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lunes, 31 de julio de 2023

Seguridad

I used to float, now I just fall down / I used to know, but I'm not sure now / What I was made for / What was I made for?

Este mes vi Barbie dirigida por Greta Gerwig y me gustó. Quiero decir con ello que la disfruté, que me sorprendió el pensamiento y que me emocionó, lo cual significa que la sentí cercana y, sobre todo, que me brindó coherencia. Incluso fui a dos funciones de la película, no solo porque me gustó, más bien porque ella representaba algo más que un guion puesto en fotogramas: Barbie ha sido ante todo un lugar de memoria en el que tejo complicidad con mi prima hermana, y con el cual quizá pueda suscitar en mi madre las inquietudes de un presente reivindicativo que quizá ella había intuido en su pasado.

Ante estos manifiestos, algunos lectores imaginarios —siempre lo son— dirán que resultan cursis, exagerados. Anticipo esta reacción porque he leído en redes sociales a quienes dicen abstenerse hablar sobre la cinta porque no es más que comercial de dos horas de duración. Esos comentarios me dan risa porque al comunicar la negación, lo negado es afirmado y expuesto. Yo solo pienso que nuestra mera existencia animal ya nos ha hecho consumidores, mientras que los siglos desde la Revolución Industrial en el siglo XVIII nos han hecho consumistas. Las variaciones del consumo es lo que une y a la vez separa el mundo de plástico de Barbieland, del mundo de plástico de cualquier ciudad del mundo. Es el agua en que nos movemos, So what? Personalmente me parece maravilloso que una película con una carga publicitaria tan deliberada y para nada disimulada, amplíe el fuelle de la reflexión. Que sea un producto para vender no impide que uno pueda pensar muchas cosas, incluso contra las ventas. Por su parte, la directora sabe que las ventas de las empresas involucradas están aseguradas y por eso, en un guiño satírico puede permitirse hackear un poco el sistema de la única forma posible: desde adentro. Greta asume el humor como su principal recurso narrativo para recordarnos en esta sutil sátira de qué se trata la vida humana: incomodar para lidiar con la incoherencia esencial de nuestra existencia.

Para mí lo más valioso de Barbie es que se trata de un relato para conjurar los idealismos. Por eso me parece un gran acierto que sean las mujeres quienes representan esta tendencia tan humanamente distractora que es idealizar. Porque es las mujeres a quienes culturalmente se ha presionado con más afán para cuidar la expectativa de "hasta dónde pueden llegar" para preservar un equilibrio social que se sustenta en la moralidad de su comportamiento, pero recompensa a los hombres con los privilegios derivados de esa ecuación. Pese a estas precisiones sociológicas sobre el género, lo cierto es que la película muestra que el idealismo es una distorsión que daña por igual unos y otras, a la especie.

El viaje de Barbie del mundo artificial al mundo real es el paso que hace el niño desde el narcisismo irresponsable hacia la realidad de la responsabilidad como terreno de la adultez. Y sí, seamos honestos, la realidad puede ser miserable, pero la mayor parte del tiempo son innecesarios dramas narcisistas y en cambio pueden experimentarse muchas alegrías. He aquí la secuencia clave de la película: nos dice Barbie que sin la muerte no hay deseo, que sin deseo no hay cuerpo y que sin cuerpo no hay realidad. Barbieland es la expresión de una gran psicosis colectiva, ¿no es acaso sospechosamente esquizofrénico estar convencida que se puede vivir en casas de dos pisos sin escalera y desayunar felizmente leche invisible?

Pero Barbie rompe su estado psicótico y descubre un organismo vivo, del que luego nace un cuerpo. Mas como todo nacimiento, este ser arrojado al mundo tiene consecuencias paradójicas: por un lado, la incomodidad, el displacer; por otro, la alegría. Por supuesto, la segunda solo llega cuando hay aceptación —no resignación— de la inexorabilidad de la primera. Por ejemplo, ir al ginecólogo, como lo hace Barbie al aceptar su cuerpo, no es la actividad más divertida, no representa ningún placer —a corto plazo—, de hecho, siempre representa dolor. No obstante, Barbie sonríe con ingenuidad, nosotras sonreímos porque es un proceso difícil pero que ayuda a ese cuerpo para que tenga la capacidad —salud— para vivir alegrías. Sin la dialéctica de la muerte, la vida no se valoraría.

Barbie estaba sumergida en su fantasía —igual que hacemos todos en la niñez— y no sabía que los sentidos la engañaban, porque ni siquiera era consciente de su existencia. Por eso el dolor cumple una función tan importante: es una alarma que nos hace prestar atención a algo que tendrá efectos duraderos sobre ese cuerpo. Así, el punto de inflexión de la narrativa es que Barbie adquiera consciencia y, sobre todo, experiencia de la muerte, de la imperfección, del dolor, del cambio, en otras palabras, de la historia —no de las ideas o ideologías inmanentes—. Es allí cuando aparece una realidad disruptiva porque es imperfecta: la representan los olores fastidioso, los dolores, el pan de plástico quemado y los pies en la tierra. Fue, entonces, el tiempo de la angustia ante el descubrimiento de la incoherencia esencial. Barbie lloró por primera vez.

