martes, 29 de junio de 2021

Lengua materna


A lo largo de este año he desarrollado una labor muy activa con el lenguaje, quiero decir, con la comunicación. Empiezo por mencionar que en enero apoyé a un compañero historiador en la reescritura de un libro que retoma los archivos judiciales y civiles del oriente antioqueño cercano para reconstruir las relaciones sociales y ambientales de los habitantes de Santa Elena (Medellín) durante la transición del siglo XIX al XX (https://twitter.com/radnalco/status/1393018667797995527). Es un ejercicio de microhistoria regional en donde la narrativa literaria pretende acercarnos a las experiencias cotidianas de nuestros antepasados.

En los meses posteriores, también he trabajado con mi amiga abogada. Al respecto, me parece increíble que aunque no nos hemos visto físicamente se ha desarrollado una relación de camaradería, complicidad y cariño que ya se extiende por cerca de dos años y medio. Lo más importante es que esta relación laboral funciona para mí como un laboratorio en donde fortalezco mi capacidad de síntesis, de jerarquizar ideas, de crear estructuras y de afinar la lectura. Debo confesar, además que, contra todo prejuicio, he desarrollado un interés genuino por el derecho constitucional. Así corroboro que el aburrimiento es solo la elección de la indiferencia. Cuando miramos detalladamente una situación o una persona podemos encontrar una ruta de convergencia. El disfrute es, muchas veces, el resultado de una decisión.

En todo caso, lo que quiero decir es que he disfrutado acceder a la conceptualización jurídica y no solo filosófica de la libertad: en su terreno no bastan las especulaciones y los juegos retóricos, sino que nos lleva al filo de la ética y de la acción. Y, así el derecho me lleva a otras actividades como el baile o hacer el amor, porque aunque a primera vista parezca absurdo, son similares: te llevan a actuar sobre la marcha, a responder a la espontaneidad y es allí, en esa imposición de la acción en donde se conjuran las idealizaciones. Quién diría que la lógica jurídica puede beneficiar incluso la salud de nuestra propia intimidad.

Pero volvamos al tema central. Es evidente que esta relación laboral e intelectual con mi amiga me ha permitido aprender significativamente sobre los oficios y las experiencias del lenguaje: me expone a terminologías técnicas, me invita a concentrarme y, sobre todo, a promover la constancia en el hábito de la escritura y de la creación atenta. Todo lo anterior se complementa con mi trabajo cotidiano en el centro editorial de la universidad. Este lugar ha sido la matriz de mi vida adulta reciente y, por supuesto, le debo gran parte de mis aprendizajes sobre escritura y edición, que equivale a decir sobre mi ejercicio diario de expresión e interpretación. Además, desde la llegada de Manuel Bernardo, el espíritu del equipo se ha tornado más creativo y estimulante, pues con él parece que quisiéramos y pudiéramos buscar lo que sí se nos ha perdido: la edad adolescente de las cosas, incluso en el lugar menos esperado pero quizá más deseable como es el trabajo.

Gracias a él se percibe un entusiasmo juvenil que, en lo particular, me ha llevado a diversificar mis actividades alrededor del lenguaje: antes me dedicaba esencialmente a leer y a ser comentarista, pero hoy asumo un papel más creativo al redactar piezas de difusión, infografías, guiones para radio y video e incluso participar como presentadora, lo cual me empujado a una inesperada dimensión de oralidad y corporalidad activa. Adicionalmente, la interacción habitual con distintos y nuevos compañeros y directores, así como el uso de las videollamadas, también han supuesto un aprendizaje de las formas no verbales de comunicación y de comprender la sutil urdimbre que hila el equilibrio de las relaciones sociales.

