos generaron en mí frente al impacto de la infancia y a los límites de la juventud. Es decir, actualizó en mí la consciencia dialéctica de la vida a través de la muerte.

Cuando vi la imagen del luto por Atsushi Sakurai la piel se me erizó y se me encharcaron los ojos. ¿Cómo podría ser que la muerte de un famoso me afectara de esa manera? En mi caso la muerte no ha sido una experiencia cercana —y es un miedo con el que lidio día a día—, pues solamente he sido consciente de la partida de mi abuela materna. De alguna manera Atsushi me hace pensar en ese duelo que como hija y amiga enfrentaré algún día. Y si su figura me puso en esta encrucijada emocional es porque, indirectamente, su voz me acompañó desde la infancia hasta el inicio de mi etapa universitaria.

La primera vez que lo escuché fue hace unos veinte años, en 2003, cuando vi en el canal Locomotion la serie anime Nightwalker cuyo ending era interpretado por BUCK-TICK. Como en mi casa no teníamos televisión por cable, ese universo animado japonés que tanto me gustó desde niña lo asocio  con los lugares donde podía verlo: la casa de mi prima Luisa o la casa de mi abuela materna. Esas eran las únicas oportunidades en que dormía fuera de casa; en que jugaba en compañía de mi "hermana"; y en que tenía mimos gastronómicos por cuenta de mi abuela. A lo largo de los años siguientes BUCK-TICK fue la banda sonora de varias de estas experiencias, porque luego estuvo en el opening de otra serie que vi en la adolescencia con mi prima y también hizo parte del repertorio de J-rock que mi amiga Milena  descargó en Ares y me compartía cuando yo aún no tenía internet en casa. 

En este caso la fama no fue sinónimo de una relación distorsionada, de envidia, competencia o idealización, sino de cotidianidad. Atushi, así como otros cantantes japoneses de los años noventa, acompañaron mis jornadas y me unieron a nuevas amistades. En su música están los recuerdos de mi niñez, de posibilidades de compartir, de conocer otras culturas. Por eso, cuando Sakurai murió me pareció increíble: es que una a estas alturas a veces olvida que la muerte acecha, que la muerte es el único destino y la única certeza, pero el afecto por los seres queridos nos lleva a evadirnos y querer estirar las presencias un poco más. 

Que Atsushi despareciera súbitamente, por un derrame cerebral, arrojó de tajo la pregunta por la desaparición de mis seres amados. Es que me volví a dar cuenta que la corporalidad tiene un peso singular, insustituible. Morir es, en primer lugar, desaparecer el cuerpo. Porque sí, por unos años quedan los artificios de la memoria y del lenguaje, los cuales nos brindan un consuelo ante la muerte de alguien amado, pero esos objetos nunca podrán darles una segunda vida. Yo nunca vi a Atsushi en un concierto en vivo, por tanto y, en estricto sentido, tanto vivo, como muerto, siempre fue para mí una presencial virtual. Sin embargo, ser testiga de su muerte, me obliga a aceptar su desaparición definitiva como cuerpo, es decir, a que nunca será posibilidad de presencia real, a que no podrá seguir creando con cierta sistematicidad (esto último lo digo porque ya vimos que la Inteligencia Artificial permitió "revivir" a John Lenon, aunque ciertamente es una práctica que no tendrá la ocasión o el interés de hacerse cotidiana, porque así perdería su eficacia). 

Por tanto, la muerte de Atsushi, su desaparición, me hizo sentir miedo ante la de mis seres queridos, ante la desaparición de sus cuerpos. El origen de esta conmoción se da porque refleja trágicamente mi interés principal en años recientes: buscar mi cuerpo, que quiere decir que busco realidades, mientras denuncio todo idealismo y especulación. Entonces saber que Atsushi murió significa que con la muerte desaparece el cuerpo y ese es el único lugar donde puede existir la acción, o sea el amor y la creatividad. De niña toda esa alegría con mi madre, mi prima, mi abuela, aquella alegría que justamente me recuerda la música de Atsushi, pasaba por el cuerpo: jugar, abrazar, dormir juntas, cocinar, comer, escuchar j-rock, ver anime. Es en esa lógica que me angustia la siguiente constatación: entonces sé que la memoria de la infancia también se evapora; reconozco que la juventud es pasajera y frágil; ya no me doy pajazos mentales sobre que "muere cuando se olvida", porque dejar de tener cuerpo, es el primer olvido. 

La muerte de un famoso que marcó mi infancia refuerza así mi estado actual ante la vida: el desgaste con los excesos filosóficos, con lo especulativo, con lo iluso y, por el contrario, mi búsqueda de consecuencias lógicas. La crudeza de la desaparición es una alerta para que mientras pueda le apueste a mi aparición, que no es lo mismo que a mi apariencia. Hace casi una década he luchado con la sensación de un cuerpo selectivamente voluptuoso, pero trabajo en aceptar que no se trata de anularlo, sino de permitirle que siga apareciendo, porque eso que percibo como exceso puede reacomodarse desde la realidad, no desde la suposición y la consistencia de ese esfuerzo se logrará mientras este cuerpo que ahora tiene pies y cabeza siga reapareciendo. 