Imagino que ella se preguntó: “¿Me estarán engañando los sentidos? ¿Si todo cambia en qué puedo confiar?” Sin embargo, una vez cruzado ese umbral —no sin esfuerzo— Barbie también descubrió otra acción potenciadora: la capacidad de resimbolizar, es decir, de jugar con el doble sentido de una palabra, de invertir sus significados y por vuelta imaginar lo que antes le aterraba como una posibilidad creativa. Veo a Barbie dándose cuenta de que la pregunta estaba mal formulada o, más bien, incompleta: “¿Y si los sentidos me engañan, por qué no los engaño yo a ellos?” Barbie aprendió a soltar el ideal y en ese punto pudo decir: "No soy lo que esperas que sea. Soy lo que yo puedo hacer". Pero... ¿A quién le dijo esto? ¿Ante quién se rebeló con justa causa? Aquí yo podría dar la respuesta simplista: los hombres; o la más refinada: el patriarcado. Sin embargo, me parece que es algo más cercano y concreto que sintetiza las angustias que aquellos generan: Barbie se rebeló, traicionó a su niña interna, esa que es ansiosa, caprichosa, insegura.

Cuando Barbie entró por primera vez al insólito mundo real, el principal síntoma de esa disonancia fue sentirse insegura por primera vez. Para alguien que siempre había sido totalmente fiel a sí misma, a su perfección, la duda se mostró como una fisura casi mortal. Pero, aclaro, esto no quiere decir que yo abogue por la autodestrucción, por el autoengaño o por la impostura, no digo que haya que traicionarse, así a secas. Digo que hay que ser lo suficientemente flexible como para saber traicionar ciertas emociones, sentimientos y pensamientos porque ellos no son hechos, ni son la verdad, son apenas transeúntes sobre los cuales sería un error basar decisiones. Barbie entendió nítidamente la sutileza de este método. Hay que traicionar el sentir, para ser fiel a una existencia propia y real. He ahí la base de la seguridad, de la coherencia que una demanda en un mundo que es constantemente inestable.

De todas maneras, yo sonrío irónicamente. Aquí estoy describiendo serenamente este recurso, pero la verdad es que me cuesta aplicarlo: ¿no es este el nudo de mi propio laberinto? Recién me percaté de que esa neurosis del celo ha sido un susurro permanente en mi oído. Ahora, gracias a la conversación con Mauricio esta se convirtió en una declaración contundente: ¿por qué le temo a la traición? ¿Por qué quiero sentirme especial para un otro cuya atención debe serme exclusiva? ¿Qué busco con esa atención? ¿Qué hago cuando la tengo? Nada, respondo... Luego me doy cuenta de esta verdad: la atención es solo un talismán, el truco tras este juego, mi propósito es hallar seguridad, coherencia. Mientras lo digiero conscientemente, Barbie me dice que además esa coherencia que busco no puede ser absoluta, ni perfecta, ni virtuosa. A propósito del honor masculino depositado en el comportamiento de las mujeres, traigo aquí la pregunta que nos hizo una mujer a otras que estábamos reunidas: “Y usted, ¿cómo la prefiere? ¿Bandida o agüevada? 'Obviamente, bandida'", respondió ella sin dudarlo. Pienso ahora que el uso despectivo de la palabra "bandida" vista sin prejuicio solo significa que se trata de una mujer aterrizada, que traiciona sentires e ideales propios y ajenos —patriarcales— para vivir su vida. La pregunta es muy útil para resolver los dilemas reales, es decir, los prácticos y no los filosóficos, que se presentan cotidianamente: “Y usted, ¿A cuál prefiere?" ¿La que pone los pies en la tierra o la que flota en una ensoñación ansiosa? Vamos, la respuesta no es difícil ¿O ustedes, lectores, qué creen?

domingo, 29 de enero de 2023

Indispuesta

 

 

I was a rose in the garden of weeds / My petals are soft and silky as my sheets / So do not be afraid to get pricked by the thorns / While I'm here, I'm someone to honor / When I'm gone, I'm someone to mourn / My love's deep as the ocean / Don't you drown on me / Just know any love I gave you / Is forever yours to keep

 

Me gusta mucho el turrón de mango biche, el arroz frito y el pollo apanado. En este mes comí de los tres. Con la paleta me relajé, la recibí con mucho gusto y, sin embargo, me indispuso. Por el contrario, los otros dos los probé con temor porque me sentía enferma y, contra todo pronóstico, me sentaron bien. Aún recuerdo el agradable gusto salado que me proporcionan.

