domingo, 21 de febrero de 2021

El origen de los ángeles

I didn't want to be the one to forget / I thought of everything I'd never regret / A little time with you is all that I get / That's all we need because it's all we can take

Hace nueve años no visitaba la casa de mi tía. En la noche de ayer celebraron el cumpleaños treinta de mi primo. No he acostumbrado a ir a fiestas familiares a menos que tuviera la certeza de que asistiría la prima con quien tenía mayor afinidad. Sin embargo, en los últimos años traté de cambiar ese hábito por el infantilismo, egolatría y ceguera que esta actitud suponía en mi pensamiento, ya que establecer una jerarquía implicaba despreciar el valor de la experiencia —de lo que es sin imposición de lo que debería ser— y la singularidad que cada individuo puede aportar. Poco a poco traté de ponerme al límite y descubrir que si destinamos adecuadamente nuestra atención podemos conectar con cualquier persona y mezclarnos en una comunión donde importa lo que nos une y no lo que nos separa, por ejemplo, la risa, la música o el baile. 

Pero en esta ocasión no dudé: desde que nos invitaron tomé la firme decisión de asistir por el simbolismo de la fecha y por la posibilidad vital que me brindaba. Si la rechazaba, ¿qué habría de nuevo ese día? ¿no es acaso cualquier forma de sociabilidad una apertura creativa? La respuesta era clara, quedarse sería reactivar el bucle. Y ya intuyo que su antídoto es llevarme la contraria para romper el falso cascarón con que recubro el deseo. Anoche esa tarea no fue difícil y, contra todo pronóstico, el pasado me sirvió de trampolín. 

Mi primo y su hermana fueron uno de los pocos niños con quien compartí casa y juegos en la infancia; mis primos también son nietos de "mamita", es decir, otros hermanos que no eran mis hermanos pero fueron más hermanos que si nos vinculara la paternidad común. Los tres compartimos el afecto de "mamita" y vivimos nuestros conflictos, peleas de chiquillos salvajes, pero también nos acompañamos en los "parquecitos" de las unidades —paraísos de lisaderos, columpios y pasamanos donde pasamos indómitas tardes— y nos narramos las historias de nuestras fantasías y las que nos proponían los videojuegos. 

Motivada por esta memoria sentimental me decidí a asistir; había allí una intención de honesta gratitud por esos momentos de claridad en los que atizamos, sin ni siquiera saberlo, la hoguera de casa y la chispa personal: toda conexión individual tiene repercusiones en un sistema más amplio y mis primos maternos representan la temprana voluntad de mi cuerpo de construir vínculos más allá del soliloquio o  el desespero genético. No importa que nuestros intereses y gustos actuales sean distintos, para dialogar solo se requiere navegar por el río del afecto, de aceptar el viaje por una corriente que siempre es viva y fresca aunque sea tan antigua como el origen mismo de la vida.

Por eso me resulta tan importante en el desarrollo propio y, sobre todo, de los hijos únicos, la figura de los primos: su posición de distante cercanía —no son tan cercanos como los hermanos, ni tan lejanos como otros parientes, amigos o desconocidos— pone de relieve las contradicciones y tensiones del mundo que nos espera: que para acercarnos hay que ser vulnerables y en esa apertura hay un riesgo inminente de daño colateral. En el fondo, la interacción con los primos simboliza nuestra inclinación a buscar la cercanía del otro pese a que nosotros mismos obstaculizamos ese objetivo. Son ellos la leve esperanza de que con ese obstáculo se pueden tejer narraciones comunes: el bienestar del afecto es posible. Anoche abracé a mi primo y ambos conjuramos en ese instante la presencia de "mamita", nos reímos, recordamos y por ese momento fuimos ángeles, aquellos espíritus vírgenes, niños, abrigados por ella. 

No obstante, la revelación de la noche se completó al visitar a mi prima en su cuarto; su refugio frente a la violencia festiva. Ella me lleva siete años y no hablábamos desde hace aproximadamente cuatro. Cuando era pequeña y me quedaba amaneciendo en su casa, noté cambios que alarmaron a mi tía y a mi mamá, pero que a mí apenas me parecían ecos lejanos. Mucho tiempo después supe que esos ecos eran en verdad gritos infernales que destruyeron todos sus sentidos, incluido el de orientación. Mi prima empezó a consumir drogas a eso de los trece años y desde entonces se hundió en un espiral de excesos en los que el afán de poder material se mezcló con el abuso de sustancias. Desde hace unos cinco años ha estado internada varias veces en el hospital mental y fue diagnosticada con trastorno bipolar y esquizofrenia. 

