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sábado, 8 de febrero de 2025

Despertador


My daddy always said / Nothing worth doing comes easy / Time is not your friend / Time is not your remedy / No amount of waiting will make you / Make you brave / No amount of fear will keep you / No amount of fear will keep you safe - The Crane Wives - "Keep You Safe"

And these steps I take wont go to waste/ If i'm moving towards something / I want to believe  / There's something left for me / A new discovery waiting for me - The Crane Wives - "New Discovery"

Hace mucho tiempo no escribía aquí. Podría justificarme ante mis imaginarios lectores diciendo que precisamente ese “mucho” se debe a que me “faltó” tiempo. Pero rápidamente me prevengo de esa trampa, porque recuerdo la frase que me dijo Pablo hace ya 17 años: “El tiempo no sobra ni falta, tú te lo das y te lo quitas”. Yo tomé la decisión de usar este tiempo de otra manera porque estaba convencida de que los resultados de esa decisión me llevarían a construir una vida más alegre y digna. Hoy confirmo que el esfuerzo fue fructífero porque escribí una tesis de maestría que me angustió por 8 años mientras la rumié en el cabeza, pero que me reconcilió con mi aptitud generativa cuando la convertí en acción alineada con la realidad. Soy consciente de que el tiempo no me faltó, sino que lo destiné a convertir en verbo la idea estancada: escribiendo fuera de este blog concluí deudas financieras y burocráticas, pero sobre todo saldé la deuda con mi creatividad y con la seguridad de lo que puede mi cuerpo, especialmente, la capacidad de crear conexiones significativas que abren nuevos caminos para imaginar, es decir, para desear. 

Sin embargo, es paradójico que luego de esta experiencia aún sigo luchando con cierta idea del tiempo, especialmente, cuando pienso en rutinas personales sintomáticas, en el horario laboral o en los cronogramas. Luego de dedicarme a escribir y exponer una tesis durante la mayor parte de 2024, hoy me siento abrumada por el anhelo de “reponer” en el trabajo y en mi intimidad el tiempo que entonces me tomé. A menudo me siento en una carrera que estoy “perdiendo”, como si contrajera una “deuda” con el tiempo que se manifiesta en la aspiración vital de contar, indeclinablemente, con suficiente flexibilidad horaria y “más” tiempo “libre”. ¿Libre? ¿De qué? ¿De quién? 

Sí, sé que soy yo quien jerarquiza el uso del tiempo, pero también me percato de que necesito incorporar esa comprensión de una forma más sistemática y menos automática, como quizá lo hice en 2024 a la manera de una táctica de supervivencia. Esto lo digo porque hace un mes Mauricio afirmó que mí me gustan los horarios, la organización, pero no responder a la corporación o, en otras palabras, a un amo. O sea soy radicalmente mujer en sentido lacaniano. Entiendo así que mi disonancia se debe a que asimilé estos principios para un tiempo psicológico (individual), pero aún no para el tiempo social. ¿Acaso el tiempo, así entendido, es EL amo? Tal parece que es mi percepción inconsciente porque cuando me preguntaron por el origen del reloj y por qué creía que se había inventado, inmediatamente respondí que para medir la productividad del obrero de fábrica, pero, sobre todo como una estrategia para hacerla más eficiente, es decir, para que el patrón obtenga mayor rendimiento en menor tiempo. 

Por esta razón, me interesa preguntarme con más detenimiento por el reloj, por las condiciones de su surgimiento, y sobre todo por lo que ganamos y perdimos (como individuos y como sociedad) con ese artilugio. Algunos libros dicen que el objeto de los historiadores es estudiar la humanidad en el tiempo y, sin embargo, parece que yo misma tuviera una relación hostil, con él, atribuyéndole una tiranía casi metafísica. De ahí que estuviera predispuesta a desconocer la existencia del reloj en épocas antiguas. La historia se trata de describir los matices humanos. Por el contrario, mi respuesta inicial desestimó esa diversidad constitutiva. Y es que incluso hoy existen varios tipos de reloj: los despertadores, cronógrafos, cronómetros, metrónomos y taxímetros. Esto me lleva a reconocer que el reloj —como el lenguaje— es una tecnología, es decir, una herramienta que tiene función, pero no valor moral intrínseco. Leyendo más detenidamente sobre su historia, observo que este surgió desde la Antigüedad (mesopotámica, egipcia y grecorromana) para satisfacer la demanda social de fraccionar el día cada vez con mayor exactitud. En otras palabras, el reloj es un instrumento para medir el tiempo. 

Pero, ¿qué es el tiempo? Una bella definición de la Real Academia Española lo califica como la “Duración de las cosas sujetas a mudanza” y luego como edad, estación, oportunidad, clima, época en la que vive alguien o sucede algo o “cada uno de los actos sucesivos en que se divide la ejecución de algo”, por ejemplo, el ejercicio o la música. Por otro lado, para la física es una magnitud que, aunada a velocidad y gravedad, mide la duración de los acontecimientos y cambios; para la filosofía es una forma de la experiencia sensible; y para la gramática una categoría que localiza la acción del sujeto a partir de un momento dado. Desde esta descripciones puedo definir al tiempo como sinónimo de cambio, por tanto, de acción, por tanto, de realidad. Entonces lo que se busca con el reloj es ordenar dicha realidad. Pero el reloj es más específico porque, aunque existen otros instrumentos como el calendario, su particularidad radica en que se ocupa de la unidad temporal más pequeña, es decir, más concreta, que es el día, jornal o jornada. Ese es el momento más inmediato, cotidiano y disponible para que las personas ejecutemos y trabajemos, o sea, llevemos a cabo actos, acciones, verbos: la vida. 

Aquí es donde el cruce con la historia abre una oportunidad para resignificar mi prevención actual hacia el tiempo, al conocer que los antiguos egipcios introdujeron la gnomónica como ciencia para el diseño y construcción de relojes solares. De esa ciencia antigua rescato dos elementos clave: primero, que gnomon significa guía o maestro; y segundo, que los relojes iniciaron midiendo nuestra posición en la Tierra con relación al sol. Es decir, el reloj surgió menos  como un tirano y más como un mentor que guía nuestro posicionamiento en el mundo; posición que precede la toma de decisiones por la cuales terminamos habitando ese mundo. Por lo tanto, en esta mezcla entre tecnología, astronomía y matemáticas surgió la oportunidad de organizar la vida humana (e incluso divina si pensamos en el Génesis) en su unidad mínima: el día a día. 

En este contexto me parece importante presentar un breve recorrido histórico de las transformaciones tecnológicas del reloj. Además de los relojes de sol, la Antigüedad también tuvo relojes de agua que sirvieron en Grecia para medir los turnos de los oradores y en Roma para definir los turnos de guardias nocturnas. Entre el siglo VI y el siglo XVII se crearon los relojes de misa (un reloj de sol situado en las fachadas de los monasterios), los relojes de arena y el primer cronómetro náutico estable. De esta manera, la importancia dada a los ritos religiosos cristianos y a la navegación marítima —origen de la primera globalización— fueron los principales causantes de estos ajustes. En tierra, las torres del reloj y los campanarios inspirados en estas tecnologías empezaron a informar las horas del día en cada ciudad. Pero fue la practicidad y discreción de los relojes de arena lo que hizo que esta demanda social por medir el tiempo creciera progresivamente. Ese fenómeno hizo que mientras en tiempos remotos el reloj fuera un objeto externo que hacía parte del paisaje o de la arquitectura, en esta nueva fase pasara a integrar el interior de los edificios y de las casas, convirtiéndose en parte de la cotidianidad ya no solo comunitaria, sino familiar. Fue así como el reloj de arena ingresó en iglesias, hogares y lugares de trabajo para medir sermones, tiempos de cocción y descansos del trabajo. 

