sábado, 19 de febrero de 2022

Maraña


We have a great big old society / That won't make room for folks / Like you and me / But I got some real sad news / For them my friend / They're on the outside looking in / We've got a great thing going /And it's gonna keep right on growing / And I hope that soon they'll see the light

Fui a ver Licorice Pizza (Paul Thomas Anderson, 2021) sin expectativas elaboradas pues desconocía su contexto, incluyendo el sentido del título, porque había elegido no leer la sinopsis. La primera referencia la obtuve a inicios de diciembre del año pasado gracias a María Clara, una persona que admiro y cuyo gusto me parece sobrio pero llamativo. Mantuve el título muy presente y estuve al tanto de las carteleras hasta confirmar que se estrenaría el 17 de febrero. Inmediatamente fui a verla sin muchos datos y, por tanto, sin muchos prejuicios. 

No tardé en darme cuenta que se trataba de otra versión de “chico conoce chica”, pero esto lejos de molestarme me emociona porque a mí lo que me importa es la variación, la novedad de la interpretación que le dará cada narrador. Ambientada en la California de los setentas, Licorice Pizza se impone visual y sonoramente a los sentidos del espectador. Ojo, el filme no satura con colores brillantes, pero tampoco impide el dominio de una estética funky —en la fotografía y la música—, la cual siendo propia de los setentas nos transporta a una atmósfera eternamente juvenil, incluso cándida —y aquí se reparten por igual la despreocupación de la candidez y la dulzura del candy—. 

Menciono esta palabra porque me remite al título de la película. Este alude a la jerga californiana que, en un giro aparentemente absurdo pero también evocador, bautizó al LP (Long Play disc) como Licorice Pizza (LP). A esto se suma que cuando busqué el significado de Licorice descubrí que se refiere a la “raíz seca de una planta utilizada para dar sabor a alimentos, especialmente a dulces”, es decir, candies. La elección del título no es fortuita porque recoge elementos fundamentales de la película: el rock setentero de LP —que acompaña su banda sonora—; la pizza que —aunque no aparece en la película— es el platillo por excelencia de las reuniones adolescentes, y, en todo caso, símbolo de alegría y fiesta; y el licorice, ese ingrediente secreto que le da a un alimento convencional un sentido de extravagancia y experimentación; características propias de la adolescencia.

Y es que el tránsito adolescente con las revoluciones, rodeos y tensiones este conlleva me parece el tema central de la película. Gary, un actor de 15 años, conoce a Alana de 25/28 años mientras hace la fila para sacarse la foto de instituto en el estudio donde ella trabajaba como asistente. Gary es un chico que quiere dejar atrás la infancia y actuar con la seguridad del galán adolescente, mientras que Alana se resiste a dejar la adolescencia para lanzarse de lleno a la adultez. Ambos están así en un punto medio, tenso, de ese tránsito donde hay más preguntas que respuestas. Un detalle que me gusta mucho, y que además anticipa el ritmo de la historia, es que desde su primer encuentro hay un aire conflictivo, porque la trama será romántica pero no condescendiente. 

Efectivamente Gary y Alana se conoce chocándose, literalmente, porque él la empuja, y entonces me recuerda esa manera pasivo-agresiva que tienen los niños de indicar la chica que le gusta justo porque es a quien molestan. Así inicia el encuentro entre este par de jóvenes, de los que también me gusta la fisonomía proyectada: para nada es estereotipada ya que renuncia totalmente a los ideales de perfección y simetría. Gary es panzón y Alana tiene ojeras marcadas, una contextura relativamente gruesa, los dientes ligeramente irregulares. Sin embargo, ambos resultan carismáticos y encantadores hasta el punto de verse atractivos y destilar una química poderosa y natural en su interacción.

Pero ese carisma no impide recordar que la adolescencia es el momento en que nos enfrentamos a una pregunta fundamental, para nada ligera: la pregunta por la identidad y por tanto la búsqueda inicial de una respuesta en la intensidad. Esto es justamente lo que hacía Gary con su vida: convertirla en materia prima para su propia obra de arte. Gary entra en pantalla como el chico extrovertido, juguetón, despreocupado, un poco charlatán gracias a su iniciativa rayana en el atrevimiento—no de otra manera alguien habría invitado a salir a una mujer diez, casi quince años mayor—. Pero, contra todo pronóstico, contra el rechazo verbal de Alana ante la propuesta inicial, esta se encontró con él en el lugar indicado y allí empezó un rodeo romántico en donde entre chiste y chiste, tensión y tensión, carrera y carrera surgió ese amor que espeja las preguntas necesarias para alcanzar la madurez —que no es renuncia a la alegría—: ¿quién soy?, ¿qué me satisface?, ¿cuáles son mis sueños? Cuando Gary se lo pregunta al inicio de su cita, Alana respondió con un “no sé”, sobre todo ante aquella en que se cuestionaba por su futuro y ella aún se imaginaba ejerciendo secularmente el trabajo en el estudio de fotografía. Gary se convierte así en gatillo, en detonante pues le hace ver que puede hacer lo que quiera y la convence de emanciparse de esos ideales espurios para iniciar su propio emprendimiento. 

