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miércoles, 30 de agosto de 2023

Trámite

Hay días para tratar asuntos prácticos / que no pueden esperar / que se deben resolver / Hay días para tratar asuntos teóricos / que usan mi imaginación como si fuera un lugar real / Dicen que debo diferenciar y saber a cuáles debo apostar —  "Asuntos teóricos y prácticos", Señor Naranjo.

A estas alturas puedo hablar de 2023 como una unidad, no sé qué tan cohesionada, pero sí al menos hilada. Este ha sido el año de los trámites. Trámite parece una palabra aburrida, como de viejito, que te recuerda cuando de niño pasabas por el canal del Congreso y te imaginabas que verlo sería un castigo peor que la pela. Luego he aprendido que el aburrimiento es un estado relativo, que no hay personas o temas que lo sean, sino que uno les atribuye ese estado porque cede a la trampa del inmediatismo, de la ansiedad productiva que exige hacer/conocer compulsivamente, aunque no se haya revisado primero el sentido de tanta hacedera y tanta novelería (novelero: el que busca novedad a toda hora). 

Hoy soy consciente de que se solo se aburre quien no presta atención. Tantos estímulos compiten por nuestra atención que estamos en todo y por eso no estamos en nada. Distracción, cero metabolismo, cero comprensión. Atender, estar activamente presente (ni en la nostalgia dramática, ni en el futuro reparón) revela las maravillas de trapear, hablar con el panadero, estar en la casa sin acceso a Internet, hacer trámites ante las superintendencias de salud y de comercio, ante la Facultad, y hasta disfrutar de eso.

Todo lo anterior puede sonar muy bonito, toda una ética poscristiana, pero les advierto, imaginarios lectores, que soy una adulta avanzando inevitablemente en su treintena y puede que diga esto solo para justificar mi necesidad (y mi gusto) de ir a la EPS. Porque uno crece y la vida que en la niñez era jugar y en la juventud escribir trabajos finales, en la adultez es una tramitadera interminable, que la lleva a una a preguntarse si la racionalidad burocrática está realmente cerca de la razón o más bien de la sinrazón. El caso es que no importa cual de las posibilidades sea (ética bonita o autojustificación), porque ambas apuntan a lo mismo: a que yo me relacione con la aceptación. Aceptar —que no equivale a resignarse— es quizá el paso iniciático de la adultez. Ser niño es fusionarse con el otro, justificar la irresponsabilidad; ser adolescente es separarse del otro, pero sin asumir aún la responsabilidad; ser adulto es renunciar a los sentimientos de culpa que dejan esas dos etapas anteriores para asumir acciones responsables. 

En la resignación quedan dudas, fisuras, porque no es una decisión sino una imposición, mientras que en la aceptación hay conclusiones, metabolismo propio. En toda juventud hay una obsesión con las causas, con darle a vueltas al por qué, pero la adultez llega cuando se reconoce que así una tuviera todas las piezas del rompecabezas el resultado sería el mismo. María Martín lo sintetizó de una manera inolvidable: "Aceptar también es dejar de buscar las causas y redirigir tu camino a pesar de las consecuencias". 

Mi versión adulta busca reconciliarse con el no-saber para por fin hacer en lugar de rumiar en el pensamiento. Pero antes, quiero aclarar que esta actitud que dramatiza el saber/perfección no es una experiencia individual: nos ha pasado a muchas mujeres. Entiendo que el ser mujer en un contexto históricamente patriarcal ha influido en que nosotras tengamos esa predisposición a obsesionarnos con saber. Leía hace poco que a las mujeres las educan para la perfección (exceso de saber que idealiza) y a los hombres para ser valientes (hacer aunque no sea perfecto) y que esa era una fórmula que había llevado a la desigualdad económica en general. 

Darle tantas vueltas a las cosas, meterles tanto misterio, abrumarnos por cumplir con resultados (perfeccionismo), creernos que el mundo entero está en nuestros hombros y manifestar todo ello a través de la ansiedad y la anorexia no es un asunto de mera psicología individual, sino una respuesta de muchas mujeres a las condiciones sociológicas en que crecimos. Por eso agradezco las experiencias y la terapia que me han permitido revisar los lastres heredados y desprenderlos reconociendo que eso no era yo: es entonces cuando una se permite ser imperfecta, no sabérselas todas y aún así desarrollar la disposición al riesgo, de hacer cosas. 

Pero yo estaba hablando de relación positiva con los trámites, eso que antes creía tan aburrido. ¿Qué tiene que ver esto con la aceptación, la imperfección y el hacer? Creo que trámite es una palabra con mala prensa. La RAE dice que su etimología viene del latín trames, -ĭtis que significa "camino", "medio" y define dos escenarios "1. Cada uno de los pasos y diligencias que hay que recorrer en un asunto hasta su conclusión. 2. Paso de una parte a otra, o de una cosa a otra". Básicamente trámite es sinónimo de proceso y esa es una palabra importante para los adultos, en general, y paras las mujeres que renunciamos a la perfección, en particular. En el argot popular es habitual que se diga "procesar emociones, cosas, personas". Procesar equivale a entender que no todo se resuelve de un tirón, que la vida se hace a partir de momentos. Lo que me parece de valioso del trámite es que a ese conjunto de etapas le da un orden, una organización. Los trámites crean protocolos, reglas de juego explícitas y esa es la base de una vida saludable, es decir, flexible, que no se anda con suposiciones y que crea límites. 

Cuando una no ha aceptado la imperfección se cae en los excesos, en extralimitaciones y por eso es tan fácil abrumarse, angustiarse al creer falsamente que todas las tareas, que todas las experiencias tienen que hacerse ya, porque para antier es tarde. Pero del afán no queda, sino el cansancio y muchas visitas a la EPS. Para llegar a conclusiones una primero debe tramitar, hacer un camino, un método con el cual se construye, se verifica y se consolida. Concluir es digerir, depurar, todo lo opuesto a correr. El trámite racionaliza la experiencia para que podamos dejar la cobardía por la iniciativa, por ser propositivas. Racionalizar aquí no quiere decir tanto reflexionar como racionar, porcionar, dosificar los indicativos que marcan la realización de cada etapa .

El problema es que por la forma en que fui educada me ha costado percibir el hacer como un proceso y no como una meta. Esa presión explota por algún lado, en mi caso somatizando dolores y desvanecimientos. Con la tesis de maestría se puso de presente ese síntoma y el cuestionamiento de lo que me ha llevado a él. Lo cual no es suficiente. Muchos días me levanto pensando que tal vez no sea capaz de concluirla. Abrir el archivo me da pánico. Nuevamente el fantasma "resultado" y su cómplice "hacerlotodoya" (sic), me acobardan paralizándome. Por fortuna, tres personas que entienden el simbolismo de esta situación me han aconsejado que vea ese tesis como un trámite, o sea que no lo complique tanto. Una de esas personas vivió una experiencia similar de somatización cuyas huellas aún tramita, aunque ya se graduó hace un tiempo. Esa fue una conversación revitalizante, porque se ve que esta experiencia metaacadémica de las tesis es universal y así uno se siente menos solo y busca ser más atinado: es que el objetivo en este momento no ser reflexivo, idealista, perfeccionista, sino práctico. 

Decir que la tesis es un trámite es recordar que ella no representa ni mi identidad, ni mi vida entera. También que ella es un requisito dentro de un juego específico (la maestría) y, por último, que es un proceso, que se construye en la cotidianidad y no en una excepcionalidad abstracta. Los días recientes en que me he sentido más "empoderada" han sido en los que he hecho trámites con la EPS: agendar citas, solicitar autorizaciones o turnos, reclamar medicamentos, radicar incapacidades. Los propósitos se cumplen tras seguir unas reglas. Incluso cuando hubo retrasos o incumplimientos, la situación se resolvió y en otros casos hubo actividades que se agilizaron. El punto es que esa sensación de tener control y de ser resolutiva es poderosa. 

