En estos seis meses he vuelto a enfrentarme a mis impulsos paranoides. La cercanía especial con una persona renueva mi familiaridad con los estados de alerta, la competencia y el afán de control. Mientras me decidí terminar con aquella situación que me enfermaba mi ánimo redirigí mi atención hacia mis actividades: ejercitarme, exponerme al mundo. De esa manera me sentí "empoderada", sentía como se restituía la fuerza, cómo se lavaban mis sentidos haciendo nítidos y alegres de nuevo. Entonces me sentía a gusto reconstruyendo lo que entonces entendía como "mi autoestima". Creía que este concepto que yo relacionada con la idea de poder había sido el antídoto contra los fantasmas y las fantasías.
Por entonces había, para mí, un vínculo estrecho entre soledad y "autoestima". Creía que la soledad era necesaria para hacer realidad la autoestima. Pero como en la salud casi siempre se trata de la dosis adecuada, también me percaté de que la soledad excesiva puede ser sinónimo de miedo y que podía convertirse en un simulacro, en entrenamiento de burbuja no realista. Sí, fue necesario estar sola, pero pasarme hasta convertirla en aislamiento. Esta comodidad es extremadamente artificiosa. Concluí que la única manera de medir mi "poder" era enfrentándome a la realidad, es decir, a las nuevas relaciones que vendrían tras el incendio y el barbecho.
Entonces él irrumpió y yo fui valiente: arriesgué con base en indicativos, pero con la certeza de que no podía imponer(me) certezas. Él se convirtió en presencia y yo también me sentía presente. Pero a medida que nos acercamos empieza la prueba de fuego para la "autoestima": permitirse la vulnerabilidad, sí, pero ¿en qué grado? En se punto se me coló nuevamente la sospecha, entonces la ausencia se hizo a presencia más fuerte: llegó la temporada de fantasmas, es decir, la paranoia. Sin embargo, esta vez soy consciente y quiero hacer algo diferente. Eso me digo, pero mientras tanto siento como esos mecanismos antiquísimos de mi historia parecen poseerme por completo.
¿Confundir el amor con competir, con volver a mirar los otros del deseado en pasado y en futuro? No es cierto que el amor tenga que ver con la duda, pero sí es cierto que el amor pone al ego en vilo, exige entregar una parte de él, así que por instinto de conservación mi respuesta es desviar el foco como una manera de compensar esa pérdida (que luego veré que sí es ganar un poco). Por ahora solo siento que perder es "malo", y por efecto compensatorio me vuelvo paranoide: ya no soy la mujer curiosa, sino la niña voyerista. Las energías decaen y de ser propositiva paso a entregarme indolentemente a la pasividad. ¿Qué clase de retroceso es este? Me da un poco de rabia. Pero su existencia quiere decir que puedo hacer algo, yo misma me rebelo frente a mi lado caprichoso.
Claro, ya me doy cuenta de que esa reacción primaria está fundada en preguntas mal hechas, necias: ¿dónde está mi "poder"?, ¿cómo "subir" mi "baja" autoestima? De esta manera solo me enredaré comparándome con otras personas. A esta vulnerabilidad, que digo, a esta victimización se suman la supersticiones sentimentalistas que alimentan la paranoia propia de la "baja" autoestima. Que si se llama Juan, que si le gusta Bizarre Love Triangle, que si ama a The Cure, que si profesa pasión Borges, que si profesa fervor Pessoa, que si le gusta la literatura como forma de vida, que si es profesor. Dicen por ahí que la vida amorosa es actualizar continuamente un deseo de otro, en otro y en otro. Este solapamiento (irracional desde cierto punto) me ha llevado a dudar del presente sobreponiendo dolores pasados asociados al Juan: ¿y la promiscuidad corporal y simbólica?, ¿y el ego alimentado de atención femenina?
Recientemente leí que la "alta" autoestima no hace necesariamente más felices a las personas, por el contrario puede convertirse en una ruta peligrosa que lleva a la arrogancia, el egocentrismo y el narcisismo. Al principio parece un contrasentido, hasta un insulto a las recetas del siglo. Pero es cierto que la relación entre autoestima y poder puede llevar a nuestra especie más fácilmente al desbalance que al equilibrio. ¿Por qué? Porque este tipo de "poder" sigue volcado hacia fuera: quiere competir, demostrar, justificar. La "autoestima" a secas es una noción pirotécnica, que puede llevarnos fácilmente al ego y a la paranoia en el mejor de los casos, a la violencia en el peor.
Confieso que no me es fácil evitar desenfocarme. Me he pasado mucho tiempo atendiendo hacia afuera. De hecho, hoy pienso que desviación externa es una forma del confort, de la pereza de mover el culo propio y de sentir el malestar que demanda el esfuerzo. Pero hoy tengo nuevas herramientas para no ser simplemente la mula terca que insiste en entrar al corral cuando va en una cabalgata para otros n destinos.
Cada día trabajo por interiorizar que lo importante no es demostrar nadie mi "poder" sino construir y ser consciente de que tengo potencial. Esta es una diferencia sustancial en cuanto a la administración de la energía: el poder necesita justificar porque la alta autoestima es exhibirse, lucirse, ser lucido. Esa competitividad desgasta. El potencial, por el contrario, no grita, no es superlativo, solo brinda la consciencia de que existe una capacidad la cual no se aplicará para deslumbrar, sino para ser, porque es práctica. De esta manera me parece que se llega la lucidez, a ser lúcido.
Como se ve el foco del potencial no está en otros —como pasa con el poder de la "alta autoestima"—, sino en uno y en vivir con la tranquilidad de saber sin tener que demostrarlo todo el tiempo, de qué es capaz un cuerpo, de que es capaz mi cuerpo. Será la alegría de la discreción el camino que seguiré transitando para reconocer la paranoia, sin inflarla y mucho menos dejarle robar mi presente, verdadera materia de la felicidad.
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