Mientras tanto, hacia el siglo XVI aparecieron el péndulo y el reloj mecánico, siendo esta su versión más precisa, pequeña y barata, lo que permitió crear los primeros relojes de bolsillo transformados en objetos de lujo para las clases altas. En la Revolución industrial —ocurrida entre los siglos XVIII y XIX— apareció el reloj de fábrica para coordinar los movimientos de los trabajadores y las máquinas, a la par que fungía como símbolo del progreso industrial. No obstante, al inicio del trabajo fabril aún no se había democratizado una herramienta fundamental para los nuevos obreros fabriles y los estudiantes. Me refiero al despertador, por eso era necesario el oficio de knocker-up, personas dedicadas a golpear puertas y ventanas de sus clientes hasta garantizar que este se despertara. Esto significa que el reloj de la Revolución industrial sí supuso un disciplinamiento inédito para la jornada de los nuevos trabajadores. Pero también queda claro que el reloj no empezó, ni terminó allí, pues, por ejemplo, el invento del telégrafo a mediados del siglo XIX permitió crear los husos horarios y estandarizar el tiempo a nivel mundial, eliminando así la existencia de horas locales en cada ciudad y con ello la dificultad para viajar y comunicaciones internacionalmente. 

Por último, me sorprendió conocer que el paso del reloj al cuerpo, es decir, su conversión en objeto portátil, inició con las mujeres. Efectivamente, en el siglo XIX una hermana de Napoleón encargó a un relojero suizo el primer reloj de pulsera. Como este se sujetaba con cintas y cadenas, desde entonces se convirtió en un popular adorno del vestuario femenino de élite, al asemejar una joya. Que los hombres acogieran un objeto femenino, se debió a la Primera Guerra Mundial, ya que pilotos y militares necesitaban mirar la hora sin necesidad de soltar los controles de avión o las armas. Por esa coyuntura los relojes de pulso se hicieron parte de la vida social de ambos géneros, popularizándose hasta el punto de que muchos relojes mecánicos de pulso siguen considerándose hoy como exclusivas obras de arte y, en esa medida, funcionan como signos de distinción social. Finalmente, los relojes “inteligentes” de la actualidad se comportan como mini computadoras casi insertas en el cuerpo del portador, ya que miden pulsaciones, pasos, presión u otros signos vitales. 

Al observar históricamente sus tipologías concluyo que el reloj es el artificio social por excelencia. ¿Esto es algo negativo? En principio no, porque de hecho la principal ganancia de este invento es que evidenció de forma concreta y no metafísica que la interacción humana precisa de consensos para que esos intercambios puedan funcionar: en esta historia el reloj es el correlato de ritos, servicios, comercios, navegación, combates y oficios en los que intervenían al menos dos partes, incluso toda una ciudad, dos continentes o todo el planeta. De esta manera, el reloj ha contribuido a crear un sentido de comunidad y a establecer acuerdos sociales que han facilitado la convivencia (turnos o citas acordados, definición de ritos compartidos), la justicia (el taxímetro permite establecer cobros no arbitrarios), la seguridad (en la navegación y aviación permite a los tripulantes prepararse mejor considerando la duración del viaje), la comunicación (los usos horarios) y mayor calidad en los oficios que requieren precisión (cocina, música, farmacia, cirugías). Es decir, el reloj proporciona un orden que es técnica y socialmente útil para la ejecución de tareas, al convertirlas en acciones finitas, de plazos estandarizados y objetivos que facilitan su cumplimiento.  

Por otro lado, si evalúo lo que se perdió con el reloj, está, por un lado, que al ser un objeto material tuvo un impacto social disruptivo: convertido progresivamente en adorno del cuerpo este ha funcionado como un marcador de diferenciación social, de separación a través del lujo. Esta ruptura del lazo social también se hizo evidente en su uso dentro de la guerra, incluso a la manera de temporizadores de artefactos explosivos. Sin embargo, lo que estos dos fenómenos demuestran es que si bien el reloj se hizo cada vez más asequible, esto no impidió que funcionara simultáneamente como un objeto para la jerarquización social, o sea, para evidenciar el conflicto de clases. Su masificación no significó que el tiempo funcionara de la misma manera para todas las personas, porque en las interacciones y, sobre todo, en las laborales no siempre hay igualdad de condiciones para negociar, para crear acuerdo. 

Esto significa que el tiempo no es el tirano, pero sí puede serlo el patrón que monopoliza cómo se organizará el jornal de su empleado, o que determina cuáles son los criterios para medir su eficiencia. En otras palabras, sí considero que el reloj con su radical precisión y su omnipresencia corporal llevó a la pérdida o coartación de ciertos niveles de autonomía y de privacidad o intimidad para que el individuo tome decisiones. Por lo tanto, así como el reloj es la oportunidad de acordar límites que permiten a las personas moverse con seguridad, o lo que es lo mismo, poder tolerar una tensión más o menos insoportable que se impone, o sea esperar; en otras ocasiones, ese mismo reloj puede convertirse en una herramienta invasiva que suscita extralimitaciones, la voracidad de un tercero sobre su tiempo o sea el material que tenemos para actuar. Es bajo esa presión que aparecen nociones extrañas como tiempo “libre”, por oposición al tiempo laboral, o “perder” el tiempo por reflejo a esa obsesión colectiva con la productividad que solo mira resultados sin considerar procesos y contextos (¿Acaso perder es siempre una derrota?). 

Es en ese escenario donde la figura del knocker-up me resulta atractiva, porque en una época donde el reloj ya había estandarizado el trabajo, el comercio y los viajes, todavía había alguien que no “dependía” del reloj, pero de cuya puntualidad sí dependían quienes organizaban su rutina de trabajo alrededor del reloj de fábrica. Lo llamativo radica en esta pregunta: ¿quién despierta al despertador? la respuesta es que él o ella misma. Por tal razón, esa figura recupera, para mí, la sentencia inicial de este escrito: “El tiempo no sobra, ni falta, tú te lo das y te lo quitas”. A la par, me recuerda una situación muy personal por la que pretendo "quedarme con el pan y el queso" sin aceptar que se pueden tener ambas cosas, pero no “al mismo tiempo”. Es decir que soy yo quien debo despertarme, decirme no. Para ambas situaciones el knocker-up expresa una verdad que deseo interiorizar más conscientemente: la autonomía, siempre es sinónimo de responsabilidad y la responsabilidad implica aprender a reconocer el momento, el tiempo en el que debemos decirnos, íntima y solitariamente “No”. La acción, el cumplimiento de la jornada solo ocurre aceptando las limitaciones de cada día, es decir, lo que hoy haces con lo que ya tienes, lo que solo tú te das y lo que solo tú te quitas. 

martes, 31 de octubre de 2023

Desaparición

Hasta que la vela se apague, hasta que las lágrimas se sequen / Siempre quédate a mi lado, quiero que me mires / Hasta que se derrumbe, hasta que se rompa / Siempre aquí, quiero mirarte  KISS ME GOOD-BYE - BUCK-TICK

El pasado 19 de octubre murió Atsushi Sakurai (1966-2023) líder de la banda japonesa de post punk BUCK-TICK. La noticia apenas fue difundida en los medios al lunes siguiente, momento en que me enteré por mi amigo Jose. Esta no fue la única noticia ominosa que conocí por estos días: tengamos en cuenta que a inicios de ese mes se había recrudecido el genocidio en Gaza (es decir, la destrucción cruel e irracional de la infancia). Luego se sumaron las muertes de una compañera de trabajo, de la joven actriz Alejandra Villafañe (1989-2023) —cuya historia conocí por el conmovedor apoyo de su novio—, y del actor Matthew Perry (1969-2023), intérprete de Chandler Bing en la entrañable serie Friends (1994-2004). 

