Mostrando entradas con la etiqueta bildungsroman. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta bildungsroman. Mostrar todas las entradas

miércoles, 30 de agosto de 2023

Trámite

Hay días para tratar asuntos prácticos / que no pueden esperar / que se deben resolver / Hay días para tratar asuntos teóricos / que usan mi imaginación como si fuera un lugar real / Dicen que debo diferenciar y saber a cuáles debo apostar —  "Asuntos teóricos y prácticos", Señor Naranjo.

A estas alturas puedo hablar de 2023 como una unidad, no sé qué tan cohesionada, pero sí al menos hilada. Este ha sido el año de los trámites. Trámite parece una palabra aburrida, como de viejito, que te recuerda cuando de niño pasabas por el canal del Congreso y te imaginabas que verlo sería un castigo peor que la pela. Luego he aprendido que el aburrimiento es un estado relativo, que no hay personas o temas que lo sean, sino que uno les atribuye ese estado porque cede a la trampa del inmediatismo, de la ansiedad productiva que exige hacer/conocer compulsivamente, aunque no se haya revisado primero el sentido de tanta hacedera y tanta novelería (novelero: el que busca novedad a toda hora). 

Hoy soy consciente de que se solo se aburre quien no presta atención. Tantos estímulos compiten por nuestra atención que estamos en todo y por eso no estamos en nada. Distracción, cero metabolismo, cero comprensión. Atender, estar activamente presente (ni en la nostalgia dramática, ni en el futuro reparón) revela las maravillas de trapear, hablar con el panadero, estar en la casa sin acceso a Internet, hacer trámites ante las superintendencias de salud y de comercio, ante la Facultad, y hasta disfrutar de eso.

Todo lo anterior puede sonar muy bonito, toda una ética poscristiana, pero les advierto, imaginarios lectores, que soy una adulta avanzando inevitablemente en su treintena y puede que diga esto solo para justificar mi necesidad (y mi gusto) de ir a la EPS. Porque uno crece y la vida que en la niñez era jugar y en la juventud escribir trabajos finales, en la adultez es una tramitadera interminable, que la lleva a una a preguntarse si la racionalidad burocrática está realmente cerca de la razón o más bien de la sinrazón. El caso es que no importa cual de las posibilidades sea (ética bonita o autojustificación), porque ambas apuntan a lo mismo: a que yo me relacione con la aceptación. Aceptar —que no equivale a resignarse— es quizá el paso iniciático de la adultez. Ser niño es fusionarse con el otro, justificar la irresponsabilidad; ser adolescente es separarse del otro, pero sin asumir aún la responsabilidad; ser adulto es renunciar a los sentimientos de culpa que dejan esas dos etapas anteriores para asumir acciones responsables. 

En la resignación quedan dudas, fisuras, porque no es una decisión sino una imposición, mientras que en la aceptación hay conclusiones, metabolismo propio. En toda juventud hay una obsesión con las causas, con darle a vueltas al por qué, pero la adultez llega cuando se reconoce que así una tuviera todas las piezas del rompecabezas el resultado sería el mismo. María Martín lo sintetizó de una manera inolvidable: "Aceptar también es dejar de buscar las causas y redirigir tu camino a pesar de las consecuencias". 

Mi versión adulta busca reconciliarse con el no-saber para por fin hacer en lugar de rumiar en el pensamiento. Pero antes, quiero aclarar que esta actitud que dramatiza el saber/perfección no es una experiencia individual: nos ha pasado a muchas mujeres. Entiendo que el ser mujer en un contexto históricamente patriarcal ha influido en que nosotras tengamos esa predisposición a obsesionarnos con saber. Leía hace poco que a las mujeres las educan para la perfección (exceso de saber que idealiza) y a los hombres para ser valientes (hacer aunque no sea perfecto) y que esa era una fórmula que había llevado a la desigualdad económica en general. 

Darle tantas vueltas a las cosas, meterles tanto misterio, abrumarnos por cumplir con resultados (perfeccionismo), creernos que el mundo entero está en nuestros hombros y manifestar todo ello a través de la ansiedad y la anorexia no es un asunto de mera psicología individual, sino una respuesta de muchas mujeres a las condiciones sociológicas en que crecimos. Por eso agradezco las experiencias y la terapia que me han permitido revisar los lastres heredados y desprenderlos reconociendo que eso no era yo: es entonces cuando una se permite ser imperfecta, no sabérselas todas y aún así desarrollar la disposición al riesgo, de hacer cosas. 

