martes, 30 de agosto de 2022

Incomodidad


 
Hace poco inicié entrenamiento de fuerza, específicamente circuitos de crossfit. También volví a crear una cuenta virtual personal, esta vez como un taller de autorrepresentación y no como una herramienta para calibrar o manipular las reacciones de otros. Me comprometí firmemente con la postura de un nutricionista cuyo trabajo admiro y ese compromiso fue sinónimo de crítica con un amigo para quien tuve en el pasado un comportamiento condescendiente, consecuencia del ánimo complaciente con el que durante años pretendí aliviar mi temor al rechazo.

Por eso, a la fecha, he decidido enfrentar el rechazo y esto quiere decir recibirlo y también darlo, porque la vida es un movimiento basado en resistencias que impulsan los pasos. Por eso quise experimentar situaciones que no deseaba, es decir, que no me entusiasmaban visceralmente, pero en las cuales vi una oportunidad de desarrollar mi amor a la vida, de fortalecer mi lugar en el mundo más allá del ego. Romper el ego significa, para mí, construir ese lugar a partir de los estándares personales y no desde las ideologías. Pero este tránsito del ideal a la actividad requiere de un campo de entrenamiento y ese campo es la vida misma. Por eso ha sido tan importante redefinir el concepto de “error”: el error no existe, pero es la forma en que los tercos nombran lo que en realidad es la versión no idealizada de la vida.

Vivir sin miedo al error significa vivir ejerciendo la imaginación, pues me parece que este recurso cognitivo es la base de la salud mental. Creo que imaginar opciones —una acción muy distinta de catastrofizar— es el primer paso en la terapéutica de la depresión. La imaginación es la capacidad mental con que asociamos el ingenio y la obra artística, pero considero que su función es más expansiva y que es el fundamento de la creatividad misma, una acción de la que nacen otros rasgos humanos como la compasión y el realismo entusiasta. Ahora bien, no hay que olvidar que la imaginación no es un don que funciona automáticamente: es una habilidad que requiere práctica, esfuerzo, para desarrollarse. La imaginación es, por tanto, un recurso exigente que requiere atravesar frustraciones, decepciones, desilusiones para convertirse en habilidad; en otras palabras, la incomodidad es el correlato de una imaginación desenvuelta y esta imaginación —esa rebeldía con causa— es la puerta hacia la práctica de una libertad alegre.

En experiencias recientes que incluyen cirugías, viajes, encuentros inesperados, conferencias de historiadores, pataletas y quejas decidí observar el grado en que la intolerancia a la frustración obturaba  la obra liberadora de la imaginación. Al respecto, noto una tendencia colectiva y es la baja tolerancia a la frustración, a la crítica: se prefiere negar o cancelar aquello que pone en entredicho una creencia personal e identitaria arraigada. Esos ídolos que creemos que nos definen. Por eso me parece que el autoengaño y la autoindulgencia se han convertido en la trinchera de un ánimo paranoide que ve opresión u hostilidad en formas de comunicación que por no ser condescendientes se confunden y prejuzgan como violentas.

Por ejemplo, para mi abuela resulta insoportable que sus caprichos no siempre se cumplan. De ahí que haya dramatizado el posoperatorio de su cirugía de catarata. En este punto prefiero recordar que "quien quiere marrones aguanta tirones", es decir, que muchas veces necesitamos pagar a corto plazo un dolor, una incomodidad, un "no te va a gustar" para conseguir un bienestar duradero. A mí me tocó aceptar que la interacción con F. terminó de una forma personalmente insatisfactoria, pero objetivamente consecuente con nuestro contexto. La conferencia sobre esclavitud en el mundo Atlántico del siglo XVII me recordó que hay que evitar la "trampa de la paráfrasis", esto es, que hay que esforzarse para no repetir y para imaginar de otra forma las fuentes: que sean más que citas afirmativas, quizá, que las aceptemos como vehículos para la exploración honesta de incertidumbres, porque la incertidumbre es el tejido de la vida y la vida es el material de los historiadores. Pero reconocer que esta es mi tarea como historiadora no es sencilla; hay formas facilistas de adelantar esta profesión, requiere esfuerzo unir investigación y creación, se siente como un puño ver la experiencia de historiadores valientes. Sin embargo, decido vivir este golpe como puño de boxeo. Es una incomodidad que me estimula, que disfruto, porque me despierta, me sacude y así me invita a imaginar y a responder con fuerza.