Menciono estos tristes acontecimientos, no por simple amarillismo, sino porque tuvieron un impacto inusitado en mí. La particularidad de estas personas es que a la mayoría las conocí gracias a los medios de comunicación. Aunque fueran famosos, o más bien pese a eso, experimenté hacia ellos cierta sensación de familiaridad, de cercanía. Esto lo viví, especialmente, con la muerte de Atsushi, ya que simboliza el reposicionamiento que estos eventos generaron en mí frente al impacto de la infancia y a los límites de la juventud. Es decir, actualizó en mí la consciencia dialéctica de la vida a través de la muerte.

Cuando vi la imagen del luto por Atsushi Sakurai la piel se me erizó y se me encharcaron los ojos. ¿Cómo podría ser que la muerte de un famoso me afectara de esa manera? En mi caso la muerte no ha sido una experiencia cercana —y es un miedo con el que lidio día a día—, pues solamente he sido consciente de la partida de mi abuela materna. De alguna manera Atsushi me hace pensar en ese duelo que como hija y amiga enfrentaré algún día. Y si su figura me puso en esta encrucijada emocional es porque, indirectamente, su voz me acompañó desde la infancia hasta el inicio de mi etapa universitaria.

La primera vez que lo escuché fue hace unos veinte años, en 2003, cuando vi en el canal Locomotion la serie anime Nightwalker cuyo ending era interpretado por BUCK-TICK. Como en mi casa no teníamos televisión por cable, ese universo animado japonés que tanto me gustó desde niña lo asocio  con los lugares donde podía verlo: la casa de mi prima Luisa o la casa de mi abuela materna. Esas eran las únicas oportunidades en que dormía fuera de casa; en que jugaba en compañía de mi "hermana"; y en que tenía mimos gastronómicos por cuenta de mi abuela. A lo largo de los años siguientes BUCK-TICK fue la banda sonora de varias de estas experiencias, porque luego estuvo en el opening de otra serie que vi en la adolescencia con mi prima y también hizo parte del repertorio de J-rock que mi amiga Milena  descargó en Ares y me compartía cuando yo aún no tenía internet en casa. 

En este caso la fama no fue sinónimo de una relación distorsionada, de envidia, competencia o idealización, sino de cotidianidad. Atushi, así como otros cantantes japoneses de los años noventa, acompañaron mis jornadas y me unieron a nuevas amistades. En su música están los recuerdos de mi niñez, de posibilidades de compartir, de conocer otras culturas. Por eso, cuando Sakurai murió me pareció increíble: es que una a estas alturas a veces olvida que la muerte acecha, que la muerte es el único destino y la única certeza, pero el afecto por los seres queridos nos lleva a evadirnos y querer estirar las presencias un poco más. 

Que Atsushi despareciera súbitamente, por un derrame cerebral, arrojó de tajo la pregunta por la desaparición de mis seres amados. Es que me volví a dar cuenta que la corporalidad tiene un peso singular, insustituible. Morir es, en primer lugar, desaparecer el cuerpo. Porque sí, por unos años quedan los artificios de la memoria y del lenguaje, los cuales nos brindan un consuelo ante la muerte de alguien amado, pero esos objetos nunca podrán darles una segunda vida. Yo nunca vi a Atsushi en un concierto en vivo, por tanto y, en estricto sentido, tanto vivo, como muerto, siempre fue para mí una presencial virtual. Sin embargo, ser testiga de su muerte, me obliga a aceptar su desaparición definitiva como cuerpo, es decir, a que nunca será posibilidad de presencia real, a que no podrá seguir creando con cierta sistematicidad (esto último lo digo porque ya vimos que la Inteligencia Artificial permitió "revivir" a John Lenon, aunque ciertamente es una práctica que no tendrá la ocasión o el interés de hacerse cotidiana, porque así perdería su eficacia). 

Por tanto, la muerte de Atsushi, su desaparición, me hizo sentir miedo ante la de mis seres queridos, ante la desaparición de sus cuerpos. El origen de esta conmoción se da porque refleja trágicamente mi interés principal en años recientes: buscar mi cuerpo, que quiere decir que busco realidades, mientras denuncio todo idealismo y especulación. Entonces saber que Atsushi murió significa que con la muerte desaparece el cuerpo y ese es el único lugar donde puede existir la acción, o sea el amor y la creatividad. De niña toda esa alegría con mi madre, mi prima, mi abuela, aquella alegría que justamente me recuerda la música de Atsushi, pasaba por el cuerpo: jugar, abrazar, dormir juntas, cocinar, comer, escuchar j-rock, ver anime. Es en esa lógica que me angustia la siguiente constatación: entonces sé que la memoria de la infancia también se evapora; reconozco que la juventud es pasajera y frágil; ya no me doy pajazos mentales sobre que "muere cuando se olvida", porque dejar de tener cuerpo, es el primer olvido. 

La muerte de un famoso que marcó mi infancia refuerza así mi estado actual ante la vida: el desgaste con los excesos filosóficos, con lo especulativo, con lo iluso y, por el contrario, mi búsqueda de consecuencias lógicas. La crudeza de la desaparición es una alerta para que mientras pueda le apueste a mi aparición, que no es lo mismo que a mi apariencia. Hace casi una década he luchado con la sensación de un cuerpo selectivamente voluptuoso, pero trabajo en aceptar que no se trata de anularlo, sino de permitirle que siga apareciendo, porque eso que percibo como exceso puede reacomodarse desde la realidad, no desde la suposición y la consistencia de ese esfuerzo se logrará mientras este cuerpo que ahora tiene pies y cabeza siga reapareciendo. 

Constatar una vez más la inevitabilidad de la desaparición, mi desaparición, me pone alerta sobre dejar de ser espectadora para ser participante y, sobre todo, una participante que entiende que los actos de habla y los actos de realidad no tienen que ser agresivos o acelerados, sino que pueden hacerse con determinación y a la vez con delicadeza, es decir, con un tipo de relacionamiento, procesual, bilateral, a una velocidad descansada, pero metódica que me permitirá llegar a una aparición lógica, donde lo que importa no son las emociones o las palabras reunidas, sino el sentido que he podido construir porque ya no me escondo en mí ni en el miedo, ni en el futuro. La desaparición está asegurada; es una constatación dolorosa. Procuraré que mi aparición, mi incorporación sea la posibilidad más cotidiana y alegre mientras eso otro ocurre. 

lunes, 31 de julio de 2023

Seguridad

I used to float, now I just fall down / I used to know, but I'm not sure now / What I was made for / What was I made for?

Este mes vi Barbie dirigida por Greta Gerwig y me gustó. Quiero decir con ello que la disfruté, que me sorprendió el pensamiento y que me emocionó, lo cual significa que la sentí cercana y, sobre todo, que me brindó coherencia. Incluso fui a dos funciones de la película, no solo porque me gustó, más bien porque ella representaba algo más que un guion puesto en fotogramas: Barbie ha sido ante todo un lugar de memoria en el que tejo complicidad con mi prima hermana, y con el cual quizá pueda suscitar en mi madre las inquietudes de un presente reivindicativo que quizá ella había intuido en su pasado.

Ante estos manifiestos, algunos lectores imaginarios —siempre lo son— dirán que resultan cursis, exagerados. Anticipo esta reacción porque he leído en redes sociales a quienes dicen abstenerse hablar sobre la cinta porque no es más que comercial de dos horas de duración. Esos comentarios me dan risa porque al comunicar la negación, lo negado es afirmado y expuesto. Yo solo pienso que nuestra mera existencia animal ya nos ha hecho consumidores, mientras que los siglos desde la Revolución Industrial en el siglo XVIII nos han hecho consumistas. Las variaciones del consumo es lo que une y a la vez separa el mundo de plástico de Barbieland, del mundo de plástico de cualquier ciudad del mundo. Es el agua en que nos movemos, So what? Personalmente me parece maravilloso que una película con una carga publicitaria tan deliberada y para nada disimulada, amplíe el fuelle de la reflexión. Que sea un producto para vender no impide que uno pueda pensar muchas cosas, incluso contra las ventas. Por su parte, la directora sabe que las ventas de las empresas involucradas están aseguradas y por eso, en un guiño satírico puede permitirse hackear un poco el sistema de la única forma posible: desde adentro. Greta asume el humor como su principal recurso narrativo para recordarnos en esta sutil sátira de qué se trata la vida humana: incomodar para lidiar con la incoherencia esencial de nuestra existencia.