 

A propósito del helado, quiero contar otra anécdota con la cual me divertí y me angustié por partes iguales. Resulta que un pasajero del bus en que veníamos, aunque tuvo amplio margen tiempo para comprar un turrón, solo se decidió a hacerlo justo antes de que el carro arrancara. Me angustié porque el vendedor casi no alcanza a recibir el pago y me divertí porque el conductor se percató y en sus movimientos demostró su complicidad con la situación. Finalmente, fue el pasajero quien pagó el costo de su demora, pues tuvo que regalarle 1000 pesos de devuelta al vendedor, porque el conductor ya no podía retardar más la salida del bus.

 

Vistos así, estos relatos parecen experiencias inconexas y, sobre todo, triviales. No obstante, para mí estas historias prueban una vez más la profunda relación entre alimentación/digestión y vida anímica, y, con ello, la forma en que cada persona asume el costo de su vida, es decir, la forma en que se valora el tiempo. 

 

Al finalizar la segunda semana de enero sentía mi estómago rebotado. Tuve dolor en el cuerpo y perdí el apetito. Antes de ello recibí noticias inesperadas sobre mi posgrado, comencé a rumiar nuevamente sobre la tesis y me abandone a las hipótesis de mi futuro romántico a punta de inseguridad, prevención y desilusión autoimpuesta. Aunque en el discurso me recordé que la preocupación no resuelve ningún problema, lo cierto es que un malestar tan súbito solo podía ser una reacción emocional. De todas maneras separé la cita médica más cercana y si bien seguí el tratamiento, la conclusión del médico fue que estaba somatizando a toda máquina.

 

En resumen me sumergí en una marejada histérica que trajo sobre la mesa el sentimiento neurótico por excelencia: la culpa. Culpa por sentirme neurótica, es decir, exagerada y dramática. Por esto, traigo a colación al pasajero, al vendedor y al conductor de la anécdota. Identifico el afán de los dos primeros y la autorregulación del segundo. Por supuesto, mi actitud en estos días ha sido afanada y excesivamente analítica. Me angustia no poder responder frente a TODO (todo lo que son mis expectativas sobre la academia, el amor, el trabajo).

 

Hasta hace poco resolví una ecuación a la que daba muchas vueltas: no me lanzo a la vida porque no me siento preparada. Pues bien, gracias al trabajo con Mauricio acepté que nunca nadie va a estar preparado para vivir. Es absurdo pretenderlo y si se hace es al precio de caer en la obsesión la cual, como dice Patrick Avrane, "es una manera de indeterminar la temporalidad. Nada ocurre [...] El obsesivo padece la ausencia de experiencia". En ese caso, lo humanamente posible es saberse dispuesto (que es una disposición desde la valentía y no desde la técnica). Incorporar esta interpretación me ayudó a moverme en muchos sentidos desde la segunda mitad de 2022. Pero cuando asumo estos cambios también cometo el error de radicalizarlos: entonces necesito regularme porque estar dispuesta no significa estar dispuesta a TODO; de lo contrario corro el riesgo de estar indispuesta, como claramente me lo anunció mi estómago.

 

Mi cuerpo estaba pidiendo límites. Pero esta no es una acción sencilla para mí, porque considero que además del estrés regular hay una ansiedad específicamente femenina. Desde la biología evolutiva las mujeres estamos programadas para ser detallistas, cuidadosas, responsables (responder a TODO). Desde la cultura (y su barbarie) tenemos la presión del pico reproductivo y con ello una visión despectiva de las mujeres viejas. Esto genera en nosotras una agitación existencial, como si corriéramos una contrarreloj y una predisposición a los tratamientos y cirugías que prometen alargar la juventud. A eso se suma la percepción de inseguridad en las calles, por ejemplo, y la presión de que las madres son quienes terminan más implicadas (y sacrificadas) en la crianza de los hijos. Siempre a la carrera, siempre con un ojo en los matorrales del futuro.

 

Hasta ahora he leído un tercio de la novela Pechos y Huevos escrita por Mieko Kawakami. Allí la autora muestra de forma directa, tangible, brutal (aunque sin amarillismo) estas encrucijadas que vivimos en la modernidad varias generaciones de mujeres trabajadoras. Esta encrucijada, esta ansiedad se expresa en el estado de alerta permanente que se ha insertado con fuerza en la memoria corporal femenina desde nuestras abuelas y que expresa en la imposición de trabajar bajo cualquier condición cuando los esposos abandonan a sus hijos; en la vinculación casi causal entre belleza y salud; en la imposición de una biología delatora y urgente de su destino reproductor.

 

Midoriko es una adolescente de 11 años que aparece callada para el mundo adulto, casi indiferente, pero en realidad es por la lucidez dolorosa de una condición femenina que la atormenta. En sus escritos recoge el horror que le produce el paso a la adolescencia, porque esos cambios le hacen comprensible los sufrimientos de su madre, por ejemplo, las transformaciones corporales indeseadas tras convertirse en madre. Para Midoriko su mamá es una mujer sacrificada que la enoja y avergüenza. La maternidad no es, para Midoriko, una bendición, sino una cicatriz y una esclavitud. De ahí que su diario sea un manifiesto en contra del crecimiento no autorizado de los pechos o al hecho de que el feto femenino esté programado para hacer nacer, incluso antes de él nacer. Desde la perspectiva de la niña es como si la mujer estuviera condenada a ser madre (cuidadora, responsable, previsiva) y, por tanto, a ser explotada por la genética, por los hombres, por las fábricas, las oficinas y los bares.