Por eso me parece que el boxeo es una actividad muy relacionada con la salud mental. Como nos indica este deporte, los golpes nos sacan de la zona de confort, nos hacen sangrar, ponen a prueba la resistencia de nuestros brazos y piernas, pero no nos matan, porque su propósito es hacernos fuertes. Trabajar con lo estropeado. Sacar miel de la hiel. La incomodidad como fermento de un árbol que se extiende del suelo al cielo. Con raíces fuertes ganaremos equilibrio y de esta manera no temeremos movernos, arriesgarnos y transgredir —incluso transgredirse a uno mismo, a sus creencias—.Y aclaro: mi adhesión al pugilato no es una defensa del maltrato, ni de la violencia, ni del abuso. Es mi forma de reconocer que a nivel individual se requiere de la tensión, de la desilusión, de la frustración y del dolor que los músculos demandan para romper sus límites y así fortalecerse.

Para "llegar a ser lo que se es", es decir, para desarrollar la autoestima que desbarata la inseguridad, pero también el narcisismo —el cual está en sus antípodas— es necesario recurrir a momentos de tensión, que rompan las fibras para multiplicarlas. La caricia es necesaria, es de un valor insustituible para nuestro crecimiento como mamíferos, pero resulta insuficiente para que seamos humanos seguros, con capacidad de maniobra en una vida social atravesada por el lenguaje. Si solo recibiéramos caricias exclusivamente no desarrollaríamos las herramientas necesarias para los embates de un planeta al cual le somos indiferentes. Por eso el boxeo me resulta edificante como actividad y como metáfora de entrenamiento mental. Como metáfora, porque gracias a la participación de nuestra especie en el lenguaje podemos pasar del boxeo literal, en que se pone en riesgo la integridad, al boxeo simbólico donde las heridas ocurrirán solo a nivel lingüístico. Por eso es tan importante tener más que amigos a secas, "hermosos enemigos" —recuerdo de Ralph Waldo Emerson—; adversarios que nos quieran y a quien queramos. La amistad real bebe de la digna enemistad: que nos apoyen sin afirmarnos todo el tiempo, que nos reten, que nos contraviertan con respeto personal y contundencia ideológica. De vez en cuando conviene odiar un poco a los amigos. De vez en cuando nos daremos cuenta que el odio —la oposición— es semilla de amistades genuinas. Ya lo dijo Edmund Burke, el conservador más liberal: "El que lucha contra nosotros fortalece nuestros nervios y agudiza nuestra habilidad. Nuestro antagonista es nuestro ayudante".

La controversia, golpear ideas, golpear nuestras creencias es la forma definitiva de ese boxeo, de esa gimnasia formativa, del dolor que forja, que moldea presencias equilibradas. La posibilidad de sublimar el pugilato en la lucha lingüística, en el debate es un regalo evolutivo al que no conviene renunciar en nombre de nuevos inquisidores disfrazados de empatía. Esta sana beligerancia, que podría resumir en "maluco también es bueno" me ha permitido situarme en la realidad de una autoestima fortalecida y no en los imaginarios de un narcisismo que no tolera ser tocado ni con el pétalo de una rosa. Los golpes incomodan porque abren los ojos a la verdad y la verdad es lo insoportable. La verdad es fuego y quema antes de revelar la madera sana. Cabe aclarar que con ello no me refiero a una verdad metafísica sino a una procedimental, realista. No es una cuestión moral: la moral le teme al dolor de la vedad y a la imaginación, porque le asusta lo nuevo. La verdad como ética, como trabajo es insoportable porque lo que nos dice es que cada uno de nosotros somos los inmediatos responsables de la vida que hemos vivido. Dicen por ahí que la verdad nos hace libres. Pero, ¿estamos realmente preparados para la libertad? Para quien se ha entrenado, la libertad entusiasma. Para quien no se ha fortalecido, la libertad encarta. Así que si la libertad no tiene sentido, la incomodidad que la engendra, mucho menos.