Este último trimestre es decisivo porque debo entregar el texto definitivo. Ya pagué matrícula e inscribí la materia. Para seguir estos pasos necesito potenciar y aplicar esa capacidad resolutiva que se construye día a día. Quién diría que la EPS y los trámites reforzarían la actitud que más necesito para dar este paso: para graduarme como magíster y como adulta, es decir una actitud pragmática a la danesa: "What I really need is to get clear about what I must do, not what I must know, except insofar as knowledge must precede every act". Es el propósito que anima la acciones desde agosto del año pasado. Pronto quiero celebrar el éxito de otro trámite, alegrarme por los certificados, por las conclusiones en el sistema y para aprender de aquí en adelante a no ceder en la ruta de la acción decidida. Así que, estimado lector imaginario, si ves esto encomienda mi último semestre académicos al Cristo atado. Nos vemos en los grados, esperando que haya podido reducir mis trámites en EPS. Muchas gracias. 

lunes, 31 de julio de 2023

Seguridad

I used to float, now I just fall down / I used to know, but I'm not sure now / What I was made for / What was I made for?

Este mes vi Barbie dirigida por Greta Gerwig y me gustó. Quiero decir con ello que la disfruté, que me sorprendió el pensamiento y que me emocionó, lo cual significa que la sentí cercana y, sobre todo, que me brindó coherencia. Incluso fui a dos funciones de la película, no solo porque me gustó, más bien porque ella representaba algo más que un guion puesto en fotogramas: Barbie ha sido ante todo un lugar de memoria en el que tejo complicidad con mi prima hermana, y con el cual quizá pueda suscitar en mi madre las inquietudes de un presente reivindicativo que quizá ella había intuido en su pasado.

Ante estos manifiestos, algunos lectores imaginarios —siempre lo son— dirán que resultan cursis, exagerados. Anticipo esta reacción porque he leído en redes sociales a quienes dicen abstenerse hablar sobre la cinta porque no es más que comercial de dos horas de duración. Esos comentarios me dan risa porque al comunicar la negación, lo negado es afirmado y expuesto. Yo solo pienso que nuestra mera existencia animal ya nos ha hecho consumidores, mientras que los siglos desde la Revolución Industrial en el siglo XVIII nos han hecho consumistas. Las variaciones del consumo es lo que une y a la vez separa el mundo de plástico de Barbieland, del mundo de plástico de cualquier ciudad del mundo. Es el agua en que nos movemos, So what? Personalmente me parece maravilloso que una película con una carga publicitaria tan deliberada y para nada disimulada, amplíe el fuelle de la reflexión. Que sea un producto para vender no impide que uno pueda pensar muchas cosas, incluso contra las ventas. Por su parte, la directora sabe que las ventas de las empresas involucradas están aseguradas y por eso, en un guiño satírico puede permitirse hackear un poco el sistema de la única forma posible: desde adentro. Greta asume el humor como su principal recurso narrativo para recordarnos en esta sutil sátira de qué se trata la vida humana: incomodar para lidiar con la incoherencia esencial de nuestra existencia.

Para mí lo más valioso de Barbie es que se trata de un relato para conjurar los idealismos. Por eso me parece un gran acierto que sean las mujeres quienes representan esta tendencia tan humanamente distractora que es idealizar. Porque es las mujeres a quienes culturalmente se ha presionado con más afán para cuidar la expectativa de "hasta dónde pueden llegar" para preservar un equilibrio social que se sustenta en la moralidad de su comportamiento, pero recompensa a los hombres con los privilegios derivados de esa ecuación. Pese a estas precisiones sociológicas sobre el género, lo cierto es que la película muestra que el idealismo es una distorsión que daña por igual unos y otras, a la especie.

El viaje de Barbie del mundo artificial al mundo real es el paso que hace el niño desde el narcisismo irresponsable hacia la realidad de la responsabilidad como terreno de la adultez. Y sí, seamos honestos, la realidad puede ser miserable, pero la mayor parte del tiempo son innecesarios dramas narcisistas y en cambio pueden experimentarse muchas alegrías. He aquí la secuencia clave de la película: nos dice Barbie que sin la muerte no hay deseo, que sin deseo no hay cuerpo y que sin cuerpo no hay realidad. Barbieland es la expresión de una gran psicosis colectiva, ¿no es acaso sospechosamente esquizofrénico estar convencida que se puede vivir en casas de dos pisos sin escalera y desayunar felizmente leche invisible?

Pero Barbie rompe su estado psicótico y descubre un organismo vivo, del que luego nace un cuerpo. Mas como todo nacimiento, este ser arrojado al mundo tiene consecuencias paradójicas: por un lado, la incomodidad, el displacer; por otro, la alegría. Por supuesto, la segunda solo llega cuando hay aceptación —no resignación— de la inexorabilidad de la primera. Por ejemplo, ir al ginecólogo, como lo hace Barbie al aceptar su cuerpo, no es la actividad más divertida, no representa ningún placer —a corto plazo—, de hecho, siempre representa dolor. No obstante, Barbie sonríe con ingenuidad, nosotras sonreímos porque es un proceso difícil pero que ayuda a ese cuerpo para que tenga la capacidad —salud— para vivir alegrías. Sin la dialéctica de la muerte, la vida no se valoraría.

Barbie estaba sumergida en su fantasía —igual que hacemos todos en la niñez— y no sabía que los sentidos la engañaban, porque ni siquiera era consciente de su existencia. Por eso el dolor cumple una función tan importante: es una alarma que nos hace prestar atención a algo que tendrá efectos duraderos sobre ese cuerpo. Así, el punto de inflexión de la narrativa es que Barbie adquiera consciencia y, sobre todo, experiencia de la muerte, de la imperfección, del dolor, del cambio, en otras palabras, de la historia —no de las ideas o ideologías inmanentes—. Es allí cuando aparece una realidad disruptiva porque es imperfecta: la representan los olores fastidioso, los dolores, el pan de plástico quemado y los pies en la tierra. Fue, entonces, el tiempo de la angustia ante el descubrimiento de la incoherencia esencial. Barbie lloró por primera vez.

Imagino que ella se preguntó: “¿Me estarán engañando los sentidos? ¿Si todo cambia en qué puedo confiar?” Sin embargo, una vez cruzado ese umbral —no sin esfuerzo— Barbie también descubrió otra acción potenciadora: la capacidad de resimbolizar, es decir, de jugar con el doble sentido de una palabra, de invertir sus significados y por vuelta imaginar lo que antes le aterraba como una posibilidad creativa. Veo a Barbie dándose cuenta de que la pregunta estaba mal formulada o, más bien, incompleta: “¿Y si los sentidos me engañan, por qué no los engaño yo a ellos?” Barbie aprendió a soltar el ideal y en ese punto pudo decir: "No soy lo que esperas que sea. Soy lo que yo puedo hacer". Pero... ¿A quién le dijo esto? ¿Ante quién se rebeló con justa causa? Aquí yo podría dar la respuesta simplista: los hombres; o la más refinada: el patriarcado. Sin embargo, me parece que es algo más cercano y concreto que sintetiza las angustias que aquellos generan: Barbie se rebeló, traicionó a su niña interna, esa que es ansiosa, caprichosa, insegura.

