domingo, 3 de diciembre de 2023

Olvidar es atender


Hace poco más de un año dejé de usar Instagram. Mi reciente intermitencia en esa red social evidencia el periódico hastío con la saturación de información, o más bien, de fantasías que esta provee. Pasé por varias etapas de "desintoxicación", y a la manera de una ludita contemporánea eliminaba de raíz las cuentas; incluso desinstalaba el WhatsApp periódicamente. Como parte de esa ansiedad con las redes respondía a ciertas relaciones personales, tan pronto como estas se transformaron y estabilizaron también aprendí a convivir con internet, a dejar de demonizarlo. Acepté que es una presencia innegable. Por eso, de huirle me interesé cada vez más por comprender cómo esta tecnología influye en el comportamiento de los círculos que frecuento e incluso de las instituciones en que me muevo (universidad, ciencias sociales). 

Como decidí que Instagram, con sus ilusas imágenes perfectas, no era el lugar de internet en que quería estar, remplacé su función con Twitter. Para mí la principal diferencia entre ambas, es que Twitter surgió bajo la lógica del foro: hay textos y muchas respuestas a ellos. Esto no significa que considere ingenuamente a las palabras como vehículos más inocentes o transparentes que las imágenes. Tengo muy claro que ambos objetos son herramientas de representación. Sin embargo, el cómo se construye esa interpretación y qué tantos actores o matices admite y provoca sí marcan, para mí, una diferencia sustancial en el tipo de interacción propuesta entre los participantes de estas redes, de estas sociedades. Instagram y TikTok promueven un ánimo pasivo, pues las acciones entre sus usuarios priorizan las reacciones, antes que las respuestas. 

En Instagram más que crear amistades o enemistades, el objetivo es alimentar fanatismos: no se busca una verdad, una respuesta, que es lo mismo que decir diálogo o debate, sino reproducir (repetir) alabanzas, sean genuinas o no. Claro que en Twitter también hay espacio para las imágenes, pero sobre todo para la presencia de discusiones o de opiniones cuestionables e incluso odiosas. Pero ese es precisamente su potencial porque así suene paradójico, que haya malentendido quiere decir que al menos hay comunicación, o sea una reciprocidad en el intercambio, que no necesariamente en el contenido de las ideas. Si hay malentendido o comprensión o refutación es porque el lenguaje está actuando, ya que si hay desencuentro, quiere decir que hubo movimiento. Hubo un baile con más de dos pies. 

Por el contrario, el primado de la corrección política, de la postal/selfie perfecta, o del ridículo performado son los principios que patrocinan este llamado, no ya a comunicarse, sino a expresarse: o sea a escuchar menos y a hablar o gritar más. Esto no implica que yo esté en contra de la "expresión", sino de que monopolice el rango posible de interacciones sociales. Puedo entender que este giro simplificador sea la respuesta generacional al capitalismo, a unos tiempos donde conviven la nostalgia por el vínculo social fracturado, con la promoción del narcisismo como única garantía de vida. De ahí que surja otra paradoja y es la de creer que la validación externa es la única que asegura la subjetivad, 

Por esta razón se trata de una era que celebra desbocadamente la "libre expresión", que se entrega sin reparos al principio de placer y, que en consecuencia, ha producido un amplio brote de hipersusceptibilidad: increíblemente tu representación y tu identidad son equivalentes. Expresarse, significa que hablas, pero no te pueden criticar, porque al hacerlo violentarían directamente tu ser. Como vemos, el "expresarse" es un formato de interacción que bloquea la respuesta (anula la diferencia) y fomenta la reacción (condescendencia afirmativa para no afectar tu sentir). No en vano, reaccionario es otro sinónimo de conservador. 

Cuando Instagram creó sus stories también trajo los íconos de reacción (gusto, deseo y tristeza simplificados en un click) los cuales son nada más y nada menos que el símbolo de un silencio cómplice. Solo que en este caso esa complicidad es válida porque validas el relato del otro, incondicionalmente, para no herirlo. Ya no son necesarias las palabras: solo el guiño de la alabanza o del insulto. Ojalá siempre la alabanza. Aplausos mudos.

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Lastimosamente este es al antiespíritu que ha influido en muchas relaciones sociales fuera de las redes sociales. Por ejemplo, en los colegios y universidades, especialmente, en las áreas de ciencias sociales donde el esfuerzo por establecer indicativos estandarizados para evaluar tareas que responden a un discurso disciplinar consensuado y colectivo se termina calificando de opresión y de violencia. Me parece que la única violencia en esta ecuación es imponer la supremacía de la subjetividad entendida como sentimentalismo y no como una individualidad que se autodetermina y que acepta la necesaria objetivación de ciertas reglas para vivir en sociedad. 

En este punto, al ver la tergiversación que se ha dado al sentido de subjetividad y de libertad, recuerdo aquel manifiesto atribuido a Stravinski: "Entre más me limito, más me libero". Libertad, en esa lógica, significa reconocer que todo acto, incluido el acto de habla, tiene consecuencias; libertad, por tanto, no es imponer a los otros mi interpretación sobre el yo y sobre el mundo. Reitero, con esta apreciación no defiendo la censura, sino que cuestiono las funciones, excesivas, omnipotentes, que hoy se le atribuyen a "esa libertad de expresión". Porque la subjetividad va mucho más allá de lo que yo siento, porque la subjetividad es más que narcisismo. Todo relato individual tiene implícito un relato social y familiar, y eso es lo que quiero enfatizar, porque percibo en esta tergiversación la pérdida de ese matiz. Me importa recordar que la subjetividad es dialéctica, es relativa a otros, aunque claramente no limitada a, ni reducida por esos otros. Saberse individuos sociales es clave para lograr un sano equilibrio en la acción, para recuperar la expresión como una parte y no como un sustituto de la comunicación. Nuestra potencia como especie y como individuos es ser diferentes. La expresión que busca reacciones neutras es, en el fondo, la muerte del individuo y de la creatividad. Apostemos a expresar esa diferencia, no porque somos cobardes e inseguros y buscamos validación ajena, sino porque es la materia que tenemos para hacer, deshacer y rehacer nuestros destinos siendo cada uno tan singular y común como los demás. 

