domingo, 24 de mayo de 2020

Todo lo que tengo es un río


       

1. Río de abril: el origen de la fiesta

Los días del confinamiento transcurrían con conocida familiaridad. En lo particular, no me ha resultado traumático habitar todo el tiempo mi casa. Es un íntimo —casi secreto— placer disponer del tiempo y de mi soledad. Durante mi vida universitaria estuve en el campus sólo el tiempo necesario para las clases y cuando comencé a trabajar allí mismo, como editora, pude hacerlo desde el principio de forma remota. A pesar de todo, las aguas se enturbiaron y hubo una época en que ese confinamiento se convirtió también cerradura del cuerpo y del espíritu y me hundí hasta las profundidades más ominosas. Ahora, sin embargo, se trata de una medida social y no de una elección o una condena personal y ha sido notoria la transformación de la humanidad callejera: temprano es el advenimiento del silencio y de la oscuridad eléctrica de las noches. Sin embargo, el 30 de abril arreció una tormenta tan inesperada como huracanada. La naturaleza nos embistió y pronto el anhelo de frescura, tras unos días calurosos, se convirtió en terror. Al principio fuimos animales asustados, indefensos ante la violencia incontenible del agua. Poco a poco y quizá como el hombre religioso primigenio, el miedo se convirtió en asombro y el asombro en fiesta. La intensidad de la lluvia fue tal, que la calle se transformó en río y las casas más bajas comenzaron a inundarse porque el alcantarillado colapsó. Entonces sus habitantes salieron a la calle para a sacar el agua. Sin usar tapabocas o cuidar distancias comenzaron a unirse otros vecinos y a pesar del viento y del frío, se turnaban para traer baldes y escurrir los antejardines. Hacía un mes que la calle estaba vacía, pero con el agua brotando nació también ese sentido de comunión, el originario religare, que significa reunir. Luego de días sin contacto el río se hizo nuestra religión. A medida que amainaba la lluvia llegaron los chistes, los cantos, la música, el baile y la conversación desde el balcón y desde las puertas. Hijos del diluvio, renacimos celebrando la amistad mientras vadeamos la incertidumbre con el ánimo purificado.



2.  Río de mayo: escuchar el silencio de la tierra

Todo lo que tengo es un río: flujo, reflejos, tierra y sedimentos. La metáfora del río se emplea usualmente para signifcar el carácter cambiante de la vida: es imposible si quiera pensar en detenerlo. La resistencia sólo genera violencia, dolor en las manos de quien intenta contrariar su curso. La transformación es lo único que permanece. Sin embargo, hay una dimensión menos recordada en esa figura: el río no sólo es agua, es sobre todo tierra en movimiento. Dice el diccionario de la lengua española que un lecho es "armazón para que las personas se acuesten; sitio donde se echan los animales; Madre de un río, o terreno por donde corren sus aguas; Arq. Superficie de una piedra sobre la cual se ha de asentar otra; Geol. Capa de los terrenos sedimentarios; andas para llevar a enterrar los cadáveres". En esta polisemia identifico un signficado común: la tierra del río indica permanencia, lugar para el reposo, base del edificio, tumba de los muertos. La tierra nos llama al arraigo, al descanso, a la ensoñación e incluso a la muerte como forma definitiva de un estar para renovar átomos.

Hace un año anoté esa frase en mi diario personal, embriagada por la euforia de una represa desatada. Me entregué al significado más dinámico del río, estaba agradecida por el vértigo de un lago hecho torrente. Era necesario vivir la aventura de ser una cascada. Poco a poco el salto fue acortándose y conviertiéndose en río, el agua amorfa se vio ajustada a un cauce, tocando la tierra. Atrás quedó el viento que, inquieto, iluminaba los cristales flotantes. Sí, el movimiento no se detenía, pero ahora era denso: la tierra formaba capas de sedimentos que no desaparecían con una simple sacudida. Y si el nivel del agua bajaba, la liviandad se agotaba: el río se volvía charco y el charco barro. Este año ese río ha significado para mí echarme sobre el lecho y escuchar el silencio de la tierra húmeda. Frente al estrépito de la cascada, en el que hasta la propia voz se perdía, ahora debo enfrentar el paisaje fangoso que es quietud sin ser permanencia. El río es hoy sinónimo de memoria subterránea que grita en su pasmoso silencio todas las verdades que acallaba en caída libre. Ese peso se ha hecho insoportable: el aniversario de la borrasca, el lanzamiento del video, el regreso inevitable.

En la calma el pensamiento es un filtro que depura el río y así cobra sentido retrospectivo el movimiento inicial: las fichas estaban dispuestas y allí encajé como un distractor. Por eso, "ante la duda, el silencio". El de él y el mío como justificación de la fantasía. A veces siento que el peso del barro me impide dar pasos, hacer una brazada; me perdí en el deseo de una segunda tormenta que abriera paso a una cascada. Me perdí en el deseo. Tener un río significa, en este punto, renunciar a los caprichos de una divinidad que yo inventé y que separada de su creadora desde hace rato —desde el principio— mira a otros manantiales. Tengo sed y ganas de ser pájaro-agua. Pero sé que las plegarias son absurdas; mis palabras, ni mi vientre ardiente pueden alcanzar tu voluntad. Eres sordo a mi deseo. El fango se hace intolerable y quiero un alivio definitivo, quiero liberarnos. El devaneo fue profecía cumplida y en el río lavaste tus manos para evitar la vergüenza. Me echaré en el lecho y pondré mi oído en el suelo. Como un animal moribundo, como una roca sobre otra roca (el manto terrestre), me dejaré estar y mecer por el río; dejaré que las gotas borren mi nombre, mientras me convierto en abono y cimiento —guijarro molido— de mi renacer.