Cuando Barbie entró por primera vez al insólito mundo real, el principal síntoma de esa disonancia fue sentirse insegura por primera vez. Para alguien que siempre había sido totalmente fiel a sí misma, a su perfección, la duda se mostró como una fisura casi mortal. Pero, aclaro, esto no quiere decir que yo abogue por la autodestrucción, por el autoengaño o por la impostura, no digo que haya que traicionarse, así a secas. Digo que hay que ser lo suficientemente flexible como para saber traicionar ciertas emociones, sentimientos y pensamientos porque ellos no son hechos, ni son la verdad, son apenas transeúntes sobre los cuales sería un error basar decisiones. Barbie entendió nítidamente la sutileza de este método. Hay que traicionar el sentir, para ser fiel a una existencia propia y real. He ahí la base de la seguridad, de la coherencia que una demanda en un mundo que es constantemente inestable.

De todas maneras, yo sonrío irónicamente. Aquí estoy describiendo serenamente este recurso, pero la verdad es que me cuesta aplicarlo: ¿no es este el nudo de mi propio laberinto? Recién me percaté de que esa neurosis del celo ha sido un susurro permanente en mi oído. Ahora, gracias a la conversación con Mauricio esta se convirtió en una declaración contundente: ¿por qué le temo a la traición? ¿Por qué quiero sentirme especial para un otro cuya atención debe serme exclusiva? ¿Qué busco con esa atención? ¿Qué hago cuando la tengo? Nada, respondo... Luego me doy cuenta de esta verdad: la atención es solo un talismán, el truco tras este juego, mi propósito es hallar seguridad, coherencia. Mientras lo digiero conscientemente, Barbie me dice que además esa coherencia que busco no puede ser absoluta, ni perfecta, ni virtuosa. A propósito del honor masculino depositado en el comportamiento de las mujeres, traigo aquí la pregunta que nos hizo una mujer a otras que estábamos reunidas: “Y usted, ¿cómo la prefiere? ¿Bandida o agüevada? 'Obviamente, bandida'", respondió ella sin dudarlo. Pienso ahora que el uso despectivo de la palabra "bandida" vista sin prejuicio solo significa que se trata de una mujer aterrizada, que traiciona sentires e ideales propios y ajenos —patriarcales— para vivir su vida. La pregunta es muy útil para resolver los dilemas reales, es decir, los prácticos y no los filosóficos, que se presentan cotidianamente: “Y usted, ¿A cuál prefiere?" ¿La que pone los pies en la tierra o la que flota en una ensoñación ansiosa? Vamos, la respuesta no es difícil ¿O ustedes, lectores, qué creen?

martes, 30 de mayo de 2023

Solidaridad

No estés solo en esta lluvia / No te entregues, por favor / Si debes ser fuerte, en estos tiempos / Para resistir la decepción / Y quedar abierto mente y alma / Yo estoy con vos / Si te hace falta quien te trate con amor / Si no tenés a quien brindar tu corazón / Si todo vuelve cuando más lo precisás /Nos veremos otra vez. "Nos veremos otra vez" - Serú Girán


Algunas fuentes relacionan el origen del nombre mayo con Maya, la diosa de la castidad, la abundancia y la floración. Otras, lo asocian a la díada maius-magnus que significa magno, grande, majestuoso, lo cual resulta coherente con que en otros momentos mayo haya sido el mes dedicado a Júpiter, la máxima deidad de la mitología grecolatina. Personalmente pienso que ambos sentidos se complementan para explicar lo que viví en este mes. Puedo resumir los días más recientes como intensos, no necesariamente agradables a primera vista, pero con revelaciones fundamentales. Por eso asumo este tiempo, siguiendo la etimología del mes, como un majestuoso florecimiento. Esta prosperidad de la vida que experimenté tiene que ver ser testigo de formas de interdependencia con otras personas cuya constatación renueva esperanzas y disipa confusiones sobre la potencialidad del vínculo social.

Me gusta mucho revisar las etimologías como punto de partida en mis reflexiones. No me parece que siempre a las palabras se las lleve el viento, sino que, por el contrario, nos dan muchas pistas para que podamos usar el viento a nuestro favor, o por lo menos jugar con él. Esa exploración inicial en el lenguaje, me parece fundamental, porque nombrar es el comienzo de la existencia como reconocimiento y no como organicidad. Para mí vínculo social es sinónimo de solidaridad. Una de las definiciones de solidaridad que vi en una búsqueda superficial por internet dice que se refiere al adjetivo latino solidus, solida, solidum, “o sea, sólido, macizo, consistente, completo, entero”. Pero también al adjetivo que define “lo real, seguro, sin vanos artificios, firme”. Mientras tanto, la raíz de esta palabra también se asocia a verbos latinos, en este caso “solido, solidas, solidare, solidaui, solidatum”, que nos remiten a acciones específicas como “consolidar, dar solidez, asegurar, endurecer, soldar”. Todas estas definiciones me parecen pertinentes y para nada excluyentes entre sí.

En este mes la posibilidad de contar con otros o ver cómo otros cuentan con otros permitió que en un sentido simbólico y real mi espíritu y mi cuerpo se soldaran, se consolidaran, se realizaran sin vanos artificios y adquirieran consistencia. Quiero decir con esto algo que cada vez se me presenta con mayor nitidez: el antídoto contra la constitutiva incertidumbre de la vida es la confianza en las redes, los tejidos, las fibras que se trenzan en las relaciones sociales. Por eso considero tan importante rescatar una visión sincera y atinada de lo público. La subjetividad, la autonomía son dimensiones importantes para el desarrollo de las personas. Sin embargo, hay una delgada línea entre el autocuidado y el egoísmo. El egoísmo me parece una subjetividad neoliberalizada, es decir, que fetichiza la individualidad convirtiéndola en un fin que debe conseguirse a cualquier precio. Este sometimiento a la idea de éxito individual me resulta el terreno perfecto para que crezca la paranoia, ya que en un contexto de desmesurada competitividad se ve a los demás como potenciales enemigos, creándose un ánimo de permanente hostilidad. Uno de mis actuales manifiestos es que el miedo es el único enemigo del amor y de la vida, entendida como creatividad y capacidad generativa. Para mí la subjetividad es precisamente el espacio que hace contrapeso a toda forma de autoritarismo. Por eso es una paradoja y una tragedia que esa subjetividad pueda volverse autoritaria, o sea, egoísta. En ese sentido para que no cruce ese límite hay que estar atentos al grado en que se forma y se expresa, a cómo la calibramos. La subjetividad, a su vez, se relaciona con otra palabra: la de privacidad. Para mí la privacidad es la oportunidad de que la intimidad sea un lugar de exploración para la creación colaborativa, la creación conversada. Pero muy cercana en su etimología está una palabra tan parecida, pero con consecuencias tan opuestas. Me refiero a la privatización. La privatización es la interpretación distorsionada de la privacidad, es el exceso de privacidad, en otras palabras, que lo privado se traslade a TODOS los contextos, en detrimento de una concepción dialéctica en donde interviene lo público, como complemento y no como antónimo.

Por estos días retomé La Vergüenza escrita por Annie Ernaux. Allí encontré un pasaje que inspiró el nudo de esta reflexión. Dice ella que no puedo evitar "asociar la palabra privado con la carencia y con el miedo. Incluso cuando se habla de vida privada. Escribir es algo público". Aunque prefiero matizar su afirmación con respecto a su definición de la vida privada, estoy de acuerdo con que el miedo y la paranoia son los que hacen confundir esta vida privada con privatización. También estoy de acuerdo en que la escritura publicada (incluso aquellas que no están respaldada por editoriales, como la que ocurre en este blog) es deliberadamente y declaradamente pública. Que sea pública no significa que se renuncie a la subjetividad, sino al contrario que esta aspire a una construcción colectiva, a una exposición que va más allá del soliloquio en el espejo y que implica un riesgo (la vulnerabilidad), pero también una posibilidad (un diálogo amplificado). En lo que sí coincidimos Annie y yo es en que apostar por lo público es apostar por no rendirse ante el miedo: reconocernos interconectados es un factor que nos hace sentir más seguros para movernos y actuar; es decir, que el apoyo colectivo amplía la capacidad de maniobra de los individuos. Aquí recuerdo también a Jane Jacobs, la activista canadiense que defendía el urbanismo humanizado y quien dijo —según mi falible memoria— que un zócalo urbano activo brinda sensación y realidad de seguridad a los transeúntes. Trasladado a nuestro contexto latinoamericano, el hecho que esté la viejita chismosa —en la puerta o el balcón—, que haya pequeños comercios y tiendas de barrio significa que las personas habitan la calle y se protegen entre sí. Esta descripción que creo haber leído en Muerte y vida de las grandes ciudades me ha resultado práctica (puro sentido común) y también conmovedora (la solidaridad multiplica la vida).