De esta manera, Alana deja su rutinaria vida destinada a sobrevivir y se aboca a vivir, a construir múltiples, inesperadas y divertidas experiencias con Gary: convertirse en gerente de una empresa de colchones de agua, desempeñarse como actriz y conocer leyendas del cine hollywoodense, hacer travesuras a un actor mujeriego y psicópata, y participar del negocio de máquinas de pintball justo cuando Alana creía que trabajar en la política, en el cambio de la ciudad, “pondría en orden su vida”, solo para darse cuenta que ese compromiso militante era un espejismo más, que la realidad siempre derrotaba cualquier idealismo y revelaba su corrupción de base. Por el contrario, Gary siempre representaba el retorno al desorden, o más bien a un caos fértil en donde la autorrealización era segura: no se basaba en ideales ni en promesas, sino en hechos cumplidos por descabellado que pareciera su inicio. Por eso aunque Gary y Alana se separaron varias veces —maravilloso intercambio de silencios al teléfono, de miradas rencorosas en el restaurante, de vouyerismo torturante ante la indiferencia—, esas mismas veces retornaron el uno al otro, y siempre de una manera característica: corriendo. Cada reencuentro estuvo marcado por una carrera, en la que dramáticamente a nivel interno —porque afuera la vida no se había alterado— se revelaba una poderosa urgencia por encontrarse que no era fruto del impulso sino del deseo, de reconocer que es allí donde queremos estar por más que le demos vuelta y creamos que no.

Y es que es en la adolescencia cuando también nos preguntamos por nuestro poder, por su alcance y por su dirección: es el momento en que emerge una energía que es potencial a la vez de destrucción y creación. La adolescencia puede ser manifiesto de autodestrucción o ensayo de creatividad. Y eso es lo que encarna Gary la canalización creativa del poder. Con la inquietud que me caracteriza mi mayor miedo ha sido “no ser creativa” o descubrirme “limitadamente creativa”. Esta pregunta parte de presupuestos, prejuicios, creencias más que realidades sobre lo que considero creativo y que resumo como la capacidad para improvisar relaciones y combinaciones originales en prácticas artísticas, es decir, la capacidad de inventar metáforas convincentes y conmovedoras en objetos puntuales como un instrumento musical, un poema, un cuento o una novela. Pero esa concepción —y no yo— es la que resulta limitante. Por eso me sentí aludida por la confrontación de Gary a Alana cuando le pregunta por su futuro y mucho más lo hice con la incertidumbre y la insatisfacción de ella. Pero así mismo como me confrontó la pregunta de Gary, ser testigo de su influencia en el cambio en su compañera me brindó esperanza y entusiasmo. Primero, porque me invitó a revisar mi idea de creatividad.

¿Qué es la creatividad? La creatividad, más que con productos sofisticados, tiene que ver con la maraña, con el enredo, con el nudo que es la vida misma y, por tanto, con nuestra capacidad para lidiar con ella, asumirla día a día. Es ahí donde fuera de discursos y teorías artificiales se juega nuestra capacidad de metaforizar la existencia, es decir, de ser capaces de resolver la cotidianidad, de elegir, la forma y ritmo de nuestra rutina. Y esa fue justo la invitación de Gary a Alana: a jugar, a divertirse a relacionarse desde la complicidad con la realidad y no con ideales —que paralizan y nos anquilosan en exigencias ajenas—. El arrojo de Gary impulsó a Alana para que se lanzara a la vida y en ese gesto me recordó que la acción es decisiva para vivir, porque la experiencia —no la fantasía, no la teoría— se labra en la manigua. Esto quiere decir que en Licorice Pizza se restituye el valor del trabajo como factor de creatividad y esa creatividad incluye al deseo, que es un mecanismo esencial de creación. La película muestra el deseo como un trabajo, es decir, como la consecuencia de un esfuerzo y no como su causa. A los protagonistas les cuesta nombrar su relación, pero lo que muestran los hechos es que más allá de la palabra hay una mutua influencia que se va construyendo en una complicidad amistosa que desemboca en el desarrollo de una intimidad sin mediaciones idealistas. 

El contacto suele darse en los protagonistas como sinónimo de choque, de la tensión que los empuja nuevamente a reunirse, pero no hay un ánimo sexual: en una escena de eufórica reconciliación Alana y Gary duermen juntos y aunque tentado, este se resistió a tocarla. Solo hasta el final del filme ocurre el beso —el gesto más tierno del roce sexual— acompañado de la palabra amorosa. Este detalle me parece no solo enternecedor, sino lógicamente congruente porque el énfasis de la película está puesto en el proceso y en revelar la transformación que es susceptible de imprimir todo tipo de contacto significativo. Lo que pasa es que ese efecto suele atribuirse al acto sexual —y con toda razón—, pero aquí ese impacto se muestra de una forma sublimada: de dejar que la inundación del otro derrumbe el falso orden propio para poder construir uno que responda a nuestras elecciones.

De eso se trata la creatividad de permitirse desarrollar el ritmo propio —para eso hay que destruir algunas bases primero— y de adaptarse a lo incontrolable con lo que sí podemos controlar: las decisiones propias así luzcan un poco imprudentes. Al terminar la cinta me sentí inspirada y lo relacioné con el hecho de que me hubiera tocado toda una sala para mí sola. Aunque suene paradójico eso de ver una película romántica en soledad, no me parece que lo sea. Fue una experiencia íntima e introspectiva aunque ocurriera en un centro comercial porque al estar sola pude degustar los planos y las canciones sin la interrupción de la mirada ajena. De igual manera, me hizo pensar en que si bien aquí Gary y Alana eran dos individuos diferenciados, sus roles pueden simbolizarse en una sola persona. Últimamente me cuestiono cómo redefinir la voluntad complaciente y me parece que el camino más directo es proponerse a uno mismo como amo de sí: es decir, ser responsable de su cuidado, de su cultivo y de su expresividad. Siento que tendido a comportarme como Alana antes de conocer a Gary, pero siento también que ese Gary habita en mí y que sólo debo darle la señal para que, sin más dilación, me invite a conocer ese lado valiente, arrojado de mí que me permitirá saltar de la incertidumbre mental a la maraña misteriosa, estimulante y retadora de la realidad. A la vida con cuerpo, sin pretextos.