sábado, 11 de octubre de 2025

Biblioteca

These days, I'd much rather be on my own / No more walking those streets, that I once called my home / Because down every lane, there are faces and names / That have memories attached, that I'd sooner let go / Sooner than I'd go home again

Aunque llevo catorce años aprendiendo a hacer de historiadora, nunca tuve biblioteca. Bueno, sí, pero no. Esto depende de qué parte del árbol esté hablando. Si me refiero a la madera, no. Si me refiero al papel es un sí a regañadientes. Una biblioteca es a la vez un objeto tangible y una idea intangible. Tal polisemia representa en mi pensamiento una tensión constitutiva de mi relacionamiento consciente con el mundo real: la contraposición entre el trabajo intelectual y el trabajo artesano.

Mi familia es de origen obrero: sus integrantes carecen de formación profesional y de capital cultural significativo. Por tal razón, no me fue heredada ninguna biblioteca y los libros no fueron el paisaje más habitual de mi infancia. Sin embargo, el amor de mamá expresado cotidianamente en palabras, rápidamente despertó mi amor por el lenguaje. De ahí que desde los cuatro años me dedicara deliberadamente a estudiar como resultado de mi pasión por la lectura. 

Quizá por esta razón me convertí en lectora frecuente de biblioteca pública. Mi primer acercamiento a la literatura se dio en una biblioteca administrada por Comfama. Allí no solo prestaban textos para cumplir con tareas escolares, sino aquellos que me interesaban. Además, como el emplazamiento era una vieja casona con patios repletos de árboles de mango, muchas veces me quedaba leyendo en sus jardines.

La biblioteca era entonces un espacio tangible, casi orgánico-vegetal, mientras que mi casa era refugio de escritura, pero casi nunca depósito de libros. Estas condiciones impidieron que desarrollara un fetichismo por este objeto, al cual asumí más como un material nómada y flotante que como una posesión: el libro era más un huésped que un habitante.  

Cuando inicié la carrera esta situación cambió parcialmente. Mi volumen de lectura aumentó, pero esto no implicó comprar libros, sino reproducirlos apelando a un método tosco, pero barato: la fotocopia. El almacenamiento de estas hojas sueltas era fácil: todas terminaron en el fondo del closet. Lo que me interesaba del libro era sustraer la sustancia, no presumir sus materiales o aumentar su exposición en la vitrina-biblioteca. 

Luego llegó el trabajo remunerado, la maestría, las amistades y los romances de adultez. Algunas de sus huellas tomaron forma de libros-regalo, los cuales fui depositando en un viejo mueble cuya función era alojar un computador de escritorio y de una pequeña colección de enciclopedias. Es por esto que la súbita llegada de libros a mi casa saturó el espacio, y coincidió —o más bien metaforizó— mi propia saturación frente al trabajo intelectual. 

Al finalizar mi carrera, entré en contacto con escenarios artísticos que me mostraron "la creatividad" como un concepto esquivo: narrar, dibujar, componer, e interpretar  la música eran actividades que —yo creía— me faltaban. Entonces por ser falta —vacío y error— cifré en ellas mi deseo. Novelistas, músicos, bailarines y pintores me parecían las personas más admirables. Por el contrario, leer me resultaba insuficiente y esa desnudez de sentido se convirtió en resistencia a ejercerlo: primero, dejé de escribir la tesis. Segundo, me negué a comprar libros, justificándome en la practicidad de leer digitalmente y reivindicando el préstamo. Por esta razón, también buscaba excusas para no construir una biblioteca, pese a que el mueble que la sustituía ya estaba dañado. Creía que si no tenía el espacio suficiente, sería más fácil cumplir mi promesa de no comprar o recibir más libros. 

Lectura, libro e idealismo se transformaron en términos equivalentes, o sea, en objetos a rechazar. Aunque el universo de la lógica conceptual e ideal tiene coherencia absoluta y proporciona una verdad sólida, el hecho de que su naturaleza sea dominantemente abstracta le impide encarnar una realidad, esto es, convertirse en una sensibilidad in-corporada que se ve y hace ver. En otras palabras, el ideal carecía de cuerpo y, por extensión, una mera lectora como yo tampoco lo tenía. Por eso, estuve buscándolo desesperadamente. Creía que el arte me daría uno.  

No obstante, estas divagaciones adolescentes tenían fecha de caducidad: entregar la tesis a inicios de 2024. Con ese compromiso a cuestas, me obligué a retomar el texto e inesperadamente redescubrí en ese camino una fascinación que rompió el goce del ideal artístico: resolver problemas. Y no fue porque me interesaran las soluciones, si no porque me percaté de mi capacidad para responder a los problemas que a su vez cada solución supone. 