Uno de mis principales intereses y motivaciones en esta vida es el que llamo "conectar". Me parece que la vida tan misteriosa y absurda como es se dota de sentido por las relaciones que establezcamos y la forma en que cada persona las aproveche y disemine. Por eso, me inquieta la tendencia moderna a la anomia (fragmentación grupal, aislamiento). Recusar del apego y del sentido comunitario es cuando menos pura necedad. Me parece importante que se promueva la comunidad, porque la entiendo como espacio para expandir las posibilidades subjetivas y no como lugar de obediencia. Por eso a la fecha todavía me emociona toda manifestación de solidaridad.

Decía al inicio que durante mayo esa esperanza en lo público, lo solidario, lo colectivo se renovó. Ello se debió a tres acontecimientos muy específicos y especiales. Primero, porque tuve la oportunidad de agradecerle a Manuel su generosidad y la disposición para conversar, para situarse horizontalmente en una relación pedagógica con nosotros. A inicios de mayo nos contó que dejaba el cargo. Fue una noticia agridulce: agria porque esa integridad es difícil de encontrar en relaciones laborales; dulce: porque es honesto consigo y con su ejemplo predica coherencia, parresía motivándonos a seguir unidos y trabajando por esa forma de vida.

Segundo, porque acompañé a mi novio a comprarle una máquina de coser a su mamá. Cabe apuntar que esta mujer tiene una historia de resiliencia increíble y que sigue en pie junto con sus hijos precisamente por estos hilos de afecto que han sido más fuertes que cualquier otra violencia. En este contexto los lujos o los antojos no han pasado de ser más que fantasías, ya que lo urgente era resolver la maraña de la existencia, ser pragmáticos. Pero ese trabajo tiene sus consecuencias, en este caso su recompensa, y así fue que, en el día de la madre de este año, ella tuvo su primera máquina de coser. Mi suegra define este momento como haber cumplido un sueño. Su alegría era incontenible, inocultable. Desde entonces cose todos los días y si algo me produce satisfacción es ver que alguien le saque gusto a un regalo, a algo que le interese mucho. Me pareció muy tierno todo lo que sucedió alrededor de esa máquina, especialmente, recordar que se trató de un gesto de solidaridad de su hijo, de una respuesta al apoyo mutuo que se han brindado, ya que ambos han renunciado a privatizar sus recursos, sus existencias, y ahora a él se muestra agradecido a través un acto solidario.

Y Tercero, porque en este mes me desmayé por primera vez en mi vida. No me di cuenta del movimiento, del desplome, ni del golpe en mi cara. Quedé privada. Y mira cómo se presta el lenguaje para jugar con el tema de esta entrada: quedé privada, pero la ausencia de un ánimo privatizante en mis seres queridos y en mi entorno fue lo que me ayudó a salir de esa crisis. Mi mamá estaba sola cuando ocurrió todo, así que su impulso fue salir y gritar a los vecinos, sobre todo, para que la vecina enfermera se enterara. Fue la vecina del lado la que primero dio aviso. Cuando desperté estaba rodeada de mujeres: mi mamá, mi prima que también es vecina, la enfermera, la cuñada de la enfermera. Recibí los primeros auxilios y luego el consejo de que me llevaran a urgencias por el golpe en la cabeza. Estas acciones hechas por Rita fueron útiles en sentido médico, pero lo más importante es que ayudó a que mamá se tranquilizara y pudiera avanzar en el tratamiento de mis heridas. Ese sábado estuve todo el día y parte de la noche en urgencias. Mi prima me acompañó todo el tiempo. Los días siguientes las vecinas preguntaban por mí, también rezaban y hasta me llevaban frutas. Mi abuela, otras primas y mi tío también estuvieron pendientes.

Esos días estuve débil de cuerpo, pero fortalecida en el espíritu, profundamente conmovida y agradecida con esta solidaridad que fue el principal insumo para reconstruir mi tejido corporal y moral. En medio del dolor de cabeza y la confusión por el golpe, de lo primero que fui muy consciente estando en el hospital era que esa actitud solidaria, además barrial y femenina, fue lo que me salvó en ese momento. Pienso entonces que la soledad es necesaria, sí, pero es cuando compartimos con otros que sus frutos adquieren propósito. Si viviéramos en torres privatizadas ¿cuál habría sido la respuesta de mis vecinos? ¿Podría llamarlos vecinos? ¿Tendría quizá una herida más profunda así hubiera logrado curar la herida física por otros medios? Probablemente en mí, que soy romántica, estaría abierta la herida de la indiferencia, de que lo privado, sea como cuestiona Annie, expresión de cerramiento.

La vida del vecindario, de mi vecindario con sus antejardines y su calle peatonal promueve un diálogo permanente entre el adentro y el afuera en el que ebulle la vida, la creatividad, la cooperación. Como la membrana de esta parte de la ciudad es porosa, el miedo sale y la creatividad y solidaridad entran. Me di cuenta, y sin intermediarios, que ni mi casa, ni la de mis vecinos están privatizadas, encerradas en sus mundos, sino que por el contrario seguimos conversando, seguimos intercambiando y seguimos cuidándonos. Es una experiencia, una prueba que viví de primera mano para seguir enamorándome de la vida en el barrio. Un aliciente para seguir buscando mi singularidad en permanente comunicación con el entorno. Gracias al barrio que me acogió y me levantó es que ahora puedo incorporar un nuevo sentido de vida: la experiencia de lo íntimo como un espacio que se sabe conectado (ni subyugado, ni dominante) de lo público. Es en su intersección donde la solidaridad se me mostró como un hecho. Con la nueva cicatriz en mi labio, pero con el corazón sano y alegre, hoy celebro su existencia.

lunes, 27 de febrero de 2023

Sustitución

 

Yeah, it's a wonder man can eat at all / When things are big that should be small / Who can tell what magic spells we'll be doing for us / Futures made of virtual insanity, now / Always seem to be governed by this love we have / For these useless, twisting, of our new technology /Oh, there's nothing so bad As a man-made man / Oh, yeah, I know, yeah (take it to the dance floor)

Dos son las inquietudes que ocupan la atención de mis días. No es un secreto que la creatividad y la subjetividad son las preguntas donde fijo mi existencia actual. También es cierto que las quisiera menos como palabras —incluidas las de este blog— y más como sencillas experiencias. Pero cuando me acerco a ellas aún me muevo como sobre arena movediza. A veces siento que avanzo, me siento fuerte, pero en otras aparece una sensación de debilidad sin que domine el abatimiento, porque sigo intentándolo. 

En este año, dos han sido los motivos para volver sobre su significado. Primero, el revuelo causado por ChatGPT, un chatbot —protocolo de respuesta automática— de inteligencia artificial centrado en producir textos y respuestas elaboradas luego de recibir instrucciones. Segundo, mi camino personal me encontró de nuevo con la reaparición de una envidia específica, un afán competitivo, que algunas personas llaman erróneamente celos. Los celos son la enfermedad de la incertidumbre y lo que yo siento al compararme (con la inteligencia artificial o, a veces, con otras mujeres) es una amenaza a mi singularidad. 