Constatar una vez más la inevitabilidad de la desaparición, mi desaparición, me pone alerta sobre dejar de ser espectadora para ser participante y, sobre todo, una participante que entiende que los actos de habla y los actos de realidad no tienen que ser agresivos o acelerados, sino que pueden hacerse con determinación y a la vez con delicadeza, es decir, con un tipo de relacionamiento, procesual, bilateral, a una velocidad descansada, pero metódica que me permitirá llegar a una aparición lógica, donde lo que importa no son las emociones o las palabras reunidas, sino el sentido que he podido construir porque ya no me escondo en mí ni en el miedo, ni en el futuro. La desaparición está asegurada; es una constatación dolorosa. Procuraré que mi aparición, mi incorporación sea la posibilidad más cotidiana y alegre mientras eso otro ocurre. 

lunes, 31 de julio de 2023

Seguridad

I used to float, now I just fall down / I used to know, but I'm not sure now / What I was made for / What was I made for?

Este mes vi Barbie dirigida por Greta Gerwig y me gustó. Quiero decir con ello que la disfruté, que me sorprendió el pensamiento y que me emocionó, lo cual significa que la sentí cercana y, sobre todo, que me brindó coherencia. Incluso fui a dos funciones de la película, no solo porque me gustó, más bien porque ella representaba algo más que un guion puesto en fotogramas: Barbie ha sido ante todo un lugar de memoria en el que tejo complicidad con mi prima hermana, y con el cual quizá pueda suscitar en mi madre las inquietudes de un presente reivindicativo que quizá ella había intuido en su pasado.

Ante estos manifiestos, algunos lectores imaginarios —siempre lo son— dirán que resultan cursis, exagerados. Anticipo esta reacción porque he leído en redes sociales a quienes dicen abstenerse hablar sobre la cinta porque no es más que comercial de dos horas de duración. Esos comentarios me dan risa porque al comunicar la negación, lo negado es afirmado y expuesto. Yo solo pienso que nuestra mera existencia animal ya nos ha hecho consumidores, mientras que los siglos desde la Revolución Industrial en el siglo XVIII nos han hecho consumistas. Las variaciones del consumo es lo que une y a la vez separa el mundo de plástico de Barbieland, del mundo de plástico de cualquier ciudad del mundo. Es el agua en que nos movemos, So what? Personalmente me parece maravilloso que una película con una carga publicitaria tan deliberada y para nada disimulada, amplíe el fuelle de la reflexión. Que sea un producto para vender no impide que uno pueda pensar muchas cosas, incluso contra las ventas. Por su parte, la directora sabe que las ventas de las empresas involucradas están aseguradas y por eso, en un guiño satírico puede permitirse hackear un poco el sistema de la única forma posible: desde adentro. Greta asume el humor como su principal recurso narrativo para recordarnos en esta sutil sátira de qué se trata la vida humana: incomodar para lidiar con la incoherencia esencial de nuestra existencia.

Para mí lo más valioso de Barbie es que se trata de un relato para conjurar los idealismos. Por eso me parece un gran acierto que sean las mujeres quienes representan esta tendencia tan humanamente distractora que es idealizar. Porque es las mujeres a quienes culturalmente se ha presionado con más afán para cuidar la expectativa de "hasta dónde pueden llegar" para preservar un equilibrio social que se sustenta en la moralidad de su comportamiento, pero recompensa a los hombres con los privilegios derivados de esa ecuación. Pese a estas precisiones sociológicas sobre el género, lo cierto es que la película muestra que el idealismo es una distorsión que daña por igual unos y otras, a la especie.

El viaje de Barbie del mundo artificial al mundo real es el paso que hace el niño desde el narcisismo irresponsable hacia la realidad de la responsabilidad como terreno de la adultez. Y sí, seamos honestos, la realidad puede ser miserable, pero la mayor parte del tiempo son innecesarios dramas narcisistas y en cambio pueden experimentarse muchas alegrías. He aquí la secuencia clave de la película: nos dice Barbie que sin la muerte no hay deseo, que sin deseo no hay cuerpo y que sin cuerpo no hay realidad. Barbieland es la expresión de una gran psicosis colectiva, ¿no es acaso sospechosamente esquizofrénico estar convencida que se puede vivir en casas de dos pisos sin escalera y desayunar felizmente leche invisible?

Pero Barbie rompe su estado psicótico y descubre un organismo vivo, del que luego nace un cuerpo. Mas como todo nacimiento, este ser arrojado al mundo tiene consecuencias paradójicas: por un lado, la incomodidad, el displacer; por otro, la alegría. Por supuesto, la segunda solo llega cuando hay aceptación —no resignación— de la inexorabilidad de la primera. Por ejemplo, ir al ginecólogo, como lo hace Barbie al aceptar su cuerpo, no es la actividad más divertida, no representa ningún placer —a corto plazo—, de hecho, siempre representa dolor. No obstante, Barbie sonríe con ingenuidad, nosotras sonreímos porque es un proceso difícil pero que ayuda a ese cuerpo para que tenga la capacidad —salud— para vivir alegrías. Sin la dialéctica de la muerte, la vida no se valoraría.