 

Por otro lado, está Cleo, la heroína de Agnès Varda. Este personaje no muestra el lado reflexivo como lo hace Midoriko, sino el lado evasivo de esta ansiedad femenina. Cleo es una cantante joven y hermosa que enferma de cáncer, pero cuya angustia casi nadie toma en serio. Solamente la juzgan de dramática porque no pueden creer que alguien privilegiado pueda sentirse así, es más, que ni siquiera puede enfermarse gravemente. Incluso la mujer trata de autoengañarse con esta idea cuando dice que "la fealdad es una muerte, por tanto mientras sea bella está más viva que muchos", y así se refugia en el consumismo desaforado y en los caprichos materiales que esa belleza le permite. Sin embargo, depender de la lozanía de su cuerpo termina siendo otra presión derivada del aparente destino reproductivo de la mujer. Que sea atractiva es un signo de que ella es una pareja sana, por tanto apta para ser madre. 

 

Este un mecanismo que opera inconscientemente en hombres y mujeres. Pero que genera gran presión en estas porque son las que deben elegir con cuidado. Es como si los pasos en falso no estuvieran permitidos para nosotras. De ahí la aprehensión de Cleo frente a la desnudez: mientras su amiga Dorothea posa desenfadadamente ante los artistas, Cleo lo considera como una indiscreción. Esta es una afirmación muy simbólica porque obsesionarse con un ideal de la belleza la despojó de ser ella misma, la vació. Por el contrario, Dorothea, quien está alegre con sus imperfecciones, declara que su cuerpo no es para sentirse orgullosa, sino para ser feliz. De esa manera aparece una posición diferente a la angustia de Midoriko y de Cleo. No teme desnudarse quien está seguro de ser. Solamente la seguridad da paso a una libertad que pueda ejercerse realmente. Me alivió encontrar estos vestigios de subjetividad en Dorothea y en la taxista de la película porque son mujeres de carácter, pero no de mal carácter, es decir, son suaves, pero decididas y así han conjurado la ansiedad extrema.

 

Estos personajes me inspiran, pero lo cierto es que mi indisposición demuestra que todavía estoy transitando el camino de la hipervigilancia. Siento a la par risa y vergüenza porque, especialmente, en situaciones románticas aún me entristece o me enoja (¿pero qué es el enojo sino una forma de tristeza?) que me digan “solo diviértete", ¿"para qué pensar en eso (cierto futuro)?, ¿para qué pasar maluco, si ahora podemos pasar bueno?". Aún soy muy reactiva a este tipo de invitaciones, las tomo como un insulto, porque me suena a un juego tonto, donde yo soy el juguete. El juego equivale a decepción, como si solamente una constante metafísica elaborada pudiera salvarme de ella.

 

Pero la vida se trata, precisamente, de estar dispuestos a la desilusión y ello requiere superar la ansiedad femenina que nos hace ver peligro, allí donde solo se encizaña la imaginación: que si la tesis dice algo significativo, que si mi trabajo será validado, que si me amará más allá de mi juventud, que si podré ser mujer y no ser madre. Todas estas ideas revolotean en mi estómago y me han indispuesto cuando aparentemente me sentía más dispuesta. La paleta de mango biche, gusto de una tarde de verano, terminó por convertirse en sinónimo de dolor. Esto quiere decir que, en el fondo, esta histeria responde al principio obsesivo por excelencia: la paranoia que paraliza, porque nos movemos solo hasta que nos sintamos aseguradas (con promociones, con garantías), que no es lo mismo que sentirse seguras. Esta es la obsesión por la ganancia, por reducir la pérdida, por la utilidad absoluta.

 

¿Cómo desactivar esta condición de estrés? mi estómago me dice que aún no he incorporado definitivamente esa respuesta. Pero conversando con Diana recordé que "no hay que darse tanto palo". La frase desbloqueó en mí parte de la tensión acumulada. Aunque en estos días me he tratado con severidad, ahora trato de pasar a la suavidad de una autopercepción en la que yo misma me valido y, como Dorothea, me reafirmo en la seguridad de mi cuerpo. La suavidad que busco es un tipo de serenidad derivada de la confianza en las piernas propias y en la aceptación de que no hay camino de salvación. Solo hay camino. 

