lunes, 20 de junio de 2022

Egoísmo



Los días recientes han sido los días del arduo descanso. Suena paradójico unir estas dos palabras en la misma oración, pero esas son las perplejidades de nuestro tiempo, las particularidades de un entorno que impone la productividad como medida de la vida humana, aunque en el fondo no seamos más que pura vida animal con sus antiguos ritmos de marea y sus paciencias ajenas al reloj. Por eso, el tiempo del descanso requiere de un esfuerzo, de aprender a tomarlo como parte necesaria de mi rutina en donde lo único “antinatural” es el rendimiento perpetuo. Por tal razón, ha sido todo un trabajo permitirme el momento del descanso; por eso lo describo como arduo pese a que el sentido común nos indique que es fácil “dejar de hacer”.

De esa manera, descansar ha sido otra forma de apostarle a la depuración, al desprendimiento, a la renuncia que hasta el momento es la lección dominante de este primer semestre de 2022. El descanso me ha llevado a soltar (lo que fue) y a soltarme (en lo que es), es decir, a ser sin el deber, sin el ideal, en pleno realismo. Así se explica el título de esta entrada: el descanso se convirtió en la forma más inmediata de reivindicar mi egoísmo como base terapéutica para reconstruirme después del cataclismo. Haberme comportado como una persona complaciente me llevó a una creencia espuria por la cual, sin ninguna revisión crítica, situaba la empatía como un valor superior y antagónico al egoísmo. Sin embargo, me di cuenta que desconocer y temerle a mi poder es la primera forma de corrupción y debilidad espiritual.

Gracias a mis conversaciones con Mauricio, pero también al Nietzsche del Ecce Homo —“Es necesario apoyarse valerosamente sobre las propias piernas, pues de otro modo no es posible amar”—, al Bertrand Russell de La conquista de la felicidad y a Mina Irfan he ido asimilando sin radicalismo que la empatía realista, el amor al prójimo, son complementarias y, de hecho, solo son posibles si existe un sano cultivo del egoísmo: si no hay una vigorosa motivación personal, una raíz que surja del entusiasmo propio e íntimo toda filantropía es solo un solapado soborno.

Por el contrario, la aceptación reflexiva del egoísmo prepara el camino para la alegría genuina derivada de que el otro reciba y no de que me dé un consuelo moral porque di. Antes temí asumir mi poder porque lo confundía automáticamente con la tiranía, pero hoy me di cuenta que esa identificación fue el resultado de una fantasía infantil. Ser egoísta es, de hecho, el antídoto contra la manipulación: una vez que se adquiere la seguridad suficiente en sí es más difícil ser manipulados por otro. Así que los beneficios de este egoísmo se incrementan a medida que la examino sin prejuicio y con miras amplias. Decidí dar el paso, me apropié de mi egoísmo: me desprendí de los pesados disfraces del idealismo para asumir mi desnudez salvaje, salvaje y racional porque esa singular animalidad es la que permite moverme libre, ligera, liviana y lúdica.

El egoísmo es, por tanto, otro sinónimo de la subjetividad. Y para que esta se desarrolle también me di cuenta de algo fundamental: que es necesario asumir la vida como un juego y que el placer es el nombre de ese juego. Acá debo ser precavida para no ser malinterpretada: no estoy a favor de que se tome el juego en el sentido de manipulación, ni de negación de la realidad. Hablo de algo más sencillo: de recuperar la actitud juguetona, curiosa, imaginativa, soñadora y alegre de la vida que es cosecha de la infancia. Aquí también resueno con Cristina Lago cuando hace poco nos invitaba a “jugar como un niño y a pelear como un adulto”, o a Nietzsche, quien no conoce “ningún otro modo de tratar con las grandes tareas que el juego”. Que la vida sea un juego significa que puede ser vista como una danza donde la energía se reencauza dinámicamente. Jugar es la respuesta en movimiento de dos o más energías y la característica de esos movimientos es que están motivados por la espontaneidad, por la curiosidad y la voluntad de diversión.

La seducción, el sexo, la amistad, la alimentación tienen mucho que ver con esa sencilla, pero vital y poderosa experiencia animal: socializar a través del juego, de esos contactos a veces corporalmente visibles, a veces entregados sutilmente en miradas o gestos. Estos son fenómenos que vivimos con naturalidad, por ejemplo, al interactuar con nuestras mascotas, por lo que conviene recordar que somos tan mamíferos como ellos y que expandir ese goce a la vida urbana es apenas el presupuesto para una existencia humana moderna realmente sostenible.

