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martes, 31 de octubre de 2023

Desaparición

Hasta que la vela se apague, hasta que las lágrimas se sequen / Siempre quédate a mi lado, quiero que me mires / Hasta que se derrumbe, hasta que se rompa / Siempre aquí, quiero mirarte  KISS ME GOOD-BYE - BUCK-TICK

El pasado 19 de octubre murió Atsushi Sakurai (1966-2023) líder de la banda japonesa de post punk BUCK-TICK. La noticia apenas fue difundida en los medios al lunes siguiente, momento en que me enteré por mi amigo Jose. Esta no fue la única noticia ominosa que conocí por estos días: tengamos en cuenta que a inicios de ese mes se había recrudecido el genocidio en Gaza (es decir, la destrucción cruel e irracional de la infancia). Luego se sumaron las muertes de una compañera de trabajo, de la joven actriz Alejandra Villafañe (1989-2023) —cuya historia conocí por el conmovedor apoyo de su novio—, y del actor Matthew Perry (1969-2023), intérprete de Chandler Bing en la entrañable serie Friends (1994-2004). 

Menciono estos tristes acontecimientos, no por simple amarillismo, sino porque tuvieron un impacto inusitado en mí. La particularidad de estas personas es que a la mayoría las conocí gracias a los medios de comunicación. Aunque fueran famosos, o más bien pese a eso, experimenté hacia ellos cierta sensación de familiaridad, de cercanía. Esto lo viví, especialmente, con la muerte de Atsushi, ya que simboliza el reposicionamiento que estos eventos generaron en mí frente al impacto de la infancia y a los límites de la juventud. Es decir, actualizó en mí la consciencia dialéctica de la vida a través de la muerte.

Cuando vi la imagen del luto por Atsushi Sakurai la piel se me erizó y se me encharcaron los ojos. ¿Cómo podría ser que la muerte de un famoso me afectara de esa manera? En mi caso la muerte no ha sido una experiencia cercana —y es un miedo con el que lidio día a día—, pues solamente he sido consciente de la partida de mi abuela materna. De alguna manera Atsushi me hace pensar en ese duelo que como hija y amiga enfrentaré algún día. Y si su figura me puso en esta encrucijada emocional es porque, indirectamente, su voz me acompañó desde la infancia hasta el inicio de mi etapa universitaria.

La primera vez que lo escuché fue hace unos veinte años, en 2003, cuando vi en el canal Locomotion la serie anime Nightwalker cuyo ending era interpretado por BUCK-TICK. Como en mi casa no teníamos televisión por cable, ese universo animado japonés que tanto me gustó desde niña lo asocio  con los lugares donde podía verlo: la casa de mi prima Luisa o la casa de mi abuela materna. Esas eran las únicas oportunidades en que dormía fuera de casa; en que jugaba en compañía de mi "hermana"; y en que tenía mimos gastronómicos por cuenta de mi abuela. A lo largo de los años siguientes BUCK-TICK fue la banda sonora de varias de estas experiencias, porque luego estuvo en el opening de otra serie que vi en la adolescencia con mi prima y también hizo parte del repertorio de J-rock que mi amiga Milena  descargó en Ares y me compartía cuando yo aún no tenía internet en casa. 

En este caso la fama no fue sinónimo de una relación distorsionada, de envidia, competencia o idealización, sino de cotidianidad. Atushi, así como otros cantantes japoneses de los años noventa, acompañaron mis jornadas y me unieron a nuevas amistades. En su música están los recuerdos de mi niñez, de posibilidades de compartir, de conocer otras culturas. Por eso, cuando Sakurai murió me pareció increíble: es que una a estas alturas a veces olvida que la muerte acecha, que la muerte es el único destino y la única certeza, pero el afecto por los seres queridos nos lleva a evadirnos y querer estirar las presencias un poco más. 

Que Atsushi despareciera súbitamente, por un derrame cerebral, arrojó de tajo la pregunta por la desaparición de mis seres amados. Es que me volví a dar cuenta que la corporalidad tiene un peso singular, insustituible. Morir es, en primer lugar, desaparecer el cuerpo. Porque sí, por unos años quedan los artificios de la memoria y del lenguaje, los cuales nos brindan un consuelo ante la muerte de alguien amado, pero esos objetos nunca podrán darles una segunda vida. Yo nunca vi a Atsushi en un concierto en vivo, por tanto y, en estricto sentido, tanto vivo, como muerto, siempre fue para mí una presencial virtual. Sin embargo, ser testiga de su muerte, me obliga a aceptar su desaparición definitiva como cuerpo, es decir, a que nunca será posibilidad de presencia real, a que no podrá seguir creando con cierta sistematicidad (esto último lo digo porque ya vimos que la Inteligencia Artificial permitió "revivir" a John Lenon, aunque ciertamente es una práctica que no tendrá la ocasión o el interés de hacerse cotidiana, porque así perdería su eficacia). 

