La creatividad, la desnudez y el amor son las perplejidades en las que ocupo mi tiempo. Quizá poso de lectora, de editora, de escritora o de investigadora. Pero estas modalidades son eso, poses, actuaciones para un teatro sociológico del cual no me quejo, ni al cual atribuyo mis desventuras. La mentira que es otra forma de definir la actuación no significa engaño; la mentira es sinónimo de civilización y considero que este es un valor útil que potencia la capacidad mamífera de autorregulación a través del afecto. Pero no quiero desviarme hablando de los beneficios extramorales de la mentira, porque realmente quiero escribir de lo que me importa, es decir, de esas tres palabras del inicio. Ellas me gustan porque, en primer lugar, no son adjetivos —que son para mí palabras nocivas porque inflaman, hinchan, retienen— y, en segundo lugar, porque aunque son sustantivos a continuación designan verbos decisivos: crear, desnudar, amar. Estas tres acciones tienen en común, para mí, el restituir una y otra vez —como una escalera de arena— mi in-quietud por el sentido: son las formas en que respeto mi deseo.
Lo problemático es que hasta ahora me he acercado a ellas con excesiva seriedad. Y con seriedad me refiero a una mirada trascendental que las ha convertido en apariciones sintomáticas, madrigueras de mi sufrimiento. Pero es que apenas me doy cuenta —o más bien, apenas acepto— que he confundido la solemnidad con ser atinada. Esta no ha sido una confusión inocente o carente de lógica y lo digo porque reconozco que en mi inconsciente está alojada una obsesión con la meta, con la anticipación de una respuesta cerrada y absoluta a fatigantes porqués. Aunque diga que me haya secularizado, en la práctica seguí sosteniendo un compromiso con lo sagrado. Por eso le atribuía una aura mística a esos tres verbos y por eso me sometía deliberadamente a los ídolos en que ese ideal se manifestaba. El romance era entonces una emoción sublimada de envidia hacia quienes con su apasionamiento creativo me permitían exponer mi desnudez y con ella abrir las puertas hacia mi propia creatividad, siendo su máxima expresión aquella de enamorarse hasta la agonía.
He tendido a asociar la creatividad con un universo reducido de manifestaciones artísticas y lúdicas cuyo común denominador es que expresan un amplio rango de flexibilidad cognitiva y, por lo tanto, corporal: me refiero a esa capacidad de no repetir el libreto, sino de inventar otro cuento y de arriesgarse a hacer combinaciones propias pensando con la caja para salirse de ella. Me percato que así como lo irreversible es lo que me impulsa, lo inesperado —su uso como materia prima y no como condena divina— es lo que despierta mi entusiasmo creativo, pero a la vez el miedo de no concretarlo con mi mano, a través de mi cuerpo, de hallar muro en lugar de vientre.
El segundo semestre de este año decidí asumirlo como una escuela para entender y canalizar ese miedo como posibilidad. Considero que he sido valiente y que cada persona nueva que he conocido desde entonces ha sido alimento y no contaminación. Porque liberada de la autoindulgencia victimista, he aprendido a digerir conscientemtne mis experiencias para seguir desmontando mi uso del perfeccionismo, de la meta, de la finalidad, o sea, de la fatalidad, de la muerte como un mecanismo de defensa para mis inseguridades. Mi propósito ha sido transitar decididamente hacia la apostasía, poder vivir en una alegre indiferencia hacia dioses morales y románticos —afortunadamente los políticos me son indiferentes hace rato—. Y creía —aún creo— que iba en un camino consecuente con mi intención. Pero todavía faltaba la cuesta que pondría a prueba la resistencia de mis piernas. Esa cuesta, esa dificultad tiene la forma de invitación pendiente ante el espejo. Una invitación que cuando ocurrió sentí taxativa: "Desnúdate". ¿Por qué cuando lo dijo así, me sonrojé y sentí vértigo? Antes yo aseguraba que hacer algo así no me costaba, pero a esa afirmación le faltaba aterrizar.
Y una vez aterrizada, me aterró y fue porque sentí un destino inminente en esa propuesta. Allí el espejo me devolvió un mensaje: que la vida no se trata de obediencias, ni de porqués, sino de contraposiciones y de sentidos que se crean sobre la marcha. Me di cuenta que tenía miedo a desnudarme, a exponerme y a relacionarme sin el disfraz. Y no es que el disfraz sea malo o haya que eliminarlo, pero sí es problemático que dependa de él. Una cosa es usarlo sabiendo que me sentiría igual en caso que no lo tuviera y otra usarlo porque es la única forma en que concibo mis apariciones. Me paralicé ante el "desnúdate" porque olvidé que puedo y no debo ser, que ocupo un lugar activo y que en esta vida no se obtiene lo que se merece —una expresión cuestionable— sino lo que se negocia, lo que se improvisa en consonancia con la incertidumbre constitutiva de la vida.
Fue un momento revelador porque entonces comprendí los circuitos que han unido mi ansiedad y mi inseguridad a través de un fenómeno particular: la tensión por atención. Aquí recordé a mi padre regateador y la dificultad que a mí me suponía desde la infancia pedir rebaja, negociar con los vendedores. También pensé en el cuidado excesivo que prodigaba a la propiedad intelectual, puntualmente, mi aversión al plagio porque considero que es todo lo opuesto a mi percepción de la creatividad que no equivale a originalidad, pero sí a autenticidad. En fin me di cuenta que aún tenía una actitud afirmativa hacia el otro y asumía que solo había una dirección. Pero no es así. Hasta ahora me he expuesto, he sentido personas y experiencias, pero soy yo quién decide cuándo, cómo y quién pasará la membrana, quién me nutrirá. Voy comprendiendo que se trata de ser reactiva sin ser impulsiva y de apostar por el juego. No estoy escribiendo un libro sagrado, estoy jugando: no respondo, sino que sencillamente construyo sentido con lo que hay. Y esta libertad propia del juego no es un valor díscolo, sino que es sinónimo de acuerdos, de reglas, de propuestas y contrapropuestas.
Jugando no tengo por qué sentirme vulnerable, la desnudez pierde trascendencia —nunca el sentido— si lo hago a mi manera. Es otra forma de incorporar lo que ya venía saboreando: la importancia de recibir sin tragar entero; ese es, precisamente, el primer paso de un ánimo creativo. No está la creatividad en las alturas de la inspiración mística, sino en la cercanía del niño que no le teme al anonimato, al mañana, ni a los juicios sino que solo extiende su mano con la siguiente ficha del juego que tiene entre manos.
