A summer storm graces all of me / Highway warm sing silent poetry / I could bring you the light / And take you home into the night / You make me real / Strong as I feel / You make me real
Hace unos días
hablaba del origen y de las consecuencias del cataclismo, como una manera
personal de nombrar un inminente final emocional. Ahora y luego de
conversaciones y de experiencias recientes esa reflexión se traslada de manera
correlativa al concepto de irrupción. Esta palabra también me remite a la
ocurrencia inevitable de un fenómeno, a su carácter súbito, contundente e
incluso transgresor. Pero a diferencia del cataclismo lo irruptivo estaría relacionado con un comienzo, especialmente, si
este es inesperado, si no se puede si quiera sospechar. Por eso el cataclismo y
la irrupción hacen parte de una dialéctica casi natural: la destrucción que es
necesaria para dejar lugar a la creación; el vacío que se requiere para poder
llenar. Sin embargo, mentiría si digo que esto es reductible a una aséptica
conceptualización mental. No. De hecho es una dialéctica que viví a flor de
piel y que me sirve para describir la nueva apertura de una vieja herida: el
percibir un desajuste entre la polaridad masculino/femenino, entre
lógica/emoción en mi personalidad y considerar que el predominio del lado
masculino/lógico me incapacita, inhibe, anula la posibilidad de suscitar
ternura/cercanía en los hombres (sujeto de mi interés erótico-romántico) y me
sitúa un tanto al lado de lo monstruoso —desfigurada, impotente— en los juegos
de la seducción. El acartonamiento de las formas, la trascendencia vista en
cada suceso, la aplicación indiferenciada —e indiferente— de la lógica a todos
los ámbitos de mi vida, el impulso de explicar, de analizar cada suceso, el
llevar a Daniela a todos lados, el dejar todas las cartas sobre la mesa sin
condiciones, sin prudencia.
Todas estas son
las acciones que considero sinónimo de una disposición excesivamente masculina
y por tanto angustiante porque en verdad quiero sentirme femenina —que es mi
sinónimo para la espontaneidad—. Lo que todas ellas tienen en común es el hecho
de anteponer el conocimiento al movimiento. Porque, en últimas, en el amor
conocer es necesario pero no suficiente. Hace mucho tiempo me atormenta la
pregunta por mi carisma y la paradoja de buscar intimidad, pero hallarme intimidante.
En medio de este huracán de ideas, de teorías, M. me preguntó, cuando amas
¿quieres que el otro sepa que sabes? ¿O quieres que el otro sepa a qué sabes?
En conclusión ¿quiero conocer al otro o quiero moverlo, movilizar sus sentidos?
Y empecé a identificar que mi problema es que radicalizo el principio básico de
la neurosis: querer saber, obsesionarme con el saber. Mi zona cómoda, que es
decir mi mecanismo de defensa, mi forma de ser niña, ha sido conocer, pero hace
unos seis años mi cuerpo que quiere crecer, que se acerca al presentimiento de mi
adultez, me empuja al sentir. La pregunta del millón es ¿cómo? porque siento la
urgencia, pero no tenía las herramientas para digerirla y asumirla. Hoy tengo
claridad y con M. voy construyendo ese camino. Lo afirmo: quiero moverme y me
doy cuenta que ese deseo implica renunciar al saber. Moverme es no saber, hacer
sin saber, actuar en la incertidumbre, porque la vida, precisamente y a
diferencia de la teoría, carece de lógica, es el terreno del no-saber.
De esta manera
llego a mi propia conclusión. Lo femenino no es un concepto universal. Lo que
estoy buscando a través de esta llaga abierta es mi propio femenino, mi propio
sentido —de sentir— y me doy cuenta que ello radica en desarrollar la capacidad
de ser irruptiva. Lo que me separa del otro soy yo. Puntualmente mi apego a una
epistemología, en el fondo, el muro del miedo. Y el miedo es la raíz de las
teorías: insisto no es el momento de pensar, de darle vueltas a las ideas, sino
de ocuparme —aplica a la tesis y a mi cuerpo—. Y la irrupción es otra palabra
para la acción. Es el equivalente a la valentía y la seguridad en sí mismo, que
no es desconocer la incertidumbre de la vida sino actuar pese a —y por— ella.