Por tanto, la muerte de Atsushi, su desaparición, me hizo sentir miedo ante la de mis seres queridos, ante la desaparición de sus cuerpos. El origen de esta conmoción se da porque refleja trágicamente mi interés principal en años recientes: buscar mi cuerpo, que quiere decir que busco realidades, mientras denuncio todo idealismo y especulación. Entonces saber que Atsushi murió significa que con la muerte desaparece el cuerpo y ese es el único lugar donde puede existir la acción, o sea el amor y la creatividad. De niña toda esa alegría con mi madre, mi prima, mi abuela, aquella alegría que justamente me recuerda la música de Atsushi, pasaba por el cuerpo: jugar, abrazar, dormir juntas, cocinar, comer, escuchar j-rock, ver anime. Es en esa lógica que me angustia la siguiente constatación: entonces sé que la memoria de la infancia también se evapora; reconozco que la juventud es pasajera y frágil; ya no me doy pajazos mentales sobre que "muere cuando se olvida", porque dejar de tener cuerpo, es el primer olvido. 

La muerte de un famoso que marcó mi infancia refuerza así mi estado actual ante la vida: el desgaste con los excesos filosóficos, con lo especulativo, con lo iluso y, por el contrario, mi búsqueda de consecuencias lógicas. La crudeza de la desaparición es una alerta para que mientras pueda le apueste a mi aparición, que no es lo mismo que a mi apariencia. Hace casi una década he luchado con la sensación de un cuerpo selectivamente voluptuoso, pero trabajo en aceptar que no se trata de anularlo, sino de permitirle que siga apareciendo, porque eso que percibo como exceso puede reacomodarse desde la realidad, no desde la suposición y la consistencia de ese esfuerzo se logrará mientras este cuerpo que ahora tiene pies y cabeza siga reapareciendo. 

Constatar una vez más la inevitabilidad de la desaparición, mi desaparición, me pone alerta sobre dejar de ser espectadora para ser participante y, sobre todo, una participante que entiende que los actos de habla y los actos de realidad no tienen que ser agresivos o acelerados, sino que pueden hacerse con determinación y a la vez con delicadeza, es decir, con un tipo de relacionamiento, procesual, bilateral, a una velocidad descansada, pero metódica que me permitirá llegar a una aparición lógica, donde lo que importa no son las emociones o las palabras reunidas, sino el sentido que he podido construir porque ya no me escondo en mí ni en el miedo, ni en el futuro. La desaparición está asegurada; es una constatación dolorosa. Procuraré que mi aparición, mi incorporación sea la posibilidad más cotidiana y alegre mientras eso otro ocurre. 

martes, 30 de mayo de 2023

Solidaridad

No estés solo en esta lluvia / No te entregues, por favor / Si debes ser fuerte, en estos tiempos / Para resistir la decepción / Y quedar abierto mente y alma / Yo estoy con vos / Si te hace falta quien te trate con amor / Si no tenés a quien brindar tu corazón / Si todo vuelve cuando más lo precisás /Nos veremos otra vez. "Nos veremos otra vez" - Serú Girán


Algunas fuentes relacionan el origen del nombre mayo con Maya, la diosa de la castidad, la abundancia y la floración. Otras, lo asocian a la díada maius-magnus que significa magno, grande, majestuoso, lo cual resulta coherente con que en otros momentos mayo haya sido el mes dedicado a Júpiter, la máxima deidad de la mitología grecolatina. Personalmente pienso que ambos sentidos se complementan para explicar lo que viví en este mes. Puedo resumir los días más recientes como intensos, no necesariamente agradables a primera vista, pero con revelaciones fundamentales. Por eso asumo este tiempo, siguiendo la etimología del mes, como un majestuoso florecimiento. Esta prosperidad de la vida que experimenté tiene que ver ser testigo de formas de interdependencia con otras personas cuya constatación renueva esperanzas y disipa confusiones sobre la potencialidad del vínculo social.

Me gusta mucho revisar las etimologías como punto de partida en mis reflexiones. No me parece que siempre a las palabras se las lleve el viento, sino que, por el contrario, nos dan muchas pistas para que podamos usar el viento a nuestro favor, o por lo menos jugar con él. Esa exploración inicial en el lenguaje, me parece fundamental, porque nombrar es el comienzo de la existencia como reconocimiento y no como organicidad. Para mí vínculo social es sinónimo de solidaridad. Una de las definiciones de solidaridad que vi en una búsqueda superficial por internet dice que se refiere al adjetivo latino solidus, solida, solidum, “o sea, sólido, macizo, consistente, completo, entero”. Pero también al adjetivo que define “lo real, seguro, sin vanos artificios, firme”. Mientras tanto, la raíz de esta palabra también se asocia a verbos latinos, en este caso “solido, solidas, solidare, solidaui, solidatum”, que nos remiten a acciones específicas como “consolidar, dar solidez, asegurar, endurecer, soldar”. Todas estas definiciones me parecen pertinentes y para nada excluyentes entre sí.

