Según la antigua teoría de los temperamentos, el carácter humano se dividía en cuatro humores: sanguíneo, colérico, melancólico o flemático. De esta interpretación desarrollada por Hipócrates hacia el siglo V a. C. me llama la atención que la vida anímica se identifique con líquidos. Así esta hipótesis anticipó el conocimiento de que nuestro cuerpo está constituido en promedio por 60 % de agua, mientras que el restante 40 % se distribuye entre proteínas (18 %), grasa (15 %) y minerales (7 %), es decir, que por otro lado venimos de la roca y en síntesis somos barro, en que además se mezclan todas las tierras y todos los mares. La metáfora acuática me resulta fascinante porque el agua es sin duda el rasgo por antonomasia del planeta Tierra y hoy es una obviedad reconocer que los océanos fueron la cuna y matriz de todas las especies.
A propósito de estas afirmaciones, al ver White Lotus me sentí especialmente conectada con las imágenes que involucraban el mar. De hecho, me parece, que es la metáfora principal de la serie. Cada vez que había un cambio o una revelación aparecían las olas golpeando los acantilados. Sin embargo, es con los personajes de Tanya y de Quinn donde, para mí, se hace evidente esta relación vital con el océano: primero, porque la atormentada mujer que luchó todo el tiempo por liberarse de su madre, del peso de una representación violenta y opresiva aún en forma de ceniza, logró atravesar, gracias al mar, ese miedo a la libertad dejando que este se llevara finalmente su pasado. Segundo, porque Quinn un joven de 17 años enredado en la dopamina barata del consumismo desechable —cuya síntesis es la adicción a la pornografía y a los Smartphone— dio el paso a una vida nueva desde que entró contacto con el mar.
Es probable que el bautismo tome del embarazo su simbolismo acuático. Es en ese medio donde surge la vida humana: un líquido que es atmósfera y alimento hasta que llega la vida en tierra. El bautismo es el saludo de bienvenida a esa vida. Y eso fue lo que le ocurrió a Quinn: el mar le permitió aterrizar. Me pareció hermosa la transición visual que evidencia la transformación de este personaje; se trata de una secuencia muy ilustrativa en donde el contacto con materiales vivos y no con pantallas transforma a un niño mimado, es decir, prisionero de un deseo impuesto externamente (consumos que definen a la élite), en un joven que descubre realmente el placer propio y se da cuenta que este no tiene nada que ver con la masturbación, sino con darse él mismo su lugar en el mundo siendo un individuo en relación con el concierto de los seres vivos.
El punto de inflexión inició cuando Quinn acudió a la playa como dormitorio huyendo del maltrato de su hermana quien monopolizaba el cuarto del hotel. Al quedarse dormido sobre la arena, la marea se llevó los dispositivos electrónicos que Quinn cargaba con él. Ahora que lo pienso, estos objetos eran como el cofre de cenizas de Tanya, o sea, otro lastre ruinoso que opacaba el espíritu, aunque el muchacho aún no podía entender este mensaje. Primero llegó el berrinche y el afán por obtener un nuevo teléfono tan pronto como fuera posible. Para él era inconcebible otra forma de vida, la imaginación está trabada en las cuatro líneas de la pantalla y el muchacho aún no alcanzaba a considerar todas las posibilidades que residen en nuestra herencia animal, en el simple hecho de tener un cuerpo.
A propósito de estas afirmaciones, al ver White Lotus me sentí especialmente conectada con las imágenes que involucraban el mar. De hecho, me parece, que es la metáfora principal de la serie. Cada vez que había un cambio o una revelación aparecían las olas golpeando los acantilados. Sin embargo, es con los personajes de Tanya y de Quinn donde, para mí, se hace evidente esta relación vital con el océano: primero, porque la atormentada mujer que luchó todo el tiempo por liberarse de su madre, del peso de una representación violenta y opresiva aún en forma de ceniza, logró atravesar, gracias al mar, ese miedo a la libertad dejando que este se llevara finalmente su pasado. Segundo, porque Quinn un joven de 17 años enredado en la dopamina barata del consumismo desechable —cuya síntesis es la adicción a la pornografía y a los Smartphone— dio el paso a una vida nueva desde que entró contacto con el mar.