Esa fue la manera en que abordé la escritura: no como un rodeo mental, si no como un ejercicio práctico. Finalmente viví en cuerpo propio que se piensa escribiendo y que se escribe escribiendo. Fue un viraje sutil, pero significativo este de no conjugar la actividad intelectual en futuro o en pasado —cuya principal consecuencia es la hoja en blanco—, sino de conjugarla en gerundio. Así el lenguaje funcionó para mí como una tecnología y en esa mediación mi cuerpo se hizo visible. 

Tal vez por ese cambio de perspectiva, esta tesis que antes simbolizaba el idealismo abstracto ha sido más que un embeleco intelectual. Aún hoy es una huella con impacto concreto: recordarme el "aceptar la realidad en los términos de la realidad" y multiplicar mi capacidad de trabajo. Porque trabajar no es otra cosa que desplazar el yo, situándolo en una red de intereses colectivos —por tanto contradictorios— y no en el centro de un universo imaginario fantaseado por uno mismo. Trabajar es por tanto otro sinónimo del servicio, de disponer el talento propio en función de las necesidades de otros, incluso, aunque desconozcamos sus rostros o su gratitud. 

Esta nueva actitud me permitió transitar del fuero interior a un afuera exterior para situarme como mi propia observadora y así recalibrar mis caprichos reconociendo que muchas veces "me ahogaba en un vaso de agua". Agua de un mar inventado para negar que estoy sobre un altiplano frondoso y fértil que solo espera de mi acción para dar sus frutos. Renunciar a este ensimismamiento mental me brindó más humildad y, por tanto, mayor potencia al liberarme del peso de ataduras imaginarias. Fue así como desapareció mi resistencia infantil a tener una biblioteca. Quizá porque ahora la veía de una nueva manera: como resultado del trabajo artesano con la madera, la matemática y las manos. 

A inicios de 2025 llamé a Julio, el esposo de mi tía, electricista, carpintero y reparador empírico (aficionado). Le propusimos un diseño discreto para un presupuesto pequeño, sin embargo, él nos lanzó una contrapropuesta asegurando que conseguiría precios preferenciales con su proveedor. La hoja con el dibujo y los cálculos terminó convertida en un mueble del ancho y el alto de toda una habitación. 

Ya no me asustaban las dimensiones del objeto que otrora me resistía a construir. Al contrario, lo que más me gustó de este proceso fue constatar que una biblioteca es algo más que un conjunto de libros. Esta recuperó en casa el sentido de refugio orgánico-vegetal que tuvo como edificio frecuentado en mi infancia. Es verdad que la biblioteca no es solo una idea, no está definida por una verdad fundamental —última— de su identidad. La biblioteca como objeto desprovisto de atributos abstractos será la respuesta a una verdad práctica, es decir, a una verdad que surge del mundo real caracterizado por la escasez y la contradicción y que, por es razón, requiere soluciones de negociadas: en otras palabras, de interpretaciones adaptativas y no de tiranías ideologizadas. 

Mi biblioteca es, por tanto, la interpretación que de ella haga con las manos, incluso aunque no sean las mías. Por eso la que construimos este año cuenta con compartimientos para guardar objetos misceláneos que hablan de una vida menos metafísica: plancha, aspiradora, fotografías, bolsos, sombrillas, cables, zapatos, pintura, decoración y luces navideñas, y la figura de la Virgen del Carmen que está aquí desde 1992. Por supuesto, están los libros visibles y un espacio más para los que llegarán. Mi ansiedad con forma de rebeldía adolescente fue neutralizada. De ahí que tener una biblioteca espaciosa no significa que ahora sea una compradora descontrolada de textos. 

En lo que va de este año solo he comprado uno y me han regalado tres. Creo que para eso dejé espacios —lugares en falta—, esto es, para simbolizar las nuevas relaciones o interacciones que están por-venir. Este cambio también se refleja en un renovado sistema de valores cuyo principal signo son las personas que admiro. Hoy no son tanto los artistas como los artesanos. A estos los diferencio de los primeros porque son personas que canalizan la constitutiva compulsión humana —el afán de ocupar las manos— a objetos que resuelven eficazmente problemas cotidianos. Es decir, son quienes asumen e incorporan la definición del poder —y más aún e la potencia— como la capacidad de servir a los demás.

Ya no veo la creatividad como un concepto trascendental asociado a la fantasía de una coherencia identitaria individual, si no como un trabajo diario para movilizar la vida —o sea el caos— dándole un sentido colectivo a las intenciones individuales. 

