viernes, 31 de marzo de 2023

Física

No voy a rendirme frente a este nubarrón de ciudades muertas donde nunca pega el sol / la verdad es que no me acostumbré / a estar lejos de la gente / uno es uno y es uno en todos los demás / somos animales ahuecados por la luz de las calles. "La luz de la calle" - Luca Bocci 

Deja que el beso dure / Deja que el tiempo cure / Deja que el alma / Tenga la misma edad / Que la edad del cielo. "La edad del cielo" - Jorge Drexler

Física fue el curso que menos disfruté en el bachillerato. Sus problemas me resultaban difíciles y poco estimulantes. Tal vez era por la metodología del profesor. Tal vez insuficiencia en mi comprensión lectora. O tal vez era simplemente desinterés. El objeto de la física es la materia y la energía, su lenguaje es la matemática, otro curso que poco disfrutaba. La física establece leyes, busca resultados. Es la ciencia de lo inevitable 

Por el contrario, química fue el curso del núcleo de ciencias naturales que más disfruté. Su contenido lo asociaba inmediatamente con los cuerpos: humanos, animales y vegetales. El objeto de la química son las propiedades y transformaciones de la materia. Su lenguaje son los símbolos, de hecho, dice la Unesco que su "expresión más alta es la vida misma". La química identifica cambios, busca procesos. Es la ciencia de lo posible. 

En el medio estaba la filosofía y con ella la metafísica. Entonces me acomodé descaradamente en su invitación a especular, en la promesa de liviandad que proporciona el dominio de la idealización, de vagamundear sin cuerpo. Me interesaban los cuerpos, pero de lejitos. Conservaba la suficiente distancia para olvidar su mortalidad. Me interesaban los cuerpos, pero hasta ahora yo misma era solo organismo: negación de la física, de la ley; afirmación adolescente de la vida, subyugada por la química. Para los geógrafos de las almas: un marisma metafísico. Era cómodo pensarse como pantano: ni aquí, ni allá, pero no-muerta. Existencia casi incorpórea. 

Pero llegan las tormentas, los veranos y las reacciones minerales del pantano. Reconozco que somos lo que puede un cuerpo. Ya no me resistí a su nacimiento: ser es ser un cuerpo sometido a la gravedad, liberado por la reproducción: células en incesante equilibrio de vida-muerte, cuerpos microscópicos que presienten los que ven nuestros ojos de animal miope: tejidos esponjosos, tensados, trenzados, restos, roña, retoños, heridas, brotes, colores santos. De pantano a río, de organismo a cuerpo: un cuerpo que se mueve y que se construye con otros: en la complicidad erótica, en la infección, en los antibióticos, en las contracturas, en los analgésicos, en la ansiedad, en el llanto, en la piel erizada: materia y energía. Soy más que una idea, que metafísica. Soy este cuerpo que simboliza, se transforma y a la par responde a lo inevitable, a la gravedad, a las instituciones, a los términos de referencia, al ultimátum. A la mortalidad le pongo el pecho, la frente en alto, el culo si quiere. ¡Ah, ojalá fuera siempre! porque la metafísica me quedó como re-sabio ocasional, un rescoldo de la infancia, su síntoma. A veces se encarna (como cuando se encarna una uña), y se aparece en una despedida de tren como sentimiento de "soledad metafísica". Qué descripción tan pueril, pero vale la pena sí por ahí retorno a mi cuerpo, que es decir presentarme para conversar con otro(a).

Entonces dijo L. antes de confesarse, antes de actualizar la compasión: «¿Me hablarías un poco más de la soledad metafísica? Qué concepto tan desgarradoramente bonito, con todo respeto. Sería un excelente comienzo de poema: "En esta soledad metafísica donde todo se muestra y nada se toca, habito yo, como un animal herido. Extrañamente solo y extranjero, lejano, como un quásar..." (continúese)» 

Fue una invitación inesperada a participar de un cadáver exquisito, que se convirtió más bien en cuerpo exquisito, en física a secas, en energía transformada, química acá sin más allá, porque dije yo: «(Continúa): "Antiguo como el mar donde espumean los recuerdos del olvidado trueno que dio a luz a la Tierra". La soledad se había acabado, la metafísica, también. Afortunadamente.