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domingo, 29 de enero de 2023

Indispuesta

 

 

I was a rose in the garden of weeds / My petals are soft and silky as my sheets / So do not be afraid to get pricked by the thorns / While I'm here, I'm someone to honor / When I'm gone, I'm someone to mourn / My love's deep as the ocean / Don't you drown on me / Just know any love I gave you / Is forever yours to keep

 

Me gusta mucho el turrón de mango biche, el arroz frito y el pollo apanado. En este mes comí de los tres. Con la paleta me relajé, la recibí con mucho gusto y, sin embargo, me indispuso. Por el contrario, los otros dos los probé con temor porque me sentía enferma y, contra todo pronóstico, me sentaron bien. Aún recuerdo el agradable gusto salado que me proporcionan.

 

A propósito del helado, quiero contar otra anécdota con la cual me divertí y me angustié por partes iguales. Resulta que un pasajero del bus en que veníamos, aunque tuvo amplio margen tiempo para comprar un turrón, solo se decidió a hacerlo justo antes de que el carro arrancara. Me angustié porque el vendedor casi no alcanza a recibir el pago y me divertí porque el conductor se percató y en sus movimientos demostró su complicidad con la situación. Finalmente, fue el pasajero quien pagó el costo de su demora, pues tuvo que regalarle 1000 pesos de devuelta al vendedor, porque el conductor ya no podía retardar más la salida del bus.

 

Vistos así, estos relatos parecen experiencias inconexas y, sobre todo, triviales. No obstante, para mí estas historias prueban una vez más la profunda relación entre alimentación/digestión y vida anímica, y, con ello, la forma en que cada persona asume el costo de su vida, es decir, la forma en que se valora el tiempo. 

 

Al finalizar la segunda semana de enero sentía mi estómago rebotado. Tuve dolor en el cuerpo y perdí el apetito. Antes de ello recibí noticias inesperadas sobre mi posgrado, comencé a rumiar nuevamente sobre la tesis y me abandone a las hipótesis de mi futuro romántico a punta de inseguridad, prevención y desilusión autoimpuesta. Aunque en el discurso me recordé que la preocupación no resuelve ningún problema, lo cierto es que un malestar tan súbito solo podía ser una reacción emocional. De todas maneras separé la cita médica más cercana y si bien seguí el tratamiento, la conclusión del médico fue que estaba somatizando a toda máquina.

 

En resumen me sumergí en una marejada histérica que trajo sobre la mesa el sentimiento neurótico por excelencia: la culpa. Culpa por sentirme neurótica, es decir, exagerada y dramática. Por esto, traigo a colación al pasajero, al vendedor y al conductor de la anécdota. Identifico el afán de los dos primeros y la autorregulación del segundo. Por supuesto, mi actitud en estos días ha sido afanada y excesivamente analítica. Me angustia no poder responder frente a TODO (todo lo que son mis expectativas sobre la academia, el amor, el trabajo).

 

Hasta hace poco resolví una ecuación a la que daba muchas vueltas: no me lanzo a la vida porque no me siento preparada. Pues bien, gracias al trabajo con Mauricio acepté que nunca nadie va a estar preparado para vivir. Es absurdo pretenderlo y si se hace es al precio de caer en la obsesión la cual, como dice Patrick Avrane, "es una manera de indeterminar la temporalidad. Nada ocurre [...] El obsesivo padece la ausencia de experiencia". En ese caso, lo humanamente posible es saberse dispuesto (que es una disposición desde la valentía y no desde la técnica). Incorporar esta interpretación me ayudó a moverme en muchos sentidos desde la segunda mitad de 2022. Pero cuando asumo estos cambios también cometo el error de radicalizarlos: entonces necesito regularme porque estar dispuesta no significa estar dispuesta a TODO; de lo contrario corro el riesgo de estar indispuesta, como claramente me lo anunció mi estómago.

