Han transcurrido dos meses de entusiasmo, de creciente identificación con el fortalecimiento de mi cuerpo que me persuadieron de haber vencido las cárceles que yo misma labré en torno de la idealización, de la fantasía. El entrenamiento continuado en circuitos de alta intensidad; mi efervescencia social; la continuidad de Manuel como director de nuestro equipo de trabajo, todo ello me brindó una optimista sensación de victoria: la sustitución de victimización por responsabilización me resultaba liberadora. Creía entonces firmemente que estaba en control de una despedida y alimentaba mi poder de esa fuente. Y en parte es cierto, sigo controlando lo que realmente puedo regular: mis reacciones a los acontecimientos, seguir haciendo las paces con la contingencia. Pero, en medio de mis intentos decididos por romper el capricho, apareció un esguince, una ligera fragilidad que me dijo "aún no eres vencedora".
Cada vez con mayor nitidez Mauricio refleja el síntoma que se escondía tras mi rodeo erótico de estos años: la necesidad de que yo me comprometa con el principio de realidad. Hasta este momento, en este primer año de conversaciones, el espejo me había por lo menos devuelto mi reflejo: entonces volví a verme a mí, a recordar mi existencia individual. Por ahora estaba haciéndolo desde una práctica lúdica, asumiendo en mi ánimo un sublime salvajismo que me reconcilió con mi propiocepción y me permitió conocer mi centro de gravedad. Pero bastaron dos hechos para darme cuenta que aún me falta recorrido para alcanzar y sostener ese anhelado principio de realidad. Uno, fue aceptar la seducción neurótica de mis maneras con los retos y el otro la ruptura radical de un contacto. Con el primero, me supe presa de la presión sin haber aprendido a vivir con la exigencia, y con el segundo, me di cuenta que todavía seguía jugando, creyendo que este juego era sinónimo de trampa, de poderle hacer quite al sistema. Me creía seria, pero solo era una desatinada, una bufona. Para comprometerse hay que ser serio, es decir, responder a los acontecimientos sin darle vueltas a su significado, sin buscar una justificación filosófica para una acción que en términos prácticos no la requiere.
Dice Carolina que "la realidad no es el molde del deseo" y ese choque fue el que recibí hace poco. Porque la comodidad del autoengaño, de la evasión termina por convertirse en angustia. Hay que tener claridad y valentía para aceptar la diferencia entre el tiempo de espera como oportunidad de asimilación o su otro significado como excusa de aplazamiento, de dilatación. He tenido miedo de comprometerme realmente con la vida, esa es la verdad. Me creía vencedora y todavía estoy subyugada a las fechas de vencimiento, al miedo que les tengo, porque implican concretar. Y es que a esa realidad, expresada por objetivos que no son infinitos, le importa un pimiento mi deseo (quiero o no quiero) y mi motivación (tengo o no tengo ganas). La procrastinación puede tener disfraces aparentemente lógicos, especialmente, si a ese disfraz se le llama preparación, pero hija, no hay más preparación que la experiencia. Lanzarse, hacer la tarea, exponerse, emprender acción "sin mente" que no quiere decir irresponsablemente sino sin prejuicios.
Hasta ahora tiene sentido el tipo de relaciones que tuve en estos tres años: finalmente reconozco el efecto de mi sombra en las decisiones y sensaciones que experimenté, y cómo fue que pudo ser nido para la sombra del nombre que aletea como brisa o como huracán, pero ya sin marearme. Entendí los comportamientos del otro, los comprendí sinceramente sin rencor, sin la egolatría herida de abandono. Entendí que mi actitud era infantil y que ese desenlace era tan doloroso como necesario. Desenmascaré mis sentimientos y así impedí que la ansiedad se encumbrara. Por fin di muerte digna a la fantasía y voy permitiendo que nazca la realidad: una realidad que es este presente con nuevo pasado, uno que fue grieta de sangrado e iluminación. Una fisura donde ni tú me viste, ni yo te vi y aun así nos sospechamos entre las gruesas paredes del miedo y el artificio. Intuyéndonos entre la violencia de un paisaje rocoso y opaco, algo fundamental cambió en mi cuerpo y en mi intención.
Lo que tu presencia me trajo es parte de lo que soy y ni tu partida, ni mi deseo, ni el olvido pueden arrancarlo. Sé que pese a ese impacto que tuviste en mí no puedo forzar a que me veas, que nuestros ojos se crucen desnudos en el horizonte. Es lo más conveniente, ahora que no quiero olvidarme de mí, ahora que me siento vencedora al decir que sí a los términos de vencimiento. La tesis, las nuevas relaciones existirán: de ahora en adelante serán realidad. No es por azar que en estos meses se afinan y atinan las interacciones que he iniciado. No por azar aparece una figura decidida, resuelta y valiente; un nuevo espejo que me invita a alzar la vista de los vidrios rotos, a que guarde la imagen vencida y que atienda el reflejo diáfano, vencedor, que ahora se me presenta para desnudarme sin suspicacia; para que deje e estar sin estar, o más bien deje de estar sin ser. Que de oferta eterna dé el paso a entrega finita, a persona imperfecta que se mueve aunque yerre, para cruzar el espejo y vivir con la exigencia del caminante que define objetivos, que ante todo hace camino y que disfruta sus pisadas.
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