 

Por el pensamiento sereno quiero transformar, como decía Freud, "la miseria histérica en un infortunio corriente [cotidiano]". Para conjurar esta ansiedad, que confunde mi disposición hasta indisponerme, necesito tener presente que no todo es ganancia y que no siempre ganar más, producir más, aprovechar más es ganar. Hay que perder el afán, por ejemplo, para que no pase lo del intercambio apurado entre el ventero y el pasajero. La vida no se vive sin reconocer sus costos y es preferible que el camino sea llano: “El camino es llano para quien pueda pagar el costo sin verlo como un gasto”.

martes, 27 de diciembre de 2022

Sangre

Según la antigua teoría de los temperamentos, el carácter humano se dividía en cuatro humores: sanguíneo, colérico, melancólico o flemático. De esta interpretación desarrollada por Hipócrates hacia el siglo V a. C. me llama la atención que la vida anímica se identifique con líquidos. Así esta hipótesis anticipó el conocimiento de que nuestro cuerpo está constituido en promedio por 60 % de agua, mientras que el restante 40 % se distribuye entre proteínas (18 %), grasa (15 %) y minerales (7 %), es decir, que por otro lado venimos de la roca y en síntesis somos barro, en que además se mezclan todas las tierras y todos los mares. La metáfora acuática me resulta fascinante porque el agua es sin duda el rasgo por antonomasia del planeta Tierra y hoy es una obviedad reconocer que los océanos fueron la cuna y matriz de todas las especies.

A propósito de estas afirmaciones, al ver White Lotus me sentí especialmente conectada con las imágenes que involucraban el mar. De hecho, me parece, que es la metáfora principal de la serie. Cada vez que había un cambio o una revelación aparecían las olas golpeando los acantilados. Sin embargo, es con los personajes de Tanya y de Quinn donde, para mí, se hace evidente esta relación vital con el océano: primero, porque la atormentada mujer que luchó todo el tiempo por liberarse de su madre, del peso de una representación violenta y opresiva aún en forma de ceniza, logró atravesar, gracias al mar, ese miedo a la libertad dejando que este se llevara finalmente su pasado. Segundo, porque Quinn un joven de 17 años enredado en la dopamina barata del consumismo desechable —cuya síntesis es la adicción a la pornografía y a los Smartphone— dio el paso a una vida nueva desde que entró contacto con el mar.

Es probable que el bautismo tome del embarazo su simbolismo acuático. Es en ese medio donde surge la vida humana: un líquido que es atmósfera y alimento hasta que llega la vida en tierra. El bautismo es el saludo de bienvenida a esa vida. Y eso fue lo que le ocurrió a Quinn: el mar le permitió aterrizar. Me pareció hermosa la transición visual que evidencia la transformación de este personaje; se trata de una secuencia muy ilustrativa en donde el contacto con materiales vivos y no con pantallas transforma a un niño mimado, es decir, prisionero de un deseo impuesto externamente (consumos que definen a la élite), en un joven que descubre realmente el placer propio y se da cuenta que este no tiene nada que ver con la masturbación, sino con darse él mismo su lugar en el mundo siendo un individuo en relación con el concierto de los seres vivos.

El punto de inflexión inició cuando Quinn acudió a la playa como dormitorio huyendo del maltrato de su hermana quien monopolizaba el cuarto del hotel. Al quedarse dormido sobre la arena, la marea se llevó los dispositivos electrónicos que Quinn cargaba con él. Ahora que lo pienso, estos objetos eran como el cofre de cenizas de Tanya, o sea, otro lastre ruinoso que opacaba el espíritu, aunque el muchacho aún no podía entender este mensaje. Primero llegó el berrinche y el afán por obtener un nuevo teléfono tan pronto como fuera posible. Para él era inconcebible otra forma de vida, la imaginación está trabada en las cuatro líneas de la pantalla y el muchacho aún no alcanzaba a considerar todas las posibilidades que residen en nuestra herencia animal, en el simple hecho de tener un cuerpo. 
 
Pese a su frustración, Quinn siguió durmiendo en la playa y sin proponérselo tocó de frente y sin intermediarios el umbral del aburrimiento. Y entonces descubrió que era un sentimiento agradable y fértil: solo en el reposo y la contemplación se avizoran ballenas. Para apreciar estos mamíferos increíbles, centinelas del planeta no podemos exigir afán. Hay que quedarse quietos y mirar. La magia no es algo extraordinario sino una transformación de la mirada: no vemos lo que estuvo todo el tiempo porque nos cegaba la velocidad. Un mundo inédito se abre cuando se incorpora la paciencia: que primero baste con estar; que luego esa consciencia reconozca que el origen del movimiento —no de la evasión— es el aburrimiento. Porque el aburrimiento es el océano mental del que nace la creatividad. Pronto Quinn fue más sensible a esa corriente que solo se percibe al estar quieto. También vio la efervescencia del mar adentro y al alzar la mirada al horizonte halló su comunidad: un grupo de hombres fornidos que remaban todos los días entre los islotes del archipiélago. De la inercia de la pantalla, Quinn saltó al esfuerzo del remo y halló en ese trabajo la alegría de una rutina que daba sentido a su roca. Entonces renunció al Smartphone, a la comodidad capitalista de su familia y se quedó siguiendo su inclinación. Una vez más el agua como sinónimo de vida.