En este mes la posibilidad de contar con otros o ver cómo otros cuentan con otros permitió que en un sentido simbólico y real mi espíritu y mi cuerpo se soldaran, se consolidaran, se realizaran sin vanos artificios y adquirieran consistencia. Quiero decir con esto algo que cada vez se me presenta con mayor nitidez: el antídoto contra la constitutiva incertidumbre de la vida es la confianza en las redes, los tejidos, las fibras que se trenzan en las relaciones sociales. Por eso considero tan importante rescatar una visión sincera y atinada de lo público. La subjetividad, la autonomía son dimensiones importantes para el desarrollo de las personas. Sin embargo, hay una delgada línea entre el autocuidado y el egoísmo. El egoísmo me parece una subjetividad neoliberalizada, es decir, que fetichiza la individualidad convirtiéndola en un fin que debe conseguirse a cualquier precio. Este sometimiento a la idea de éxito individual me resulta el terreno perfecto para que crezca la paranoia, ya que en un contexto de desmesurada competitividad se ve a los demás como potenciales enemigos, creándose un ánimo de permanente hostilidad. Uno de mis actuales manifiestos es que el miedo es el único enemigo del amor y de la vida, entendida como creatividad y capacidad generativa. Para mí la subjetividad es precisamente el espacio que hace contrapeso a toda forma de autoritarismo. Por eso es una paradoja y una tragedia que esa subjetividad pueda volverse autoritaria, o sea, egoísta. En ese sentido para que no cruce ese límite hay que estar atentos al grado en que se forma y se expresa, a cómo la calibramos. La subjetividad, a su vez, se relaciona con otra palabra: la de privacidad. Para mí la privacidad es la oportunidad de que la intimidad sea un lugar de exploración para la creación colaborativa, la creación conversada. Pero muy cercana en su etimología está una palabra tan parecida, pero con consecuencias tan opuestas. Me refiero a la privatización. La privatización es la interpretación distorsionada de la privacidad, es el exceso de privacidad, en otras palabras, que lo privado se traslade a TODOS los contextos, en detrimento de una concepción dialéctica en donde interviene lo público, como complemento y no como antónimo.

Por estos días retomé La Vergüenza escrita por Annie Ernaux. Allí encontré un pasaje que inspiró el nudo de esta reflexión. Dice ella que no puedo evitar "asociar la palabra privado con la carencia y con el miedo. Incluso cuando se habla de vida privada. Escribir es algo público". Aunque prefiero matizar su afirmación con respecto a su definición de la vida privada, estoy de acuerdo con que el miedo y la paranoia son los que hacen confundir esta vida privada con privatización. También estoy de acuerdo en que la escritura publicada (incluso aquellas que no están respaldada por editoriales, como la que ocurre en este blog) es deliberadamente y declaradamente pública. Que sea pública no significa que se renuncie a la subjetividad, sino al contrario que esta aspire a una construcción colectiva, a una exposición que va más allá del soliloquio en el espejo y que implica un riesgo (la vulnerabilidad), pero también una posibilidad (un diálogo amplificado). En lo que sí coincidimos Annie y yo es en que apostar por lo público es apostar por no rendirse ante el miedo: reconocernos interconectados es un factor que nos hace sentir más seguros para movernos y actuar; es decir, que el apoyo colectivo amplía la capacidad de maniobra de los individuos. Aquí recuerdo también a Jane Jacobs, la activista canadiense que defendía el urbanismo humanizado y quien dijo —según mi falible memoria— que un zócalo urbano activo brinda sensación y realidad de seguridad a los transeúntes. Trasladado a nuestro contexto latinoamericano, el hecho que esté la viejita chismosa —en la puerta o el balcón—, que haya pequeños comercios y tiendas de barrio significa que las personas habitan la calle y se protegen entre sí. Esta descripción que creo haber leído en Muerte y vida de las grandes ciudades me ha resultado práctica (puro sentido común) y también conmovedora (la solidaridad multiplica la vida).

Uno de mis principales intereses y motivaciones en esta vida es el que llamo "conectar". Me parece que la vida tan misteriosa y absurda como es se dota de sentido por las relaciones que establezcamos y la forma en que cada persona las aproveche y disemine. Por eso, me inquieta la tendencia moderna a la anomia (fragmentación grupal, aislamiento). Recusar del apego y del sentido comunitario es cuando menos pura necedad. Me parece importante que se promueva la comunidad, porque la entiendo como espacio para expandir las posibilidades subjetivas y no como lugar de obediencia. Por eso a la fecha todavía me emociona toda manifestación de solidaridad.

Decía al inicio que durante mayo esa esperanza en lo público, lo solidario, lo colectivo se renovó. Ello se debió a tres acontecimientos muy específicos y especiales. Primero, porque tuve la oportunidad de agradecerle a Manuel su generosidad y la disposición para conversar, para situarse horizontalmente en una relación pedagógica con nosotros. A inicios de mayo nos contó que dejaba el cargo. Fue una noticia agridulce: agria porque esa integridad es difícil de encontrar en relaciones laborales; dulce: porque es honesto consigo y con su ejemplo predica coherencia, parresía motivándonos a seguir unidos y trabajando por esa forma de vida.

