sábado, 8 de agosto de 2020

El ratón de Ítaca

 Estás en el recuerdo y entre las cosas más hermosas que yo viví / amargo y dulce como el lamento de esta cumbia que te escribí / buscando una ilusión me he convertido en arena / pero acá en mi corazón tú me cambias dulce y buena. 

El contraste de la experiencia cotidiana se ha intensificado en los últimos días: enfermedades, muertes, cumpleaños, reencuentros, distanciamientos impuestos, aislamientos autoimpuestos, dientes que crecen a los veintitantos, cartas extemporáneas al ratón Pérez, un te quiero de madrugada. ¿Es la excepción ahora la cotidianidad? ¿Hemos aniquilado el tedio —ese suave aburrimiento que era la cotidianidad— para situarnos en el frenesí del miedo? La consciencia de la incertidumbre se ha expandido; los días pasan con levedad, pero cada uno va cayendo como arena ligera por el embudo del tiempo; un tiempo sedimentado que se vuelve montaña sobre el espíritu.

La enfermedad universal desgarró las grietas apenas señaladas en el amanecer de la civilización y desenmascaró nuestra fragilidad constitutiva, antes oculta tras el espejismo de la comodidad consumista. Hemos sido exiliados dentro de nuestra propia casa. Habitamos el lugar que nos es más familiar y, sin embargo, nunca nos sentimos tan exiliados de nosotros y entre nosotros. Atrás quedó el mito del burgués: siempre hemos sido Odiseo, eterno navegante que se inventa futuros de tierra firme pero vive su presente a merced del impredecible mar y el capricho divino. Ni conquistador, ni empresario: el hierro y el metal son ficciones de solidez que rápidamente se funden en su ilusión.

No fue el metal —es decir, la entraña de la roca— el asidero de Odiseo, sino la madera: material vivo, fluido y cambiante: nido del sol, hogar de las aves, cuna del canto y de la música, domador del océano. El dinero, el oro se hunden en las aguas, ¿cómo sobrevivir en un medio que exige peso y levedad para avanzar? La respuesta es sencilla: una balsa. Ni siquiera un barco —más robusto y fastuoso— sino su forma más elemental. Odiseo perdió sus magníficas naves en el camino y para perseguir su sueño de retorno, tras cada naufragio, el punto de partida fue el mismo: una balsa. El instrumento es tan frágil como resistente y eso nos da una pista sobre la vulnerabilidad como origen de la fortaleza.

En este altivo océano del 2020 podría señalar las balsas que me han sacado a flote: la amistad y la música, por ejemplo. Pero hoy quiero hablar de uno en especial: la memoria viva. Como una especie de premonición sobre el entorno o como una proyección del fuero interno, justo cuando inició la cuarentena en marzo, sentí una molestia en mi encía, a la altura de una muela superior. Todo el tiempo estuve atenta a su avance porque notaba que la "herida" se expandía hasta que finalmente emergió algo duro. Dado lo desconcertante de la situación asistí a una urgencia odontológica y allí, finalmente, mi incógnita fue resulta: la "lesión" era un diente de leche que no sacaron adecuadamente en mi infancia y ahora el cuerpo lo estaba expulsando. Fue inevitable trasponer —por un vicio narcisista— mi situación física a la social y a la psicológica. Por un lado, el mecanismo del diente me recordó al del virus: un cuerpo extraño y pequeño que pone en entredicho todo un gran sistema y lo obliga a expulsar su malestar. Por otro lado, esa reacción del cuerpo, también parecía reflejar el trabajo del espíritu. Desde enero vivía un intenso duelo y la extracción de ese diente coincidió con la sublimación de emociones negativas asociadas a la pérdida que me atormentaba.

La existencia de un diente de leche fue motivo de risas, me brindó un momento cálido, tras días de ansiedad, con la odontóloga y mis familiares. Pero más importante aún, el diente me hizo pensar en la luz del pasado; en como todo siempre está iluminado por él y en que sus consecuencias nunca deberían minimizarse, porque la vida es un espiral de tiempos; en otras palabras, siempre es resultado de la historia, de las conexiones que construimos. Todas esas divagaciones fueron, por tanto, los troncos con los que formé otra de mis balsas: el llamado de una casi treintañera al Ratón Pérez. Tan pronto como me dieron la noticia en odontología, pedí con la boca abierta y anestesiada que me entregaran el diente y todo con una intención muy clara: pedir al Ratón Pérez lo que me correspondía. Muchos pensarán que era una trivialidad o una niñería. Y, en parte, lo era. Es allí donde reside el encanto de este desenlace.

Lo que buscaba al invocar al Ratón era recuperar una dimensión de ternura para conjurar el nerviosismo y abatimiento de los últimos días de julio. Esto lo hice porque el Ratón Pérez fue un ritual de mi infancia al que mis padres ponían mucho empeño y cariño. Por eso ahora insistí vehementemente en mi petición, hasta que luego de dos semanas encontré 10 000 pesos y una nota debajo de la almohada. De inmediato me sentí profundamente conmovida. Acto seguido abrí mi caja de recuerdos para guardarla, y entonces saqué las notas que el Ratón Pérez me había dado hace 22 años, además de otras cartas que me dieron amigas y primas cuando rondaba los 11 años. Por eso hablo de memoria viva: presente y pasado se conectaron para darme un mensaje. El leer las dedicatorias fue como hundir la mano en tierra y sacar una raíz olvidada. Así, el diente, la carta y la caja extrajeron de mí una voluntad restaurada. Viví otro naufragio, es cierto, pero inmediatamente mi cuerpo lanzó un grito para salvarse a sí mismo. El Ratón Pérez fue la reminiscencia de Ítaca, gusto de la infancia, memoria viva. Sobre él armé una nueva balsa. Seguro que ella no garantiza el regreso al hogar, pero permite navegar, permite moverse sin sentirse extranjero en el mar.