 

Mi cuerpo estaba pidiendo límites. Pero esta no es una acción sencilla para mí, porque considero que además del estrés regular hay una ansiedad específicamente femenina. Desde la biología evolutiva las mujeres estamos programadas para ser detallistas, cuidadosas, responsables (responder a TODO). Desde la cultura (y su barbarie) tenemos la presión del pico reproductivo y con ello una visión despectiva de las mujeres viejas. Esto genera en nosotras una agitación existencial, como si corriéramos una contrarreloj y una predisposición a los tratamientos y cirugías que prometen alargar la juventud. A eso se suma la percepción de inseguridad en las calles, por ejemplo, y la presión de que las madres son quienes terminan más implicadas (y sacrificadas) en la crianza de los hijos. Siempre a la carrera, siempre con un ojo en los matorrales del futuro.

 

Hasta ahora he leído un tercio de la novela Pechos y Huevos escrita por Mieko Kawakami. Allí la autora muestra de forma directa, tangible, brutal (aunque sin amarillismo) estas encrucijadas que vivimos en la modernidad varias generaciones de mujeres trabajadoras. Esta encrucijada, esta ansiedad se expresa en el estado de alerta permanente que se ha insertado con fuerza en la memoria corporal femenina desde nuestras abuelas y que expresa en la imposición de trabajar bajo cualquier condición cuando los esposos abandonan a sus hijos; en la vinculación casi causal entre belleza y salud; en la imposición de una biología delatora y urgente de su destino reproductor.

 

Midoriko es una adolescente de 11 años que aparece callada para el mundo adulto, casi indiferente, pero en realidad es por la lucidez dolorosa de una condición femenina que la atormenta. En sus escritos recoge el horror que le produce el paso a la adolescencia, porque esos cambios le hacen comprensible los sufrimientos de su madre, por ejemplo, las transformaciones corporales indeseadas tras convertirse en madre. Para Midoriko su mamá es una mujer sacrificada que la enoja y avergüenza. La maternidad no es, para Midoriko, una bendición, sino una cicatriz y una esclavitud. De ahí que su diario sea un manifiesto en contra del crecimiento no autorizado de los pechos o al hecho de que el feto femenino esté programado para hacer nacer, incluso antes de él nacer. Desde la perspectiva de la niña es como si la mujer estuviera condenada a ser madre (cuidadora, responsable, previsiva) y, por tanto, a ser explotada por la genética, por los hombres, por las fábricas, las oficinas y los bares.

 

Por otro lado, está Cleo, la heroína de Agnès Varda. Este personaje no muestra el lado reflexivo como lo hace Midoriko, sino el lado evasivo de esta ansiedad femenina. Cleo es una cantante joven y hermosa que enferma de cáncer, pero cuya angustia casi nadie toma en serio. Solamente la juzgan de dramática porque no pueden creer que alguien privilegiado pueda sentirse así, es más, que ni siquiera puede enfermarse gravemente. Incluso la mujer trata de autoengañarse con esta idea cuando dice que "la fealdad es una muerte, por tanto mientras sea bella está más viva que muchos", y así se refugia en el consumismo desaforado y en los caprichos materiales que esa belleza le permite. Sin embargo, depender de la lozanía de su cuerpo termina siendo otra presión derivada del aparente destino reproductivo de la mujer. Que sea atractiva es un signo de que ella es una pareja sana, por tanto apta para ser madre. 

 

Este un mecanismo que opera inconscientemente en hombres y mujeres. Pero que genera gran presión en estas porque son las que deben elegir con cuidado. Es como si los pasos en falso no estuvieran permitidos para nosotras. De ahí la aprehensión de Cleo frente a la desnudez: mientras su amiga Dorothea posa desenfadadamente ante los artistas, Cleo lo considera como una indiscreción. Esta es una afirmación muy simbólica porque obsesionarse con un ideal de la belleza la despojó de ser ella misma, la vació. Por el contrario, Dorothea, quien está alegre con sus imperfecciones, declara que su cuerpo no es para sentirse orgullosa, sino para ser feliz. De esa manera aparece una posición diferente a la angustia de Midoriko y de Cleo. No teme desnudarse quien está seguro de ser. Solamente la seguridad da paso a una libertad que pueda ejercerse realmente. Me alivió encontrar estos vestigios de subjetividad en Dorothea y en la taxista de la película porque son mujeres de carácter, pero no de mal carácter, es decir, son suaves, pero decididas y así han conjurado la ansiedad extrema.