Segundo, porque acompañé a mi novio a comprarle una máquina de coser a su mamá. Cabe apuntar que esta mujer tiene una historia de resiliencia increíble y que sigue en pie junto con sus hijos precisamente por estos hilos de afecto que han sido más fuertes que cualquier otra violencia. En este contexto los lujos o los antojos no han pasado de ser más que fantasías, ya que lo urgente era resolver la maraña de la existencia, ser pragmáticos. Pero ese trabajo tiene sus consecuencias, en este caso su recompensa, y así fue que, en el día de la madre de este año, ella tuvo su primera máquina de coser. Mi suegra define este momento como haber cumplido un sueño. Su alegría era incontenible, inocultable. Desde entonces cose todos los días y si algo me produce satisfacción es ver que alguien le saque gusto a un regalo, a algo que le interese mucho. Me pareció muy tierno todo lo que sucedió alrededor de esa máquina, especialmente, recordar que se trató de un gesto de solidaridad de su hijo, de una respuesta al apoyo mutuo que se han brindado, ya que ambos han renunciado a privatizar sus recursos, sus existencias, y ahora a él se muestra agradecido a través un acto solidario.

Y Tercero, porque en este mes me desmayé por primera vez en mi vida. No me di cuenta del movimiento, del desplome, ni del golpe en mi cara. Quedé privada. Y mira cómo se presta el lenguaje para jugar con el tema de esta entrada: quedé privada, pero la ausencia de un ánimo privatizante en mis seres queridos y en mi entorno fue lo que me ayudó a salir de esa crisis. Mi mamá estaba sola cuando ocurrió todo, así que su impulso fue salir y gritar a los vecinos, sobre todo, para que la vecina enfermera se enterara. Fue la vecina del lado la que primero dio aviso. Cuando desperté estaba rodeada de mujeres: mi mamá, mi prima que también es vecina, la enfermera, la cuñada de la enfermera. Recibí los primeros auxilios y luego el consejo de que me llevaran a urgencias por el golpe en la cabeza. Estas acciones hechas por Rita fueron útiles en sentido médico, pero lo más importante es que ayudó a que mamá se tranquilizara y pudiera avanzar en el tratamiento de mis heridas. Ese sábado estuve todo el día y parte de la noche en urgencias. Mi prima me acompañó todo el tiempo. Los días siguientes las vecinas preguntaban por mí, también rezaban y hasta me llevaban frutas. Mi abuela, otras primas y mi tío también estuvieron pendientes.

Esos días estuve débil de cuerpo, pero fortalecida en el espíritu, profundamente conmovida y agradecida con esta solidaridad que fue el principal insumo para reconstruir mi tejido corporal y moral. En medio del dolor de cabeza y la confusión por el golpe, de lo primero que fui muy consciente estando en el hospital era que esa actitud solidaria, además barrial y femenina, fue lo que me salvó en ese momento. Pienso entonces que la soledad es necesaria, sí, pero es cuando compartimos con otros que sus frutos adquieren propósito. Si viviéramos en torres privatizadas ¿cuál habría sido la respuesta de mis vecinos? ¿Podría llamarlos vecinos? ¿Tendría quizá una herida más profunda así hubiera logrado curar la herida física por otros medios? Probablemente en mí, que soy romántica, estaría abierta la herida de la indiferencia, de que lo privado, sea como cuestiona Annie, expresión de cerramiento.

La vida del vecindario, de mi vecindario con sus antejardines y su calle peatonal promueve un diálogo permanente entre el adentro y el afuera en el que ebulle la vida, la creatividad, la cooperación. Como la membrana de esta parte de la ciudad es porosa, el miedo sale y la creatividad y solidaridad entran. Me di cuenta, y sin intermediarios, que ni mi casa, ni la de mis vecinos están privatizadas, encerradas en sus mundos, sino que por el contrario seguimos conversando, seguimos intercambiando y seguimos cuidándonos. Es una experiencia, una prueba que viví de primera mano para seguir enamorándome de la vida en el barrio. Un aliciente para seguir buscando mi singularidad en permanente comunicación con el entorno. Gracias al barrio que me acogió y me levantó es que ahora puedo incorporar un nuevo sentido de vida: la experiencia de lo íntimo como un espacio que se sabe conectado (ni subyugado, ni dominante) de lo público. Es en su intersección donde la solidaridad se me mostró como un hecho. Con la nueva cicatriz en mi labio, pero con el corazón sano y alegre, hoy celebro su existencia.

martes, 30 de agosto de 2022

Incomodidad


 
Hace poco inicié entrenamiento de fuerza, específicamente circuitos de crossfit. También volví a crear una cuenta virtual personal, esta vez como un taller de autorrepresentación y no como una herramienta para calibrar o manipular las reacciones de otros. Me comprometí firmemente con la postura de un nutricionista cuyo trabajo admiro y ese compromiso fue sinónimo de crítica con un amigo para quien tuve en el pasado un comportamiento condescendiente, consecuencia del ánimo complaciente con el que durante años pretendí aliviar mi temor al rechazo.

