A pesar de que procuro ejercer la razón para guiar con la mayor prudencia posible mis acciones, todavía preciso —quizá por una terca conciencia poética— de episodios supersticiosos, mitologías desnudas y transparentes a los cuales recurrir como forma de redención narrativa y primitiva, porque no obstante del tiempo y la reflexión, no renuncio, me es imposible, a mi condición animal: un poco errática, pero también vibrante y excéntrica. Entre los relatos mágicos de los que me nutro está, por ejemplo, la creencia en la carta astral y la influencia que el sistema solar —nombrado por el hombre— tiene en nuestro carácter individual y colectivo. Por ahí se dice que hay quienes no consultan el horóscopo, no por incrédulos, sino por el temor del crédulo: el temor de conocer con precisión el destino. Además —y si quiero justificarlo desde la orilla racional— no somos más que lo otro de lo mismo, es decir, otro estado de una misma materia, la que está allá afuera con sus edades milenarias, hecha aquí cuerpo consciente con su fragilidad centenaria. Sagan decía que los humanos son polvo de estrellas y que "el hombre es la materia del cosmos contemplándose a sí misma". Visto de esa manera no suena tan descabellado considerar esas transferencias y es hasta bello pensar que somos vehículos de un ancestral diálogo intergaláctico.
Un poco más absurda es mi creencia en la capacidad revolucionaria de los años bisiestos. La invención de la cronología y de los calendarios es tan arbitraria como cualquier lenguaje. El tiempo es el principal invento humano, su fantasía fundacional, y con ello quiero decir que poco tiene que ver con los dioses y las galaxias, así que no hay un sustento que justifique por qué una partición tan caprichosa —cuatro años— iba a tener tal importancia. Sin embargo, esta contradicción no me preocupa, es gracias a ella que me sé y me siento viva. Absurdo, arremolinado y hasta juguetón, así es todo nacimiento. Me resulta fantástica esa capacidad de ficcionalizar y descubrir caminos allí donde se nos exige (por costumbres o caprichos de poder) pasar de largo.
En mi caso confieso que la más reciente tríada de años bisiestos (2008, 2012, 2016) reúne las fechas más representativas de mi adolescencia, es decir, de la vida-más-vivida, y con vivir me refiero al fulgor de la intensidad,el apasionamiento y la claridad. El 2020 no ha sido la excepción e incluso el hecho de traer de nuevo el número cuatro —completando el cuarteto de bisiestos— parece otorgarle una posición de cierre que ofrece la lección "definitiva". Mi imaginación mística se emociona, además, cuando me entero que en mi carta astral, Saturno está retornando al lugar en que estaba cuando nací: así es, cerca de los treinta años, el planeta de los límites y la disciplina completa su ciclo: hemos vuelto a nacer. Hay una segunda oportunidad para la voluntad y la vocación.
Originalmente este relato estuvo motivado por experiencias personales que mostraron a marzo como un mes revelador. Si tuviera que resumirlo, acudiría a tres palabras: muerte, desgarro y apertura. La primera semana, me tomó por sorpresa el suicidio de Ramón, un excompañero del pregrado y ahora profesor en las universidades Nacional y de Antioquia. La imagen que tenía de él era la de un hombre inquieto, curioso, activo y dinámico que tenía una gran inclinación por el trabajo colectivo. El haber interactuado con él suscita en mí esa perplejidad de que la inmortalidad no existe. Jóvenes y apasionados en apariencia. El prójimo, en apariencia. Pero yo puedo ser Ramón, cualquiera de mis íntimas amistades puede ser Ramón. No tenemos asegurado el impulso de la vida y a veces parece que algunos están presos de biologías ominosas y desconocidas que los empujan al abismo. Hoy quiero creer en la vida, pero esta alerta suicida activa mi principal temor: la muerte de mis seres queridos. La muerte es una trampa, y yo no me quiero morir y yo soy los otros.