Ahora bien, hablo de todo esto porque es inevitable que, tras seis años de trabajo en la universidad y de observar la frondosidad que ha adquirido el árbol que sembré de forma autónoma, haga un balance de lo que ha sido mi vida "adulta" y de cuáles son las variables más significativas en su formación. No podría pensar todos estos momentos sin mi relación con el lenguaje y, particularmente, con la palabra. Cuando entré a estudiar Historia no tenía claridad —ni siquiera imaginada— sobre mi futuro y sobre ese fantasma que socialmente se llama "futuro profesional". Lo único que me importó en ese momento es que el lenguaje era visto por la historiografía como una forma de autocomprensión, y eso significaba que estaba abierto a la sensibilidad y a la imaginación aun cuando debiera convivir con los soportes de la realidad. Esta mirada del lenguaje concordaba con mi inclinación reflexiva y curiosa frente a las posibilidades de la inventiva verbal. Debo, así a mi adolescencia esta perplejidad y el llamado de nuestra naturaleza lingüística como la confirmación de mi propia vocación.

No obstante, reconozco que este apasionamiento por la palabra tiene, para mí, raíces más antiguas. Recientemente escuché frases o referencias sobre la relación especial entre maternidad y lenguaje, y por extensión con la música. Una de ellas es el concepto de maternés una forma de lenguaje propia de los cuidadores con los bebés, y cuya característica principal es que los tonos se exageran, las palabras se alargan, las frases adquieren una musicalidad singular. Esto sucede porque su función no es cognitiva sino emocional o, más bien, se considera la potencia emotiva como la base de un robustecimiento cognitivo futuro. De esta manera el bebé se interesa por la comunicación y así se comprueba una vez más la innegable voluntad social del lenguaje humano. El maternés, tiene palabras y no simples gorjeos, pero su objetivo más que gramatical es comunicativo: quiere transmitirnos la confianza necesaria para atrevernos a escuchar y ser escuchados.

Otro aspecto que me resulta llamativo es la importancia de la musicalidad como base de este "dialecto": sin ritmo no hay conexión, sin conexión no hay comunicación y, en el fondo, el ritmo, es una forma de la narrativa, los intervalos de sonidos arman relatos y nos cuentan historias. Dice uno de los personajes de Desierto Sonoro que "[su] hija había tartamudeado durante un año, hasta el punto de que no lograba comunicarse […] Pero recientemente había descubierto que, si cantaba una frase en lugar de decirla, le salía sin tartamudeos". Estoy convencida de que esa inmanencia musical estuvo presente en mis largos años de convivencia infantil con mi madre. Como disposición inconsciente, como pedagogía emocional, siempre sentí cercana y cálida su comunicación. Hija de un músico, mi mamá siempre ha cantado aficionadamente en mi presencia. Por eso siento que, entre su maternés y su canto, se desarrolló en mí una sensibilidad destinada al gusto dominante por las narrativas: los relatos constituidos por ritmo y palabra.

Por otro lado, también hubo una pedagogía consciente y racional alrededor de la lectoescritura. Fue mi mamá quien me enseñó a leer y a escribir. Entonces recuerdo aquí la expresión "lengua materna" y que tanto por razones evolutivas como culturales, las mujeres al vincularse con actividades más sedentarias y colectivas desarrollaron una relación muy activa con el diálogo y con la comunicación. No es gratuito que ellas cuiden a los bebés y les enseñen a hablar; que le den a la humanidad todas las vidas: la existencia por el parto biológico y el lenguaje en el parto cultural. En ese sentido, Desierto Sonoro me ofreció una frase-aguijón: "Nuestras madres nos enseñan a hablar y el mundo a callarnos la boca". Considero que en mi caso la anulación denunciada no ha ocurrido y antes se ha multiplicado el alcance de esa semilla materna.