Ser singular lo entiendo como una defensa de la excepcionalidad que es uno (que somos cada uno de forma tan universal): tan excepcional como para poder permitirme cometer mis errores, sin identificarme con ellos. Tan excepcional como para reconocer que mi cuerpo basta para entregarme y que su desnudez no es sinónimo de transparencia, pero sí de creatividad, de potencial. 

Pero aparecen algunas piedras en ese camino: ¿cómo se relacionan creatividad y subjetividad en una especie dominantemente social?, ¿qué significa pensarse o sentirse insustituible cuando nuestra ventaja evolutiva es la interdependencia?, ¿qué significa ser autónomo cuando nos acechan los automatismos?

Hoy quiero responder parcialmente a esta paradoja a partir de mis impresiones sobre el estado actual de ChatGPT. Este Chat es una aplicación que ha impactado la opinión pública mundial de este año. La razón esencial de esta agitación es, a mi modo de ver, la misma que entusiasma a sus promotores y que previene a sus críticos, y es el hecho de que mientras en el pasado el refinamiento tecnológico sustituía una labor manual, ahora una herramienta parece capaz de sustituir funciones cognitivas humanas. Al respecto, he conocido posiciones alarmistas. 

Por ejemplo, para algunos economistas hasta hace seis meses era inimaginable poner en tela de juicio uno de los rasgos que definen la especificidad humana: su inteligencia entendida como la capacidad de crear ideas, de conceptualizar. El hecho de que esta perplejidad sea ahora sea una realidad, les lleva a considerar que actividades que se suponían blindadas, esto es, insustituibles no lo sean tanto —por ejemplo, el periodismo, la redacción, la edición y la corrección de estilo— y que en esa medida se ahonde en la incertidumbre humana, ya que podría esperarse cualquier cosa del futuro. 

Por otro lado, los profesores y pedagogos han desarrollado posiciones más matizadas. La educación, en tanto involucra el ejercicio intelectual, es un sector altamente sensible a los efectos de estos desarrollos de programación. La susceptibilidad inicial ha desencadenado respuestas reactivas y pesimistas, ya que algunas personas sentencian la desaparición del lenguaje —de los idiomas como recursos expresivos— y del ensayo como género literario y académico. De ahí ha surgido un ánimo paranoide que solo alimenta —de una manera, por demás, poco creativa— un circuito de cacería entre máquinas: el mismo mercado tecnológico crea la "enfermedad" (chatbot), y la "cura" (sotfware para la detección de plagio creado por las aplicaciones de tecnología artificial). 

Esta es una respuesta equivocada a una pregunta mal formulada. Pero, ojo, porque ese error no es un fallo, sino una omisión intencional: ¿qué puede ser más rentable para los programadores que la cacería tecnológica de cuño paranoide —usar bossware para capturar al tramposo, vigilar al potencial plagiador—? La imposición de una mirada moralista distrae a muchos, pero, sobre todo, llena el bolsillo de pocos. Vista de esa manera, la masificación de ChatGPT me aterrorizó: tenía miedo a ser sustituida. 

Pienso en que soy una mujer que escribe, edita y corrige textos. Desde hace ocho años hago un trabajo esforzado alrededor del lenguaje, a la manera de una intérprete del malentendido —como ya lo había dicho en otro lugar https://guijarromolido.blogspot.com/2021/06/lengua-materna.html—. Ver en Twitter o por amistades los textos de ChatGPT hicieron que me sintiera en peligro, como un animalejo en vía de extinción. Por eso me negué a usar la aplicación en la efervescencia de su aparición. Mi razonamiento era el siguiente: ¿y si me perdía en el camino? ¿y si me daba cuenta que mi lenguaje, o sea mi voz, era prescindible? Para mí acceder al chat suponía observar y cometer un sacrilegio. 

Sin embargo, caí en cuenta de que esta postura respondía a un ideal como suelen hacer todos los miedos; pero uno no se forma para encontrar la perfección, sino como preparación para la imperfección. Por eso, decidí usar la aplicación y me permití hacer preguntas más juguetonas que formales para familiarizarme con la aplicación. De esa manera me di cuenta que no tenía sentido de humor, sino literalidad programada para ser neutro, plano, insípido. Entonces de ahí sí utilicé el chat como asistente en la escritura de un texto breve. Luego revisé en otros ejemplos serios y traviesos de otros usuarios y pronto me di cuenta que de eso tan bueno no dan tanto. Lo cual en este caso era muy bueno. No hay que tomarse tan en serio ChatGPT. O bueno, no tanto en sus respuestas o para perseguir a los plagiadores de turno, sino para preguntarnos lo realmente importante: ¿cuál es el propósito y el sentido de confiarle la creatividad, rasgo singularmente humano, a una máquina?.

Por eso, hoy sí me siento más orgullosa de estar plasmando estas palabras: ellas son la prueba de la vitalidad del lenguaje humano, de los músculos, latidos y nervios que lo engendran como fuerza expositiva. Me di cuenta que —aunque eventualmente lo aprenda— el ChatGPT de hoy no pasa el filtro de la revisión crítica de un evaluador de carne y hueso. La capacidad de cribar la información entre la basura publicada internet es una habilidad que, como la de los espigadores de ayer, hoy y mañana todavía depende de un cuerpo humano. 

Más importante aún, también descubrí que los textos de inteligencia artificial no tienen estilo (o sea que no tienen humor, ni emoción, ni singularidad). El robot del momento es capaz de escupir un montón de clichés bruscos, disparatados, casi esquizoides escritos con coherencia, pero que no transmiten un mensaje coherente o sea sensible a una geografía, a un tiempo y a un consenso. Así, para quienes digan que el chatbot nos liberara del trabajo difícil y que ahora "si nos dejará pensar", le responderé que eso no es cierto: escribir es difícil y en esa dificultad radica la posibilidad de su creatividad. 

Para escribir literatura o para escribir ciencia se requiere de la experiencia y de un propósito cuya legitimidad, pertinencia y singularidad se derivan por lo general de una discusión colectiva que incluye a otros y sus respectivos contextos. Hay, en síntesis, unas realidades empíricas (fenomenológicas), críticas (verificadoras) y animales (irruptivas), cuyo salvajismo inventivo no está in-corporado en un robot. 

De esta manera, paso de la paranoia al equilibrio, sobre todo porque recuerdo que mientras no haya moralidad, sino valores que prioricen la sensibilidad colectiva hay esperanza para los intérpretes y, sobre todo, para los escribientes. No es que seamos prescindibles, pero tampoco sustituibles por una máquina. La escritura no es reductible a un algoritmo, es decir, a la gula y vómito de fonemas, sino a un metabolismo hermenéutico: degustar y depurar la palabra y el misterio que nuestros latidos le brindan. 

Escribir no es solo lo que se dice —hacer muchos inputs en el chatbot—. Escribir no es escribir, escribir es sobre todo borrar. Adentrarse en la selva, sembrar poco y podar mucha manigua. Escribir no es un néctar de flores y frutos, es sobre todo dejar que muchas hojas se marchiten y hacerlo con alegría. Esa es la gracia literaria de una escritura imposible de imitar. La muerte es la marca máxima de individualidad: nadie más la experimenta por uno, ni como uno. La mortalidad, marchitarse, borrarse, olvidase es la clave de una escritura irreductible a un código binario: el robot no puede sustituir la huella mortal —dejar morir muchas palabras y partes de la corporalidad de uno ellas— que le da su singularidad a la literatura, es decir, a toda escritura en donde se juegue el pellejo.

martes, 27 de diciembre de 2022

Sangre

Según la antigua teoría de los temperamentos, el carácter humano se dividía en cuatro humores: sanguíneo, colérico, melancólico o flemático. De esta interpretación desarrollada por Hipócrates hacia el siglo V a. C. me llama la atención que la vida anímica se identifique con líquidos. Así esta hipótesis anticipó el conocimiento de que nuestro cuerpo está constituido en promedio por 60 % de agua, mientras que el restante 40 % se distribuye entre proteínas (18 %), grasa (15 %) y minerales (7 %), es decir, que por otro lado venimos de la roca y en síntesis somos barro, en que además se mezclan todas las tierras y todos los mares. La metáfora acuática me resulta fascinante porque el agua es sin duda el rasgo por antonomasia del planeta Tierra y hoy es una obviedad reconocer que los océanos fueron la cuna y matriz de todas las especies.