Barbie estaba sumergida en su fantasía —igual que hacemos todos en la niñez— y no sabía que los sentidos la engañaban, porque ni siquiera era consciente de su existencia. Por eso el dolor cumple una función tan importante: es una alarma que nos hace prestar atención a algo que tendrá efectos duraderos sobre ese cuerpo. Así, el punto de inflexión de la narrativa es que Barbie adquiera consciencia y, sobre todo, experiencia de la muerte, de la imperfección, del dolor, del cambio, en otras palabras, de la historia —no de las ideas o ideologías inmanentes—. Es allí cuando aparece una realidad disruptiva porque es imperfecta: la representan los olores fastidioso, los dolores, el pan de plástico quemado y los pies en la tierra. Fue, entonces, el tiempo de la angustia ante el descubrimiento de la incoherencia esencial. Barbie lloró por primera vez.

Imagino que ella se preguntó: “¿Me estarán engañando los sentidos? ¿Si todo cambia en qué puedo confiar?” Sin embargo, una vez cruzado ese umbral —no sin esfuerzo— Barbie también descubrió otra acción potenciadora: la capacidad de resimbolizar, es decir, de jugar con el doble sentido de una palabra, de invertir sus significados y por vuelta imaginar lo que antes le aterraba como una posibilidad creativa. Veo a Barbie dándose cuenta de que la pregunta estaba mal formulada o, más bien, incompleta: “¿Y si los sentidos me engañan, por qué no los engaño yo a ellos?” Barbie aprendió a soltar el ideal y en ese punto pudo decir: "No soy lo que esperas que sea. Soy lo que yo puedo hacer". Pero... ¿A quién le dijo esto? ¿Ante quién se rebeló con justa causa? Aquí yo podría dar la respuesta simplista: los hombres; o la más refinada: el patriarcado. Sin embargo, me parece que es algo más cercano y concreto que sintetiza las angustias que aquellos generan: Barbie se rebeló, traicionó a su niña interna, esa que es ansiosa, caprichosa, insegura.

Cuando Barbie entró por primera vez al insólito mundo real, el principal síntoma de esa disonancia fue sentirse insegura por primera vez. Para alguien que siempre había sido totalmente fiel a sí misma, a su perfección, la duda se mostró como una fisura casi mortal. Pero, aclaro, esto no quiere decir que yo abogue por la autodestrucción, por el autoengaño o por la impostura, no digo que haya que traicionarse, así a secas. Digo que hay que ser lo suficientemente flexible como para saber traicionar ciertas emociones, sentimientos y pensamientos porque ellos no son hechos, ni son la verdad, son apenas transeúntes sobre los cuales sería un error basar decisiones. Barbie entendió nítidamente la sutileza de este método. Hay que traicionar el sentir, para ser fiel a una existencia propia y real. He ahí la base de la seguridad, de la coherencia que una demanda en un mundo que es constantemente inestable.

De todas maneras, yo sonrío irónicamente. Aquí estoy describiendo serenamente este recurso, pero la verdad es que me cuesta aplicarlo: ¿no es este el nudo de mi propio laberinto? Recién me percaté de que esa neurosis del celo ha sido un susurro permanente en mi oído. Ahora, gracias a la conversación con Mauricio esta se convirtió en una declaración contundente: ¿por qué le temo a la traición? ¿Por qué quiero sentirme especial para un otro cuya atención debe serme exclusiva? ¿Qué busco con esa atención? ¿Qué hago cuando la tengo? Nada, respondo... Luego me doy cuenta de esta verdad: la atención es solo un talismán, el truco tras este juego, mi propósito es hallar seguridad, coherencia. Mientras lo digiero conscientemente, Barbie me dice que además esa coherencia que busco no puede ser absoluta, ni perfecta, ni virtuosa. A propósito del honor masculino depositado en el comportamiento de las mujeres, traigo aquí la pregunta que nos hizo una mujer a otras que estábamos reunidas: “Y usted, ¿cómo la prefiere? ¿Bandida o agüevada? 'Obviamente, bandida'", respondió ella sin dudarlo. Pienso ahora que el uso despectivo de la palabra "bandida" vista sin prejuicio solo significa que se trata de una mujer aterrizada, que traiciona sentires e ideales propios y ajenos —patriarcales— para vivir su vida. La pregunta es muy útil para resolver los dilemas reales, es decir, los prácticos y no los filosóficos, que se presentan cotidianamente: “Y usted, ¿A cuál prefiere?" ¿La que pone los pies en la tierra o la que flota en una ensoñación ansiosa? Vamos, la respuesta no es difícil ¿O ustedes, lectores, qué creen?