*

Como Tanya y como Quinn yo también he estado inquieta en estos días. Ahora que me encuentro en pareja, me he lanzado a un mundo inédito: así fue cuando Tanya esparció las cenizas de su madre y cuando Quinn se quedó en Hawaii dejando a su familia adinerada para habitar con los naturales. Es cierto que le di a mi monstruo, a mi lastre su estocada final. Ese aturdimiento ya no existe. Pero con la nueva vida, también llegan nueva luchas: ahora experimento una extraña agitación, una nostalgia inquietante que me impacienta, haciéndome sentir resaca sin haber tomado licor. Curiosamente varias personas se refieren a mí como alguien apacible, que transmite paz. Yo me sonrío porque para mi intimidad era una descarada ironía. Pasé tres años apaciguando la sombra; pero lo que en realidad hice fue alimentar su voracidad y con ella una guerra de mí contra mí. Me di cuenta que solo podía aniquilar esa sombra a través de la violencia y toda la que guardaba en mi interior, la volqué hacia afuera. Arrasó con todo.

Quedó una playa primigenia y por primera vez sentí de nuevo esa paz de la que tanto hablaban otros y que me era familiar. Se parece a algo que conozco, sí, se parece a las tardes de infancia sin internet. Quizá por eso visité ayer a mi tía Olga. Es probable que no pisara su casa hace quince años. Allí están los portarretratos con fotos infantiles de mis primas y está ese olor singular de su casa, que nunca he sentido en ningún otro lugar y que me recuerda las veces que fui a amanecer y a jugar con Cindy. Es un olor a una especie de pegamento industrial. Necesitaba oxigenación, reposo, marea baja. He estado hablando del agua, de los líquidos y de los temperamentos, y ahora que menciono el oxígeno entra en juego otra forma particular del agua: la sangre, en efecto, el agua de los mamíferos. La sangre se sitúa en este punto como sinónimo de excitación (por presencia o por ausencia de esta): hacer del cuerpo alimento, compartir con tantas personas alrededor de las comidas, el desfallecer de los cuerpos.

Por su color, por su función y por su distribución corporal, la sangre es un indicativo de los signos vitales. Dice la teoría de los humores que el temperamento sanguíneo en su forma positiva es expresivo, cálido, hablador, entusiasta, comprensivo —las cualidades con las que asociamos la vida—; mientras que en su forma negativa es indisciplinado, inestable, improductivo, exagerado y egocéntrico. Si pudiera definir diciembre no dudaría en hacerlo como un mes "sanguíneo" (tanto por lo positivo como por lo negativo). Mi energía social nunca estuvo tan demandada como en diciembre, aunque el corazón que más sangre ha requerido ha sido el de la experiencia en pareja.

Ha pasado mucho en poco tiempo. Hay una densidad que me deja perpleja y a la vez me imanta. En este momento siento la sangre como otro océano, uno revolucionado, cuyas mareas empujan y traen un mar al rojo vivo. Ellas expresan la calidez de comer con seres queridos y las mejillas sonrosadas por el romance, pero también las corrientes que inflan los deseos masculinos. Por eso la sangre también despierta mis vicios neuróticos. Me avergüenza que se torne paranoia (sangre caliente, sangre agitada). ¿Qué pasará cuando la sangre de tu periné vuelva a todo el cuerpo y nos lleve a la otra orilla? ¿Podremos volver juntos a esta orilla solo con la sangre de los pulmones o sucumbiremos a la trampa río abajo?

Cuando la muerte llega el cuerpo palidece, queda tieso y blanco. Visto así podría interpretar que la manifestación sanguínea al son del deseo sea quizá la máxima prueba de vitalidad (encendido, rojo, fuerte), pero al instante no puedo evitar mis preguntas necia, ¿acaso no funciona también así la arrogancia? Es una erección del ego, que como todas ellas no puede ser permanente, ni consistente. Inflar y desinflar. Ilusión y desilusión. La sangre exagerada que lleva a un escenario egocéntrico, improductivo, indisciplinado. ¿Podremos construir nuestra balsa si respondemos solo a la sangre impaciente de las entrepiernas? ¿O navegaremos también al ritmo de un latido acompasado, paciente, de un océano templado en donde la sangre del movimiento sincronizado no se agota en la urgencia del roce?

Insisto en esta pregunta porque yo, mujer que desangra al ritmo de la luna —influida como todas las demás mujeres por las mareas planetarias y no por el capricho egoísta del falo—, yo, mujer también participo de ese torbellino: y lo hago de manera apasionada, como un fluir irreversible. Pero luego también experimento esa sangre concentrada en mi cabeza: lo vivido se torna ensueño, espejismo, como si estuviera entredormida. Como si fuera una distracción. ¿Si distrae es porque está al margen de la vida verdadera? ¿Es la vida verdadera la experiencia no sanguínea? Me gusta esa intensidad, pero prefiero la consistencia. Y siento que la consistencia es el resultado del oxígeno y no simplemente de la sangre, de la revolución que infla a uno y luego desinfla todo.