Para mí lo más valioso de Barbie es que se trata de un relato para conjurar los idealismos. Por eso me parece un gran acierto que sean las mujeres quienes representan esta tendencia tan humanamente distractora que es idealizar. Porque es las mujeres a quienes culturalmente se ha presionado con más afán para cuidar la expectativa de "hasta dónde pueden llegar" para preservar un equilibrio social que se sustenta en la moralidad de su comportamiento, pero recompensa a los hombres con los privilegios derivados de esa ecuación. Pese a estas precisiones sociológicas sobre el género, lo cierto es que la película muestra que el idealismo es una distorsión que daña por igual unos y otras, a la especie.

El viaje de Barbie del mundo artificial al mundo real es el paso que hace el niño desde el narcisismo irresponsable hacia la realidad de la responsabilidad como terreno de la adultez. Y sí, seamos honestos, la realidad puede ser miserable, pero la mayor parte del tiempo son innecesarios dramas narcisistas y en cambio pueden experimentarse muchas alegrías. He aquí la secuencia clave de la película: nos dice Barbie que sin la muerte no hay deseo, que sin deseo no hay cuerpo y que sin cuerpo no hay realidad. Barbieland es la expresión de una gran psicosis colectiva, ¿no es acaso sospechosamente esquizofrénico estar convencida que se puede vivir en casas de dos pisos sin escalera y desayunar felizmente leche invisible?

Pero Barbie rompe su estado psicótico y descubre un organismo vivo, del que luego nace un cuerpo. Mas como todo nacimiento, este ser arrojado al mundo tiene consecuencias paradójicas: por un lado, la incomodidad, el displacer; por otro, la alegría. Por supuesto, la segunda solo llega cuando hay aceptación —no resignación— de la inexorabilidad de la primera. Por ejemplo, ir al ginecólogo, como lo hace Barbie al aceptar su cuerpo, no es la actividad más divertida, no representa ningún placer —a corto plazo—, de hecho, siempre representa dolor. No obstante, Barbie sonríe con ingenuidad, nosotras sonreímos porque es un proceso difícil pero que ayuda a ese cuerpo para que tenga la capacidad —salud— para vivir alegrías. Sin la dialéctica de la muerte, la vida no se valoraría.

Barbie estaba sumergida en su fantasía —igual que hacemos todos en la niñez— y no sabía que los sentidos la engañaban, porque ni siquiera era consciente de su existencia. Por eso el dolor cumple una función tan importante: es una alarma que nos hace prestar atención a algo que tendrá efectos duraderos sobre ese cuerpo. Así, el punto de inflexión de la narrativa es que Barbie adquiera consciencia y, sobre todo, experiencia de la muerte, de la imperfección, del dolor, del cambio, en otras palabras, de la historia —no de las ideas o ideologías inmanentes—. Es allí cuando aparece una realidad disruptiva porque es imperfecta: la representan los olores fastidioso, los dolores, el pan de plástico quemado y los pies en la tierra. Fue, entonces, el tiempo de la angustia ante el descubrimiento de la incoherencia esencial. Barbie lloró por primera vez.

Imagino que ella se preguntó: “¿Me estarán engañando los sentidos? ¿Si todo cambia en qué puedo confiar?” Sin embargo, una vez cruzado ese umbral —no sin esfuerzo— Barbie también descubrió otra acción potenciadora: la capacidad de resimbolizar, es decir, de jugar con el doble sentido de una palabra, de invertir sus significados y por vuelta imaginar lo que antes le aterraba como una posibilidad creativa. Veo a Barbie dándose cuenta de que la pregunta estaba mal formulada o, más bien, incompleta: “¿Y si los sentidos me engañan, por qué no los engaño yo a ellos?” Barbie aprendió a soltar el ideal y en ese punto pudo decir: "No soy lo que esperas que sea. Soy lo que yo puedo hacer". Pero... ¿A quién le dijo esto? ¿Ante quién se rebeló con justa causa? Aquí yo podría dar la respuesta simplista: los hombres; o la más refinada: el patriarcado. Sin embargo, me parece que es algo más cercano y concreto que sintetiza las angustias que aquellos generan: Barbie se rebeló, traicionó a su niña interna, esa que es ansiosa, caprichosa, insegura.

Cuando Barbie entró por primera vez al insólito mundo real, el principal síntoma de esa disonancia fue sentirse insegura por primera vez. Para alguien que siempre había sido totalmente fiel a sí misma, a su perfección, la duda se mostró como una fisura casi mortal. Pero, aclaro, esto no quiere decir que yo abogue por la autodestrucción, por el autoengaño o por la impostura, no digo que haya que traicionarse, así a secas. Digo que hay que ser lo suficientemente flexible como para saber traicionar ciertas emociones, sentimientos y pensamientos porque ellos no son hechos, ni son la verdad, son apenas transeúntes sobre los cuales sería un error basar decisiones. Barbie entendió nítidamente la sutileza de este método. Hay que traicionar el sentir, para ser fiel a una existencia propia y real. He ahí la base de la seguridad, de la coherencia que una demanda en un mundo que es constantemente inestable.

De todas maneras, yo sonrío irónicamente. Aquí estoy describiendo serenamente este recurso, pero la verdad es que me cuesta aplicarlo: ¿no es este el nudo de mi propio laberinto? Recién me percaté de que esa neurosis del celo ha sido un susurro permanente en mi oído. Ahora, gracias a la conversación con Mauricio esta se convirtió en una declaración contundente: ¿por qué le temo a la traición? ¿Por qué quiero sentirme especial para un otro cuya atención debe serme exclusiva? ¿Qué busco con esa atención? ¿Qué hago cuando la tengo? Nada, respondo... Luego me doy cuenta de esta verdad: la atención es solo un talismán, el truco tras este juego, mi propósito es hallar seguridad, coherencia. Mientras lo digiero conscientemente, Barbie me dice que además esa coherencia que busco no puede ser absoluta, ni perfecta, ni virtuosa. A propósito del honor masculino depositado en el comportamiento de las mujeres, traigo aquí la pregunta que nos hizo una mujer a otras que estábamos reunidas: “Y usted, ¿cómo la prefiere? ¿Bandida o agüevada? 'Obviamente, bandida'", respondió ella sin dudarlo. Pienso ahora que el uso despectivo de la palabra "bandida" vista sin prejuicio solo significa que se trata de una mujer aterrizada, que traiciona sentires e ideales propios y ajenos —patriarcales— para vivir su vida. La pregunta es muy útil para resolver los dilemas reales, es decir, los prácticos y no los filosóficos, que se presentan cotidianamente: “Y usted, ¿A cuál prefiere?" ¿La que pone los pies en la tierra o la que flota en una ensoñación ansiosa? Vamos, la respuesta no es difícil ¿O ustedes, lectores, qué creen?

martes, 30 de mayo de 2023

Solidaridad

No estés solo en esta lluvia / No te entregues, por favor / Si debes ser fuerte, en estos tiempos / Para resistir la decepción / Y quedar abierto mente y alma / Yo estoy con vos / Si te hace falta quien te trate con amor / Si no tenés a quien brindar tu corazón / Si todo vuelve cuando más lo precisás /Nos veremos otra vez. "Nos veremos otra vez" - Serú Girán


Algunas fuentes relacionan el origen del nombre mayo con Maya, la diosa de la castidad, la abundancia y la floración. Otras, lo asocian a la díada maius-magnus que significa magno, grande, majestuoso, lo cual resulta coherente con que en otros momentos mayo haya sido el mes dedicado a Júpiter, la máxima deidad de la mitología grecolatina. Personalmente pienso que ambos sentidos se complementan para explicar lo que viví en este mes. Puedo resumir los días más recientes como intensos, no necesariamente agradables a primera vista, pero con revelaciones fundamentales. Por eso asumo este tiempo, siguiendo la etimología del mes, como un majestuoso florecimiento. Esta prosperidad de la vida que experimenté tiene que ver ser testigo de formas de interdependencia con otras personas cuya constatación renueva esperanzas y disipa confusiones sobre la potencialidad del vínculo social.