Pero yo estaba hablando de relación positiva con los trámites, eso que antes creía tan aburrido. ¿Qué tiene que ver esto con la aceptación, la imperfección y el hacer? Creo que trámite es una palabra con mala prensa. La RAE dice que su etimología viene del latín trames, -ĭtis que significa "camino", "medio" y define dos escenarios "1. Cada uno de los pasos y diligencias que hay que recorrer en un asunto hasta su conclusión. 2. Paso de una parte a otra, o de una cosa a otra". Básicamente trámite es sinónimo de proceso y esa es una palabra importante para los adultos, en general, y paras las mujeres que renunciamos a la perfección, en particular. En el argot popular es habitual que se diga "procesar emociones, cosas, personas". Procesar equivale a entender que no todo se resuelve de un tirón, que la vida se hace a partir de momentos. Lo que me parece de valioso del trámite es que a ese conjunto de etapas le da un orden, una organización. Los trámites crean protocolos, reglas de juego explícitas y esa es la base de una vida saludable, es decir, flexible, que no se anda con suposiciones y que crea límites. 

Cuando una no ha aceptado la imperfección se cae en los excesos, en extralimitaciones y por eso es tan fácil abrumarse, angustiarse al creer falsamente que todas las tareas, que todas las experiencias tienen que hacerse ya, porque para antier es tarde. Pero del afán no queda, sino el cansancio y muchas visitas a la EPS. Para llegar a conclusiones una primero debe tramitar, hacer un camino, un método con el cual se construye, se verifica y se consolida. Concluir es digerir, depurar, todo lo opuesto a correr. El trámite racionaliza la experiencia para que podamos dejar la cobardía por la iniciativa, por ser propositivas. Racionalizar aquí no quiere decir tanto reflexionar como racionar, porcionar, dosificar los indicativos que marcan la realización de cada etapa .

El problema es que por la forma en que fui educada me ha costado percibir el hacer como un proceso y no como una meta. Esa presión explota por algún lado, en mi caso somatizando dolores y desvanecimientos. Con la tesis de maestría se puso de presente ese síntoma y el cuestionamiento de lo que me ha llevado a él. Lo cual no es suficiente. Muchos días me levanto pensando que tal vez no sea capaz de concluirla. Abrir el archivo me da pánico. Nuevamente el fantasma "resultado" y su cómplice "hacerlotodoya" (sic), me acobardan paralizándome. Por fortuna, tres personas que entienden el simbolismo de esta situación me han aconsejado que vea ese tesis como un trámite, o sea que no lo complique tanto. Una de esas personas vivió una experiencia similar de somatización cuyas huellas aún tramita, aunque ya se graduó hace un tiempo. Esa fue una conversación revitalizante, porque se ve que esta experiencia metaacadémica de las tesis es universal y así uno se siente menos solo y busca ser más atinado: es que el objetivo en este momento no ser reflexivo, idealista, perfeccionista, sino práctico. 

Decir que la tesis es un trámite es recordar que ella no representa ni mi identidad, ni mi vida entera. También que ella es un requisito dentro de un juego específico (la maestría) y, por último, que es un proceso, que se construye en la cotidianidad y no en una excepcionalidad abstracta. Los días recientes en que me he sentido más "empoderada" han sido en los que he hecho trámites con la EPS: agendar citas, solicitar autorizaciones o turnos, reclamar medicamentos, radicar incapacidades. Los propósitos se cumplen tras seguir unas reglas. Incluso cuando hubo retrasos o incumplimientos, la situación se resolvió y en otros casos hubo actividades que se agilizaron. El punto es que esa sensación de tener control y de ser resolutiva es poderosa. 

Este último trimestre es decisivo porque debo entregar el texto definitivo. Ya pagué matrícula e inscribí la materia. Para seguir estos pasos necesito potenciar y aplicar esa capacidad resolutiva que se construye día a día. Quién diría que la EPS y los trámites reforzarían la actitud que más necesito para dar este paso: para graduarme como magíster y como adulta, es decir una actitud pragmática a la danesa: "What I really need is to get clear about what I must do, not what I must know, except insofar as knowledge must precede every act". Es el propósito que anima la acciones desde agosto del año pasado. Pronto quiero celebrar el éxito de otro trámite, alegrarme por los certificados, por las conclusiones en el sistema y para aprender de aquí en adelante a no ceder en la ruta de la acción decidida. Así que, estimado lector imaginario, si ves esto encomienda mi último semestre académicos al Cristo atado. Nos vemos en los grados, esperando que haya podido reducir mis trámites en EPS. Muchas gracias. 

lunes, 31 de julio de 2023

Seguridad

I used to float, now I just fall down / I used to know, but I'm not sure now / What I was made for / What was I made for?