La sangre saturada en mi cerebro, por ejemplo, convierte al pasado en aguijón y al futuro en neblina. Contamina, asfixia. Mientras tanto pienso que es del oxígeno, de la calma, que surge la creatividad. Quiero que la respiración (sangre metabolizada) y no la sangre cruda (miedo, prevención, envidia) sea mi certeza. Lo que más me interesa es seguir obrando en este mundo, desde mi lugar propio, pero compartido. La encrucijada es que ahora aprecio el valor de mi autonomía, por fin, me valido yo después de tantos tropiezos y torpezas, y a la vez me comprometo con esta nueva conexión. Me siento frágil, pero no débil ni fragmentada. Mi propuesta: tomar de la sangre cruda el impulso para apostar valientemente por los valores y por esta relación que considero valiosa. Tomar del corazón la capacidad de transformar los instintos en algo más que un afán de poder cortoplacista.

El reencuentro con mi familia paterna a raíz de un funeral, me permitió bucear en mi pasado con un propósito: traer al presente mi gusto por nadar. Para la sangre pesada, para el océano turbio, para el impulso acalorado: nadar o navegar. Para remover el sedimento y disfrutar mientras muevo mi cuerpo, que es mi centro y mi salvavidas. Una invitación: a remar contra el mar hinchado, sanguíneo, siguiendo el ritmo de una mutua elección.

sábado, 19 de marzo de 2022

Naturaleza

Felicity grew a garden / She planted with her hands / The ground beneath her feet, it was bitter / Felicity grew a garden / A haven safe from fate / And the ground beneath her feet, it was bitter, it was sweet

Entre enero y marzo de este año han pasado varios acontecimientos que me llevan a reflexionar sobre mi relación con la Universidad Nacional de Colombia. Pienso en ella con detenimiento, porque su significado y valor son irreductibles a la dimensión estudiantil o laboral que ciertamente la atraviesa. Justo en este mes cumplo trece años de haber incorporado esta institución como parte regular y formativa de mis rutinas. Para mí la universidad ha sido la principal zona verde de mis pies y de mi cabeza; ha representado el lugar por antonomasia de la posibilidad y gracias a ella —ella que son sus momentos, sus espacios y sus personas— he construido, revolcado, tocado los puntos más sensibles de mi identidad al son del placer y del displacer, es decir, al son del conflicto esencial y estimulante que es la vida, especialmente desde mis fases eróticas —de la más sublimada a la más sensual— ligadas con mi paso por la universidad.

Relaciono esta idea con otra imagen que se me cruzó esta semana en donde se veían las arenas del Sahara africano cubriendo los Pirineos franceses. El paisaje es atípico, pero no improbable. Aun así me conmovió el impacto de los colores, una nieve teñida de rojo a la manera de un Marte terrenal bautizado en ambas costas por el Mediterráneo. Entonces me parece que la playa siempre ha sido hermana de la nieve. Tus arenas, nuestras dunas siempre han sido el vestido de la nieve en tus páramos, en nuestras mesetas. Todo está conectado y se nos olvida por pura practicidad que las fronteras son imaginarias. Por eso digo que la universidad es más que burocracia o meritocracia académica para mí. Por ella la vida se me presenta como este juego de correspondencias que me recuerda el vínculo primordial del tejido con el mineral y por el cual toda separación es una ilusión, si bien toda subjetividad es una variación necesaria y deseable para su realización.

Estar en esta universidad —construida sobre las ruinas del río y al lado de un cerro tutelar, como queriendo decir “soy tu naturaleza”— me ha brindado la mayoría de mis experiencias de amor, de sexo, de frustración, de satisfacción, de enfermedad y de muerte. La competitividad, la castración, el dolor, pero también la ternura, la pasión y la comprensión han sido los materiales proporcionados por este espacio para moldearme, moderarme, excederme y reestructurarme. Allí han ocurrido encuentros y desencuentros desde el cuerpo y palabra que han contribuido de manera significativa a mi reconciliación con el mundo, al saberme parte de él y a responsabilizarme de mis acciones porque me reconozco individuo interdependiente en ese mundo conectado.

Y digo esto porque la cinta de Möbius —que son estas conexiones cuánticas y las inesperadas solidaridades que generan— termina —que es decir recomienza— por donde empezó. Esta semana me enteré que ya estaban desocupando la oficina del profesor Luis Miguel. Con este dato logré entrar para recoger un mapa de Colombia y al hacerlo recordé cómo había empezado uno de los capítulos más vivificantes de mi llegada a la universidad. Inicié mi recorrido allí en 2009 al ser admitida a Arquitectura. Sin embargo, esa fue una experiencia difícil que puso en entredicho mi identidad, el alcance de mi esfuerzo y la capacidad de mi cuerpo. La herida se manifestó en la pérdida de salud. La realidad había rebasado al ideal y entonces llegó el momento de la aceptación, que es otro nombre para la renuncia que nos libera.