A propósito de estas afirmaciones, al ver White Lotus me sentí especialmente conectada con las imágenes que involucraban el mar. De hecho, me parece, que es la metáfora principal de la serie. Cada vez que había un cambio o una revelación aparecían las olas golpeando los acantilados. Sin embargo, es con los personajes de Tanya y de Quinn donde, para mí, se hace evidente esta relación vital con el océano: primero, porque la atormentada mujer que luchó todo el tiempo por liberarse de su madre, del peso de una representación violenta y opresiva aún en forma de ceniza, logró atravesar, gracias al mar, ese miedo a la libertad dejando que este se llevara finalmente su pasado. Segundo, porque Quinn un joven de 17 años enredado en la dopamina barata del consumismo desechable —cuya síntesis es la adicción a la pornografía y a los Smartphone— dio el paso a una vida nueva desde que entró contacto con el mar.

Es probable que el bautismo tome del embarazo su simbolismo acuático. Es en ese medio donde surge la vida humana: un líquido que es atmósfera y alimento hasta que llega la vida en tierra. El bautismo es el saludo de bienvenida a esa vida. Y eso fue lo que le ocurrió a Quinn: el mar le permitió aterrizar. Me pareció hermosa la transición visual que evidencia la transformación de este personaje; se trata de una secuencia muy ilustrativa en donde el contacto con materiales vivos y no con pantallas transforma a un niño mimado, es decir, prisionero de un deseo impuesto externamente (consumos que definen a la élite), en un joven que descubre realmente el placer propio y se da cuenta que este no tiene nada que ver con la masturbación, sino con darse él mismo su lugar en el mundo siendo un individuo en relación con el concierto de los seres vivos.

El punto de inflexión inició cuando Quinn acudió a la playa como dormitorio huyendo del maltrato de su hermana quien monopolizaba el cuarto del hotel. Al quedarse dormido sobre la arena, la marea se llevó los dispositivos electrónicos que Quinn cargaba con él. Ahora que lo pienso, estos objetos eran como el cofre de cenizas de Tanya, o sea, otro lastre ruinoso que opacaba el espíritu, aunque el muchacho aún no podía entender este mensaje. Primero llegó el berrinche y el afán por obtener un nuevo teléfono tan pronto como fuera posible. Para él era inconcebible otra forma de vida, la imaginación está trabada en las cuatro líneas de la pantalla y el muchacho aún no alcanzaba a considerar todas las posibilidades que residen en nuestra herencia animal, en el simple hecho de tener un cuerpo. 
 
Pese a su frustración, Quinn siguió durmiendo en la playa y sin proponérselo tocó de frente y sin intermediarios el umbral del aburrimiento. Y entonces descubrió que era un sentimiento agradable y fértil: solo en el reposo y la contemplación se avizoran ballenas. Para apreciar estos mamíferos increíbles, centinelas del planeta no podemos exigir afán. Hay que quedarse quietos y mirar. La magia no es algo extraordinario sino una transformación de la mirada: no vemos lo que estuvo todo el tiempo porque nos cegaba la velocidad. Un mundo inédito se abre cuando se incorpora la paciencia: que primero baste con estar; que luego esa consciencia reconozca que el origen del movimiento —no de la evasión— es el aburrimiento. Porque el aburrimiento es el océano mental del que nace la creatividad. Pronto Quinn fue más sensible a esa corriente que solo se percibe al estar quieto. También vio la efervescencia del mar adentro y al alzar la mirada al horizonte halló su comunidad: un grupo de hombres fornidos que remaban todos los días entre los islotes del archipiélago. De la inercia de la pantalla, Quinn saltó al esfuerzo del remo y halló en ese trabajo la alegría de una rutina que daba sentido a su roca. Entonces renunció al Smartphone, a la comodidad capitalista de su familia y se quedó siguiendo su inclinación. Una vez más el agua como sinónimo de vida.

*

Como Tanya y como Quinn yo también he estado inquieta en estos días. Ahora que me encuentro en pareja, me he lanzado a un mundo inédito: así fue cuando Tanya esparció las cenizas de su madre y cuando Quinn se quedó en Hawaii dejando a su familia adinerada para habitar con los naturales. Es cierto que le di a mi monstruo, a mi lastre su estocada final. Ese aturdimiento ya no existe. Pero con la nueva vida, también llegan nueva luchas: ahora experimento una extraña agitación, una nostalgia inquietante que me impacienta, haciéndome sentir resaca sin haber tomado licor. Curiosamente varias personas se refieren a mí como alguien apacible, que transmite paz. Yo me sonrío porque para mi intimidad era una descarada ironía. Pasé tres años apaciguando la sombra; pero lo que en realidad hice fue alimentar su voracidad y con ella una guerra de mí contra mí. Me di cuenta que solo podía aniquilar esa sombra a través de la violencia y toda la que guardaba en mi interior, la volqué hacia afuera. Arrasó con todo.

Quedó una playa primigenia y por primera vez sentí de nuevo esa paz de la que tanto hablaban otros y que me era familiar. Se parece a algo que conozco, sí, se parece a las tardes de infancia sin internet. Quizá por eso visité ayer a mi tía Olga. Es probable que no pisara su casa hace quince años. Allí están los portarretratos con fotos infantiles de mis primas y está ese olor singular de su casa, que nunca he sentido en ningún otro lugar y que me recuerda las veces que fui a amanecer y a jugar con Cindy. Es un olor a una especie de pegamento industrial. Necesitaba oxigenación, reposo, marea baja. He estado hablando del agua, de los líquidos y de los temperamentos, y ahora que menciono el oxígeno entra en juego otra forma particular del agua: la sangre, en efecto, el agua de los mamíferos. La sangre se sitúa en este punto como sinónimo de excitación (por presencia o por ausencia de esta): hacer del cuerpo alimento, compartir con tantas personas alrededor de las comidas, el desfallecer de los cuerpos.

Por su color, por su función y por su distribución corporal, la sangre es un indicativo de los signos vitales. Dice la teoría de los humores que el temperamento sanguíneo en su forma positiva es expresivo, cálido, hablador, entusiasta, comprensivo —las cualidades con las que asociamos la vida—; mientras que en su forma negativa es indisciplinado, inestable, improductivo, exagerado y egocéntrico. Si pudiera definir diciembre no dudaría en hacerlo como un mes "sanguíneo" (tanto por lo positivo como por lo negativo). Mi energía social nunca estuvo tan demandada como en diciembre, aunque el corazón que más sangre ha requerido ha sido el de la experiencia en pareja.

Ha pasado mucho en poco tiempo. Hay una densidad que me deja perpleja y a la vez me imanta. En este momento siento la sangre como otro océano, uno revolucionado, cuyas mareas empujan y traen un mar al rojo vivo. Ellas expresan la calidez de comer con seres queridos y las mejillas sonrosadas por el romance, pero también las corrientes que inflan los deseos masculinos. Por eso la sangre también despierta mis vicios neuróticos. Me avergüenza que se torne paranoia (sangre caliente, sangre agitada). ¿Qué pasará cuando la sangre de tu periné vuelva a todo el cuerpo y nos lleve a la otra orilla? ¿Podremos volver juntos a esta orilla solo con la sangre de los pulmones o sucumbiremos a la trampa río abajo?