La vida se desenvuelve en esta picardía del ser. Esta interpretación lúdica de la vida me llevó a otro aprendizaje y es que en las relaciones sociales es necesaria una tensión, cierta hostilidad, “poner las cosas difíciles”. Es un error lógico y un atentado contra la creatividad convertirse en facilitadores compulsivos. El éxito de un cuento, de una novela, de un beso, de una relación comercial, de una relación amorosa es no dejarle al otro las cosas tan fáciles. Dejar de brindarle información. Se trata más bien de antojar, provocar, en suma, de jugar.

Comer y hacer el amor son, por principio, actos simultáneamente receptivos y hostiles: se desea y se lucha por igual con el elemento provocador y es allí cuando inicia el juego: uno empieza a provocar también y es en ese lugar del mutuo acertijo donde surge el sabor, el gusto, el placer porque precisamente nos alcanzamos a ratos sin descifrarnos nunca totalmente; nos acercamos sin tocarnos del todo, así como cuando de niños jugábamos “chucha cogida” o “lleva”. Para relacionarse dinámicamente es necesario un contrapeso, hacerse un poco “pesado” hacia el otro. ¿Cómo? entregándose a la acción del egoísmo: no me anulo para evitarle dudas al otro, sino que más bien me reafirmo para frustrarle en justa proporción; total el otro hace lo mismo desde su lado. Solo de esta manera —tensión de ocultarse y aparecer a la vez— puede surgir el equilibrio, la armonía.

Soy consciente de que hay una delgada línea entre ser juguetón, entre aprender a vivir y ser inmaduro. El segundo caso ocurrirá para quien se haya estancado en una posición primitiva frente al juego. Por eso es tan importante modular esa energía y simbolizar la actitud lúdica a partir de las herramientas racionales propias de nuestra especie: la razón no es enemiga de las emociones sino su potenciadora y, probablemente, su principal armonizadora. Todo esto lo digo porque caracteriza mis experiencias recientes, las cuales han consolidado mi sentido de responsabilidad, mi ética: responsabilizarme es reconocer mi poder, mi egoísmo y comprender cómo ello me ha hecho llegar a donde estoy y a relacionarme de la forma en que lo he hecho. Aquí recurro nuevamente al adjetivo arduo para calificarla, porque no ha sido una experiencia sencilla.

He renunciado a personas, situaciones y actividades que me brindaban evasión más no el goce real del juego, es decir, excitación en lugar de placer y eso ha supuesto momentos de rigurosa soledad. Pero, pese a las vacilaciones, pienso que es el tipo de resistencia y de dolor elegido que se siente cuando se levantan pesas. Es la metáfora más justa: romper fibras para fortalecerse. Ese arduo esfuerzo ha sido el trabajo de permitirme descansar. En estos días he descansado del voyerismo emocional, de someterme a la adicción del caos; a cambio he leído a la entrañable Fannie Flagg y al sensato Bertrand Russell, he vuelto a ver comedias —maravillosa Seinfeld—, a tomar siestas. Renuncié a dar un regalo a alguien que fue importante en el pasado. Este acto había sido un ritual significativo de mi calendario y renunciar conscientemente a él simboliza y refuerza la transición elegida hacia mi salud.

En la construcción de ese nuevo estado, el cuerpo —base del egoísmo— ha sido fundamental: le permito relajarse en el sueño y le tocó tensionarse con la enfermedad —el virus de la década—, pero en ese juego de opuestos encontré la armonía llamada descanso; descanso de meses previos cargados de intenso desgaste físico y emocional. Este fue el momento en que también retorné a cierta forma del tacto y con ello al efecto analgésico del roce. Mi diosa Venus me visitó y aunque con algo de temor confié en lo que voy siendo y me entregué a su designio. Esta oportunidad supuso otro tipo de consideraciones en las que ese egoísmo triunfó para conjurar la falsa moral y para reconciliarme con el placer.

Llegó nuevamente a mi boca el sabor del deseo, que luego bajó y presionó mi garganta cortando delicadamente la respiración. Al tiempo, las manos en el pecho recogían los latidos de un animal feral y hermoso que yo creía perdido en el desierto. Abrevé del manantial y comprobé que podía saborearlo sin ahogarme. Mis labios sobre el río fueron un encuentro con la frescura de la vida. Reaccionar de boca a boca después del naufragio.

Y ahora he llegado a la cordillera: no más arena, ni más sed. Hay un bosque y agua dulce para construir mi hogar. Ser egoísta es elegir el descanso, es volver a la montaña; ese viaje ha tenido hoy para mí la forma del sueño, de la enfermedad, de la renuncia a la nostalgia, de la risa y del beso. Hay espesura de manigua, pero también oxígeno de páramo. Ahora confío más en mis piernas, en mi egoísmo y en la capacidad creativa y solidaria que solo su fortaleza puede concebir y multiplicar.