 

Estos personajes me inspiran, pero lo cierto es que mi indisposición demuestra que todavía estoy transitando el camino de la hipervigilancia. Siento a la par risa y vergüenza porque, especialmente, en situaciones románticas aún me entristece o me enoja (¿pero qué es el enojo sino una forma de tristeza?) que me digan “solo diviértete", ¿"para qué pensar en eso (cierto futuro)?, ¿para qué pasar maluco, si ahora podemos pasar bueno?". Aún soy muy reactiva a este tipo de invitaciones, las tomo como un insulto, porque me suena a un juego tonto, donde yo soy el juguete. El juego equivale a decepción, como si solamente una constante metafísica elaborada pudiera salvarme de ella.

 

Pero la vida se trata, precisamente, de estar dispuestos a la desilusión y ello requiere superar la ansiedad femenina que nos hace ver peligro, allí donde solo se encizaña la imaginación: que si la tesis dice algo significativo, que si mi trabajo será validado, que si me amará más allá de mi juventud, que si podré ser mujer y no ser madre. Todas estas ideas revolotean en mi estómago y me han indispuesto cuando aparentemente me sentía más dispuesta. La paleta de mango biche, gusto de una tarde de verano, terminó por convertirse en sinónimo de dolor. Esto quiere decir que, en el fondo, esta histeria responde al principio obsesivo por excelencia: la paranoia que paraliza, porque nos movemos solo hasta que nos sintamos aseguradas (con promociones, con garantías), que no es lo mismo que sentirse seguras. Esta es la obsesión por la ganancia, por reducir la pérdida, por la utilidad absoluta.

 

¿Cómo desactivar esta condición de estrés? mi estómago me dice que aún no he incorporado definitivamente esa respuesta. Pero conversando con Diana recordé que "no hay que darse tanto palo". La frase desbloqueó en mí parte de la tensión acumulada. Aunque en estos días me he tratado con severidad, ahora trato de pasar a la suavidad de una autopercepción en la que yo misma me valido y, como Dorothea, me reafirmo en la seguridad de mi cuerpo. La suavidad que busco es un tipo de serenidad derivada de la confianza en las piernas propias y en la aceptación de que no hay camino de salvación. Solo hay camino. 

 

Por el pensamiento sereno quiero transformar, como decía Freud, "la miseria histérica en un infortunio corriente [cotidiano]". Para conjurar esta ansiedad, que confunde mi disposición hasta indisponerme, necesito tener presente que no todo es ganancia y que no siempre ganar más, producir más, aprovechar más es ganar. Hay que perder el afán, por ejemplo, para que no pase lo del intercambio apurado entre el ventero y el pasajero. La vida no se vive sin reconocer sus costos y es preferible que el camino sea llano: “El camino es llano para quien pueda pagar el costo sin verlo como un gasto”.

martes, 28 de diciembre de 2021

Improvisa


Light reflects from your shadow / It is more than I thought could exist / You move through the room / Like breathing was easy / And everyday / I am learning about you / The things that no one else sees / And with words unspoken / A silent devotion / I know you know what I mean / And the end is unknown / But I think I'm ready / As long as you're with me

Soy una aficionada de la semiótica. Me encanta observar y descifrar signos, es decir, interpretar. Tal vez de ahí se derivó mi pasión infantil por la lectura. Tal vez también fue lo que propició mi interés por las emociones: descifrar las intenciones o intereses de mis padres, de mis profesores, de mis amistades. Probablemente de esa pasión vino, finalmente, mi afinidad con la historia, un ejercicio de huellas y voces donde no hay última palabra, porque como dice un refrán: "La historia es hija de su tiempo". Esto quiere decir que siempre podemos imaginar no solo el futuro, sino también un pasado diferente. En resumen la historia me enseñó que siempre podemos imaginar.

