Abril es, para el poeta, el mes adolescente. Esto significa, para mí, que es el tiempo de los verdaderos comienzos, más allá de la arbitrariedad del calendario y de los improbables inicios de enero. La Tierra, a su vez, es cómplice de esa secreta poesía, que es otro nombre para la verdad: en el hemisferio norte, abril es el momento de la primavera, de la única esperanza que no traiciona: la vegetal. Por eso no es fortuito que la Pascua Cristiana se celebre en esta época del año, ya que esta festividad no es más que la sublimación, la inteligente absorción por parte de la Religión de la Historia, de los ritos agrarios paganos que en su mitología circular han celebrado el final del invierno, es decir, del sacrificio de Dios, de su muerte —de la infertilidad—, para recibir a la primavera, a ese Dios resucitado que es el triunfo de la hierba sobre la nieve.
La muerte y resurrección de Jesús, su triduo pascual, no es más que la metáfora historizada —radicalmente antropomorfizada— e historizante de la semilla que tiene que ser sepultada bajo la tierra porque solo de esa forma puede romper los límites de la contención terrena para elevarse como tallo o madera y fructificar cerca del cielo. Aunque el resultado de ese proceso es esperanzador porque es el origen de las cosechas que sostienen las formas salvajes y urbanas de vida, también es cierto que hay una fase sacrificial en tránsito, donde no vemos qué pasa porque el suelo oscuro es frontera de incertidumbre y entonces solo la fe puede conjurar los demonios de esa espera.
Hay un puente entre el cataclismo y la floración. Es allí donde el desastre natural, que primero impacta el paisaje, al tocar la conciencia humana se convierte en angustia. Pienso entonces en las tentaciones de Jesús en el desierto; y, sobre todo, en su noche de los Olivos, esa zona del deseo oculto, del Mesías rebelde que quiere renunciar al "trago amargo", a la responsabilidad excesiva y no pedida de salvar la humanidad a costa de su dolor. El Cristo dubitativo y melancólico que considera la huida de su pasión es la metáfora de nuestra inmanente e inminente naturaleza contradictoria: el deseo que nos da la vida, nos la da porque siempre falta algo y así vamos a buscar lo que se ha perdido y no sabemos cuándo, ni por qué. Pero esa falta es precisamente la que instala una guerra interna: que el dicho y el hecho coincidan nos hace sudar sangre, o sea, sudamos sangre para tomar decisiones, para evaluar las consecuencias de las renuncias disponibles y para aceptar las que podemos asumir. Quizá por eso me ahora me resulte sensata la figura del pecado original, porque, fuera del significado religioso, nos recuerda que la sombra es condición de luz. La dialéctica es nuestro verdadero parto: sin la conciencia de la muerte (pecado) no reconoceríamos el valor de la vida.
En el pasado estuve orgullosa de no manifestar rabia, de tragar entero para evitar conflictos, de escandalizarme ante el odio y el rencor. Pero sesgo es sesgo y como cualquiera de ellos es una expresión de radicalismo y desequilibrio, es una interpretación delirante, en tanto desconoce la realidad. En esa especie de ética psicótica me olvidaba que para florecer primero es necesario el barbecho e, incluso, el cataclismo: fue así como eclosionó la vida en esta roca que gira alrededor del sol. Pero si el Cristo dubitativo me dio la clave para aceptar mi oscuridad, este giro se completó con el recuerdo inesperado de Kikyō. La sacerdotisa también tuvo una vida trágica: un sentido exagerado de la responsabilidad social que la alejó de su deseo personal hasta el límite del sacrificio. Como Jesús, Kikyō resucitó, pero a diferencia de este su retorno fue espurio: a partir del barro —no de la carne— y de las almas ajenas —no de la propia—.
En ambas existencias Kikyō fue una presencia compasiva y solidaria, pero atormentada en su segunda vida porque esta dependía inevitablemente de la muerte de otros. Fue ella quien mencionó que "vivir es morir, morir es vivir; lo puro se vuelve impuro, lo puro se purifica; lo bueno se vuelve malo, lo malo se vuelve bueno". Kikyō finalmente se redimió de su sufrimiento al soltar una existencia que ya no le correspondía. De esta manera, a través de una nueva reencarnación pudo desarrollar su verdadero deseo: vivir y amar como una chica normal, una que no carga —o cree que carga— el mundo en sus hombros, sino que solamente es responsable de sí misma. Ambos ejemplos —Jesús y Kikyō— tienen en común el ayudarme a reconocer que la sombra, la violencia, el cataclismo y la muerte también son necesarios porque de otro modo el mineral o la palabra nunca darían a luz la vida que está al otro lado de las grietas. Medito sobre la oscuridad, sobre los desastres y sobre la muerte porque son sinónimos de la renuncia, del desprendimiento necesarios para uno “llegar a ser lo que es”. Jesús y Kikyō creían que tenía que responder, que resolver, que atender a TODOS los estímulos y demandas; pero como ellos me di cuenta que no, que hay que depurar, que necesito priorizar y que está bien renunciar y dejar salir la rabia por haber sido complaciente: no tengo que aceptar el trago amargo porque sí. Los mesías que cuestionan su destino me han hecho ver la rabia como la semilla de la personalidad y esa interpretación ha resultado reveladora: me lleva al camino de mi propio renacimiento.
Ahora bien, abril es el mes adolescente no solo por esos mensajes que los ritos de Occidente y las ficciones de Oriente me han presentado en sus días, sino porque también ocurre un cataclismo interno. Varios abriles han sido el comienzo —e incluso los besos— de presencias significativas: p, a, c, s. Las primaveras han respondido con flores al movimiento de mi pecho y al temblor de mis piernas. Pero hoy además es manifestación de una pasión a la manera crística: dolor y sacrificio para la resurrección. Un cataclismo que anticipa el nacimiento de un mundo. Las sombras agitadas que preparan la llegada la luz. Suena lógico y optimista, pero hoy estoy justamente al borde de la prueba, de la tentación: vislumbro ante todo sombra, derrumbe, choques de rocas y huracanes. El volcán derrama lava brillante y mortal. Así como el deseo o como la duda, que carcomen con voracidad mis superficies. Bajan y bajan sin endurecerse, preguntas como ríos de fuego: ¿no estar o quedarse?, ¿calmar es pacificar o impulsar la recompensa? ¿Es amor? o más bien ¿envidia, semiótica sexual, vacío? ¿La luz iluminará o enceguecerá? ¿La quietud será sima o cima? Sin drama, atenta a mis contradicciones, sé que no hay respuestas buenas o malas, solo acciones convenientes o inconvenientes según los objetivos que priorice.
Sí, me repito, quiero afuera las teorías, los verbos sin acción, las acciones descarnadas, las promesas. Sí, me repito, quiero aquí tu cuerpo, sin palabras, sin razones. Sí, quiero un final, que mi sombra te refleje y muestre al otro lado tus puntos suspensivos.