Me gusta mucho revisar las etimologías como punto de partida en mis reflexiones. No me parece que siempre a las palabras se las lleve el viento, sino que, por el contrario, nos dan muchas pistas para que podamos usar el viento a nuestro favor, o por lo menos jugar con él. Esa exploración inicial en el lenguaje, me parece fundamental, porque nombrar es el comienzo de la existencia como reconocimiento y no como organicidad. Para mí vínculo social es sinónimo de solidaridad. Una de las definiciones de solidaridad que vi en una búsqueda superficial por internet dice que se refiere al adjetivo latino solidus, solida, solidum, “o sea, sólido, macizo, consistente, completo, entero”. Pero también al adjetivo que define “lo real, seguro, sin vanos artificios, firme”. Mientras tanto, la raíz de esta palabra también se asocia a verbos latinos, en este caso “solido, solidas, solidare, solidaui, solidatum”, que nos remiten a acciones específicas como “consolidar, dar solidez, asegurar, endurecer, soldar”. Todas estas definiciones me parecen pertinentes y para nada excluyentes entre sí.

En este mes la posibilidad de contar con otros o ver cómo otros cuentan con otros permitió que en un sentido simbólico y real mi espíritu y mi cuerpo se soldaran, se consolidaran, se realizaran sin vanos artificios y adquirieran consistencia. Quiero decir con esto algo que cada vez se me presenta con mayor nitidez: el antídoto contra la constitutiva incertidumbre de la vida es la confianza en las redes, los tejidos, las fibras que se trenzan en las relaciones sociales. Por eso considero tan importante rescatar una visión sincera y atinada de lo público. La subjetividad, la autonomía son dimensiones importantes para el desarrollo de las personas. Sin embargo, hay una delgada línea entre el autocuidado y el egoísmo. El egoísmo me parece una subjetividad neoliberalizada, es decir, que fetichiza la individualidad convirtiéndola en un fin que debe conseguirse a cualquier precio. Este sometimiento a la idea de éxito individual me resulta el terreno perfecto para que crezca la paranoia, ya que en un contexto de desmesurada competitividad se ve a los demás como potenciales enemigos, creándose un ánimo de permanente hostilidad. Uno de mis actuales manifiestos es que el miedo es el único enemigo del amor y de la vida, entendida como creatividad y capacidad generativa. Para mí la subjetividad es precisamente el espacio que hace contrapeso a toda forma de autoritarismo. Por eso es una paradoja y una tragedia que esa subjetividad pueda volverse autoritaria, o sea, egoísta. En ese sentido para que no cruce ese límite hay que estar atentos al grado en que se forma y se expresa, a cómo la calibramos. La subjetividad, a su vez, se relaciona con otra palabra: la de privacidad. Para mí la privacidad es la oportunidad de que la intimidad sea un lugar de exploración para la creación colaborativa, la creación conversada. Pero muy cercana en su etimología está una palabra tan parecida, pero con consecuencias tan opuestas. Me refiero a la privatización. La privatización es la interpretación distorsionada de la privacidad, es el exceso de privacidad, en otras palabras, que lo privado se traslade a TODOS los contextos, en detrimento de una concepción dialéctica en donde interviene lo público, como complemento y no como antónimo.

Por estos días retomé La Vergüenza escrita por Annie Ernaux. Allí encontré un pasaje que inspiró el nudo de esta reflexión. Dice ella que no puedo evitar "asociar la palabra privado con la carencia y con el miedo. Incluso cuando se habla de vida privada. Escribir es algo público". Aunque prefiero matizar su afirmación con respecto a su definición de la vida privada, estoy de acuerdo con que el miedo y la paranoia son los que hacen confundir esta vida privada con privatización. También estoy de acuerdo en que la escritura publicada (incluso aquellas que no están respaldada por editoriales, como la que ocurre en este blog) es deliberadamente y declaradamente pública. Que sea pública no significa que se renuncie a la subjetividad, sino al contrario que esta aspire a una construcción colectiva, a una exposición que va más allá del soliloquio en el espejo y que implica un riesgo (la vulnerabilidad), pero también una posibilidad (un diálogo amplificado). En lo que sí coincidimos Annie y yo es en que apostar por lo público es apostar por no rendirse ante el miedo: reconocernos interconectados es un factor que nos hace sentir más seguros para movernos y actuar; es decir, que el apoyo colectivo amplía la capacidad de maniobra de los individuos. Aquí recuerdo también a Jane Jacobs, la activista canadiense que defendía el urbanismo humanizado y quien dijo —según mi falible memoria— que un zócalo urbano activo brinda sensación y realidad de seguridad a los transeúntes. Trasladado a nuestro contexto latinoamericano, el hecho que esté la viejita chismosa —en la puerta o el balcón—, que haya pequeños comercios y tiendas de barrio significa que las personas habitan la calle y se protegen entre sí. Esta descripción que creo haber leído en Muerte y vida de las grandes ciudades me ha resultado práctica (puro sentido común) y también conmovedora (la solidaridad multiplica la vida).

Uno de mis principales intereses y motivaciones en esta vida es el que llamo "conectar". Me parece que la vida tan misteriosa y absurda como es se dota de sentido por las relaciones que establezcamos y la forma en que cada persona las aproveche y disemine. Por eso, me inquieta la tendencia moderna a la anomia (fragmentación grupal, aislamiento). Recusar del apego y del sentido comunitario es cuando menos pura necedad. Me parece importante que se promueva la comunidad, porque la entiendo como espacio para expandir las posibilidades subjetivas y no como lugar de obediencia. Por eso a la fecha todavía me emociona toda manifestación de solidaridad.

Decía al inicio que durante mayo esa esperanza en lo público, lo solidario, lo colectivo se renovó. Ello se debió a tres acontecimientos muy específicos y especiales. Primero, porque tuve la oportunidad de agradecerle a Manuel su generosidad y la disposición para conversar, para situarse horizontalmente en una relación pedagógica con nosotros. A inicios de mayo nos contó que dejaba el cargo. Fue una noticia agridulce: agria porque esa integridad es difícil de encontrar en relaciones laborales; dulce: porque es honesto consigo y con su ejemplo predica coherencia, parresía motivándonos a seguir unidos y trabajando por esa forma de vida.

Segundo, porque acompañé a mi novio a comprarle una máquina de coser a su mamá. Cabe apuntar que esta mujer tiene una historia de resiliencia increíble y que sigue en pie junto con sus hijos precisamente por estos hilos de afecto que han sido más fuertes que cualquier otra violencia. En este contexto los lujos o los antojos no han pasado de ser más que fantasías, ya que lo urgente era resolver la maraña de la existencia, ser pragmáticos. Pero ese trabajo tiene sus consecuencias, en este caso su recompensa, y así fue que, en el día de la madre de este año, ella tuvo su primera máquina de coser. Mi suegra define este momento como haber cumplido un sueño. Su alegría era incontenible, inocultable. Desde entonces cose todos los días y si algo me produce satisfacción es ver que alguien le saque gusto a un regalo, a algo que le interese mucho. Me pareció muy tierno todo lo que sucedió alrededor de esa máquina, especialmente, recordar que se trató de un gesto de solidaridad de su hijo, de una respuesta al apoyo mutuo que se han brindado, ya que ambos han renunciado a privatizar sus recursos, sus existencias, y ahora a él se muestra agradecido a través un acto solidario.