Es probable que el bautismo tome del embarazo su simbolismo acuático. Es en ese medio donde surge la vida humana: un líquido que es atmósfera y alimento hasta que llega la vida en tierra. El bautismo es el saludo de bienvenida a esa vida. Y eso fue lo que le ocurrió a Quinn: el mar le permitió aterrizar. Me pareció hermosa la transición visual que evidencia la transformación de este personaje; se trata de una secuencia muy ilustrativa en donde el contacto con materiales vivos y no con pantallas transforma a un niño mimado, es decir, prisionero de un deseo impuesto externamente (consumos que definen a la élite), en un joven que descubre realmente el placer propio y se da cuenta que este no tiene nada que ver con la masturbación, sino con darse él mismo su lugar en el mundo siendo un individuo en relación con el concierto de los seres vivos.
El punto de inflexión inició cuando Quinn acudió a la playa como dormitorio huyendo del maltrato de su hermana quien monopolizaba el cuarto del hotel. Al quedarse dormido sobre la arena, la marea se llevó los dispositivos electrónicos que Quinn cargaba con él. Ahora que lo pienso, estos objetos eran como el cofre de cenizas de Tanya, o sea, otro lastre ruinoso que opacaba el espíritu, aunque el muchacho aún no podía entender este mensaje. Primero llegó el berrinche y el afán por obtener un nuevo teléfono tan pronto como fuera posible. Para él era inconcebible otra forma de vida, la imaginación está trabada en las cuatro líneas de la pantalla y el muchacho aún no alcanzaba a considerar todas las posibilidades que residen en nuestra herencia animal, en el simple hecho de tener un cuerpo.
Pese a su frustración, Quinn siguió durmiendo en la playa y sin proponérselo tocó de frente y sin intermediarios el umbral del aburrimiento. Y entonces descubrió que era un sentimiento agradable y fértil: solo en el reposo y la contemplación se avizoran ballenas. Para apreciar estos mamíferos increíbles, centinelas del planeta no podemos exigir afán. Hay que quedarse quietos y mirar. La magia no es algo extraordinario sino una transformación de la mirada: no vemos lo que estuvo todo el tiempo porque nos cegaba la velocidad. Un mundo inédito se abre cuando se incorpora la paciencia: que primero baste con estar; que luego esa consciencia reconozca que el origen del movimiento —no de la evasión— es el aburrimiento. Porque el aburrimiento es el océano mental del que nace la creatividad. Pronto Quinn fue más sensible a esa corriente que solo se percibe al estar quieto. También vio la efervescencia del mar adentro y al alzar la mirada al horizonte halló su comunidad: un grupo de hombres fornidos que remaban todos los días entre los islotes del archipiélago. De la inercia de la pantalla, Quinn saltó al esfuerzo del remo y halló en ese trabajo la alegría de una rutina que daba sentido a su roca. Entonces renunció al Smartphone, a la comodidad capitalista de su familia y se quedó siguiendo su inclinación. Una vez más el agua como sinónimo de vida.
*
Como Tanya y como Quinn yo también he estado inquieta en estos días. Ahora que me encuentro en pareja, me he lanzado a un mundo inédito: así fue cuando Tanya esparció las cenizas de su madre y cuando Quinn se quedó en Hawaii dejando a su familia adinerada para habitar con los naturales. Es cierto que le di a mi monstruo, a mi lastre su estocada final. Ese aturdimiento ya no existe. Pero con la nueva vida, también llegan nueva luchas: ahora experimento una extraña agitación, una nostalgia inquietante que me impacienta, haciéndome sentir resaca sin haber tomado licor. Curiosamente varias personas se refieren a mí como alguien apacible, que transmite paz. Yo me sonrío porque para mi intimidad era una descarada ironía. Pasé tres años apaciguando la sombra; pero lo que en realidad hice fue alimentar su voracidad y con ella una guerra de mí contra mí. Me di cuenta que solo podía aniquilar esa sombra a través de la violencia y toda la que guardaba en mi interior, la volqué hacia afuera. Arrasó con todo.