Este mes vi Barbie dirigida por Greta Gerwig y me gustó. Quiero decir con ello que la disfruté, que me sorprendió el pensamiento y que me emocionó, lo cual significa que la sentí cercana y, sobre todo, que me brindó coherencia. Incluso fui a dos funciones de la película, no solo porque me gustó, más bien porque ella representaba algo más que un guion puesto en fotogramas: Barbie ha sido ante todo un lugar de memoria en el que tejo complicidad con mi prima hermana, y con el cual quizá pueda suscitar en mi madre las inquietudes de un presente reivindicativo que quizá ella había intuido en su pasado.

Ante estos manifiestos, algunos lectores imaginarios —siempre lo son— dirán que resultan cursis, exagerados. Anticipo esta reacción porque he leído en redes sociales a quienes dicen abstenerse hablar sobre la cinta porque no es más que comercial de dos horas de duración. Esos comentarios me dan risa porque al comunicar la negación, lo negado es afirmado y expuesto. Yo solo pienso que nuestra mera existencia animal ya nos ha hecho consumidores, mientras que los siglos desde la Revolución Industrial en el siglo XVIII nos han hecho consumistas. Las variaciones del consumo es lo que une y a la vez separa el mundo de plástico de Barbieland, del mundo de plástico de cualquier ciudad del mundo. Es el agua en que nos movemos, So what? Personalmente me parece maravilloso que una película con una carga publicitaria tan deliberada y para nada disimulada, amplíe el fuelle de la reflexión. Que sea un producto para vender no impide que uno pueda pensar muchas cosas, incluso contra las ventas. Por su parte, la directora sabe que las ventas de las empresas involucradas están aseguradas y por eso, en un guiño satírico puede permitirse hackear un poco el sistema de la única forma posible: desde adentro. Greta asume el humor como su principal recurso narrativo para recordarnos en esta sutil sátira de qué se trata la vida humana: incomodar para lidiar con la incoherencia esencial de nuestra existencia.

Para mí lo más valioso de Barbie es que se trata de un relato para conjurar los idealismos. Por eso me parece un gran acierto que sean las mujeres quienes representan esta tendencia tan humanamente distractora que es idealizar. Porque es las mujeres a quienes culturalmente se ha presionado con más afán para cuidar la expectativa de "hasta dónde pueden llegar" para preservar un equilibrio social que se sustenta en la moralidad de su comportamiento, pero recompensa a los hombres con los privilegios derivados de esa ecuación. Pese a estas precisiones sociológicas sobre el género, lo cierto es que la película muestra que el idealismo es una distorsión que daña por igual unos y otras, a la especie.

El viaje de Barbie del mundo artificial al mundo real es el paso que hace el niño desde el narcisismo irresponsable hacia la realidad de la responsabilidad como terreno de la adultez. Y sí, seamos honestos, la realidad puede ser miserable, pero la mayor parte del tiempo son innecesarios dramas narcisistas y en cambio pueden experimentarse muchas alegrías. He aquí la secuencia clave de la película: nos dice Barbie que sin la muerte no hay deseo, que sin deseo no hay cuerpo y que sin cuerpo no hay realidad. Barbieland es la expresión de una gran psicosis colectiva, ¿no es acaso sospechosamente esquizofrénico estar convencida que se puede vivir en casas de dos pisos sin escalera y desayunar felizmente leche invisible?

Pero Barbie rompe su estado psicótico y descubre un organismo vivo, del que luego nace un cuerpo. Mas como todo nacimiento, este ser arrojado al mundo tiene consecuencias paradójicas: por un lado, la incomodidad, el displacer; por otro, la alegría. Por supuesto, la segunda solo llega cuando hay aceptación —no resignación— de la inexorabilidad de la primera. Por ejemplo, ir al ginecólogo, como lo hace Barbie al aceptar su cuerpo, no es la actividad más divertida, no representa ningún placer —a corto plazo—, de hecho, siempre representa dolor. No obstante, Barbie sonríe con ingenuidad, nosotras sonreímos porque es un proceso difícil pero que ayuda a ese cuerpo para que tenga la capacidad —salud— para vivir alegrías. Sin la dialéctica de la muerte, la vida no se valoraría.