Por eso, a la fecha, he decidido enfrentar el rechazo y esto quiere decir recibirlo y también darlo, porque la vida es un movimiento basado en resistencias que impulsan los pasos. Por eso quise experimentar situaciones que no deseaba, es decir, que no me entusiasmaban visceralmente, pero en las cuales vi una oportunidad de desarrollar mi amor a la vida, de fortalecer mi lugar en el mundo más allá del ego. Romper el ego significa, para mí, construir ese lugar a partir de los estándares personales y no desde las ideologías. Pero este tránsito del ideal a la actividad requiere de un campo de entrenamiento y ese campo es la vida misma. Por eso ha sido tan importante redefinir el concepto de “error”: el error no existe, pero es la forma en que los tercos nombran lo que en realidad es la versión no idealizada de la vida.

Vivir sin miedo al error significa vivir ejerciendo la imaginación, pues me parece que este recurso cognitivo es la base de la salud mental. Creo que imaginar opciones —una acción muy distinta de catastrofizar— es el primer paso en la terapéutica de la depresión. La imaginación es la capacidad mental con que asociamos el ingenio y la obra artística, pero considero que su función es más expansiva y que es el fundamento de la creatividad misma, una acción de la que nacen otros rasgos humanos como la compasión y el realismo entusiasta. Ahora bien, no hay que olvidar que la imaginación no es un don que funciona automáticamente: es una habilidad que requiere práctica, esfuerzo, para desarrollarse. La imaginación es, por tanto, un recurso exigente que requiere atravesar frustraciones, decepciones, desilusiones para convertirse en habilidad; en otras palabras, la incomodidad es el correlato de una imaginación desenvuelta y esta imaginación —esa rebeldía con causa— es la puerta hacia la práctica de una libertad alegre.

En experiencias recientes que incluyen cirugías, viajes, encuentros inesperados, conferencias de historiadores, pataletas y quejas decidí observar el grado en que la intolerancia a la frustración obturaba  la obra liberadora de la imaginación. Al respecto, noto una tendencia colectiva y es la baja tolerancia a la frustración, a la crítica: se prefiere negar o cancelar aquello que pone en entredicho una creencia personal e identitaria arraigada. Esos ídolos que creemos que nos definen. Por eso me parece que el autoengaño y la autoindulgencia se han convertido en la trinchera de un ánimo paranoide que ve opresión u hostilidad en formas de comunicación que por no ser condescendientes se confunden y prejuzgan como violentas.

Por ejemplo, para mi abuela resulta insoportable que sus caprichos no siempre se cumplan. De ahí que haya dramatizado el posoperatorio de su cirugía de catarata. En este punto prefiero recordar que "quien quiere marrones aguanta tirones", es decir, que muchas veces necesitamos pagar a corto plazo un dolor, una incomodidad, un "no te va a gustar" para conseguir un bienestar duradero. A mí me tocó aceptar que la interacción con F. terminó de una forma personalmente insatisfactoria, pero objetivamente consecuente con nuestro contexto. La conferencia sobre esclavitud en el mundo Atlántico del siglo XVII me recordó que hay que evitar la "trampa de la paráfrasis", esto es, que hay que esforzarse para no repetir y para imaginar de otra forma las fuentes: que sean más que citas afirmativas, quizá, que las aceptemos como vehículos para la exploración honesta de incertidumbres, porque la incertidumbre es el tejido de la vida y la vida es el material de los historiadores. Pero reconocer que esta es mi tarea como historiadora no es sencilla; hay formas facilistas de adelantar esta profesión, requiere esfuerzo unir investigación y creación, se siente como un puño ver la experiencia de historiadores valientes. Sin embargo, decido vivir este golpe como puño de boxeo. Es una incomodidad que me estimula, que disfruto, porque me despierta, me sacude y así me invita a imaginar y a responder con fuerza.

Por eso me parece que el boxeo es una actividad muy relacionada con la salud mental. Como nos indica este deporte, los golpes nos sacan de la zona de confort, nos hacen sangrar, ponen a prueba la resistencia de nuestros brazos y piernas, pero no nos matan, porque su propósito es hacernos fuertes. Trabajar con lo estropeado. Sacar miel de la hiel. La incomodidad como fermento de un árbol que se extiende del suelo al cielo. Con raíces fuertes ganaremos equilibrio y de esta manera no temeremos movernos, arriesgarnos y transgredir —incluso transgredirse a uno mismo, a sus creencias—.Y aclaro: mi adhesión al pugilato no es una defensa del maltrato, ni de la violencia, ni del abuso. Es mi forma de reconocer que a nivel individual se requiere de la tensión, de la desilusión, de la frustración y del dolor que los músculos demandan para romper sus límites y así fortalecerse.