Quedó una playa primigenia y por primera vez sentí de nuevo esa paz de la que tanto hablaban otros y que me era familiar. Se parece a algo que conozco, sí, se parece a las tardes de infancia sin internet. Quizá por eso visité ayer a mi tía Olga. Es probable que no pisara su casa hace quince años. Allí están los portarretratos con fotos infantiles de mis primas y está ese olor singular de su casa, que nunca he sentido en ningún otro lugar y que me recuerda las veces que fui a amanecer y a jugar con Cindy. Es un olor a una especie de pegamento industrial. Necesitaba oxigenación, reposo, marea baja. He estado hablando del agua, de los líquidos y de los temperamentos, y ahora que menciono el oxígeno entra en juego otra forma particular del agua: la sangre, en efecto, el agua de los mamíferos. La sangre se sitúa en este punto como sinónimo de excitación (por presencia o por ausencia de esta): hacer del cuerpo alimento, compartir con tantas personas alrededor de las comidas, el desfallecer de los cuerpos.
Por su color, por su función y por su distribución corporal, la sangre es un indicativo de los signos vitales. Dice la teoría de los humores que el temperamento sanguíneo en su forma positiva es expresivo, cálido, hablador, entusiasta, comprensivo —las cualidades con las que asociamos la vida—; mientras que en su forma negativa es indisciplinado, inestable, improductivo, exagerado y egocéntrico. Si pudiera definir diciembre no dudaría en hacerlo como un mes "sanguíneo" (tanto por lo positivo como por lo negativo). Mi energía social nunca estuvo tan demandada como en diciembre, aunque el corazón que más sangre ha requerido ha sido el de la experiencia en pareja.
Ha pasado mucho en poco tiempo. Hay una densidad que me deja perpleja y a la vez me imanta. En este momento siento la sangre como otro océano, uno revolucionado, cuyas mareas empujan y traen un mar al rojo vivo. Ellas expresan la calidez de comer con seres queridos y las mejillas sonrosadas por el romance, pero también las corrientes que inflan los deseos masculinos. Por eso la sangre también despierta mis vicios neuróticos. Me avergüenza que se torne paranoia (sangre caliente, sangre agitada). ¿Qué pasará cuando la sangre de tu periné vuelva a todo el cuerpo y nos lleve a la otra orilla? ¿Podremos volver juntos a esta orilla solo con la sangre de los pulmones o sucumbiremos a la trampa río abajo?
Cuando la muerte llega el cuerpo palidece, queda tieso y blanco. Visto así podría interpretar que la manifestación sanguínea al son del deseo sea quizá la máxima prueba de vitalidad (encendido, rojo, fuerte), pero al instante no puedo evitar mis preguntas necia, ¿acaso no funciona también así la arrogancia? Es una erección del ego, que como todas ellas no puede ser permanente, ni consistente. Inflar y desinflar. Ilusión y desilusión. La sangre exagerada que lleva a un escenario egocéntrico, improductivo, indisciplinado. ¿Podremos construir nuestra balsa si respondemos solo a la sangre impaciente de las entrepiernas? ¿O navegaremos también al ritmo de un latido acompasado, paciente, de un océano templado en donde la sangre del movimiento sincronizado no se agota en la urgencia del roce?
Insisto en esta pregunta porque yo, mujer que desangra al ritmo de la luna —influida como todas las demás mujeres por las mareas planetarias y no por el capricho egoísta del falo—, yo, mujer también participo de ese torbellino: y lo hago de manera apasionada, como un fluir irreversible. Pero luego también experimento esa sangre concentrada en mi cabeza: lo vivido se torna ensueño, espejismo, como si estuviera entredormida. Como si fuera una distracción. ¿Si distrae es porque está al margen de la vida verdadera? ¿Es la vida verdadera la experiencia no sanguínea? Me gusta esa intensidad, pero prefiero la consistencia. Y siento que la consistencia es el resultado del oxígeno y no simplemente de la sangre, de la revolución que infla a uno y luego desinfla todo.