Y Tercero, porque en este mes me desmayé por primera vez en mi vida. No me di cuenta del movimiento, del desplome, ni del golpe en mi cara. Quedé privada. Y mira cómo se presta el lenguaje para jugar con el tema de esta entrada: quedé privada, pero la ausencia de un ánimo privatizante en mis seres queridos y en mi entorno fue lo que me ayudó a salir de esa crisis. Mi mamá estaba sola cuando ocurrió todo, así que su impulso fue salir y gritar a los vecinos, sobre todo, para que la vecina enfermera se enterara. Fue la vecina del lado la que primero dio aviso. Cuando desperté estaba rodeada de mujeres: mi mamá, mi prima que también es vecina, la enfermera, la cuñada de la enfermera. Recibí los primeros auxilios y luego el consejo de que me llevaran a urgencias por el golpe en la cabeza. Estas acciones hechas por Rita fueron útiles en sentido médico, pero lo más importante es que ayudó a que mamá se tranquilizara y pudiera avanzar en el tratamiento de mis heridas. Ese sábado estuve todo el día y parte de la noche en urgencias. Mi prima me acompañó todo el tiempo. Los días siguientes las vecinas preguntaban por mí, también rezaban y hasta me llevaban frutas. Mi abuela, otras primas y mi tío también estuvieron pendientes.

Esos días estuve débil de cuerpo, pero fortalecida en el espíritu, profundamente conmovida y agradecida con esta solidaridad que fue el principal insumo para reconstruir mi tejido corporal y moral. En medio del dolor de cabeza y la confusión por el golpe, de lo primero que fui muy consciente estando en el hospital era que esa actitud solidaria, además barrial y femenina, fue lo que me salvó en ese momento. Pienso entonces que la soledad es necesaria, sí, pero es cuando compartimos con otros que sus frutos adquieren propósito. Si viviéramos en torres privatizadas ¿cuál habría sido la respuesta de mis vecinos? ¿Podría llamarlos vecinos? ¿Tendría quizá una herida más profunda así hubiera logrado curar la herida física por otros medios? Probablemente en mí, que soy romántica, estaría abierta la herida de la indiferencia, de que lo privado, sea como cuestiona Annie, expresión de cerramiento.

La vida del vecindario, de mi vecindario con sus antejardines y su calle peatonal promueve un diálogo permanente entre el adentro y el afuera en el que ebulle la vida, la creatividad, la cooperación. Como la membrana de esta parte de la ciudad es porosa, el miedo sale y la creatividad y solidaridad entran. Me di cuenta, y sin intermediarios, que ni mi casa, ni la de mis vecinos están privatizadas, encerradas en sus mundos, sino que por el contrario seguimos conversando, seguimos intercambiando y seguimos cuidándonos. Es una experiencia, una prueba que viví de primera mano para seguir enamorándome de la vida en el barrio. Un aliciente para seguir buscando mi singularidad en permanente comunicación con el entorno. Gracias al barrio que me acogió y me levantó es que ahora puedo incorporar un nuevo sentido de vida: la experiencia de lo íntimo como un espacio que se sabe conectado (ni subyugado, ni dominante) de lo público. Es en su intersección donde la solidaridad se me mostró como un hecho. Con la nueva cicatriz en mi labio, pero con el corazón sano y alegre, hoy celebro su existencia.

lunes, 27 de febrero de 2023

Sustitución

 

Yeah, it's a wonder man can eat at all / When things are big that should be small / Who can tell what magic spells we'll be doing for us / Futures made of virtual insanity, now / Always seem to be governed by this love we have / For these useless, twisting, of our new technology /Oh, there's nothing so bad As a man-made man / Oh, yeah, I know, yeah (take it to the dance floor)

Dos son las inquietudes que ocupan la atención de mis días. No es un secreto que la creatividad y la subjetividad son las preguntas donde fijo mi existencia actual. También es cierto que las quisiera menos como palabras —incluidas las de este blog— y más como sencillas experiencias. Pero cuando me acerco a ellas aún me muevo como sobre arena movediza. A veces siento que avanzo, me siento fuerte, pero en otras aparece una sensación de debilidad sin que domine el abatimiento, porque sigo intentándolo. 

En este año, dos han sido los motivos para volver sobre su significado. Primero, el revuelo causado por ChatGPT, un chatbot —protocolo de respuesta automática— de inteligencia artificial centrado en producir textos y respuestas elaboradas luego de recibir instrucciones. Segundo, mi camino personal me encontró de nuevo con la reaparición de una envidia específica, un afán competitivo, que algunas personas llaman erróneamente celos. Los celos son la enfermedad de la incertidumbre y lo que yo siento al compararme (con la inteligencia artificial o, a veces, con otras mujeres) es una amenaza a mi singularidad. 

Ser singular lo entiendo como una defensa de la excepcionalidad que es uno (que somos cada uno de forma tan universal): tan excepcional como para poder permitirme cometer mis errores, sin identificarme con ellos. Tan excepcional como para reconocer que mi cuerpo basta para entregarme y que su desnudez no es sinónimo de transparencia, pero sí de creatividad, de potencial. 

Pero aparecen algunas piedras en ese camino: ¿cómo se relacionan creatividad y subjetividad en una especie dominantemente social?, ¿qué significa pensarse o sentirse insustituible cuando nuestra ventaja evolutiva es la interdependencia?, ¿qué significa ser autónomo cuando nos acechan los automatismos?

Hoy quiero responder parcialmente a esta paradoja a partir de mis impresiones sobre el estado actual de ChatGPT. Este Chat es una aplicación que ha impactado la opinión pública mundial de este año. La razón esencial de esta agitación es, a mi modo de ver, la misma que entusiasma a sus promotores y que previene a sus críticos, y es el hecho de que mientras en el pasado el refinamiento tecnológico sustituía una labor manual, ahora una herramienta parece capaz de sustituir funciones cognitivas humanas. Al respecto, he conocido posiciones alarmistas. 

Por ejemplo, para algunos economistas hasta hace seis meses era inimaginable poner en tela de juicio uno de los rasgos que definen la especificidad humana: su inteligencia entendida como la capacidad de crear ideas, de conceptualizar. El hecho de que esta perplejidad sea ahora sea una realidad, les lleva a considerar que actividades que se suponían blindadas, esto es, insustituibles no lo sean tanto —por ejemplo, el periodismo, la redacción, la edición y la corrección de estilo— y que en esa medida se ahonde en la incertidumbre humana, ya que podría esperarse cualquier cosa del futuro. 

Por otro lado, los profesores y pedagogos han desarrollado posiciones más matizadas. La educación, en tanto involucra el ejercicio intelectual, es un sector altamente sensible a los efectos de estos desarrollos de programación. La susceptibilidad inicial ha desencadenado respuestas reactivas y pesimistas, ya que algunas personas sentencian la desaparición del lenguaje —de los idiomas como recursos expresivos— y del ensayo como género literario y académico. De ahí ha surgido un ánimo paranoide que solo alimenta —de una manera, por demás, poco creativa— un circuito de cacería entre máquinas: el mismo mercado tecnológico crea la "enfermedad" (chatbot), y la "cura" (sotfware para la detección de plagio creado por las aplicaciones de tecnología artificial). 

Esta es una respuesta equivocada a una pregunta mal formulada. Pero, ojo, porque ese error no es un fallo, sino una omisión intencional: ¿qué puede ser más rentable para los programadores que la cacería tecnológica de cuño paranoide —usar bossware para capturar al tramposo, vigilar al potencial plagiador—? La imposición de una mirada moralista distrae a muchos, pero, sobre todo, llena el bolsillo de pocos. Vista de esa manera, la masificación de ChatGPT me aterrorizó: tenía miedo a ser sustituida. 

