Este mes vi
Barbie dirigida por Greta Gerwig y me gustó. Quiero decir con ello que la
disfruté, que me sorprendió el pensamiento y que me emocionó, lo cual significa
que la sentí cercana y, sobre todo, que me brindó coherencia. Incluso fui a dos
funciones de la película, no solo porque me gustó, más bien porque ella
representaba algo más que un guion puesto en fotogramas: Barbie ha sido ante
todo un lugar de memoria en el que tejo complicidad con mi prima hermana, y con
el cual quizá pueda suscitar en mi madre las inquietudes de un presente reivindicativo que
quizá ella había intuido en su pasado.
Ante estos manifiestos, algunos lectores imaginarios —siempre lo son— dirán que resultan cursis, exagerados. Anticipo esta reacción porque he leído en redes sociales a quienes dicen abstenerse hablar sobre la cinta porque no es más que comercial de dos horas de duración. Esos comentarios me dan risa porque al comunicar la negación, lo negado es afirmado y expuesto. Yo solo pienso que nuestra mera existencia animal ya nos ha hecho consumidores, mientras que los siglos desde la Revolución Industrial en el siglo XVIII nos han hecho consumistas. Las variaciones del consumo es lo que une y a la vez separa el mundo de plástico de Barbieland, del mundo de plástico de cualquier ciudad del mundo. Es el agua en que nos movemos, So what? Personalmente me parece maravilloso que una película con una carga publicitaria tan deliberada y para nada disimulada, amplíe el fuelle de la reflexión. Que sea un producto para vender no impide que uno pueda pensar muchas cosas, incluso contra las ventas. Por su parte, la directora sabe que las ventas de las empresas involucradas están aseguradas y por eso, en un guiño satírico puede permitirse hackear un poco el sistema de la única forma posible: desde adentro. Greta asume el humor como su principal recurso narrativo para recordarnos en esta sutil sátira de qué se trata la vida humana: incomodar para lidiar con la incoherencia esencial de nuestra existencia.
Para mí lo más valioso de Barbie es que se trata de un relato para conjurar los idealismos. Por eso me parece un gran acierto que sean las mujeres quienes representan esta tendencia tan humanamente distractora que es idealizar. Porque es las mujeres a quienes culturalmente se ha presionado con más afán para cuidar la expectativa de "hasta dónde pueden llegar" para preservar un equilibrio social que se sustenta en la moralidad de su comportamiento, pero recompensa a los hombres con los privilegios derivados de esa ecuación. Pese a estas precisiones sociológicas sobre el género, lo cierto es que la película muestra que el idealismo es una distorsión que daña por igual unos y otras, a la especie.
El viaje de
Barbie del mundo artificial al mundo real es el paso que hace el niño desde
el narcisismo irresponsable hacia la realidad de la responsabilidad como
terreno de la adultez. Y sí, seamos honestos, la realidad puede ser miserable, pero
la mayor parte del tiempo son innecesarios dramas narcisistas y en cambio
pueden experimentarse muchas alegrías. He aquí la secuencia clave de la película:
nos dice Barbie que sin la muerte no hay deseo, que sin deseo no hay cuerpo y
que sin cuerpo no hay realidad. Barbieland es la expresión de una gran psicosis
colectiva, ¿no es acaso sospechosamente esquizofrénico estar convencida que se puede vivir
en casas de dos pisos sin escalera y desayunar felizmente leche invisible?
Pero Barbie
rompe su estado psicótico y descubre un organismo vivo, del que luego nace un
cuerpo. Mas como todo nacimiento, este ser arrojado al mundo tiene consecuencias
paradójicas: por un lado, la incomodidad, el displacer; por otro, la alegría. Por supuesto,
la segunda solo llega cuando hay aceptación —no resignación— de la inexorabilidad de la primera. Por
ejemplo, ir al ginecólogo, como lo hace Barbie al aceptar su cuerpo, no es la
actividad más divertida, no representa ningún placer —a corto plazo—, de hecho,
siempre representa dolor. No obstante, Barbie sonríe con ingenuidad, nosotras sonreímos porque
es un proceso difícil pero que ayuda a ese cuerpo para que tenga la capacidad —salud— para vivir alegrías. Sin la dialéctica de la muerte, la vida no se valoraría.