Para "llegar a ser lo que se es", es decir, para desarrollar la autoestima que desbarata la inseguridad, pero también el narcisismo —el cual está en sus antípodas— es necesario recurrir a momentos de tensión, que rompan las fibras para multiplicarlas. La caricia es necesaria, es de un valor insustituible para nuestro crecimiento como mamíferos, pero resulta insuficiente para que seamos humanos seguros, con capacidad de maniobra en una vida social atravesada por el lenguaje. Si solo recibiéramos caricias exclusivamente no desarrollaríamos las herramientas necesarias para los embates de un planeta al cual le somos indiferentes. Por eso el boxeo me resulta edificante como actividad y como metáfora de entrenamiento mental. Como metáfora, porque gracias a la participación de nuestra especie en el lenguaje podemos pasar del boxeo literal, en que se pone en riesgo la integridad, al boxeo simbólico donde las heridas ocurrirán solo a nivel lingüístico. Por eso es tan importante tener más que amigos a secas, "hermosos enemigos" —recuerdo de Ralph Waldo Emerson—; adversarios que nos quieran y a quien queramos. La amistad real bebe de la digna enemistad: que nos apoyen sin afirmarnos todo el tiempo, que nos reten, que nos contraviertan con respeto personal y contundencia ideológica. De vez en cuando conviene odiar un poco a los amigos. De vez en cuando nos daremos cuenta que el odio —la oposición— es semilla de amistades genuinas. Ya lo dijo Edmund Burke, el conservador más liberal: "El que lucha contra nosotros fortalece nuestros nervios y agudiza nuestra habilidad. Nuestro antagonista es nuestro ayudante".

La controversia, golpear ideas, golpear nuestras creencias es la forma definitiva de ese boxeo, de esa gimnasia formativa, del dolor que forja, que moldea presencias equilibradas. La posibilidad de sublimar el pugilato en la lucha lingüística, en el debate es un regalo evolutivo al que no conviene renunciar en nombre de nuevos inquisidores disfrazados de empatía. Esta sana beligerancia, que podría resumir en "maluco también es bueno" me ha permitido situarme en la realidad de una autoestima fortalecida y no en los imaginarios de un narcisismo que no tolera ser tocado ni con el pétalo de una rosa. Los golpes incomodan porque abren los ojos a la verdad y la verdad es lo insoportable. La verdad es fuego y quema antes de revelar la madera sana. Cabe aclarar que con ello no me refiero a una verdad metafísica sino a una procedimental, realista. No es una cuestión moral: la moral le teme al dolor de la vedad y a la imaginación, porque le asusta lo nuevo. La verdad como ética, como trabajo es insoportable porque lo que nos dice es que cada uno de nosotros somos los inmediatos responsables de la vida que hemos vivido. Dicen por ahí que la verdad nos hace libres. Pero, ¿estamos realmente preparados para la libertad? Para quien se ha entrenado, la libertad entusiasma. Para quien no se ha fortalecido, la libertad encarta. Así que si la libertad no tiene sentido, la incomodidad que la engendra, mucho menos.

Como quiero una vida libre, he decidido aceptar incomodidades inevitables, por ejemplo, que existen ideas odiosas, ideas de odio, posiciones que no me gustan, que considero éticamente peligrosas, pero trabajo por aprender a soportar oposiciones y a ser opositora. Trabajo por soportar ese malestar en lugar de negar esos discursos o de asumir cegueras sofisticadas para cuidar comodidades. Soportar no significa celebrar esos discursos, sino reconocerlos para derrumbarlos con el puño de una razón apasionada —si es necesario—, en vez de reprimirlos nerviosamente bajo el patrocinio de las nuevas censuras.

La paradoja es que nuestra cultura actual exalta la subjetividad, busca que cada singularidad tenga su representación, que la cultura dé gusto a todos, que la cultura nos cuide. Siento que sociológicamente este mecanismo funciona como una herida colectiva de abandono y esta da lugar a posiciones victimistas, en las que cuesta reconocer que no hay otro responsable de sí que uno mismo. Qué insoportable es recordar que el precio de esa individualidad es la responsabilidad. Sí, hay una familia, hay una cultura, hay estructuras que influyen, pero, ¿te determinan? ¿No es una enorme expresión de cobardía, de irresponsabilidad escudarse en comodines conceptuales que parecen decir mucho pero al final —y sin contexto— no dicen nada? ¿Opresión, sistema, ismos? 
 
No desconozco la existencia de víctimas. Muchas situaciones las generan. Pero haber sido víctima de una injusticia no te obliga a victimizarte: una cosa es la mala experiencia y otra muy distinta es obsesionarse con una interpretación inadecuada e incluso paranoide o revanchista de esa mala experiencia. En términos estrictos, nadie nos debe nada. Por eso considero que los recursos jurídicos que hemos contruido para tramitar humanamente las injusticias deberían reservarse para los casos más cruentos de abuso a los derechos humanos. Lo demás puede tratarse en el debate y en la aceptación de que la mayoría de interacciones sociales son menos maliciosas de lo que parece, que todo es menos personal de lo que creemos, porque en la mayoría de ellas lo que todos hacemos es proyectar. La certeza de esta lógica proyectiva libera y permite asumir y distribuir responsabilidades con nitidez. Por eso actualmente abogo por pensar y actuar menos desde la victimización y más desde el potencial: “Tomar el toro por los cuernos”, hacer soportable y, de hecho practicar con alegría, la responsabilidad que me abre las puertas a la imaginación. 