En la segunda semana de marzo salí casi todos los días con mis amistades más cercanas: Isa y Nat y me reencontré con Santiago que había venido de Alemania. Conversé muchó y pude notar mis cambios al respecto de la expresividad y la ansiedad social: siento que la una se incrementa y la otra disminuye. Los miedos se han suavizado y a pesar de la herida que motiva estos movimientos, celebro los cambios que por ella han brotado. En ese reencuentro con mi viejo amigo, el ánimo se refrescó como es costumbre con él —a quien conocí en 2016,—. Llevaba un buso amarillo, el cual combinó deliciosamente con el postre de maracuyá que pedimos ante su apetito de trópico. Esa noche llovió muy fuerte, pero el ambiente era cálido y festivo hasta el punto que terminamos hablando sobre neas alemanas. Me devolví a casa antes de las 11 p.m. Pedí un servicio y estuve conversando con el conductor, un moreno de acento rolo, fisonomía que me pareció muy singular. Esa noche me dio la alternativa de montarme en el puesto de atrás y así lo hice. Al ver una tractomula en una pendiente, el hombre me manifestó su preocupación por la vía húmeda. Pero sin más, seguimos hablando de negocios y proyectos a futuro. Llegando a casa, justo en el sémaforo de la empresa donde trabaja papá, el chofer dudó si respetar o no la luz roja. Finalmente decidió parar. En ese momento el taxi que venía atrás frenó, pero por la humedad de la vía se deslizó hasta golpearnos por detrás. Nunca había experimentado un accidente. Lo único que pensé fue "oh, nos chocamos", sin dramatismos, ni exaltaciones. Luego caí en cuenta que mis gafas habían volado por la sacudida, que no había sangre y que podía moverme. También recordé que cuando me siento adelante, suelo olvidar ponerme el cinturón. ¿Qué habría pasado si hubiera tomado otra decisión?
El conductor también resultó ileso, así que me tranquilicé. Mi preocupación en ese momento era la reacción de los dos conductores implicados. Siento que la intolerancia endémica de este valle se manifiesta en este tipo de situaciones, donde no hay culpa, pero alguno quiere encontrarla y si no se cumple su capricho estalla en furia: sino te mata el accidente, te mata la violencia. Por fortuna, hasta cierto punto —cuando intervinieron otras personas—, este no fue el caso. Un taxista completó mi recorrido y llegué a casa pasadas las 11 p.m. Apenas cerré la puerta me permití sentir el cuerpo: dolor en el cuello y la espalda, además de la satisfacción de haber llegado sin involucrar a terceros ni informar a mis papás. Al acostarme quedé un poco nerviosa y sobre todo pensativa. Nuevamente la fragilidad se manifestaba y le coqueteaba a la muerte. Pero no era el accidente lo que me aterraba, sino lo súbito del cambio, el irrespeto a mi ritmo idealizado. Una llanta deslizándose delicadamente sobre el pavimento podría tener un efecto mortal aunque sigas viviendo: perder un sentido, que se limite tu capacidad de movimiento, que pierdas esa ilusoria independencia que es el terreno de la creatividad y de la posibilidad. Quedar sepultado en el cuerpo propio es quizá el escenario más trágico para cualquier ser humano. También pienso en la insonsable soledad de todas las muertes y de todas las ataduras. En ese momento del impacto lo sentí: la agonía está en uno y nada más que en uno. Prevalece el silencio. Y asusta no el golpe sino la ausencia de eco.