La sangre saturada en mi cerebro, por ejemplo, convierte al pasado en aguijón y al futuro en neblina. Contamina, asfixia. Mientras tanto pienso que es del oxígeno, de la calma, que surge la creatividad. Quiero que la respiración (sangre metabolizada) y no la sangre cruda (miedo, prevención, envidia) sea mi certeza. Lo que más me interesa es seguir obrando en este mundo, desde mi lugar propio, pero compartido. La encrucijada es que ahora aprecio el valor de mi autonomía, por fin, me valido yo después de tantos tropiezos y torpezas, y a la vez me comprometo con esta nueva conexión. Me siento frágil, pero no débil ni fragmentada. Mi propuesta: tomar de la sangre cruda el impulso para apostar valientemente por los valores y por esta relación que considero valiosa. Tomar del corazón la capacidad de transformar los instintos en algo más que un afán de poder cortoplacista.
El reencuentro con mi familia paterna a raíz de un funeral, me permitió bucear en mi pasado con un propósito: traer al presente mi gusto por nadar. Para la sangre pesada, para el océano turbio, para el impulso acalorado: nadar o navegar. Para remover el sedimento y disfrutar mientras muevo mi cuerpo, que es mi centro y mi salvavidas. Una invitación: a remar contra el mar hinchado, sanguíneo, siguiendo el ritmo de una mutua elección.
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Como Tanya y como Quinn yo también he estado inquieta en estos días. Ahora que me encuentro en pareja, me he lanzado a un mundo inédito: así fue cuando Tanya esparció las cenizas de su madre y cuando Quinn se quedó en Hawaii dejando a su familia adinerada para habitar con los naturales. Es cierto que le di a mi monstruo, a mi lastre su estocada final. Ese aturdimiento ya no existe. Pero con la nueva vida, también llegan nueva luchas: ahora experimento una extraña agitación, una nostalgia inquietante que me impacienta, haciéndome sentir resaca sin haber tomado licor. Curiosamente varias personas se refieren a mí como alguien apacible, que transmite paz. Yo me sonrío porque para mi intimidad era una descarada ironía. Pasé tres años apaciguando la sombra; pero lo que en realidad hice fue alimentar su voracidad y con ella una guerra de mí contra mí. Me di cuenta que solo podía aniquilar esa sombra a través de la violencia y toda la que guardaba en mi interior, la volqué hacia afuera. Arrasó con todo.
Quedó una playa primigenia y por primera vez sentí de nuevo esa paz de la que tanto hablaban otros y que me era familiar. Se parece a algo que conozco, sí, se parece a las tardes de infancia sin internet. Quizá por eso visité ayer a mi tía Olga. Es probable que no pisara su casa hace quince años. Allí están los portarretratos con fotos infantiles de mis primas y está ese olor singular de su casa, que nunca he sentido en ningún otro lugar y que me recuerda las veces que fui a amanecer y a jugar con Cindy. Es un olor a una especie de pegamento industrial. Necesitaba oxigenación, reposo, marea baja. He estado hablando del agua, de los líquidos y de los temperamentos, y ahora que menciono el oxígeno entra en juego otra forma particular del agua: la sangre, en efecto, el agua de los mamíferos. La sangre se sitúa en este punto como sinónimo de excitación (por presencia o por ausencia de esta): hacer del cuerpo alimento, compartir con tantas personas alrededor de las comidas, el desfallecer de los cuerpos.
Por su color, por su función y por su distribución corporal, la sangre es un indicativo de los signos vitales. Dice la teoría de los humores que el temperamento sanguíneo en su forma positiva es expresivo, cálido, hablador, entusiasta, comprensivo —las cualidades con las que asociamos la vida—; mientras que en su forma negativa es indisciplinado, inestable, improductivo, exagerado y egocéntrico. Si pudiera definir diciembre no dudaría en hacerlo como un mes "sanguíneo" (tanto por lo positivo como por lo negativo). Mi energía social nunca estuvo tan demandada como en diciembre, aunque el corazón que más sangre ha requerido ha sido el de la experiencia en pareja.