Ahora bien, de tanto atender a los signos, de tanto exponerme a los misterios de la comunicación me he convencido de que la intuición no es más que una semiótica automática, una impresión que por su inercia la confundimos por espontánea, por ahistórica —como un chispazo de entendimiento venido de la nada—. Lo mismo me sucede con el concepto de magia: pensamos que es un acontecimiento sobrenatural, un asunto de brujas, espíritus, milagros. ¿Pero cuál es la esencia de lo mágico? es el hecho de que hay una transformación de la realidad a partir de un enunciado. Por tanto para mí la magia ha llegado a equipararse con la natural capacidad performativa del lenguaje. Decir es hacer. Es el sentido del hechizo, del spell: el pensamiento es ya verbo hecho carne. 

Pero estas consideraciones no son mi tema principal. Menciono la intuición y la magia porque a pesar de lo dicho, a veces me gusta creer en que sí hay un componente sobrenatural o más bien extrahumano en su ocurrencia. Quiero creer en que sí hay un diálogo con otras fuerzas que confrontan nuestro limitado ego y que hay señales que no son proyecciones propias, sino mensajes, signos de otros; signos otros. Hace poco me preguntaron cuál era el primer paso de la creatividad. No recuerdo que balbuceé, pero mi interlocutor no dudó en afirmar que era el desprendimiento, es decir, la renuncia al paradigma. Es algo similar a lo que ocurre con las frutas maduras cuando se desprenden, esto es, se diferencian del árbol que las concibió, separándose de la rama para adquirir un nombre propio —diferente al del árbol de origen— y con una existencia física totalmente individual y probablemente más dinámica. 

Concedí la razón a mi interlocutor y medité sobre mi experiencia. Entonces caí en cuenta de una omisión fundamental en el relato de mi identidad. Siempre he pensado mi autorrepresentación en términos de metáforas vegetales: semillas, tierra y raíces, pero con este cuestionamiento me di cuenta de que nunca hablé de frutos para referirme a algún aspecto de mi historia, aunque sí lo hice para referime a un otro, claramente diferenciado y deseado por mí. Con estas nuevas herramientas pienso que esta fue una manifestación de mi inconsciente, pues apelar al fruto implica reconocer una separación, dicho de otra manera, el reconocimiento de un dolor. 

También relacioné estas imágenes con mi obsesión por la validación y la descompensación vivida entre los extremos del borramiento y el lucimiento. Las raíces, subterráneas ni siquiera son visibles, mientras que los frutos son lo más vistoso y deseado del árbol. Entiendo así que la omisión deliberada de los frutos en mi discurso fue la manera de expresar mi inseguridad creativa y de revelar el temor a los duelos. 

¿Qué tienen que ver el desprendimiento, las metáforas arbóreas y la aprensión a duelar con mis reflexiones iniciales sobre la intuición y la magia? Con que recientemente me parece ver señales inconfundibles, señales extrahumanas que me quieren aleccionar, más bien confrontar mis paradigmas. Ellas me dicen que sí, que es necesario renunciar, que va a doler y que es necesario atravesar ese dolor porque al final validaré una diferencia que me permitirá descubrir mi propia textura y mi propio sabor. El mensaje, el signo es el siguiente: de este desgarro madurarás fruta. 

Quiero detenerme ahora en esos eventos aparentemente triviales, pero a la vez significativos, es decir, "mágicos" portadores de este mensaje. El primero fue que mi cámara análoga —inicialmente de mi padre— fue deteriorándose desde abril de 2021. Tercamente la sometí a varias reparaciones y ensayos, pero luego de hacer una última prueba, con flash incluido, hace tres semanas acepté que se había dañado. Las fotografías de ese concierto fueron su testamento: en otras palabras, reconocí su muerte y asumí su tumba en el fondo del armario lejos de los escenarios, de los miradores, del sol, de sus ojos, de su desnudez. Veo claramente en la cámara uno de mis paradigmas, primero, porque alimentó mi afán coleccionista —fotomemoria— y, segundo, porque hice depender de ella mi vínculo con alguien especial. En medio del trauma —de la resistencia— incurrí en el error y el mal gusto de sostener un guion rígido en donde tomé la parte como si fuera el todo, como si no pudiera colorear fuera de la línea, como si no hubiera más encuadres para componer otras y mejores escenas. Me resistí, me asusté, como ha sido hasta ahora, ante la improvisación. Por eso digo que lo ocurrido con la cámara es una señal mágica: los anillos de los lentes se desprendieron, de pronto, sin un golpe, sin una caída, sin una razón de peso y desde entonces hasta hoy me vi obligada a aceptar ese duelo: la Olympus no funcionará más.

