Desierto Sonoro
de Valeria Luiselli es un libro inteligente, duro y
conmovedor; es revelador, aterrador, honesto y de una belleza cruda en
donde conviven el asombro y el estupor. El rigor del archivista se
mezcla con la precisa sabiduría infantil y con la inquietud sensible de
una mujer documentalista que no sucumbe ante el cinismo, aunque sepa que
sus ecos no alcancen muchos oídos, ni puedan salvar vidas; o, por lo
menos, sepa que no pueden arrebatar mejillas rendidas a las arenas de
Arizona, aunque sí, tal vez, a las arenas del olvido, que sería otra forma
de restituir la vida. La historia —con minúscula y un ímplicto plural— como una nueva madre y la narración
como el renacimiento de los pequeños pies reventados por la
extinción y el abandono.
Este libro contiene y expande la impotencia maternal de una mujer que ve, siente, investiga, piensa y escribe un doloroso testimonio estético y político de una Historia plagada de eufemismos para ocultar la ignominia de su violencia. En el país (Estados Unidos, pero podría ser cualquiera) caben muchos pero casi no hay (no se permite a) nadie: forzoso desierto donde desaparecen (son expulsados) los niños perdidos de la diáspora centroamericana.
Como si en verdad fueran tragados por la selva y luego borrados por la arena, los niños se convierten en fantasmas devorados por la “bestia” que atraviesa el continente en un descenso infernal a la nada, que los disuelve en el anonimato de una muerte en el corazón de la luz; esa que ilumina a todos pero no salva a nadie.
En este camino amortajado se insinúa, sin embargo, una esperanza: que el mapa dibujado por otro niño de 10 años, perdido interiormente y transformado por la fantasmagoría nostálgica e incierta de su familia rota, y que en su extravío se convirtió en testigo impotente a la par que narrador decidido de los ecos del tiempo, sea la invitación a la redención de la injusticia —de la vulnerabilidad violentada— en el futuro pasado.