Imaginar es rechazar los ídolos heredados para dar lugar a la "alegría de lo necesario", es decir, para pasar de la servidumbre del capricho o del autoritarismo a la libertad de una razón apasionada. Y dejar esas herencias es un paso que cuesta porque solemos depositar cargas afectivas en ellas. La incomodidad que supone imaginar, liberarse, es decir, rechazar partes del pasado para caminar en el presente me remite a Baruch de Spinoza. A diferencia de metafísicos o escolásticos, Spinoza no liga la libertad a la voluntad o al control y, por tanto, no es lo opuesto a la necesidad, a lo determinado, sino que la define como un trabajo del autocontrol, en el que se reconoce y se usan las contradicciones humanas a nuestro favor. Se trata de la delgada diferencia entre querer controlar y tener el control. La libertad desde la interpretación spinoziana es un esfuerzo, un golpe que nos damos para formar creencias adecuadas sobre lo que es necesario y a partir de este trabajo racional permitir que las pasiones tristes —las interpretaciones victimistas— den paso a las pasiones alegres, al entusiasmo y a la confianza, que permiten construir un lugar donde nuestros deseos sean posibles. La libertad deja de ser así un ideal moral, porque no corresponde al deber ser, y pasa a ser una práctica ética porque corresponde al poder ser. La libertad no es una idea que opera por antítesis a la opresión, sino que es una acción, una tecnología del sujeto basada en el autoconocimiento y en la autocrítica para que cada uno transite, gracias a esa incomodidad que toda autorrevisión conlleva, de la impotencia y de la servidumbre a la potencia y a la imaginación personales. Entonces no nos preocupará el control, sino que nos ocuparemos de juguetear alegremente con las posibilidades que se presenten.

sábado, 19 de marzo de 2022

Naturaleza

Felicity grew a garden / She planted with her hands / The ground beneath her feet, it was bitter / Felicity grew a garden / A haven safe from fate / And the ground beneath her feet, it was bitter, it was sweet

Entre enero y marzo de este año han pasado varios acontecimientos que me llevan a reflexionar sobre mi relación con la Universidad Nacional de Colombia. Pienso en ella con detenimiento, porque su significado y valor son irreductibles a la dimensión estudiantil o laboral que ciertamente la atraviesa. Justo en este mes cumplo trece años de haber incorporado esta institución como parte regular y formativa de mis rutinas. Para mí la universidad ha sido la principal zona verde de mis pies y de mi cabeza; ha representado el lugar por antonomasia de la posibilidad y gracias a ella —ella que son sus momentos, sus espacios y sus personas— he construido, revolcado, tocado los puntos más sensibles de mi identidad al son del placer y del displacer, es decir, al son del conflicto esencial y estimulante que es la vida, especialmente desde mis fases eróticas —de la más sublimada a la más sensual— ligadas con mi paso por la universidad.

Relaciono esta idea con otra imagen que se me cruzó esta semana en donde se veían las arenas del Sahara africano cubriendo los Pirineos franceses. El paisaje es atípico, pero no improbable. Aun así me conmovió el impacto de los colores, una nieve teñida de rojo a la manera de un Marte terrenal bautizado en ambas costas por el Mediterráneo. Entonces me parece que la playa siempre ha sido hermana de la nieve. Tus arenas, nuestras dunas siempre han sido el vestido de la nieve en tus páramos, en nuestras mesetas. Todo está conectado y se nos olvida por pura practicidad que las fronteras son imaginarias. Por eso digo que la universidad es más que burocracia o meritocracia académica para mí. Por ella la vida se me presenta como este juego de correspondencias que me recuerda el vínculo primordial del tejido con el mineral y por el cual toda separación es una ilusión, si bien toda subjetividad es una variación necesaria y deseable para su realización.

Estar en esta universidad —construida sobre las ruinas del río y al lado de un cerro tutelar, como queriendo decir “soy tu naturaleza”— me ha brindado la mayoría de mis experiencias de amor, de sexo, de frustración, de satisfacción, de enfermedad y de muerte. La competitividad, la castración, el dolor, pero también la ternura, la pasión y la comprensión han sido los materiales proporcionados por este espacio para moldearme, moderarme, excederme y reestructurarme. Allí han ocurrido encuentros y desencuentros desde el cuerpo y palabra que han contribuido de manera significativa a mi reconciliación con el mundo, al saberme parte de él y a responsabilizarme de mis acciones porque me reconozco individuo interdependiente en ese mundo conectado.

Y digo esto porque la cinta de Möbius —que son estas conexiones cuánticas y las inesperadas solidaridades que generan— termina —que es decir recomienza— por donde empezó. Esta semana me enteré que ya estaban desocupando la oficina del profesor Luis Miguel. Con este dato logré entrar para recoger un mapa de Colombia y al hacerlo recordé cómo había empezado uno de los capítulos más vivificantes de mi llegada a la universidad. Inicié mi recorrido allí en 2009 al ser admitida a Arquitectura. Sin embargo, esa fue una experiencia difícil que puso en entredicho mi identidad, el alcance de mi esfuerzo y la capacidad de mi cuerpo. La herida se manifestó en la pérdida de salud. La realidad había rebasado al ideal y entonces llegó el momento de la aceptación, que es otro nombre para la renuncia que nos libera.