Barbie estaba sumergida en su fantasía —igual que hacemos todos en la niñez— y no sabía que los sentidos la engañaban, porque ni siquiera era consciente de su existencia. Por eso el dolor cumple una función tan importante: es una alarma que nos hace prestar atención a algo que tendrá efectos duraderos sobre ese cuerpo. Así, el punto de inflexión de la narrativa es que Barbie adquiera consciencia y, sobre todo, experiencia de la muerte, de la imperfección, del dolor, del cambio, en otras palabras, de la historia —no de las ideas o ideologías inmanentes—. Es allí cuando aparece una realidad disruptiva porque es imperfecta: la representan los olores fastidioso, los dolores, el pan de plástico quemado y los pies en la tierra. Fue, entonces, el tiempo de la angustia ante el descubrimiento de la incoherencia esencial. Barbie lloró por primera vez.

Imagino que ella se preguntó: “¿Me estarán engañando los sentidos? ¿Si todo cambia en qué puedo confiar?” Sin embargo, una vez cruzado ese umbral —no sin esfuerzo— Barbie también descubrió otra acción potenciadora: la capacidad de resimbolizar, es decir, de jugar con el doble sentido de una palabra, de invertir sus significados y por vuelta imaginar lo que antes le aterraba como una posibilidad creativa. Veo a Barbie dándose cuenta de que la pregunta estaba mal formulada o, más bien, incompleta: “¿Y si los sentidos me engañan, por qué no los engaño yo a ellos?” Barbie aprendió a soltar el ideal y en ese punto pudo decir: "No soy lo que esperas que sea. Soy lo que yo puedo hacer". Pero... ¿A quién le dijo esto? ¿Ante quién se rebeló con justa causa? Aquí yo podría dar la respuesta simplista: los hombres; o la más refinada: el patriarcado. Sin embargo, me parece que es algo más cercano y concreto que sintetiza las angustias que aquellos generan: Barbie se rebeló, traicionó a su niña interna, esa que es ansiosa, caprichosa, insegura.

Cuando Barbie entró por primera vez al insólito mundo real, el principal síntoma de esa disonancia fue sentirse insegura por primera vez. Para alguien que siempre había sido totalmente fiel a sí misma, a su perfección, la duda se mostró como una fisura casi mortal. Pero, aclaro, esto no quiere decir que yo abogue por la autodestrucción, por el autoengaño o por la impostura, no digo que haya que traicionarse, así a secas. Digo que hay que ser lo suficientemente flexible como para saber traicionar ciertas emociones, sentimientos y pensamientos porque ellos no son hechos, ni son la verdad, son apenas transeúntes sobre los cuales sería un error basar decisiones. Barbie entendió nítidamente la sutileza de este método. Hay que traicionar el sentir, para ser fiel a una existencia propia y real. He ahí la base de la seguridad, de la coherencia que una demanda en un mundo que es constantemente inestable.

De todas maneras, yo sonrío irónicamente. Aquí estoy describiendo serenamente este recurso, pero la verdad es que me cuesta aplicarlo: ¿no es este el nudo de mi propio laberinto? Recién me percaté de que esa neurosis del celo ha sido un susurro permanente en mi oído. Ahora, gracias a la conversación con Mauricio esta se convirtió en una declaración contundente: ¿por qué le temo a la traición? ¿Por qué quiero sentirme especial para un otro cuya atención debe serme exclusiva? ¿Qué busco con esa atención? ¿Qué hago cuando la tengo? Nada, respondo... Luego me doy cuenta de esta verdad: la atención es solo un talismán, el truco tras este juego, mi propósito es hallar seguridad, coherencia. Mientras lo digiero conscientemente, Barbie me dice que además esa coherencia que busco no puede ser absoluta, ni perfecta, ni virtuosa. A propósito del honor masculino depositado en el comportamiento de las mujeres, traigo aquí la pregunta que nos hizo una mujer a otras que estábamos reunidas: “Y usted, ¿cómo la prefiere? ¿Bandida o agüevada? 'Obviamente, bandida'", respondió ella sin dudarlo. Pienso ahora que el uso despectivo de la palabra "bandida" vista sin prejuicio solo significa que se trata de una mujer aterrizada, que traiciona sentires e ideales propios y ajenos —patriarcales— para vivir su vida. La pregunta es muy útil para resolver los dilemas reales, es decir, los prácticos y no los filosóficos, que se presentan cotidianamente: “Y usted, ¿A cuál prefiere?" ¿La que pone los pies en la tierra o la que flota en una ensoñación ansiosa? Vamos, la respuesta no es difícil ¿O ustedes, lectores, qué creen?