Barbie estaba
sumergida en su fantasía —igual que hacemos todos en la niñez— y no sabía
que los sentidos la engañaban, porque ni siquiera era consciente de su
existencia. Por eso el dolor cumple una función tan importante:
es una alarma que nos hace prestar atención a algo que tendrá efectos duraderos
sobre ese cuerpo. Así, el punto de inflexión de la narrativa es que Barbie adquiera consciencia
y, sobre todo, experiencia de la muerte, de la imperfección, del dolor, del cambio, en otras
palabras, de la historia —no de las ideas o ideologías inmanentes—. Es allí cuando aparece una realidad disruptiva porque es imperfecta: la representan los olores fastidioso, los dolores, el pan de plástico quemado y los
pies en la tierra. Fue, entonces, el tiempo de la angustia ante el
descubrimiento de la incoherencia esencial. Barbie lloró por primera vez.
Imagino que ella se preguntó: “¿Me estarán engañando los sentidos? ¿Si todo cambia en qué puedo
confiar?” Sin embargo, una vez cruzado ese umbral —no sin esfuerzo— Barbie
también descubrió otra acción potenciadora: la capacidad de resimbolizar, es
decir, de jugar con el doble sentido de una palabra, de invertir sus significados
y por vuelta imaginar lo que antes le aterraba como una posibilidad creativa.
Veo a Barbie dándose cuenta de que la pregunta estaba mal formulada o, más bien, incompleta: “¿Y si los sentidos me engañan, por qué no los engaño yo a
ellos?” Barbie aprendió a soltar el ideal y en ese punto pudo decir: "No
soy lo que esperas que sea. Soy lo que yo puedo hacer". Pero... ¿A
quién le dijo esto? ¿Ante quién se rebeló con justa causa? Aquí yo podría dar la
respuesta simplista: los hombres; o la más refinada: el patriarcado. Sin
embargo, me parece que es algo más cercano y concreto que sintetiza las angustias que aquellos generan: Barbie se rebeló, traicionó a su niña interna, esa que es ansiosa, caprichosa, insegura.
Cuando Barbie entró por primera vez al insólito mundo real, el principal síntoma de esa disonancia
fue sentirse insegura por primera vez. Para alguien que siempre había sido totalmente
fiel a sí misma, a su perfección, la duda se mostró como una fisura casi mortal.
Pero, aclaro, esto no quiere decir que yo abogue por la autodestrucción, por el
autoengaño o por la impostura, no digo que haya que traicionarse, así a secas.
Digo que hay que ser lo suficientemente flexible como para saber traicionar
ciertas emociones, sentimientos y pensamientos porque ellos no son hechos, ni
son la verdad, son apenas transeúntes sobre los cuales sería un error basar
decisiones. Barbie entendió nítidamente la sutileza de este método. Hay que
traicionar el sentir, para ser fiel a una existencia propia y real. He ahí la
base de la seguridad, de la coherencia que una demanda en un mundo que es constantemente inestable.
De todas maneras, yo sonrío irónicamente. Aquí estoy describiendo serenamente este recurso, pero la verdad es que me cuesta aplicarlo: ¿no es este el nudo de mi propio laberinto? Recién me percaté de que esa neurosis del celo ha sido un susurro permanente en mi oído. Ahora, gracias a la conversación con Mauricio esta se convirtió en una declaración contundente: ¿por qué le temo a la traición? ¿Por qué quiero sentirme especial para un otro cuya atención debe serme exclusiva? ¿Qué busco con esa atención? ¿Qué hago cuando la tengo? Nada, respondo... Luego me doy cuenta de esta verdad: la atención es solo un talismán, el truco tras este juego, mi propósito es hallar seguridad, coherencia. Mientras lo digiero conscientemente, Barbie me dice que además esa coherencia que busco no puede ser absoluta, ni perfecta, ni virtuosa. A propósito del honor masculino depositado en el comportamiento de las mujeres, traigo aquí la pregunta que nos hizo una mujer a otras que estábamos reunidas: “Y usted, ¿cómo la prefiere? ¿Bandida o agüevada? 'Obviamente, bandida'", respondió ella sin dudarlo. Pienso ahora que el uso despectivo de la palabra "bandida" vista sin prejuicio solo significa que se trata de una mujer aterrizada, que traiciona sentires e ideales propios y ajenos —patriarcales— para vivir su vida. La pregunta es muy útil para resolver los dilemas reales, es decir, los prácticos y no los filosóficos, que se presentan cotidianamente: “Y usted, ¿A cuál prefiere?" ¿La que pone los pies en la tierra o la que flota en una ensoñación ansiosa? Vamos, la respuesta no es difícil ¿O ustedes, lectores, qué creen?