Cuando la muerte llega el cuerpo palidece, queda tieso y blanco. Visto así podría interpretar que la manifestación sanguínea al son del deseo sea quizá la máxima prueba de vitalidad (encendido, rojo, fuerte), pero al instante no puedo evitar mis preguntas necia, ¿acaso no funciona también así la arrogancia? Es una erección del ego, que como todas ellas no puede ser permanente, ni consistente. Inflar y desinflar. Ilusión y desilusión. La sangre exagerada que lleva a un escenario egocéntrico, improductivo, indisciplinado. ¿Podremos construir nuestra balsa si respondemos solo a la sangre impaciente de las entrepiernas? ¿O navegaremos también al ritmo de un latido acompasado, paciente, de un océano templado en donde la sangre del movimiento sincronizado no se agota en la urgencia del roce?

Insisto en esta pregunta porque yo, mujer que desangra al ritmo de la luna —influida como todas las demás mujeres por las mareas planetarias y no por el capricho egoísta del falo—, yo, mujer también participo de ese torbellino: y lo hago de manera apasionada, como un fluir irreversible. Pero luego también experimento esa sangre concentrada en mi cabeza: lo vivido se torna ensueño, espejismo, como si estuviera entredormida. Como si fuera una distracción. ¿Si distrae es porque está al margen de la vida verdadera? ¿Es la vida verdadera la experiencia no sanguínea? Me gusta esa intensidad, pero prefiero la consistencia. Y siento que la consistencia es el resultado del oxígeno y no simplemente de la sangre, de la revolución que infla a uno y luego desinfla todo.

La sangre saturada en mi cerebro, por ejemplo, convierte al pasado en aguijón y al futuro en neblina. Contamina, asfixia. Mientras tanto pienso que es del oxígeno, de la calma, que surge la creatividad. Quiero que la respiración (sangre metabolizada) y no la sangre cruda (miedo, prevención, envidia) sea mi certeza. Lo que más me interesa es seguir obrando en este mundo, desde mi lugar propio, pero compartido. La encrucijada es que ahora aprecio el valor de mi autonomía, por fin, me valido yo después de tantos tropiezos y torpezas, y a la vez me comprometo con esta nueva conexión. Me siento frágil, pero no débil ni fragmentada. Mi propuesta: tomar de la sangre cruda el impulso para apostar valientemente por los valores y por esta relación que considero valiosa. Tomar del corazón la capacidad de transformar los instintos en algo más que un afán de poder cortoplacista.

El reencuentro con mi familia paterna a raíz de un funeral, me permitió bucear en mi pasado con un propósito: traer al presente mi gusto por nadar. Para la sangre pesada, para el océano turbio, para el impulso acalorado: nadar o navegar. Para remover el sedimento y disfrutar mientras muevo mi cuerpo, que es mi centro y mi salvavidas. Una invitación: a remar contra el mar hinchado, sanguíneo, siguiendo el ritmo de una mutua elección.

martes, 30 de agosto de 2022

Incomodidad


 
Hace poco inicié entrenamiento de fuerza, específicamente circuitos de crossfit. También volví a crear una cuenta virtual personal, esta vez como un taller de autorrepresentación y no como una herramienta para calibrar o manipular las reacciones de otros. Me comprometí firmemente con la postura de un nutricionista cuyo trabajo admiro y ese compromiso fue sinónimo de crítica con un amigo para quien tuve en el pasado un comportamiento condescendiente, consecuencia del ánimo complaciente con el que durante años pretendí aliviar mi temor al rechazo.

Por eso, a la fecha, he decidido enfrentar el rechazo y esto quiere decir recibirlo y también darlo, porque la vida es un movimiento basado en resistencias que impulsan los pasos. Por eso quise experimentar situaciones que no deseaba, es decir, que no me entusiasmaban visceralmente, pero en las cuales vi una oportunidad de desarrollar mi amor a la vida, de fortalecer mi lugar en el mundo más allá del ego. Romper el ego significa, para mí, construir ese lugar a partir de los estándares personales y no desde las ideologías. Pero este tránsito del ideal a la actividad requiere de un campo de entrenamiento y ese campo es la vida misma. Por eso ha sido tan importante redefinir el concepto de “error”: el error no existe, pero es la forma en que los tercos nombran lo que en realidad es la versión no idealizada de la vida.

Vivir sin miedo al error significa vivir ejerciendo la imaginación, pues me parece que este recurso cognitivo es la base de la salud mental. Creo que imaginar opciones —una acción muy distinta de catastrofizar— es el primer paso en la terapéutica de la depresión. La imaginación es la capacidad mental con que asociamos el ingenio y la obra artística, pero considero que su función es más expansiva y que es el fundamento de la creatividad misma, una acción de la que nacen otros rasgos humanos como la compasión y el realismo entusiasta. Ahora bien, no hay que olvidar que la imaginación no es un don que funciona automáticamente: es una habilidad que requiere práctica, esfuerzo, para desarrollarse. La imaginación es, por tanto, un recurso exigente que requiere atravesar frustraciones, decepciones, desilusiones para convertirse en habilidad; en otras palabras, la incomodidad es el correlato de una imaginación desenvuelta y esta imaginación —esa rebeldía con causa— es la puerta hacia la práctica de una libertad alegre.

En experiencias recientes que incluyen cirugías, viajes, encuentros inesperados, conferencias de historiadores, pataletas y quejas decidí observar el grado en que la intolerancia a la frustración obturaba  la obra liberadora de la imaginación. Al respecto, noto una tendencia colectiva y es la baja tolerancia a la frustración, a la crítica: se prefiere negar o cancelar aquello que pone en entredicho una creencia personal e identitaria arraigada. Esos ídolos que creemos que nos definen. Por eso me parece que el autoengaño y la autoindulgencia se han convertido en la trinchera de un ánimo paranoide que ve opresión u hostilidad en formas de comunicación que por no ser condescendientes se confunden y prejuzgan como violentas.

Por ejemplo, para mi abuela resulta insoportable que sus caprichos no siempre se cumplan. De ahí que haya dramatizado el posoperatorio de su cirugía de catarata. En este punto prefiero recordar que "quien quiere marrones aguanta tirones", es decir, que muchas veces necesitamos pagar a corto plazo un dolor, una incomodidad, un "no te va a gustar" para conseguir un bienestar duradero. A mí me tocó aceptar que la interacción con F. terminó de una forma personalmente insatisfactoria, pero objetivamente consecuente con nuestro contexto. La conferencia sobre esclavitud en el mundo Atlántico del siglo XVII me recordó que hay que evitar la "trampa de la paráfrasis", esto es, que hay que esforzarse para no repetir y para imaginar de otra forma las fuentes: que sean más que citas afirmativas, quizá, que las aceptemos como vehículos para la exploración honesta de incertidumbres, porque la incertidumbre es el tejido de la vida y la vida es el material de los historiadores. Pero reconocer que esta es mi tarea como historiadora no es sencilla; hay formas facilistas de adelantar esta profesión, requiere esfuerzo unir investigación y creación, se siente como un puño ver la experiencia de historiadores valientes. Sin embargo, decido vivir este golpe como puño de boxeo. Es una incomodidad que me estimula, que disfruto, porque me despierta, me sacude y así me invita a imaginar y a responder con fuerza.