Por un par de días no pude moverme como quería, estaba sometida a las fronteras del dolor. Y a ello se sumaron los dolores morales: saber que el hijo de Nando había atropellado a una habitante de calle embarazada que se atravesó de imprevisto. Ellos murieron, mientras el muchacho quedó gravemente herido. Y luego el asesinato de Sofía en Caldas, a manos de un depravado sexual. En sólo dos semanas el universo personal tomaba tintes apocalípticos y lo peor, sin estruendo. Todo pasaba por dentro: la conmoción del temblor, el desgarro y la abertura que puede ser grieta o herida. Desde entonces me he hecho más consciente de mi condición de funambulista, el equilibrio se rompe muy fácil y ni siquiera he alcanzado ese anhelado balance.Pero entonces me hecho amiga del baile, de moverme con la corriente, de no exigir, sino de escuchar, que es el otro nombre de la humildad. Fue entonces, cuando llegó la pandemia. Casi lo sentí como si lo que vivía en mi interior se hubiera proyectado y expandido en el exterior: inminente desenmascaramiento de simulaciones a través de lo ignorado: una llanta, un paso, un virus. Pero el virus tiene un simbolismo aún más potente: es la vida abriéndose paso, resurgiendo todavía como novedad en formas tan antiguas que son el sustrato la Tierra. Hay cierta belleza en el origen de esta revolución que tantas preguntas trajo sobre la desigualdad encarnada por el sistema capitalista. El alma cambió para siempre. El mundo cambió para siempre: ¿aprenderemos la lección, permitiremos que la luz que no podemos ver ilumine nuestro destino como especie y como animal?, ¿o nos dejaremos llevar por el oportunismo económico para ahondar las brechas que nos desequilibran como especie y como humanidad?
Ante tales preguntas no hay respuestas retóricas, sólo el horizonte que marque nuestro existir cobarde o decidido. Mientras tanto, en lo personal, me queda mirar la apertura íntima, porque la pandemia no sólo sembró la incertidumbre sino el deseo. Lo inesperado también tiene la fuerza del misterio. Que la muerte no es el fin sino el preludio de la transformación. Hasta mí llegó la semilla que fecundó este surco abierto: el amor sublimado en creación. La invitación a participar de un video colaborativo en razón de la cuarentena se convirtió en la metáfora más hermosa y potente sobre este año. ¿Fue la despedida que nos debíamos para que floreciera el futuro? ¿He dejado de temer a a la muerte del ideal?, ¿podré aceptar al fantasma brumoso y derrumbar la estatua de bronce?, ¿podré, por fin, renunciar a la arqueología y abrazar el no-saber, esa única infancia, la segunda oportunidad sobre la Tierra, la vida nueva?
En la segunda semana de marzo salí casi todos los días con mis amistades más cercanas: Isa y Nat y me reencontré con Santiago que había venido de Alemania. Conversé muchó y pude notar mis cambios al respecto de la expresividad y la ansiedad social: siento que la una se incrementa y la otra disminuye. Los miedos se han suavizado y a pesar de la herida que motiva estos movimientos, celebro los cambios que por ella han brotado. En ese reencuentro con mi viejo amigo, el ánimo se refrescó como es costumbre con él —a quien conocí en 2016,—. Llevaba un buso amarillo, el cual combinó deliciosamente con el postre de maracuyá que pedimos ante su apetito de trópico. Esa noche llovió muy fuerte, pero el ambiente era cálido y festivo hasta el punto que terminamos hablando sobre neas alemanas. Me devolví a casa antes de las 11 p.m. Pedí un servicio y estuve conversando con el conductor, un moreno de acento rolo, fisonomía que me pareció muy singular. Esa noche me dio la alternativa de montarme en el puesto de atrás y así lo hice. Al ver una tractomula en una pendiente, el hombre me manifestó su preocupación por la vía húmeda. Pero sin más, seguimos hablando de negocios y proyectos a futuro. Llegando a casa, justo en el sémaforo de la empresa donde trabaja papá, el chofer dudó si respetar o no la luz roja. Finalmente decidió parar. En ese momento el taxi que venía atrás frenó, pero por la humedad de la vía se deslizó hasta golpearnos por detrás. Nunca había experimentado un accidente. Lo único que pensé fue "oh, nos chocamos", sin dramatismos, ni exaltaciones. Luego caí en cuenta que mis gafas habían volado por la sacudida, que no había sangre y que podía moverme. También recordé que cuando me siento adelante, suelo olvidar ponerme el cinturón. ¿Qué habría pasado si hubiera tomado otra decisión?