Pienso en que soy una mujer que escribe, edita y corrige textos. Desde hace ocho años hago un trabajo esforzado alrededor del lenguaje, a la manera de una intérprete del malentendido —como ya lo había dicho en otro lugar https://guijarromolido.blogspot.com/2021/06/lengua-materna.html—. Ver en Twitter o por amistades los textos de ChatGPT hicieron que me sintiera en peligro, como un animalejo en vía de extinción. Por eso me negué a usar la aplicación en la efervescencia de su aparición. Mi razonamiento era el siguiente: ¿y si me perdía en el camino? ¿y si me daba cuenta que mi lenguaje, o sea mi voz, era prescindible? Para mí acceder al chat suponía observar y cometer un sacrilegio. 

Sin embargo, caí en cuenta de que esta postura respondía a un ideal como suelen hacer todos los miedos; pero uno no se forma para encontrar la perfección, sino como preparación para la imperfección. Por eso, decidí usar la aplicación y me permití hacer preguntas más juguetonas que formales para familiarizarme con la aplicación. De esa manera me di cuenta que no tenía sentido de humor, sino literalidad programada para ser neutro, plano, insípido. Entonces de ahí sí utilicé el chat como asistente en la escritura de un texto breve. Luego revisé en otros ejemplos serios y traviesos de otros usuarios y pronto me di cuenta que de eso tan bueno no dan tanto. Lo cual en este caso era muy bueno. No hay que tomarse tan en serio ChatGPT. O bueno, no tanto en sus respuestas o para perseguir a los plagiadores de turno, sino para preguntarnos lo realmente importante: ¿cuál es el propósito y el sentido de confiarle la creatividad, rasgo singularmente humano, a una máquina?.

Por eso, hoy sí me siento más orgullosa de estar plasmando estas palabras: ellas son la prueba de la vitalidad del lenguaje humano, de los músculos, latidos y nervios que lo engendran como fuerza expositiva. Me di cuenta que —aunque eventualmente lo aprenda— el ChatGPT de hoy no pasa el filtro de la revisión crítica de un evaluador de carne y hueso. La capacidad de cribar la información entre la basura publicada internet es una habilidad que, como la de los espigadores de ayer, hoy y mañana todavía depende de un cuerpo humano. 

Más importante aún, también descubrí que los textos de inteligencia artificial no tienen estilo (o sea que no tienen humor, ni emoción, ni singularidad). El robot del momento es capaz de escupir un montón de clichés bruscos, disparatados, casi esquizoides escritos con coherencia, pero que no transmiten un mensaje coherente o sea sensible a una geografía, a un tiempo y a un consenso. Así, para quienes digan que el chatbot nos liberara del trabajo difícil y que ahora "si nos dejará pensar", le responderé que eso no es cierto: escribir es difícil y en esa dificultad radica la posibilidad de su creatividad. 

Para escribir literatura o para escribir ciencia se requiere de la experiencia y de un propósito cuya legitimidad, pertinencia y singularidad se derivan por lo general de una discusión colectiva que incluye a otros y sus respectivos contextos. Hay, en síntesis, unas realidades empíricas (fenomenológicas), críticas (verificadoras) y animales (irruptivas), cuyo salvajismo inventivo no está in-corporado en un robot. 

De esta manera, paso de la paranoia al equilibrio, sobre todo porque recuerdo que mientras no haya moralidad, sino valores que prioricen la sensibilidad colectiva hay esperanza para los intérpretes y, sobre todo, para los escribientes. No es que seamos prescindibles, pero tampoco sustituibles por una máquina. La escritura no es reductible a un algoritmo, es decir, a la gula y vómito de fonemas, sino a un metabolismo hermenéutico: degustar y depurar la palabra y el misterio que nuestros latidos le brindan. 

Escribir no es solo lo que se dice —hacer muchos inputs en el chatbot—. Escribir no es escribir, escribir es sobre todo borrar. Adentrarse en la selva, sembrar poco y podar mucha manigua. Escribir no es un néctar de flores y frutos, es sobre todo dejar que muchas hojas se marchiten y hacerlo con alegría. Esa es la gracia literaria de una escritura imposible de imitar. La muerte es la marca máxima de individualidad: nadie más la experimenta por uno, ni como uno. La mortalidad, marchitarse, borrarse, olvidase es la clave de una escritura irreductible a un código binario: el robot no puede sustituir la huella mortal —dejar morir muchas palabras y partes de la corporalidad de uno ellas— que le da su singularidad a la literatura, es decir, a toda escritura en donde se juegue el pellejo.

domingo, 29 de enero de 2023

Indispuesta

 

 

I was a rose in the garden of weeds / My petals are soft and silky as my sheets / So do not be afraid to get pricked by the thorns / While I'm here, I'm someone to honor / When I'm gone, I'm someone to mourn / My love's deep as the ocean / Don't you drown on me / Just know any love I gave you / Is forever yours to keep

 

Me gusta mucho el turrón de mango biche, el arroz frito y el pollo apanado. En este mes comí de los tres. Con la paleta me relajé, la recibí con mucho gusto y, sin embargo, me indispuso. Por el contrario, los otros dos los probé con temor porque me sentía enferma y, contra todo pronóstico, me sentaron bien. Aún recuerdo el agradable gusto salado que me proporcionan.

 

A propósito del helado, quiero contar otra anécdota con la cual me divertí y me angustié por partes iguales. Resulta que un pasajero del bus en que veníamos, aunque tuvo amplio margen tiempo para comprar un turrón, solo se decidió a hacerlo justo antes de que el carro arrancara. Me angustié porque el vendedor casi no alcanza a recibir el pago y me divertí porque el conductor se percató y en sus movimientos demostró su complicidad con la situación. Finalmente, fue el pasajero quien pagó el costo de su demora, pues tuvo que regalarle 1000 pesos de devuelta al vendedor, porque el conductor ya no podía retardar más la salida del bus.

 

Vistos así, estos relatos parecen experiencias inconexas y, sobre todo, triviales. No obstante, para mí estas historias prueban una vez más la profunda relación entre alimentación/digestión y vida anímica, y, con ello, la forma en que cada persona asume el costo de su vida, es decir, la forma en que se valora el tiempo. 

 

Al finalizar la segunda semana de enero sentía mi estómago rebotado. Tuve dolor en el cuerpo y perdí el apetito. Antes de ello recibí noticias inesperadas sobre mi posgrado, comencé a rumiar nuevamente sobre la tesis y me abandone a las hipótesis de mi futuro romántico a punta de inseguridad, prevención y desilusión autoimpuesta. Aunque en el discurso me recordé que la preocupación no resuelve ningún problema, lo cierto es que un malestar tan súbito solo podía ser una reacción emocional. De todas maneras separé la cita médica más cercana y si bien seguí el tratamiento, la conclusión del médico fue que estaba somatizando a toda máquina.

 

En resumen me sumergí en una marejada histérica que trajo sobre la mesa el sentimiento neurótico por excelencia: la culpa. Culpa por sentirme neurótica, es decir, exagerada y dramática. Por esto, traigo a colación al pasajero, al vendedor y al conductor de la anécdota. Identifico el afán de los dos primeros y la autorregulación del segundo. Por supuesto, mi actitud en estos días ha sido afanada y excesivamente analítica. Me angustia no poder responder frente a TODO (todo lo que son mis expectativas sobre la academia, el amor, el trabajo).