Por eso me parece que el boxeo es una actividad muy relacionada con la salud mental. Como nos indica este deporte, los golpes nos sacan de la zona de confort, nos hacen sangrar, ponen a prueba la resistencia de nuestros brazos y piernas, pero no nos matan, porque su propósito es hacernos fuertes. Trabajar con lo estropeado. Sacar miel de la hiel. La incomodidad como fermento de un árbol que se extiende del suelo al cielo. Con raíces fuertes ganaremos equilibrio y de esta manera no temeremos movernos, arriesgarnos y transgredir —incluso transgredirse a uno mismo, a sus creencias—.Y aclaro: mi adhesión al pugilato no es una defensa del maltrato, ni de la violencia, ni del abuso. Es mi forma de reconocer que a nivel individual se requiere de la tensión, de la desilusión, de la frustración y del dolor que los músculos demandan para romper sus límites y así fortalecerse.

Para "llegar a ser lo que se es", es decir, para desarrollar la autoestima que desbarata la inseguridad, pero también el narcisismo —el cual está en sus antípodas— es necesario recurrir a momentos de tensión, que rompan las fibras para multiplicarlas. La caricia es necesaria, es de un valor insustituible para nuestro crecimiento como mamíferos, pero resulta insuficiente para que seamos humanos seguros, con capacidad de maniobra en una vida social atravesada por el lenguaje. Si solo recibiéramos caricias exclusivamente no desarrollaríamos las herramientas necesarias para los embates de un planeta al cual le somos indiferentes. Por eso el boxeo me resulta edificante como actividad y como metáfora de entrenamiento mental. Como metáfora, porque gracias a la participación de nuestra especie en el lenguaje podemos pasar del boxeo literal, en que se pone en riesgo la integridad, al boxeo simbólico donde las heridas ocurrirán solo a nivel lingüístico. Por eso es tan importante tener más que amigos a secas, "hermosos enemigos" —recuerdo de Ralph Waldo Emerson—; adversarios que nos quieran y a quien queramos. La amistad real bebe de la digna enemistad: que nos apoyen sin afirmarnos todo el tiempo, que nos reten, que nos contraviertan con respeto personal y contundencia ideológica. De vez en cuando conviene odiar un poco a los amigos. De vez en cuando nos daremos cuenta que el odio —la oposición— es semilla de amistades genuinas. Ya lo dijo Edmund Burke, el conservador más liberal: "El que lucha contra nosotros fortalece nuestros nervios y agudiza nuestra habilidad. Nuestro antagonista es nuestro ayudante".

La controversia, golpear ideas, golpear nuestras creencias es la forma definitiva de ese boxeo, de esa gimnasia formativa, del dolor que forja, que moldea presencias equilibradas. La posibilidad de sublimar el pugilato en la lucha lingüística, en el debate es un regalo evolutivo al que no conviene renunciar en nombre de nuevos inquisidores disfrazados de empatía. Esta sana beligerancia, que podría resumir en "maluco también es bueno" me ha permitido situarme en la realidad de una autoestima fortalecida y no en los imaginarios de un narcisismo que no tolera ser tocado ni con el pétalo de una rosa. Los golpes incomodan porque abren los ojos a la verdad y la verdad es lo insoportable. La verdad es fuego y quema antes de revelar la madera sana. Cabe aclarar que con ello no me refiero a una verdad metafísica sino a una procedimental, realista. No es una cuestión moral: la moral le teme al dolor de la vedad y a la imaginación, porque le asusta lo nuevo. La verdad como ética, como trabajo es insoportable porque lo que nos dice es que cada uno de nosotros somos los inmediatos responsables de la vida que hemos vivido. Dicen por ahí que la verdad nos hace libres. Pero, ¿estamos realmente preparados para la libertad? Para quien se ha entrenado, la libertad entusiasma. Para quien no se ha fortalecido, la libertad encarta. Así que si la libertad no tiene sentido, la incomodidad que la engendra, mucho menos.

Como quiero una vida libre, he decidido aceptar incomodidades inevitables, por ejemplo, que existen ideas odiosas, ideas de odio, posiciones que no me gustan, que considero éticamente peligrosas, pero trabajo por aprender a soportar oposiciones y a ser opositora. Trabajo por soportar ese malestar en lugar de negar esos discursos o de asumir cegueras sofisticadas para cuidar comodidades. Soportar no significa celebrar esos discursos, sino reconocerlos para derrumbarlos con el puño de una razón apasionada —si es necesario—, en vez de reprimirlos nerviosamente bajo el patrocinio de las nuevas censuras.

La paradoja es que nuestra cultura actual exalta la subjetividad, busca que cada singularidad tenga su representación, que la cultura dé gusto a todos, que la cultura nos cuide. Siento que sociológicamente este mecanismo funciona como una herida colectiva de abandono y esta da lugar a posiciones victimistas, en las que cuesta reconocer que no hay otro responsable de sí que uno mismo. Qué insoportable es recordar que el precio de esa individualidad es la responsabilidad. Sí, hay una familia, hay una cultura, hay estructuras que influyen, pero, ¿te determinan? ¿No es una enorme expresión de cobardía, de irresponsabilidad escudarse en comodines conceptuales que parecen decir mucho pero al final —y sin contexto— no dicen nada? ¿Opresión, sistema, ismos? 
 
No desconozco la existencia de víctimas. Muchas situaciones las generan. Pero haber sido víctima de una injusticia no te obliga a victimizarte: una cosa es la mala experiencia y otra muy distinta es obsesionarse con una interpretación inadecuada e incluso paranoide o revanchista de esa mala experiencia. En términos estrictos, nadie nos debe nada. Por eso considero que los recursos jurídicos que hemos contruido para tramitar humanamente las injusticias deberían reservarse para los casos más cruentos de abuso a los derechos humanos. Lo demás puede tratarse en el debate y en la aceptación de que la mayoría de interacciones sociales son menos maliciosas de lo que parece, que todo es menos personal de lo que creemos, porque en la mayoría de ellas lo que todos hacemos es proyectar. La certeza de esta lógica proyectiva libera y permite asumir y distribuir responsabilidades con nitidez. Por eso actualmente abogo por pensar y actuar menos desde la victimización y más desde el potencial: “Tomar el toro por los cuernos”, hacer soportable y, de hecho practicar con alegría, la responsabilidad que me abre las puertas a la imaginación. 

Imaginar es rechazar los ídolos heredados para dar lugar a la "alegría de lo necesario", es decir, para pasar de la servidumbre del capricho o del autoritarismo a la libertad de una razón apasionada. Y dejar esas herencias es un paso que cuesta porque solemos depositar cargas afectivas en ellas. La incomodidad que supone imaginar, liberarse, es decir, rechazar partes del pasado para caminar en el presente me remite a Baruch de Spinoza. A diferencia de metafísicos o escolásticos, Spinoza no liga la libertad a la voluntad o al control y, por tanto, no es lo opuesto a la necesidad, a lo determinado, sino que la define como un trabajo del autocontrol, en el que se reconoce y se usan las contradicciones humanas a nuestro favor. Se trata de la delgada diferencia entre querer controlar y tener el control. La libertad desde la interpretación spinoziana es un esfuerzo, un golpe que nos damos para formar creencias adecuadas sobre lo que es necesario y a partir de este trabajo racional permitir que las pasiones tristes —las interpretaciones victimistas— den paso a las pasiones alegres, al entusiasmo y a la confianza, que permiten construir un lugar donde nuestros deseos sean posibles. La libertad deja de ser así un ideal moral, porque no corresponde al deber ser, y pasa a ser una práctica ética porque corresponde al poder ser. La libertad no es una idea que opera por antítesis a la opresión, sino que es una acción, una tecnología del sujeto basada en el autoconocimiento y en la autocrítica para que cada uno transite, gracias a esa incomodidad que toda autorrevisión conlleva, de la impotencia y de la servidumbre a la potencia y a la imaginación personales. Entonces no nos preocupará el control, sino que nos ocuparemos de juguetear alegremente con las posibilidades que se presenten.