El segundo evento fue con un objeto explícitamente relacionado con la memoria y, por eso mismo, paradigmático. Me refiero al disco duro externo de una tera que había comprado en febrero de 2021 principalmente con la intención de tener fuera de mi cotidianidad los registros relacionados con aquella persona. Como si presintiera o me hubiera comprometido con cumplir esta profecía guardé todo en ese disco: no quedó ningún respaldo en la nube ni en otro sistema. Sabía que este dispositivo era muy delicado y lo cuidé con atención hasta mediados de noviembre. Ese día justo después de vivir una amarga experiencia tuve un "olvido" y lo dejé caer. Desde ese día no pude acceder a los archivos y mi tío, que es técnico informático, no ha logrado extraer la información. 

En definitiva, a la fecha asumo que he perdido lo que había allí: toda una labor de curaduría y de narrativa coleccionista en la que revivía una y otra vez un guion averiado, fantasmal que por supuesto enfermó mi presente, pero cuyas consecuencias no quería aceptar. Verme desprendida de tajo, sin anestesia de esta información me generó dolores de cabeza, pero, insisto fue otra señal "mágica", porque fue la única y mortal caída que tuvo el disco y la cual llevó  a la des-aparición de un símbolo en el que se juega no sólo la renuncia a mi ansiosa y estéril inclinación coleccionista, sino, sobre todo, mi duelo alrededor del deseo, del deseado. 

Por eso me gusta creer que esos signos de desintegración física en una cámara y un disco son producto de algo más, de un mensaje-otro —otro que no sé nombrar pero que no es mi ego— que me dice: "Asimila el dolor de renunciar a la memoria porque perder no signfica que te conviertas en perdedor". No todos los triunfos son éxitos y también se gana cuando perdemos. Ahora mismo estoy en la frontera de ganar el sabor de mi propio jam, de asumir la invitación a la vida nueva [la dantesca Vita nuova] donde no importarán los guiones —cámaras, memorias, discos [rayados], conceptos, falsa racionalización, caprichos ajenos— sino la interpretación, el fruto liberado, de mi íntima convicción en renovado presente.

jueves, 23 de diciembre de 2021

Transfiguración


Veo las cosas como son / Vamos de fuego en fuego hipnotizándonos / Y a cada paso sientes otro déja vu / Similitudes que soñás / Lugares que no existen / Vuelves a pasar / Errores ópticos del tiempo y de la luz / Todo es mentira, ya verás / La poesía es la única verdad / Sacar belleza de este caos es virtud

Noviembre y diciembre han aguzado los sentidos y, especialmente, el sentido de la prudencia. Hasta el momento la fijación, la obsesión se estaba convirtiendo en el único método de activar el pensamiento, de ensimismarme en ese remedo de experiencia que es la acción debilitada, es decir, la inacción hiperconsciente. La soledad ya ni siquiera era soliloquio; se había convertido en un ruido sin voz que me llenó de terror y me empujó a buscar algún estímulo externo que confrontara mi cobardía y sacudiera —resignificara— mis errores de percepción. Entonces acudí a dos fuentes, a dos manantiales: la amistad y el psicoanálisis. En ambos busqué instintivamente la cura por la palabra: mientras en el primero ejerzo la escucha, en el segundo el habla, pero los dos tenían el propósito de mirar más allá de mi nariz, de mi ombligo desgastado, del vaso con agua en el cual creo ahogarme. 