Durante mi adolescencia hablamos por algunas temporadas y me avergüenza haberme olvidado de esos momentos y haberla olvidado a ella, cuando ayer mencionó que siempre me recuerda y que sabe aún mi fecha exacta de cumpleaños. Me sentí triste por abandonarla, pero también sentí que la experiencia de estos años y con mi propio trastorno alimenticio estaban dadas las condiciones para desanudar esos nudos con los que nuestra amistad estaba en deuda. Poco a poco la madeja se fue liberando y conversamos a profundidad. Yo me dispuse a escucharla con suma atención y sin los prejuicios de la familia herida, del médico arrogante, del discurso burocrático y despersonalizador de la medicina psiquiátrica.

Conversamos sobre el horóscopo, de los aspectos de nuestras cartas astrales y por ahí fuimos hablando de lo que nos mueve, de quienes nos gustan, del horror de la dependencia, de su aversión al robo, de su interés por ayudar, de su gusto por el aseo, de sus episodios psicóticos y de sus libretas escritas a varias manos en el hospital. Me alegró saber que pronto cumplirá un año sin consumir y otro tanto sin emborracharse. Dijo que esos apagones mentales postfiesta eran infiernos sin fondo a los cuales no quería regresar. Me manifestó que se sentía plena y renovada con su inédito estado de consciencia, con una vigilia vital que, creo, no experimentaba desde que era una niña. Anoche se expresó con tal coherencia y elocuencia que pude ver en sus ojos azules el corazón esperanzado de aquella niña aniquilada por el abandono y la negligencia, por la orfandad virtual que le otorgó por madre a la soledad. 

El momento más precioso fue cuando me permitió leer sus libretas y ver la expresión de algunos de sus pensamientos y los sentimientos de las mujeres —pacientes— que se enamoraron de ella —había declaraciones románticas a la par de recetas elaboradas con todo lujo de detalles—. Hablamos incluso del deseo, el erotismo y la formación del sex-appeal en un hospital mental. Por ejemplo, en uno de sus episodios ella andaba desnuda y fue amarrada de inmediato por los enfermeros delante de los demás pacientes. Dijo que el escándalo visual fue tal que desde entonces se volvió más "pegona" —atractiva— y ganó cierto reconocimiento que le permitió "darse los picos" —involucrarse— con otras pacientes. 

También llamó mi atención que en ese episodio ella se identificara como un alterego de Cristo como si él la hubiera poseído para huir de su propia crucifixión. Para entonces ella leía muchos catecismos y la única compañía que tenía era literatura católica adoctrinante. Hay muchos apuntes y paráfrasis al respecto. Lo que me interesa es que ella convoca siempre la figura de Jesús, un Jesús que en este caso puntual quiere evitar el trago amargo de la muerte, es decir, de la soledad definitiva, pero que también representa la rebeldía y la reivindicación de los marginales y la expansión del amor universal. 

¿Qué es la locura? ¿Una enfermedad? Es ante todo una relación de poder. La locura es el discurso censurado por el consenso social, es el resultado de una imposición colectiva que determina los límites de lo verdadero, de manera que todo aquello fuera de esa regla será patologizada. La "voz del loco" es la voz del margen, no es la maldición de un demonio, es un humano como tú o yo hablando en otro registro en otro tono y lo que pasa es que la Razón-moderna-occidental considera valioso solo un rango muy limitado de tonos. Hay sonidos que solo los perros u otros animales pueden escuchar, pero entonces aquí nadie llamaba loco a nadie y solo muy pocos reconocen la superioridad de otras especies para acceder a una porción más amplia de realidad. 