Mi madre decidió ser ama de casa para acompañarme y cuidarme. Siempre hemos tenido una relación comunicativa muy cercana. Por una afortunada combinación de estímulos externos y de curiosidad interna, de forma espontánea quise aprender a leer a los 4 años, mucho antes de entrar al prescolar. Fue mi decisión y ella la respaldó. Dedicó varias de sus tardes a enseñarme a juntar palabras con los métodos indicados por la cartilla de lectura. Ella nunca me obligó, solo estaba respondiendo a mi entusiasmo. Me cuenta que todo el tiempo yo estaba con el librito en la mano; que hasta incluso llegué a dormir con él, y que era muy insistente para continuar cada día con las lecciones domésticas. Mi madre me dio la palabra, pero nadie me ha callado —quizá solo mi autosabotaje juvenil—. Mi madre me enseñó a hablar y por ello es que el mundo me escucha y yo a él.

Visto en retrospectiva siento que la palabra es mi destino. Que no es coincidencia este circuito de relaciones maternales y lingüísticas: a través de ellas se me da la historia del presente y la canción del futuro. Por lo tanto, más que el colegio, más que la universidad, más que cualquier técnica fue esta "alegría de leer" compartida con mi madre la insospechada siembra de un destino. Hoy mi vocación, afectividad y trabajo existen gracias a la cualidad creativa y performativa de la palabra. En el camino he procurado otras expresiones: las imágenes y la arquitectura, por ejemplo. Debo reconocer que el gusto por componer, cartografiar y clasificar —verbos del archivero, que es otro nombre del curador— lo asocio con mi padre, a quien debo el entusiasmo temprano y también intuitivo por la fotografía como recurso de memoria y, en el fondo, como otra expresión del "historiar", de reconocer las ficciones que nos activan. Esto equivale a decir que él me enseñó a mapear, esa "manera de visibilizar lo que generalmente está oculto".

Tanto mi madre como mi padre me brindaron en los años decisivos de la sensibilidad infantil los mares por los que navegarían mi pensamiento e inquietud: fotografía y escritura. Sin embargo, es la palabra aquel mástil sobre al que he llevado con frecuencia mis preguntas más urgentes: bien en la tranquilidad de la contemplación o bien durante la agitación de las tormentas. A ella me he asido para sobrevivir, primero, en la incertidumbre del inicio y, ahora, para vivir en el misterio de un camino que es al mismo tiempo ruta y puerto. Con el barco del lenguaje he aprendido que no hay más Ítaca que el recorrido.

Sin embargo, hubo un momento en que reposé sobre la tierra oscura y aprendí sobre la necesidad de las raíces, porque ellas tienen que ver más con la aceptación del cambio que con aferrarse a ataduras. Puede sonar exagerado decir que el oficio y alegría primeros que me enseñó mi madre es lo que hoy me da el pan —una prolongación de la primera lactancia—, pero es cierto que la lectura y la escritura son los verbos que alimentan mi cotidianidad en el presente y con los que, incluso, pertrecho mi deseo. Así que no me resulta descabellado pensar en el protagonismo actual y futuro de mi niñez, porque no se trata de una nostalgia exaltada, sino de un reconocimiento a la luz del pasado: es el recurso a la infancia lo que nos salva de la civilización para salvar a la civilización. Y, por eso, considero que cuando nos sentimos perdidos basta con observar esa niñez nuevamente: no se trata de regresar, sino de retomar. Hay allí una sutil diferencia porque nos vamos hacia atrás sin adjetivos para regresar al presente con verbos. Con esos que nos dieron la vida después de haber nacido.

Me parece que así resueno con lo que dice la poeta Louise Glück y es que "miramos el mundo una sola vez, en la infancia, el resto es memoria". Para mí esto no es sinónimo de resignación o de repetición, sino que contamos con una fuente clara para lavarnos los ojos cuando estén agotados y así mirar con nitidez los nuevos paisajes. A los 5 años leía y escribía y a los 29 leo y escribo: como ven, hago lo mismo pero de forma diferente. Y así cada día. De eso se trata la vida, es allí donde reside la novedad: no en la trampa de la originalidad sino en la variedad de la interpretación. Eso es lo que me ha enseñado y me ha permitido esta pedagogía afectiva de la palabra: llegó a través de una mujer como lengua materna para recrearse en mí como lenguaje universal.