En la revista de Historia edité recientemente un artículo que estudia las representaciones estigmatizadas que surgieron en Buenos Aires alrededor de la sífilis y del SIDA entre 1930 y 1990. En este fenómeno ha tenido un rol protagónico la eugenesia, una palabra que etimológicamente significa algo como "el parentesco del buen origen" y que en la práctica se manifiesta como una aproximación biologicista a la herencia para el "perfeccionamiento de la especie humana". Es decir, se cree que es posible controlar nuestra naturaleza para satisfacer la moralización de un proceso tan flexible, enigmático y hasta cierto punto, salvaje, como la genética. De esta manera se da una actualización de la consiga colonial "vidas privadas, pecados públicos", según la cual lo que pasa de puertas para afuera es consecuencia de lo que pasa de puertas para adentro. Con temor, ciertos agentes del poder (antes religiosos y luego políticos) han creído que el éxito de la sociedad depende exclusivamente y de manera directamente proporcional del comportamiento en las vidas íntimas. La eugenesia se ha convertido, así, en una cruzada del silencio para callar los gemidos en las alcobas, para bloquear las rutas del placer que sigue el impulso de esos genes que, ajenos a estas restricciones, se abren a la vida por cualquier grieta del cuerpo, del prejuicio y de la ley.
"El buen origen" se toma como la única garantía de una sociedad saludable —no degenerada por la enfermedad, la locura o la violencia, por ejemplo— y esto significa que la sexualidad, origen del origen, debe ser regulada por principios ajenos a los individuos para asegurar que primen "los mejores genes". El sexo en este contexto no es sinónimo de simple reproducción sino de paternidad y maternidad, entendidos como conceptos legales (patrimonio y matrimonio) que por ser instrumentos de control evitan esa temida degeneración. El correlato de esta premisa es la condena de la prostitución y de la homosexualidad, ya que son prácticas disidentes que dibujan formas libres al margen. Y, sin embargo, en una conveniente acomodación de la ley, la prostitución se ha convertido en "un mal necesario" pues como decían las autoridades bonaerenses hacia 1950, es preferible el "inevitable" desfogue masculino en la prostituta que su estancia en una "castidad excesiva", sinónimo de masturbación, un pecado tremendamente ofensivo con el dios que prometió al envejecido Abraham una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo (Génesis 15:4-7). Aquí se revela esa repetida contradicción de idealizar la concepción y de proscribir la semilla desperdiciada, para luego criminalizar y censurar a la creatura que no cumpla con los estándares del programa.
Así, de hijos de las estrellas o hijos como estrellas pasamos a ser hijos de puta. Y este es el punto al que quería llegar: llama mi atención que la mayoría de insultos en el mundo y particularmente en Latinoamérica, con su singular cosecha antioqueña, tienen que ver con el nivel de desviación en el origen o comportamiento del insultado: ¿no es, acaso, el sustrato de estas palabras una penalización de la sexualidad basada en una interpretación autoritaria, reprimida, represiva y punitiva de la cultura? Es el patriarca, el Abraham moderno, el padre más fecundo, quien llama puta a la mujer que asume su sexualidad; malparido, a los hijos de las putas; maricas a los hombres que deciden amarse entre ellos; y gonorrea a los hijos y compañeros que le decepcionan, que son un desperdicio y que estorban tanto como una pústula.
Nos creímos el cuento de que nuestro origen nos determina y sobre todo que en su jerarquización unos genes son buenos y otros no, o en otras palabras, que unos humanos son más valiosos que otros por la manera en que se formó y nació su cuerpo, por los padres que tienen o la sexualidad que ejercen. Este tipo de insultos se han naturalizado y en muchos casos son una respuesta automática, pero también ha habido momentos recientes en los que atentos a la cualidad performativa del lenguaje se ha cuestionado su uso y de repente el sentido se ha vaciado para renovarlo. Por ejemplo, cuando llaman hijos de puta a los congresistas, hemos observado el reclamo de las putas a ser respetadas ya que su dignidad es igual a la de cualquier humano y por supuesto, superior a la de ladrones de cuello blanco. Por otro lado, nunca he entendido por qué en Bogotá se llama gonorrea a algo agradable, pero también resulta significativo para entender que se le puede quitar el poder a este tipo de insultos y revelar la violencia elitista, patriarcal y clasista que sin darnos cuenta siempre ha representado.
Quiero aclarar que estas reflexiones no son una renuncia al insulto. No se trata de cambiar una imposición por otra. De hecho, me parece necesario recurrir a él porque los conflictos y su expresión son realidades humanas cuya manifestación es saludable. Pero la ruta del cinismo, el sarcasmo y la ironía, por ejemplo, dan prioridad al juego del ingenio y del lenguaje en el que las ideas en contexto son el lugar donde se libra esa tensión. Así, le quitamos protagonismo a los insultos arbitrariamente fundados en el prejuicio y en el juicio contra las personas y factores que, a diferencia de sus ideas, no pueden controlar como su biología, su familia o su origen.
En el fondo, este cuestionamiento a los insultos icónicos de nuestra modernidad occidental es, ante todo, una defensa, un llamado al placer y a la fraternidad. Mi malestar con aquellos proviene de que esa neurosis sobre el origen, en la cual se han formado, es un sacrificio del placer en nombre del deber. Es una censura a las prácticas cuyos placeres desbordan las expectativas de abstractos lineamientos como el "perfeccionamiento de la especie". Sacrificio del placer personal por un deber social. Por lo tanto, la crítica a ellos es también el anhelo de reconciliación universal con la vida placentera, con la sinuosa variedad y recorridos que nos regala la biología a través de la sexualidad que tan diversas formas ofrece adentro, en los genes —en las infinitas combinaciones del ADN— como afuera en las variadas y válidas modalidades de mezclarnos con el otro. Así dejamos de sometemos al padre que castiga y califica nuestro origen y luego nuestras decisiones, y pasamos a la hermandad, en donde, como pares, identificamos todos los mestizajes como un sano destino, como el hogar de la especie. El deber y el control son insuficientes y peligrosos. El perfeccionamiento es la trampa. La sensualidad es ruta de claridad. Tal vez solo quiero recordar que el verdadero insulto es que hayamos olvidado que lo esencial de la vida es juzgar menos, disfrutar siempre el encuentro.