El conductor también resultó ileso, así que me tranquilicé. Mi preocupación en ese momento era la reacción de los dos conductores implicados. Siento que la intolerancia endémica de este valle se manifiesta en este tipo de situaciones, donde no hay culpa, pero alguno quiere encontrarla y si no se cumple su capricho estalla en furia: sino te mata el accidente, te mata la violencia. Por fortuna, hasta cierto punto —cuando intervinieron otras personas—, este no fue el caso. Un taxista completó mi recorrido y llegué a casa pasadas las 11 p.m. Apenas cerré la puerta me permití sentir el cuerpo: dolor en el cuello y la espalda, además de la satisfacción de haber llegado sin involucrar a terceros ni informar a mis papás. Al acostarme quedé un poco nerviosa y sobre todo pensativa. Nuevamente la fragilidad se manifestaba y le coqueteaba a la muerte. Pero no era el accidente lo que me aterraba, sino lo súbito del cambio, el irrespeto a mi ritmo idealizado. Una llanta deslizándose delicadamente sobre el pavimento podría tener un efecto mortal aunque sigas viviendo: perder un sentido, que se limite tu capacidad de movimiento, que pierdas esa ilusoria independencia que es el terreno de la creatividad y de la posibilidad. Quedar sepultado en el cuerpo propio es quizá el escenario más trágico para cualquier ser humano. También pienso en la insonsable soledad de todas las muertes y de todas las ataduras. En ese momento del impacto lo sentí: la agonía está en uno y nada más que en uno. Prevalece el silencio. Y asusta no el golpe sino la ausencia de eco.
Por un par de días no pude moverme como quería, estaba sometida a las fronteras del dolor. Y a ello se sumaron los dolores morales: saber que el hijo de Nando había atropellado a una habitante de calle embarazada que se atravesó de imprevisto. Ellos murieron, mientras el muchacho quedó gravemente herido. Y luego el asesinato de Sofía en Caldas, a manos de un depravado sexual. En sólo dos semanas el universo personal tomaba tintes apocalípticos y lo peor, sin estruendo. Todo pasaba por dentro: la conmoción del temblor, el desgarro y la abertura que puede ser grieta o herida. Desde entonces me he hecho más consciente de mi condición de funambulista, el equilibrio se rompe muy fácil y ni siquiera he alcanzado ese anhelado balance.Pero entonces me hecho amiga del baile, de moverme con la corriente, de no exigir, sino de escuchar, que es el otro nombre de la humildad. Fue entonces, cuando llegó la pandemia. Casi lo sentí como si lo que vivía en mi interior se hubiera proyectado y expandido en el exterior: inminente desenmascaramiento de simulaciones a través de lo ignorado: una llanta, un paso, un virus. Pero el virus tiene un simbolismo aún más potente: es la vida abriéndose paso, resurgiendo todavía como novedad en formas tan antiguas que son el sustrato la Tierra. Hay cierta belleza en el origen de esta revolución que tantas preguntas trajo sobre la desigualdad encarnada por el sistema capitalista. El alma cambió para siempre. El mundo cambió para siempre: ¿aprenderemos la lección, permitiremos que la luz que no podemos ver ilumine nuestro destino como especie y como animal?, ¿o nos dejaremos llevar por el oportunismo económico para ahondar las brechas que nos desequilibran como especie y como humanidad?
Ante tales preguntas no hay respuestas retóricas, sólo el horizonte que marque nuestro existir cobarde o decidido. Mientras tanto, en lo personal, me queda mirar la apertura íntima, porque la pandemia no sólo sembró la incertidumbre sino el deseo. Lo inesperado también tiene la fuerza del misterio. Que la muerte no es el fin sino el preludio de la transformación. Hasta mí llegó la semilla que fecundó este surco abierto: el amor sublimado en creación. La invitación a participar de un video colaborativo en razón de la cuarentena se convirtió en la metáfora más hermosa y potente sobre este año. ¿Fue la despedida que nos debíamos para que floreciera el futuro? ¿He dejado de temer a a la muerte del ideal?, ¿podré aceptar al fantasma brumoso y derrumbar la estatua de bronce?, ¿podré, por fin, renunciar a la arqueología y abrazar el no-saber, esa única infancia, la segunda oportunidad sobre la Tierra, la vida nueva?