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Twitter me ha permitido tomar el pulso de cierta porción de realidad, por supuesto, la que me resulta más inmediata por mis patrones de consumo y pensamiento. Esta semana me cruce con dos estados que llamaron mi atención. Uno que machaca sobre un tema cliché en el área de las humanidades: el trabajo con la memoria, cuya característica principal ha sido atribuirle a disciplinas o actividades académicas una función reivindicativa enfocada en el sentir de las víctimas. El otro texto fue escrito por una persona afro quien recordaba algunas ideas de la escritora estadounidense, también afro, Toni Morrison para quien "la función del racismo es la distracción, te impide hacer tu trabajo, te mantiene explicando, una y otra vez, tu razón de ser. Alguien dice que no tienes idioma y te la pasas veinte años demostrando que lo tienes [...] Siempre habrá una cosa más. No te distraigas". 

El primer texto me lleva a revelar una postura polémica, mientras que el segundo me ayuda a explicar de la manera más lógica posible por qué la defiendo. Ambos, eso sí, me remiten a la enseñanza que más recuerdo de Nietzsche y es cuando dice  "Que la vida tiene necesidad del servicio de la historia [en esta cita más bien remplazaría memoria por historia] ha de ser comprendido tan claramente como la tesis según la cual un exceso de historia daña lo viviente. [...] Así pues, es posible vivir, e incluso vivir feliz, casi sin ninguna memoria como lo demuestra el animal, pero es absolutamente imposible vivir sin olvido".  

Me parece que esta obsesión sentimental con la memoria por muy justificada que esté, también puede verse desde otro ángulo como la sublimación del rencor y del anhelo de venganza. La venganza es un sentimiento que induce al estancamiento. Por eso veo este tipo de memoria como la persistencia de una victimización (adjetivo que puedes elegir o no), que no tiene mucho que ver con el hecho de que hayas sido víctima (verbo que no elegiste). Por otro lado, este tipo de memoria resultará insuficiente: y eso es porque nos encontramos de nuevo en el terreno de priorizar la expresión, por encima de la comunicación. Si esperamos que todos se expresen según lo que sienten, será como aquella persona complaciente que busca tener contentos a todos, pero luego se frustra al darse cuenta de la física imposibilidad de su tarea. 

La vida humana es limitada, las emociones son importantes, pero primero es importante  comprender racionalmente esas emociones, es decir, desde el principio de realidad y no desde el principio de placer. Pensar las emociones, no quiere decir que se sientan menos, sino que se sienten con mayor claridad y beneficio. Estoy convencida de que ese es el camino para ser más sensibles y menos susceptibles. Y es un camino donde el pensamiento que ayuda a esa transición solo puede organizarse a través de parámetros, de indicativos que se acuerdan colectivamente. La voracidad vindicativa resultará insostenible, en el mejor de los casos, y peligrosa en el peor de ellos, tanto para las personas como para las instituciones. Ahora bien, este no es un llamado a la invalidación de los sentimientos, de los duelos personales. Es más una invitación a validarlos individualmente y a apostarle en ese proceso por un representatividad objetiva y estructurada, cuyos criterios se dialogan. Hay que olvidar la victimización, para atender a la vida que sigue luego de haber sido víctima, para crear una nueva vida. 

En ese mismo sentido, la cita sobre el racismo como una trampa a la autodeterminación es esclarecedora. Cuántas veces ese llamado a la expresión, y que mencionaba al inicio de este ensayo, no es más que la reacción a una provocación: como aún eres inseguro (por negro, blanco, verde, rico, pobre, alto, bajo, mujer, niño, banquero, cajero, estudiante, trabajador etc.), sientes que todo el tiempo tienes que demostrar quién eres. Entonces aparece un enorme espejismo porque cuando ejerces el poder de mostrarte con bombos y platillos parece que te estuvieras afirmando, pero en realidad te estás olvidando. Te olvidas porque no has revisado si ese ser que defiendes lo deseaste tú. En cambio, cuando te aceptas, cuando tú mismo validas tu potencial, puedes olvidarte sin remordimiento de esa supuesta identidad, porque esa identidad te fue atribuida desde afuera. Puedes desechar la validación externa. Cuando asistes al nacimiento de tu propio deseo, te alivias, ya no tienes que demostrar nada a nadie. Cuando olvidas esa subjetividad impostada y exhibicionista es cuando en realidad más te estás afirmando: la distracción terminó y puedes verte desnudo de frente, reconociéndote como tu creación. Así ya nadie tendrá el poder de provocarte, de hacerte dudar sobre lo que eres. Olvidaste la identidad, para poder atender a tus acciones en el presente, en gerundio. La identidad (mismidad, reactividad) dio lugar a la subjetividad, ese estar aquí que expresa sus diferencias, que olvida el rencor y la herencia y que, por esa misma razón, podrá hablar, escuchar, construir y revisar con otras subjetividades en ese malentendido fértil que es el lenguaje puesto en movimiento, en comunicación.