Ha pasado mucho en poco tiempo. Hay una densidad que me deja perpleja y a la vez me imanta. En este momento siento la sangre como otro océano, uno revolucionado, cuyas mareas empujan y traen un mar al rojo vivo. Ellas expresan la calidez de comer con seres queridos y las mejillas sonrosadas por el romance, pero también las corrientes que inflan los deseos masculinos. Por eso la sangre también despierta mis vicios neuróticos. Me avergüenza que se torne paranoia (sangre caliente, sangre agitada). ¿Qué pasará cuando la sangre de tu periné vuelva a todo el cuerpo y nos lleve a la otra orilla? ¿Podremos volver juntos a esta orilla solo con la sangre de los pulmones o sucumbiremos a la trampa río abajo?
Cuando la muerte llega el cuerpo palidece, queda tieso y blanco. Visto así podría interpretar que la manifestación sanguínea al son del deseo sea quizá la máxima prueba de vitalidad (encendido, rojo, fuerte), pero al instante no puedo evitar mis preguntas necia, ¿acaso no funciona también así la arrogancia? Es una erección del ego, que como todas ellas no puede ser permanente, ni consistente. Inflar y desinflar. Ilusión y desilusión. La sangre exagerada que lleva a un escenario egocéntrico, improductivo, indisciplinado. ¿Podremos construir nuestra balsa si respondemos solo a la sangre impaciente de las entrepiernas? ¿O navegaremos también al ritmo de un latido acompasado, paciente, de un océano templado en donde la sangre del movimiento sincronizado no se agota en la urgencia del roce?
Insisto en esta pregunta porque yo, mujer que desangra al ritmo de la luna —influida como todas las demás mujeres por las mareas planetarias y no por el capricho egoísta del falo—, yo, mujer también participo de ese torbellino: y lo hago de manera apasionada, como un fluir irreversible. Pero luego también experimento esa sangre concentrada en mi cabeza: lo vivido se torna ensueño, espejismo, como si estuviera entredormida. Como si fuera una distracción. ¿Si distrae es porque está al margen de la vida verdadera? ¿Es la vida verdadera la experiencia no sanguínea? Me gusta esa intensidad, pero prefiero la consistencia. Y siento que la consistencia es el resultado del oxígeno y no simplemente de la sangre, de la revolución que infla a uno y luego desinfla todo.
La sangre saturada en mi cerebro, por ejemplo, convierte al pasado en aguijón y al futuro en neblina. Contamina, asfixia. Mientras tanto pienso que es del oxígeno, de la calma, que surge la creatividad. Quiero que la respiración (sangre metabolizada) y no la sangre cruda (miedo, prevención, envidia) sea mi certeza. Lo que más me interesa es seguir obrando en este mundo, desde mi lugar propio, pero compartido. La encrucijada es que ahora aprecio el valor de mi autonomía, por fin, me valido yo después de tantos tropiezos y torpezas, y a la vez me comprometo con esta nueva conexión. Me siento frágil, pero no débil ni fragmentada. Mi propuesta: tomar de la sangre cruda el impulso para apostar valientemente por los valores y por esta relación que considero valiosa. Tomar del corazón la capacidad de transformar los instintos en algo más que un afán de poder cortoplacista.
El reencuentro con mi familia paterna a raíz de un funeral, me permitió bucear en mi pasado con un propósito: traer al presente mi gusto por nadar. Para la sangre pesada, para el océano turbio, para el impulso acalorado: nadar o navegar. Para remover el sedimento y disfrutar mientras muevo mi cuerpo, que es mi centro y mi salvavidas. Una invitación: a remar contra el mar hinchado, sanguíneo, siguiendo el ritmo de una mutua elección.
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