 

Hasta hace poco resolví una ecuación a la que daba muchas vueltas: no me lanzo a la vida porque no me siento preparada. Pues bien, gracias al trabajo con Mauricio acepté que nunca nadie va a estar preparado para vivir. Es absurdo pretenderlo y si se hace es al precio de caer en la obsesión la cual, como dice Patrick Avrane, "es una manera de indeterminar la temporalidad. Nada ocurre [...] El obsesivo padece la ausencia de experiencia". En ese caso, lo humanamente posible es saberse dispuesto (que es una disposición desde la valentía y no desde la técnica). Incorporar esta interpretación me ayudó a moverme en muchos sentidos desde la segunda mitad de 2022. Pero cuando asumo estos cambios también cometo el error de radicalizarlos: entonces necesito regularme porque estar dispuesta no significa estar dispuesta a TODO; de lo contrario corro el riesgo de estar indispuesta, como claramente me lo anunció mi estómago.

 

Mi cuerpo estaba pidiendo límites. Pero esta no es una acción sencilla para mí, porque considero que además del estrés regular hay una ansiedad específicamente femenina. Desde la biología evolutiva las mujeres estamos programadas para ser detallistas, cuidadosas, responsables (responder a TODO). Desde la cultura (y su barbarie) tenemos la presión del pico reproductivo y con ello una visión despectiva de las mujeres viejas. Esto genera en nosotras una agitación existencial, como si corriéramos una contrarreloj y una predisposición a los tratamientos y cirugías que prometen alargar la juventud. A eso se suma la percepción de inseguridad en las calles, por ejemplo, y la presión de que las madres son quienes terminan más implicadas (y sacrificadas) en la crianza de los hijos. Siempre a la carrera, siempre con un ojo en los matorrales del futuro.

 

Hasta ahora he leído un tercio de la novela Pechos y Huevos escrita por Mieko Kawakami. Allí la autora muestra de forma directa, tangible, brutal (aunque sin amarillismo) estas encrucijadas que vivimos en la modernidad varias generaciones de mujeres trabajadoras. Esta encrucijada, esta ansiedad se expresa en el estado de alerta permanente que se ha insertado con fuerza en la memoria corporal femenina desde nuestras abuelas y que expresa en la imposición de trabajar bajo cualquier condición cuando los esposos abandonan a sus hijos; en la vinculación casi causal entre belleza y salud; en la imposición de una biología delatora y urgente de su destino reproductor.

 

Midoriko es una adolescente de 11 años que aparece callada para el mundo adulto, casi indiferente, pero en realidad es por la lucidez dolorosa de una condición femenina que la atormenta. En sus escritos recoge el horror que le produce el paso a la adolescencia, porque esos cambios le hacen comprensible los sufrimientos de su madre, por ejemplo, las transformaciones corporales indeseadas tras convertirse en madre. Para Midoriko su mamá es una mujer sacrificada que la enoja y avergüenza. La maternidad no es, para Midoriko, una bendición, sino una cicatriz y una esclavitud. De ahí que su diario sea un manifiesto en contra del crecimiento no autorizado de los pechos o al hecho de que el feto femenino esté programado para hacer nacer, incluso antes de él nacer. Desde la perspectiva de la niña es como si la mujer estuviera condenada a ser madre (cuidadora, responsable, previsiva) y, por tanto, a ser explotada por la genética, por los hombres, por las fábricas, las oficinas y los bares.

 

Por otro lado, está Cleo, la heroína de Agnès Varda. Este personaje no muestra el lado reflexivo como lo hace Midoriko, sino el lado evasivo de esta ansiedad femenina. Cleo es una cantante joven y hermosa que enferma de cáncer, pero cuya angustia casi nadie toma en serio. Solamente la juzgan de dramática porque no pueden creer que alguien privilegiado pueda sentirse así, es más, que ni siquiera puede enfermarse gravemente. Incluso la mujer trata de autoengañarse con esta idea cuando dice que "la fealdad es una muerte, por tanto mientras sea bella está más viva que muchos", y así se refugia en el consumismo desaforado y en los caprichos materiales que esa belleza le permite. Sin embargo, depender de la lozanía de su cuerpo termina siendo otra presión derivada del aparente destino reproductivo de la mujer. Que sea atractiva es un signo de que ella es una pareja sana, por tanto apta para ser madre. 

 

Este un mecanismo que opera inconscientemente en hombres y mujeres. Pero que genera gran presión en estas porque son las que deben elegir con cuidado. Es como si los pasos en falso no estuvieran permitidos para nosotras. De ahí la aprehensión de Cleo frente a la desnudez: mientras su amiga Dorothea posa desenfadadamente ante los artistas, Cleo lo considera como una indiscreción. Esta es una afirmación muy simbólica porque obsesionarse con un ideal de la belleza la despojó de ser ella misma, la vació. Por el contrario, Dorothea, quien está alegre con sus imperfecciones, declara que su cuerpo no es para sentirse orgullosa, sino para ser feliz. De esa manera aparece una posición diferente a la angustia de Midoriko y de Cleo. No teme desnudarse quien está seguro de ser. Solamente la seguridad da paso a una libertad que pueda ejercerse realmente. Me alivió encontrar estos vestigios de subjetividad en Dorothea y en la taxista de la película porque son mujeres de carácter, pero no de mal carácter, es decir, son suaves, pero decididas y así han conjurado la ansiedad extrema.

 

Estos personajes me inspiran, pero lo cierto es que mi indisposición demuestra que todavía estoy transitando el camino de la hipervigilancia. Siento a la par risa y vergüenza porque, especialmente, en situaciones románticas aún me entristece o me enoja (¿pero qué es el enojo sino una forma de tristeza?) que me digan “solo diviértete", ¿"para qué pensar en eso (cierto futuro)?, ¿para qué pasar maluco, si ahora podemos pasar bueno?". Aún soy muy reactiva a este tipo de invitaciones, las tomo como un insulto, porque me suena a un juego tonto, donde yo soy el juguete. El juego equivale a decepción, como si solamente una constante metafísica elaborada pudiera salvarme de ella.

 

Pero la vida se trata, precisamente, de estar dispuestos a la desilusión y ello requiere superar la ansiedad femenina que nos hace ver peligro, allí donde solo se encizaña la imaginación: que si la tesis dice algo significativo, que si mi trabajo será validado, que si me amará más allá de mi juventud, que si podré ser mujer y no ser madre. Todas estas ideas revolotean en mi estómago y me han indispuesto cuando aparentemente me sentía más dispuesta. La paleta de mango biche, gusto de una tarde de verano, terminó por convertirse en sinónimo de dolor. Esto quiere decir que, en el fondo, esta histeria responde al principio obsesivo por excelencia: la paranoia que paraliza, porque nos movemos solo hasta que nos sintamos aseguradas (con promociones, con garantías), que no es lo mismo que sentirse seguras. Esta es la obsesión por la ganancia, por reducir la pérdida, por la utilidad absoluta.

 

¿Cómo desactivar esta condición de estrés? mi estómago me dice que aún no he incorporado definitivamente esa respuesta. Pero conversando con Diana recordé que "no hay que darse tanto palo". La frase desbloqueó en mí parte de la tensión acumulada. Aunque en estos días me he tratado con severidad, ahora trato de pasar a la suavidad de una autopercepción en la que yo misma me valido y, como Dorothea, me reafirmo en la seguridad de mi cuerpo. La suavidad que busco es un tipo de serenidad derivada de la confianza en las piernas propias y en la aceptación de que no hay camino de salvación. Solo hay camino. 

 

Por el pensamiento sereno quiero transformar, como decía Freud, "la miseria histérica en un infortunio corriente [cotidiano]". Para conjurar esta ansiedad, que confunde mi disposición hasta indisponerme, necesito tener presente que no todo es ganancia y que no siempre ganar más, producir más, aprovechar más es ganar. Hay que perder el afán, por ejemplo, para que no pase lo del intercambio apurado entre el ventero y el pasajero. La vida no se vive sin reconocer sus costos y es preferible que el camino sea llano: “El camino es llano para quien pueda pagar el costo sin verlo como un gasto”.