La creatividad artesanal es una práctica colectiva que teje solidaridades. Sin embargo, solidaridad no implica una armonía preexistente, sino una armonía que es creada al darnos la oportunidad de negociar entre más de uno, la mejor solución posible a cada situación específica. Esta especificidad quiere decir que la realidad en su complejidad comporta limitaciones y dilemas y que, por tanto, vivir, actuar, organizar una vida común significa elegir, esto es, renunciar a parte de lo que deseamos para que lo deseado sea haga realidad. La paz —con uno y los demás— exige renunciar a la plenitud y a la coherencia de los imperativos categóricos. Así se ven la biblioteca-objeto y los artesanos que la hacen. 

Por eso atrajo mi atención una entrevista reciente del músico Mac De Marco en la que expone su salida parcial de los grandes escenarios para retornar al campo de su país natal. De Marco enfatiza que se alejó del alcohol, las payolas, y la hiperconectividad digital para desempeñarse como fontanero: 

"En los últimos meses, me obsesioné con los pozos [...] Así que ahora me convertí en fontanero. Tengo un sistema de filtrado de cuatro etapas. No es bueno que haya manganeso en el agua porque, si supera una determinada cantidad, puede provocar una enfermedad cerebral [...]. Por eso hay que filtrarlo. Se ablanda el agua con sal en una máquina grande. A continuación, se pasa por una luz ultravioleta que mata todas las bacterias. Después de eso, puedes beber agua cristalina, hermosa y gratuita".

Esto va en línea con su álbum lanzado el 22 de agosto de 2025, titulado Guitar:

"Durante mucho tiempo, era: 'Oh, sintetizador'. Ahora, no me importa. Solo quiero una guitarra. Ni siquiera quiero efectos en la guitarra. Solo la quiero limpia, sin florituras".

Creatividad es aplicar todas las tecnologías del lenguaje, de la madera, del pan, del agua para resolver el afán de cada día, para tejer sentidos cotidianamente útiles con la madeja enmarañada que es la vida. 

Una biblioteca práctica liberó a la biblioteca ideal. Del mismo modo, Mac De Marco —el fontanero músico—, William —el panadero—, o Julio —el carpintero— representan el modelo más significativo para mi presente de la relación entre saber y hacer, ya que resuelven en su saber-hacer, en el movimiento que transforma los materiales, la tensión entre intelecto y artesanía. 

Ver a Julio armar este mueble mientras yo estaba frente a un computador revela lo que me parece un vocación: la aspiración creciente de cruzar hacia el camino noble, humilde y potente —pragmático— de los oficios. Porque el oficio es el trabajo de las manos que crean una vida mejor, adaptándose, moldeando la arcilla turbia de los días —la incoherencia de toda relación social— y no ansiando una vida con precisión normativa de ideales morales o estéticos que solo existen en los libros. 

sábado, 8 de febrero de 2025

Despertador


My daddy always said / Nothing worth doing comes easy / Time is not your friend / Time is not your remedy / No amount of waiting will make you / Make you brave / No amount of fear will keep you / No amount of fear will keep you safe - The Crane Wives - "Keep You Safe"

And these steps I take wont go to waste/ If i'm moving towards something / I want to believe  / There's something left for me / A new discovery waiting for me - The Crane Wives - "New Discovery"

Hace mucho tiempo no escribía aquí. Podría justificarme ante mis imaginarios lectores diciendo que precisamente ese “mucho” se debe a que me “faltó” tiempo. Pero rápidamente me prevengo de esa trampa, porque recuerdo la frase que me dijo Pablo hace ya 17 años: “El tiempo no sobra ni falta, tú te lo das y te lo quitas”. Yo tomé la decisión de usar este tiempo de otra manera porque estaba convencida de que los resultados de esa decisión me llevarían a construir una vida más alegre y digna. Hoy confirmo que el esfuerzo fue fructífero porque escribí una tesis de maestría que me angustió por 8 años mientras la rumié en el cabeza, pero que me reconcilió con mi aptitud generativa cuando la convertí en acción alineada con la realidad. Soy consciente de que el tiempo no me faltó, sino que lo destiné a convertir en verbo la idea estancada: escribiendo fuera de este blog concluí deudas financieras y burocráticas, pero sobre todo saldé la deuda con mi creatividad y con la seguridad de lo que puede mi cuerpo, especialmente, la capacidad de crear conexiones significativas que abren nuevos caminos para imaginar, es decir, para desear. 