En el horizonte de mi elección vocacional adolescente también estuvo la Historia. Sus contornos como carrera, al igual que los de Arquitectura, eran imprecisos para una joven de 17 años y en ambos casos asumí que podría desenvolverme en el camino elegido solo porque tenía gusto por la palabra y por la comprensión de los procesos humanos, o bien por el dibujo y la antropología urbana. La experiencia me demostró que el deseo era insuficiente y que la aptitud tenía un peso fundamental para su realización. En ese contexto solicité traslado de programa. Volví a ser primípara en el segundo semestre de 2010 y luego de los traumas vividos llegué con mínimas expectativas al nuevo pregrado, incluso, con cierto temor.

Aquí es donde aparece Luis Miguel. Mi primera clase de Historia la vi con él. Entonces no sabía que había iniciado la ruta de una salvación: esta carrera fue el catalizador para fortalecer mi cuerpo y reconstruir mi identidad. Quizá si Luis no hubiera estado, mi olfato —ya afinado por el dolor— me habría indicado que estaba en la dirección correcta, pero el hecho de que él fuera la primera persona que me saludó en el umbral y me invitó a seguir supuso un cambio inmediato en mi interpretación de la vida, de los talentos y de la creatividad: su discurso apacible, pero a la vez inteligente y apasionado sembraron una confianza y seguridad que hace rato no experimentaba y además demostró sin aspavientos que las humanidades encarnaban una forma bella de vivir, que el trabajo intelectual era tan hermoso como las artes más convencionales.

Llegué a este pregrado con las ruinas del sueño adolescente —naturaleza muerta—, pero la voz de Luis Miguel se situó entre mis despojos como el conjuro del musgo, como el milagro primigenio de la reforestación. Y entonces entendí que la fragilidad —el acto de romperse y derrumbarse— más que sinónimo de destrucción puede serlo, más bien, de barbechar. La ruina puede ser otra forma del descanso el cual es necesario para limpiar las malas hierbas, las espinas y las malezas que de lo contrario habrían corroído silenciosamente los frutos de árboles envenenados en su raíz por el afán o por la terquedad. El trabajo fue mío, pero la palabra y presencia de Luis fueron semilla para el rebrote seguro, saludable y bello de un nuevo jardín. Cuando volví a la nueva carrera me sentía ignorante, asustada, aunque curiosa.

No sabía muy bien qué esperar de una clase llamada “Historia de América I”. Entré y lo que ocurrió fue que Luis nos transportó al siglo XVI, a la manera de una máquina del tiempo, aunque sin aparatos extravagantes, y entonces descubrí que no era aburrido, que no me eran ajenas las experiencias humanas de personas que habían vivido cinco siglos antes que yo. Empecé a entender la personalidad del continente y del país por este ejercicio de arqueología y descubrí que me emocionaba, que me apasionaba comprender con amplitud de miras —críticamente— e interpretar con documentación e imaginación como herramientas principales del pensamiento. En medio de esta pedagogía estuvo la inolvidable referencia a Serge Gruzinksi, historiador de las mentalidades, quien precisamente se ha enfocado en señalar las conexiones que culturalmente nos vinculan desde épocas tempranas. La globalización no es un fenómeno moderno, del siglo XXI, sino que hunde sus raíces en los intercambios del Nuevo y Viejo Mundo cuando se vieron y se tocaron —comerciando, amándose o atacándose— en el siglo XVI. Entonces también entendí que la conexión implica conflicto, tensión, porque son las fuerzas complementarias aquellas que engendran la vida —aún con violencias de por medio—. Existe “la colonización de lo imaginario”, “la guerra de las imágenes desde Cristóbal Colón hasta Blade Runner”, pero también los diálogos entre América y el Islam y el más extenso intercambio de la mundialización que conecta desde los años mil seiscientos a “las cuatro partes del mundo”.

Me pareció fascinante aprender que la exposición historiográfica puede ser original, creativa, pero, sobre todo, que esa narración es una forma de conocimiento en donde la comprensión —y no juzgar— es el principal propósito de la inteligencia. La Historia resultó ser un trabajo de autoconsciencia, un trabajo sobre la naturaleza humana —incluida la mía—. El encuentro con Luis me hizo ver la Historia como una oportunidad para revisar prejuicios, aprender sobre la tolerancia, para reconocer y apreciar la diferencia, para malpensar la tradición y celebrar la creatividad, porque la historia es siempre historia del presente, hija de su tiempo. Gracias a Luis supe que aquí yo podía florecer, reconstruir sin temor mi subjetividad. En mi barbecho, que fueron sus cursos sobre historia de América y de Colombia, pasé de la arquitectura —del presente— al pasado. Volví la vista atrás, pero no para lamentarme, no por nostalgia, sino para aprender de mí a través de mi relación con otros de ayer —en los archivos— y de hoy —en las entrevistas—; para asimilar que el pasado es un país extraño, pero al final no tanto, porque nuestro destino es mestizo —las múltiples conexiones, la arena en la nieve— y nuestra naturaleza la palabra, que a la manera de rizomas y ramas sostiene las verdes hojas con que ayer y hoy, la humanidad —y yo soy humanidad— manifiesta sus creaciones y su gratitud.