Como quiero una vida libre, he decidido aceptar incomodidades inevitables, por ejemplo, que existen ideas odiosas, ideas de odio, posiciones que no me gustan, que considero éticamente peligrosas, pero trabajo por aprender a soportar oposiciones y a ser opositora. Trabajo por soportar ese malestar en lugar de negar esos discursos o de asumir cegueras sofisticadas para cuidar comodidades. Soportar no significa celebrar esos discursos, sino reconocerlos para derrumbarlos con el puño de una razón apasionada —si es necesario—, en vez de reprimirlos nerviosamente bajo el patrocinio de las nuevas censuras.

La paradoja es que nuestra cultura actual exalta la subjetividad, busca que cada singularidad tenga su representación, que la cultura dé gusto a todos, que la cultura nos cuide. Siento que sociológicamente este mecanismo funciona como una herida colectiva de abandono y esta da lugar a posiciones victimistas, en las que cuesta reconocer que no hay otro responsable de sí que uno mismo. Qué insoportable es recordar que el precio de esa individualidad es la responsabilidad. Sí, hay una familia, hay una cultura, hay estructuras que influyen, pero, ¿te determinan? ¿No es una enorme expresión de cobardía, de irresponsabilidad escudarse en comodines conceptuales que parecen decir mucho pero al final —y sin contexto— no dicen nada? ¿Opresión, sistema, ismos? 
 
No desconozco la existencia de víctimas. Muchas situaciones las generan. Pero haber sido víctima de una injusticia no te obliga a victimizarte: una cosa es la mala experiencia y otra muy distinta es obsesionarse con una interpretación inadecuada e incluso paranoide o revanchista de esa mala experiencia. En términos estrictos, nadie nos debe nada. Por eso considero que los recursos jurídicos que hemos contruido para tramitar humanamente las injusticias deberían reservarse para los casos más cruentos de abuso a los derechos humanos. Lo demás puede tratarse en el debate y en la aceptación de que la mayoría de interacciones sociales son menos maliciosas de lo que parece, que todo es menos personal de lo que creemos, porque en la mayoría de ellas lo que todos hacemos es proyectar. La certeza de esta lógica proyectiva libera y permite asumir y distribuir responsabilidades con nitidez. Por eso actualmente abogo por pensar y actuar menos desde la victimización y más desde el potencial: “Tomar el toro por los cuernos”, hacer soportable y, de hecho practicar con alegría, la responsabilidad que me abre las puertas a la imaginación. 

Imaginar es rechazar los ídolos heredados para dar lugar a la "alegría de lo necesario", es decir, para pasar de la servidumbre del capricho o del autoritarismo a la libertad de una razón apasionada. Y dejar esas herencias es un paso que cuesta porque solemos depositar cargas afectivas en ellas. La incomodidad que supone imaginar, liberarse, es decir, rechazar partes del pasado para caminar en el presente me remite a Baruch de Spinoza. A diferencia de metafísicos o escolásticos, Spinoza no liga la libertad a la voluntad o al control y, por tanto, no es lo opuesto a la necesidad, a lo determinado, sino que la define como un trabajo del autocontrol, en el que se reconoce y se usan las contradicciones humanas a nuestro favor. Se trata de la delgada diferencia entre querer controlar y tener el control. La libertad desde la interpretación spinoziana es un esfuerzo, un golpe que nos damos para formar creencias adecuadas sobre lo que es necesario y a partir de este trabajo racional permitir que las pasiones tristes —las interpretaciones victimistas— den paso a las pasiones alegres, al entusiasmo y a la confianza, que permiten construir un lugar donde nuestros deseos sean posibles. La libertad deja de ser así un ideal moral, porque no corresponde al deber ser, y pasa a ser una práctica ética porque corresponde al poder ser. La libertad no es una idea que opera por antítesis a la opresión, sino que es una acción, una tecnología del sujeto basada en el autoconocimiento y en la autocrítica para que cada uno transite, gracias a esa incomodidad que toda autorrevisión conlleva, de la impotencia y de la servidumbre a la potencia y a la imaginación personales. Entonces no nos preocupará el control, sino que nos ocuparemos de juguetear alegremente con las posibilidades que se presenten.