sábado, 30 de julio de 2022

Mamífero


I know what hands are for / And I'd like to help myself / But I sense something more / And I would like to give / What I think you're asking for / You handsome devil / Let me get my hands / On your mammary glands / And let me get your head / On the conjugal bed / There's more to life than books, you know

Los estímulos se han multiplicado tras la rendición. Dice la sabiduría popular que "saber retirarse en tan importante como saber permanecer." Otra frase que leí recientemente divagando en internet dice que somos ante todo la "suma de nuestras renuncias". Declinar es la contracara de decidir: tomar opción por una acción, enfocarse, es liberar las demás posibilidades que competían con ella. Pero esto más que una limitación es una liberación. 

Últimamente pienso, leo, escribo, siento e incorporo mi realidad animal. Quizá porque quiero entender lo salvaje en mí; quizá porque siento que humanidad es la palabra de un desvío infantil, fantasioso. Hemos escrito ríos de tinta para establecer una jerarquía nominal frente a otras especies, pero cuando nos bañamos en el río y jugueteamos con el agua aparece nuestra sonrisa mamífera, un gesto animal que es olvido de la prepotencia verbal y recuerdo de la potencia corporal. 

Para ser cultura, primero hay que ser cuerpo en entrega, en diálogo con un entorno. Órganos en movimiento, sensibles, gesticulantes. En el principio y también en el final, somos una fuerza animal; fuerza que encarna la voluntad de poder y con ello no me refiero a la intención de dominio, de subyugar, sino a la capacidad y al gusto de vincularnos, de influir y de recibir de otros, de afuera. Somos membranas que responden desde la emoción y con picardía a un entorno que no le es indiferente, casi siempre estimulante, en ocasiones hostil —resistente y por eso atractivo—. 

El comportamiento activamente social, podría decirse que extrovertido —en tanto está volcado de manera decidida hacia afuera— es la principal característica de esta clase de vertebrados, es decir, de nosotros. Tal disposición es el resultado de una estrategia biológica para mantener el equilibrio fisiológico que quiere decir ahorrar energía mientras se conserva la temperatura corporal —sin enfriarse, ni sobrecalentarse— pese a las condiciones ambientales. Los mamíferos somos sociables —jugamos, nos reímos, queremos— porque es nuestro mecanismo de adaptación, ajuste y regulación. Un cuerpo trabajando por su propio balance. 

Mamífero es sinónimo de mamas y de los líquidos que producen ¿Para qué existe la leche? ¿Por qué algunas glándulas sudoríparas evolucionaron para transformarse en mamarias? Recuerdo en este punto la sentencia bíblica de "ganarás el pan con el sudor de tu frente" y me parece que la respuesta a esas preguntas está en el viraje sofisticado e inteligente de esta frase. El sudor se convirtió en leche que asegura la alimentación de los cachorros: este rasgo evolutivo amplió la capacidad de maniobra de la madre, de mamá, quien no depende de recursos externos y puede así moverse con mayor facilidad, especialmente, si precisa huir de un depredador. 

La historia de la leche es la historia de nuestra independencia animal, del movimiento —por eso el sedentarismo es la trampa de la especie— y también de la caricia, de experimentar sin mediaciones artificiosas una cercanía que nutre y que simbólicamente buscaremos y que a veces encontramos en metáforas de la leche que descansan en otras bocas, en otros pechos y en otros perineos. Aquí es donde las hormonas y las feromonas, como otras características de vida animal, aparecen como significantes de ese baile esencial que define la vida, en general y nuestra existencia mamífera, en particular. Según la etimología horman significa "excitar, producir movimiento", mientras que pheran traduce "transferencia". 

La expresión “mensajeros químicos” con que se etiqueta a estas palabras suena inicialmente científica, meramente informativa, pero si seguimos la ruta de la sensación nómada a que alude, lo que encontramos es esa animalidad puesta en marcha y nunca de forma tan literal: las hormonas transfieren el movimiento en uno y lo propician en otros. Son sinónimo de excitación, de estimulación, fenómeno que percibo como una especie de magia porque no veo realmente qué pasa, pero ocurro en una transparente urgencia de movimiento, aparición y contacto al interior de las vísceras propias o hacia otro organismo. Son respuestas que me parecen sorprendentes porque no las creía posibles en mí. Pero aquí no se trata de creencias: está lo que es y lo demás es falta de consciencia, de reconocimiento. 

La ceguera de los imaginarios me estorbaba cada vez más. Y ahora que irrumpió la oportunidad me reconcilié con los mensajeros de un evangelio terrenal. Me preparé para dejar atrás fantasmas y en ese gasto energético que busca compensación real y no solo imaginaria, reconocí otro cuerpo y mi movimiento y su movimiento y una danza aún torpe pero rebosante de impresiones. Bebí nuevamente de la trascendencia no trascendente, de la única necesaria, de reconocerme e incorporarme en posición animal: jugar, reír, buscar el pecho, hundirse en un beso, desgarrar ideas como lo hace una mascota cuando se come la tarea de su dueño. Por eso hablaba al inicio de renunciar, porque personalmente creo que si hay una singularidad humana es esa de expandir hacia la racionalidad lo que todo mamífero hace por defecto: autorregularse —elegir y acomodar— para lograr bienestar. 

Aquí lo paradójico es que mi renuncia fue precisamente al imaginario y a cierta forma de la razón: porque al cerebro, a nuestro cerebro bestial le interesa sobrevivir no la verdad, la interpretación elaborada. Fui humana para poder ser, para elegir ser animal y me parece bello incorporar el orden de esa manera, como si la evolución bebiera del artificio para depurarse hacia una naturalidad verdaderamente feral. De todas maneras, más allá de cualquier simbolización, ser mamífero implica una renuncia inevitable y universal a todos sus integrantes: destetarse. 

Los beneficios de la leche materna son temporales porque los recursos para producirla son biológicamente costosos. Sí, es cierto que en esta temporada he retornado con algún temor de ejecución, pero con seguridad de intención a mis hormonas, pero también es cierto que ese momento coincidió con el hecho de enfrentarme a la necesidad de destetarme —del imaginario, de la idealización singularizada—. No fue suficiente recuperar y transferir nuevamente mis estímulos: es preciso que acepte con objetividad de ojo humano que el paladar animal tiene sus preferencias, una respuesta primitiva acorde consigo mismo y un sentir que no será cambiado por imposición, ni manipulación. Me rindo, porque es la expresión contundente de la escucha: del respeto realizado.

Acepto la animalidad del otro, y en el puente que tiendo a la razón para regular la propia, hallo una verdad que me permite sobrevivir: ahora verdad y supervivencia no son excluyentes sino complementarias. Aceptar lo que es, en vez de encapricharme por lo que debiera ser es la leche de que vivo mientras comparto con los cuerpos —adentro y afuera— que alimentan mi presencia salvaje. No quiero que esos viajes sean excusa, ni distracciones, los asumo como expresión del ambiente, una atmósfera que arrulla mi siesta animal; como aquella que tiene el perro en el porche de una casa en el campo.