En el horizonte de mi elección vocacional adolescente también estuvo la Historia. Sus contornos como carrera, al igual que los de Arquitectura, eran imprecisos para una joven de 17 años y en ambos casos asumí que podría desenvolverme en el camino elegido solo porque tenía gusto por la palabra y por la comprensión de los procesos humanos, o bien por el dibujo y la antropología urbana. La experiencia me demostró que el deseo era insuficiente y que la aptitud tenía un peso fundamental para su realización. En ese contexto solicité traslado de programa. Volví a ser primípara en el segundo semestre de 2010 y luego de los traumas vividos llegué con mínimas expectativas al nuevo pregrado, incluso, con cierto temor.

Aquí es donde aparece Luis Miguel. Mi primera clase de Historia la vi con él. Entonces no sabía que había iniciado la ruta de una salvación: esta carrera fue el catalizador para fortalecer mi cuerpo y reconstruir mi identidad. Quizá si Luis no hubiera estado, mi olfato —ya afinado por el dolor— me habría indicado que estaba en la dirección correcta, pero el hecho de que él fuera la primera persona que me saludó en el umbral y me invitó a seguir supuso un cambio inmediato en mi interpretación de la vida, de los talentos y de la creatividad: su discurso apacible, pero a la vez inteligente y apasionado sembraron una confianza y seguridad que hace rato no experimentaba y además demostró sin aspavientos que las humanidades encarnaban una forma bella de vivir, que el trabajo intelectual era tan hermoso como las artes más convencionales.

Llegué a este pregrado con las ruinas del sueño adolescente —naturaleza muerta—, pero la voz de Luis Miguel se situó entre mis despojos como el conjuro del musgo, como el milagro primigenio de la reforestación. Y entonces entendí que la fragilidad —el acto de romperse y derrumbarse— más que sinónimo de destrucción puede serlo, más bien, de barbechar. La ruina puede ser otra forma del descanso el cual es necesario para limpiar las malas hierbas, las espinas y las malezas que de lo contrario habrían corroído silenciosamente los frutos de árboles envenenados en su raíz por el afán o por la terquedad. El trabajo fue mío, pero la palabra y presencia de Luis fueron semilla para el rebrote seguro, saludable y bello de un nuevo jardín. Cuando volví a la nueva carrera me sentía ignorante, asustada, aunque curiosa.

No sabía muy bien qué esperar de una clase llamada “Historia de América I”. Entré y lo que ocurrió fue que Luis nos transportó al siglo XVI, a la manera de una máquina del tiempo, aunque sin aparatos extravagantes, y entonces descubrí que no era aburrido, que no me eran ajenas las experiencias humanas de personas que habían vivido cinco siglos antes que yo. Empecé a entender la personalidad del continente y del país por este ejercicio de arqueología y descubrí que me emocionaba, que me apasionaba comprender con amplitud de miras —críticamente— e interpretar con documentación e imaginación como herramientas principales del pensamiento. En medio de esta pedagogía estuvo la inolvidable referencia a Serge Gruzinksi, historiador de las mentalidades, quien precisamente se ha enfocado en señalar las conexiones que culturalmente nos vinculan desde épocas tempranas. La globalización no es un fenómeno moderno, del siglo XXI, sino que hunde sus raíces en los intercambios del Nuevo y Viejo Mundo cuando se vieron y se tocaron —comerciando, amándose o atacándose— en el siglo XVI. Entonces también entendí que la conexión implica conflicto, tensión, porque son las fuerzas complementarias aquellas que engendran la vida —aún con violencias de por medio—. Existe “la colonización de lo imaginario”, “la guerra de las imágenes desde Cristóbal Colón hasta Blade Runner”, pero también los diálogos entre América y el Islam y el más extenso intercambio de la mundialización que conecta desde los años mil seiscientos a “las cuatro partes del mundo”.

Me pareció fascinante aprender que la exposición historiográfica puede ser original, creativa, pero, sobre todo, que esa narración es una forma de conocimiento en donde la comprensión —y no juzgar— es el principal propósito de la inteligencia. La Historia resultó ser un trabajo de autoconsciencia, un trabajo sobre la naturaleza humana —incluida la mía—. El encuentro con Luis me hizo ver la Historia como una oportunidad para revisar prejuicios, aprender sobre la tolerancia, para reconocer y apreciar la diferencia, para malpensar la tradición y celebrar la creatividad, porque la historia es siempre historia del presente, hija de su tiempo. Gracias a Luis supe que aquí yo podía florecer, reconstruir sin temor mi subjetividad. En mi barbecho, que fueron sus cursos sobre historia de América y de Colombia, pasé de la arquitectura —del presente— al pasado. Volví la vista atrás, pero no para lamentarme, no por nostalgia, sino para aprender de mí a través de mi relación con otros de ayer —en los archivos— y de hoy —en las entrevistas—; para asimilar que el pasado es un país extraño, pero al final no tanto, porque nuestro destino es mestizo —las múltiples conexiones, la arena en la nieve— y nuestra naturaleza la palabra, que a la manera de rizomas y ramas sostiene las verdes hojas con que ayer y hoy, la humanidad —y yo soy humanidad— manifiesta sus creaciones y su gratitud.