¿Por qué, entonces, calificar negativamente la "otra" realidad, la del "loco", mientras que el canto de las ballenas nos maravilla y la visión ultravioleta de los gatos nos fascina? Anoche quise escuchar a mi prima en diálogo horizontal abierto, porque eso nos enseñó Jesús y, en general, eso es la altura ética: que yo no sea más alto que el otro. Y descubrí en las profundidades de ese océano una potente autenticidad y generosidad que se atrofiaron cuando los barcos de afuera apagaron el radar. Mi prima lucha ahora con la adicción al cigarrillo y a los energizantes; sus manos siempre están temblando y teme no salir nunca de ese lugar. Admiro su valentía para seguir caminando en medio de la soledad, porque esas batallas son inevitablemente íntimas. 

Haberse liberado del consumo, de la ansiedad asociada a ella, de la profanación de su cuerpo, es para mí un logro increíble. Sus palabras traslucen bondad y en su libreta hallé apuntes de tal nivel que nos hace parecer locos a nosotros, a Occidente. ¿No somos una sociedad adicta: a tumbar parques, zonas verdes, casas con patios, solares, antejardines y jardines para construir gigantes centros comerciales que son tristes muros de la repetición estéril, la muerte de la identidad: las mismas marcas y nombres en cualquier parte del mundo? La toponimia es un arte en desuso —locos los que quieren vincular el lenguaje al territorio, locos los que defiendan el concepto de territorio, que vean a Dios en una manga, en un monte—. 

¿No son esos cajones de concreto la forma más extrema e inquietante de reclusión, un sanatorio deshumanizador donde nuestras sinapsis en vez de someterse a  terapia electroconvulsiva sufren algo peor? Ningún metal toca tu cabeza, pero en cambio te acribillan los ojos, te aturden los sentidos con el bombardeo publicitario plagado de sonrisas diseñadas y de brillantes montañas del Himalaya o Machu Picchu presentadas en smart TV de 60 pulgadas. En fin, cortinas de neón que enmascaran el sufrimiento, el dolor, la vejez y la enfermedad. Porque en el paraíso de los Spa y de las sodas saborizadas, la corporalidad —el verbo del cuerpo— se reprime, es decir, se reprime la muerte, que es condición para que exista y aprecie la vida. 

Por eso para mí fue revelador que en una de sus esperas para ingresar al hospital, mi prima le hubiera dicho a otra paciente "tírese un peo para que se convierta en un ángel". Si uno escucha atentamente esa frase en vez de juzgar a través de la burla, creo que hay una sensatez solamente equiparable a la que tienen los niños a los seis u ocho años. La represión es el fundamento de la civilización, todas las costumbres burguesas están basadas en una serie de protocolos empecinados en lograr una apariencia de perfección plástica en la que no existen fluidos, sonidos, gases, padecimientos, texturas que dan vida a un cuerpo. 

El símbolo de esta hipocresía fundante de la diplomacia burguesa es la de aguantar un gas si se está en público. No quiero que me se malinterprete y parezca que estoy haciendo una apología del desaseo, de hecho creo que nuestra relación con la exposición de la corporalidad propia es un asunto de diálogos, negociaciones y contextos. Lo que quiero hacer es poner de relieve el potente significado de esta inesperada combinación de palabras —"peo con ángel"—. Creo que esa represión física es la metáfora perfecta de nuestro estado actual: nos acostumbrados a reprimir y a fingir para agradar, para no incomodar al otro con lo que en verdad soy o trabajo en ser, porque puedes perder esa oportunidad de trabajo, de ligue, de asociación y entonces nos vemos inmersos en un juego de máscaras, de maniquíes donde me pregunto por el lugar de nuestra humanidad, quiero decir, de la vulnerabilidad, la honestidad, la integridad y la dignidad. 

Liberar el esfínter es aquí la metáfora de liberar la mente y de re-cordar que somos lo que somos, esto es, cuerpos corporales y no solo —ojalá lo menos posible— cuerpos publicitarios, cuerpos postales. Somos ángeles cuando nos reconocemos humanos, porque nuestra divinidad radica en sabernos precarios y aún hallar o cultivar un sentido —espacios, personas, prácticas— para cuidar y celebrar en esa fragilidad. Crecer y, por tanto, no autoengañarse, tiene que ver mucho con fortalecer la capacidad de renuncia —ser conscientes que toda elección es descartar otra— y aún así hacerlo con alegría. En este caso renunciamos a la pretendida inmortalidad mercantil para convertirnos en ángeles: creadores de nuestra propia vida, sembradores del sol que despiertan en bosques dormidos sin las pesadillas de los prejuicios y la luz led.