Temblando, probablemente. Un poco a ciegas, es necesario. Es el salto de fe,
ese del que habló el resucitado cuando dijo a Tomás "dichosos aquellos que
creen sin ver". O como diría Paul Valéry: "Ver es olvidar el nombre de lo que estás viendo". Ver sin saber. Saber sin ver. Lo he comprendido: la fe no es un llamado a la
irracionalidad y a desconocer el valor de la ciencia; es un llamado a la confianza
en uno y en el futuro como misterio. Por tanto es una dialéctica del momento, una
herramienta contextual: la razón se aplica al mundo, la fe en uno —porque somos,
en el fondo, nuestros propios dioses, esa divina fuerza creadora—. Pero para
llegar al salto de fe que es semilla de la irrupción es fundamental rescatar y
luego cuidar uno mismo su subjetividad.
Más arriba
relacioné lo monstruoso con lo desfigurado: quiero ser algo, pero soy lo
opuesto y, por tanto, me siento sin forma —deformada—. Recientemente me
encontré en una vieja libreta con una definición propuesta por un profesor de
la universidad. Jorge decía que la palabra monstruo estaba lingüísticamente
emparentada con mostrar y, particularmente, con "mostrar lo que es
singular, irreductible. Es la individuación absoluta, lo imposible de
generalizar y que en ese mostrarse advierte una transgresión". De esta
manera, el sentido de la monstruosidad da un giro y empieza a encajar con el de
irrupción como acción transgresora, que trastoca, moviliza, inicia. A propósito
de esta divagación, incluso viene a mi mente el recuerdo de la película de
Disney Monsters, Inc. (2001) en la que precisamente se cuestiona la mirada
negativa sobre los monstruos y se propone otra lúdica y amistosa que nos
muestra lo monstruoso como la reivindicación de nuestras singularidades, de eso
que nos hace únicos. Y esto me lleva también a recordar la frase popular, algo
cursi, pero que hoy me resulta verdadera: "Nadie es como tú y ese es tu
poder".
Las
comparaciones son odiosas y recientemente me vi en una situación de ese tipo.
Fue doloroso comprobarlo de frente, entonces la primera emoción fue la envidia
¿qué tiene otro que no tenga yo? ¿Cómo logra en un instante lo que no logré en
años? Por supuesto es el tipo de ceguera que no tiene que ver con la fe. Eso es
ego. Porque no, no hay un rasgo mágico, la única diferencia es que el otro vive su
singularidad sin temor y por ello irrumpe. Por fin lo comprendo: no se trata
del qué, sino del cómo. Esta persona no espera la respuesta del otro para moverse, solo
es y así hace que el otro se mueva, no complica la primera emoción, solamente
propone, toma el control de su acción y al tiempo se desprende de la reacción del otro. Así pude finalmente comprender más allá del prejuicio. Es que de eso se trata vivir: cada persona tiene su valor, su sabor,
su diferencia. Pero en las manos de uno está el no darle vueltas, no rumiar
sobre las dudas, sino convencerse de ese sabor propio, convertirlo en placer y
permitirle así que movilice los paladares del mundo.
La irrupción es
la clave de la ternura, del sentir. Suma sabor, resta teoría, muéstrate
monstruosa, muestra tu identidad con valentía. Arriesga y aniquila el fantasma del
error. Aquí esa cuenta no cuenta. Permítete sentir sin calcular. No se controla
el sentir, pero sí el hacer. Decide, irrumpe, sé —sin saber, con sabor—. Apuesta la vida sin imposturas. No
cuentes, corazón, vive el cuento.