lunes, 30 de mayo de 2022

Compromiso

 

Ahí, en esa podredumbre, está la fuerza de la flor / ahí donde la vida duele, curan los ojos del amor / ahí cambias la suerte por el impulso de crear / ahí reconocernos es suficiente, es empezar a cambiar

Gracias a D.V.B.

El propósito no es resistirme a las caídas. No me niego, no me reprimo. Dejaré que la carne se rompa; que las fibras se multipliquen. 

Aceptar esta experiencia es diferente a encariñarme (darle vueltas, apegarme, renegar) con la piedra del tropiezo, con la arena que me recibe o con la herida que se abre. Se trata de responder sin reaccionar, porque uno se cae, pero del suelo no pasa; entonces dale mai, párate y seguí, porque el camino es culebrero (ancho y ajeno; aventurero y misterioso). Sacudite y vamos por el paisaje nuevo de la próxima caída y también del próximo descanso, de la próxima pausa.

La confianza es un trabajo: uno aprende a confiar si se respeta la palabra. Por eso es tan importante cumplirse, en primer lugar, las promesas hechas a uno mismo. ¿Cómo no vas a aceptar traiciones de otros, si incumples lo que te prometes a ti? El compromiso no es una actitud hacia afuera, ni mucho menos la extinción de la libertad. El compromiso es otra forma de la introspección, es quizá la única posibilidad de una libertad real, es decir, sin ansiedad, de una libertad que no encarta sino que genera seguridad (no certeza). 

Todo compromiso —con otra persona o con una actividad— es siempre y por principio compromiso con uno mismo.

sábado, 21 de mayo de 2022

Monstruo


A summer storm graces all of me / Highway warm sing silent poetry / I could bring you the light / And take you home into the night / You make me real / Strong as I feel / You make me real 

 

Hace unos días hablaba del origen y de las consecuencias del cataclismo, como una manera personal de nombrar un inminente final emocional. Ahora y luego de conversaciones y de experiencias recientes esa reflexión se traslada de manera correlativa al concepto de irrupción. Esta palabra también me remite a la ocurrencia inevitable de un fenómeno, a su carácter súbito, contundente e incluso transgresor. Pero a diferencia del cataclismo lo irruptivo estaría relacionado con un comienzo, especialmente, si este es inesperado, si no se puede si quiera sospechar. Por eso el cataclismo y la irrupción hacen parte de una dialéctica casi natural: la destrucción que es necesaria para dejar lugar a la creación; el vacío que se requiere para poder llenar. Sin embargo, mentiría si digo que esto es reductible a una aséptica conceptualización mental. No. De hecho es una dialéctica que viví a flor de piel y que me sirve para describir la nueva apertura de una vieja herida: el percibir un desajuste entre la polaridad masculino/femenino, entre lógica/emoción en mi personalidad y considerar que el predominio del lado masculino/lógico me incapacita, inhibe, anula la posibilidad de suscitar ternura/cercanía en los hombres (sujeto de mi interés erótico-romántico) y me sitúa un tanto al lado de lo monstruoso —desfigurada, impotente— en los juegos de la seducción. El acartonamiento de las formas, la trascendencia vista en cada suceso, la aplicación indiferenciada —e indiferente— de la lógica a todos los ámbitos de mi vida, el impulso de explicar, de analizar cada suceso, el llevar a Daniela a todos lados, el dejar todas las cartas sobre la mesa sin condiciones, sin prudencia.

 

Todas estas son las acciones que considero sinónimo de una disposición excesivamente masculina y por tanto angustiante porque en verdad quiero sentirme femenina —que es mi sinónimo para la espontaneidad—. Lo que todas ellas tienen en común es el hecho de anteponer el conocimiento al movimiento. Porque, en últimas, en el amor conocer es necesario pero no suficiente. Hace mucho tiempo me atormenta la pregunta por mi carisma y la paradoja de buscar intimidad, pero hallarme intimidante. En medio de este huracán de ideas, de teorías, M. me preguntó, cuando amas ¿quieres que el otro sepa que sabes? ¿O quieres que el otro sepa a qué sabes? En conclusión ¿quiero conocer al otro o quiero moverlo, movilizar sus sentidos? Y empecé a identificar que mi problema es que radicalizo el principio básico de la neurosis: querer saber, obsesionarme con el saber. Mi zona cómoda, que es decir mi mecanismo de defensa, mi forma de ser niña, ha sido conocer, pero hace unos seis años mi cuerpo que quiere crecer, que se acerca al presentimiento de mi adultez, me empuja al sentir. La pregunta del millón es ¿cómo? porque siento la urgencia, pero no tenía las herramientas para digerirla y asumirla. Hoy tengo claridad y con M. voy construyendo ese camino. Lo afirmo: quiero moverme y me doy cuenta que ese deseo implica renunciar al saber. Moverme es no saber, hacer sin saber, actuar en la incertidumbre, porque la vida, precisamente y a diferencia de la teoría, carece de lógica, es el terreno del no-saber.