"El buen origen" se toma como la única garantía de una sociedad saludable —no degenerada por la enfermedad, la locura o la violencia, por ejemplo— y esto significa que la sexualidad, origen del origen, debe ser regulada por principios ajenos a los individuos para asegurar que primen "los mejores genes". El sexo en este contexto no es sinónimo de simple reproducción sino de paternidad y maternidad, entendidos como conceptos legales (patrimonio y matrimonio) que por ser instrumentos de control evitan esa temida degeneración. El correlato de esta premisa es la condena de la prostitución y de la homosexualidad, ya que son prácticas disidentes que dibujan formas libres al margen. Y, sin embargo, en una conveniente acomodación de la ley, la prostitución se ha convertido en "un mal necesario" pues como decían las autoridades bonaerenses hacia 1950, es preferible el "inevitable" desfogue masculino en la prostituta que su estancia en una "castidad excesiva", sinónimo de masturbación, un pecado tremendamente ofensivo con el dios que prometió al envejecido Abraham una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo (Génesis 15:4-7). Aquí se revela esa repetida contradicción de idealizar la concepción y de proscribir la semilla desperdiciada, para luego criminalizar y censurar a la creatura que no cumpla con los estándares del programa.
Así, de hijos de las estrellas o hijos como estrellas pasamos a ser hijos de puta. Y este es el punto al que quería llegar: llama mi atención que la mayoría de insultos en el mundo y particularmente en Latinoamérica, con su singular cosecha antioqueña, tienen que ver con el nivel de desviación en el origen o comportamiento del insultado: ¿no es, acaso, el sustrato de estas palabras una penalización de la sexualidad basada en una interpretación autoritaria, reprimida, represiva y punitiva de la cultura? Es el patriarca, el Abraham moderno, el padre más fecundo, quien llama puta a la mujer que asume su sexualidad; malparido, a los hijos de las putas; maricas a los hombres que deciden amarse entre ellos; y gonorrea a los hijos y compañeros que le decepcionan, que son un desperdicio y que estorban tanto como una pústula.
Nos creímos el cuento de que nuestro origen nos determina y sobre todo que en su jerarquización unos genes son buenos y otros no, o en otras palabras, que unos humanos son más valiosos que otros por la manera en que se formó y nació su cuerpo, por los padres que tienen o la sexualidad que ejercen. Este tipo de insultos se han naturalizado y en muchos casos son una respuesta automática, pero también ha habido momentos recientes en los que atentos a la cualidad performativa del lenguaje se ha cuestionado su uso y de repente el sentido se ha vaciado para renovarlo. Por ejemplo, cuando llaman hijos de puta a los congresistas, hemos observado el reclamo de las putas a ser respetadas ya que su dignidad es igual a la de cualquier humano y por supuesto, superior a la de ladrones de cuello blanco. Por otro lado, nunca he entendido por qué en Bogotá se llama gonorrea a algo agradable, pero también resulta significativo para entender que se le puede quitar el poder a este tipo de insultos y revelar la violencia elitista, patriarcal y clasista que sin darnos cuenta siempre ha representado.
Quiero aclarar que estas reflexiones no son una renuncia al insulto. No se trata de cambiar una imposición por otra. De hecho, me parece necesario recurrir a él porque los conflictos y su expresión son realidades humanas cuya manifestación es saludable. Pero la ruta del cinismo, el sarcasmo y la ironía, por ejemplo, dan prioridad al juego del ingenio y del lenguaje en el que las ideas en contexto son el lugar donde se libra esa tensión. Así, le quitamos protagonismo a los insultos arbitrariamente fundados en el prejuicio y en el juicio contra las personas y factores que, a diferencia de sus ideas, no pueden controlar como su biología, su familia o su origen.
En el fondo, este cuestionamiento a los insultos icónicos de nuestra modernidad occidental es, ante todo, una defensa, un llamado al placer y a la fraternidad. Mi malestar con aquellos proviene de que esa neurosis sobre el origen, en la cual se han formado, es un sacrificio del placer en nombre del deber. Es una censura a las prácticas cuyos placeres desbordan las expectativas de abstractos lineamientos como el "perfeccionamiento de la especie". Sacrificio del placer personal por un deber social. Por lo tanto, la crítica a ellos es también el anhelo de reconciliación universal con la vida placentera, con la sinuosa variedad y recorridos que nos regala la biología a través de la sexualidad que tan diversas formas ofrece adentro, en los genes —en las infinitas combinaciones del ADN— como afuera en las variadas y válidas modalidades de mezclarnos con el otro. Así dejamos de sometemos al padre que castiga y califica nuestro origen y luego nuestras decisiones, y pasamos a la hermandad, en donde, como pares, identificamos todos los mestizajes como un sano destino, como el hogar de la especie. El deber y el control son insuficientes y peligrosos. El perfeccionamiento es la trampa. La sensualidad es ruta de claridad. Tal vez solo quiero recordar que el verdadero insulto es que hayamos olvidado que lo esencial de la vida es juzgar menos, disfrutar siempre el encuentro.