Y aunque inicialmente participar de la escucha me permitió redimensionar la exageración de mis neurosis —el idealismo díscolo—, también es cierto que luego me sentí saturada: del extremo ermitaño pasé al extremo del compromiso ilimitado con las historias del otro. El hecho de conocer desde varios ángulos el malentendido entre dos amistades en común me llevó a una urgente reflexión sobre la necesidad social de la mentira —o, con mayor precisión, de la ficción— y sobre la imposibilidad de una verdad referencial. En esta constatación, además del análisis personal que he reiniciado, fueron muy esclarecedoras las palabras de Rodrigo Asseo y de Néstor A. Brausntein —ambos psicoanalistas— ya que fueron ese primer eslabón para asimilar en víscera propia por qué somos responsables de lo que decimos pero no de lo que el otro fallidamente escucha. De esta manera, el torbellino de representaciones apresuradas y de acusaciones subjetivas a cuatro voces en que me sentí arrastrada, desordenada e incluso triste fue calmándose, desacelerando hasta ser brisa y finalmente paisaje sereno. 

Pero esta serenidad no fue la respuesta a un referente literario o a la clínica de análisis externos; se trata más bien de que la abstracción fue sometida a lo concreto, es decir, a mi propia experiencia: ¿por qué la moral exalta la sinceridad, cuando esta no equivale a decir verdad sino a decir lo que pensamos —una percepción personal— porque lo creemos verdadero? La sinceridad no es más que una fe, una mitología sobreestimada y por eso locuaz, que no elocuente. Pienso entonces en el descaro del ego, quien en su pretensión de sinceridad se hace hipócrita y, por tanto, el primer mentiroso: quiere condenar a los demás, a los que le han mentido; quiere denunciar el mugre en el ojo ajeno, sin decidir percatarse del propio. Reconozco haber asumido esa posición condenatoria en el pasado —la falsa consciencia de lo verdadero—, pero desde noviembre observé con atención mi discurso y reconocí a través de él mi activa participación en la mentira, en esta práctica que —fuera perversiones— es otro nombre para el matiz, para el diálogo equilibrado. 

Quiero aclarar que no se trata de someterse al otro, de ser complaciente: no voy a decirle lo que quiere escuchar, sino lo que puede escuchar. En vez de responder, el propósito en este movimiento es escuchar al interlocutor, dejarle hablar y a partir de ahí ser comprensivos, sensibles al contexto que su actitud revela. De esta manera descubriremos las condiciones de lo soportable y con ello las rutas que mantendrán viva una interlocución que mutuamente se desea sostener: este es el sentido de la verdad transferencial, esto es, que no es inmanente sino que existe por una relación que a su vez nunca es totalmente legible, que siempre oculta algo. Así es como he descubierto, aceptado y promovido la realización de mis secretos, por ejemplo, no explicar las manchas en mis dientes; difuminar en la bruma de la sospecha el placer ante el espejo; o esconder el paradero de mi sueño fuera de casa.

Estos dos meses se han resumido, parcialmente, en esa inquietud por el estatuto de la verdad en las relaciones sociales. Porque lo cierto es que la ficcionalización —o la mentira— es el sustento del contrato social, pero también del amor y ambos encarnan la noble —y conflictuada— búsqueda de la humanidad por conjurar la crueldad. Es en el derecho y en el erotismo donde el ímpetu desorganizado de ese rasgo animal se transfigura para convertirse en compasión. Ya lo dijo Cerati con la contundencia liviana del poeta: "Sin secretos no hay amor". Esto significa que mentir, no-revelar/velar, es la expresión más concreta y saludable de la prudencia. Amar a la polis y amar al amante son realidades que precisan de la autocensura, de la sensibilidad ante el interlocutor para calibrar qué de nosotros puede recibir. Amar implica filtrar y asumir que la necesaria opacidad del discurso ofrece mayor nitidez a lo que efectivamente se muestra. Dicho de otra manera, la verdad es lo que no se puede mostrar, es el no-saber; la mentira es lo que podemos ser, es saber que no sabemos y que el deseo —el encuentro— ocurre en el misterio creativo del secreto, del déjà vu.