 

De esta manera llego a mi propia conclusión. Lo femenino no es un concepto universal. Lo que estoy buscando a través de esta llaga abierta es mi propio femenino, mi propio sentido —de sentir— y me doy cuenta que ello radica en desarrollar la capacidad de ser irruptiva. Lo que me separa del otro soy yo. Puntualmente mi apego a una epistemología, en el fondo, el muro del miedo. Y el miedo es la raíz de las teorías: insisto no es el momento de pensar, de darle vueltas a las ideas, sino de ocuparme —aplica a la tesis y a mi cuerpo—. Y la irrupción es otra palabra para la acción. Es el equivalente a la valentía y la seguridad en sí mismo, que no es desconocer la incertidumbre de la vida sino actuar pese a —y por— ella. Temblando, probablemente. Un poco a ciegas, es necesario. Es el salto de fe, ese del que habló el resucitado cuando dijo a Tomás "dichosos aquellos que creen sin ver". O como diría Paul Valéry: "Ver es olvidar el nombre de lo que estás viendo". Ver sin saber. Saber sin ver. Lo he comprendido: la fe no es un llamado a la irracionalidad y a desconocer el valor de la ciencia; es un llamado a la confianza en uno y en el futuro como misterio. Por tanto es una dialéctica del momento, una herramienta contextual: la razón se aplica al mundo, la fe en uno —porque somos, en el fondo, nuestros propios dioses, esa divina fuerza creadora—. Pero para llegar al salto de fe que es semilla de la irrupción es fundamental rescatar y luego cuidar uno mismo su subjetividad.

 

Más arriba relacioné lo monstruoso con lo desfigurado: quiero ser algo, pero soy lo opuesto y, por tanto, me siento sin forma —deformada—. Recientemente me encontré en una vieja libreta con una definición propuesta por un profesor de la universidad. Jorge decía que la palabra monstruo estaba lingüísticamente emparentada con mostrar y, particularmente, con "mostrar lo que es singular, irreductible. Es la individuación absoluta, lo imposible de generalizar y que en ese mostrarse advierte una transgresión". De esta manera, el sentido de la monstruosidad da un giro y empieza a encajar con el de irrupción como acción transgresora, que trastoca, moviliza, inicia. A propósito de esta divagación, incluso viene a mi mente el recuerdo de la película de Disney Monsters, Inc. (2001) en la que precisamente se cuestiona la mirada negativa sobre los monstruos y se propone otra lúdica y amistosa que nos muestra lo monstruoso como la reivindicación de nuestras singularidades, de eso que nos hace únicos. Y esto me lleva también a recordar la frase popular, algo cursi, pero que hoy me resulta verdadera: "Nadie es como tú y ese es tu poder".

 

Las comparaciones son odiosas y recientemente me vi en una situación de ese tipo. Fue doloroso comprobarlo de frente, entonces la primera emoción fue la envidia ¿qué tiene otro que no tenga yo? ¿Cómo logra en un instante lo que no logré en años? Por supuesto es el tipo de ceguera que no tiene que ver con la fe. Eso es ego. Porque no, no hay un rasgo mágico, la única diferencia es que el otro vive su singularidad sin temor y por ello irrumpe. Por fin lo comprendo: no se trata del qué, sino del cómo. Esta persona no espera la respuesta del otro para moverse, solo es y así hace que el otro se mueva, no complica la primera emoción, solamente propone, toma el control de su acción y al tiempo se desprende de la reacción del otro. Así pude finalmente comprender más allá del prejuicio. Es que de eso se trata vivir: cada persona tiene su valor, su sabor, su diferencia. Pero en las manos de uno está el no darle vueltas, no rumiar sobre las dudas, sino convencerse de ese sabor propio, convertirlo en placer y permitirle así que movilice los paladares del mundo.

 

La irrupción es la clave de la ternura, del sentir. Suma sabor, resta teoría, muéstrate monstruosa, muestra tu identidad con valentía. Arriesga y aniquila el fantasma del error. Aquí esa cuenta no cuenta. Permítete sentir sin calcular. No se controla el sentir, pero sí el hacer. Decide, irrumpe, sé —sin saber, con sabor—. Apuesta la vida sin imposturas. No cuentes, corazón, vive el cuento.