Sin embargo, es paradójico que luego de esta experiencia aún sigo luchando con cierta idea del tiempo, especialmente, cuando pienso en rutinas personales sintomáticas, en el horario laboral o en los cronogramas. Luego de dedicarme a escribir y exponer una tesis durante la mayor parte de 2024, hoy me siento abrumada por el anhelo de “reponer” en el trabajo y en mi intimidad el tiempo que entonces me tomé. A menudo me siento en una carrera que estoy “perdiendo”, como si contrajera una “deuda” con el tiempo que se manifiesta en la aspiración vital de contar, indeclinablemente, con suficiente flexibilidad horaria y “más” tiempo “libre”. ¿Libre? ¿De qué? ¿De quién? 

Sí, sé que soy yo quien jerarquiza el uso del tiempo, pero también me percato de que necesito incorporar esa comprensión de una forma más sistemática y menos automática, como quizá lo hice en 2024 a la manera de una táctica de supervivencia. Esto lo digo porque hace un mes Mauricio afirmó que mí me gustan los horarios, la organización, pero no responder a la corporación o, en otras palabras, a un amo. O sea soy radicalmente mujer en sentido lacaniano. Entiendo así que mi disonancia se debe a que asimilé estos principios para un tiempo psicológico (individual), pero aún no para el tiempo social. ¿Acaso el tiempo, así entendido, es EL amo? Tal parece que es mi percepción inconsciente porque cuando me preguntaron por el origen del reloj y por qué creía que se había inventado, inmediatamente respondí que para medir la productividad del obrero de fábrica, pero, sobre todo como una estrategia para hacerla más eficiente, es decir, para que el patrón obtenga mayor rendimiento en menor tiempo. 

Por esta razón, me interesa preguntarme con más detenimiento por el reloj, por las condiciones de su surgimiento, y sobre todo por lo que ganamos y perdimos (como individuos y como sociedad) con ese artilugio. Algunos libros dicen que el objeto de los historiadores es estudiar la humanidad en el tiempo y, sin embargo, parece que yo misma tuviera una relación hostil, con él, atribuyéndole una tiranía casi metafísica. De ahí que estuviera predispuesta a desconocer la existencia del reloj en épocas antiguas. La historia se trata de describir los matices humanos. Por el contrario, mi respuesta inicial desestimó esa diversidad constitutiva. Y es que incluso hoy existen varios tipos de reloj: los despertadores, cronógrafos, cronómetros, metrónomos y taxímetros. Esto me lleva a reconocer que el reloj —como el lenguaje— es una tecnología, es decir, una herramienta que tiene función, pero no valor moral intrínseco. Leyendo más detenidamente sobre su historia, observo que este surgió desde la Antigüedad (mesopotámica, egipcia y grecorromana) para satisfacer la demanda social de fraccionar el día cada vez con mayor exactitud. En otras palabras, el reloj es un instrumento para medir el tiempo. 

Pero, ¿qué es el tiempo? Una bella definición de la Real Academia Española lo califica como la “Duración de las cosas sujetas a mudanza” y luego como edad, estación, oportunidad, clima, época en la que vive alguien o sucede algo o “cada uno de los actos sucesivos en que se divide la ejecución de algo”, por ejemplo, el ejercicio o la música. Por otro lado, para la física es una magnitud que, aunada a velocidad y gravedad, mide la duración de los acontecimientos y cambios; para la filosofía es una forma de la experiencia sensible; y para la gramática una categoría que localiza la acción del sujeto a partir de un momento dado. Desde esta descripciones puedo definir al tiempo como sinónimo de cambio, por tanto, de acción, por tanto, de realidad. Entonces lo que se busca con el reloj es ordenar dicha realidad. Pero el reloj es más específico porque, aunque existen otros instrumentos como el calendario, su particularidad radica en que se ocupa de la unidad temporal más pequeña, es decir, más concreta, que es el día, jornal o jornada. Ese es el momento más inmediato, cotidiano y disponible para que las personas ejecutemos y trabajemos, o sea, llevemos a cabo actos, acciones, verbos: la vida. 

Aquí es donde el cruce con la historia abre una oportunidad para resignificar mi prevención actual hacia el tiempo, al conocer que los antiguos egipcios introdujeron la gnomónica como ciencia para el diseño y construcción de relojes solares. De esa ciencia antigua rescato dos elementos clave: primero, que gnomon significa guía o maestro; y segundo, que los relojes iniciaron midiendo nuestra posición en la Tierra con relación al sol. Es decir, el reloj surgió menos  como un tirano y más como un mentor que guía nuestro posicionamiento en el mundo; posición que precede la toma de decisiones por la cuales terminamos habitando ese mundo. Por lo tanto, en esta mezcla entre tecnología, astronomía y matemáticas surgió la oportunidad de organizar la vida humana (e incluso divina si pensamos en el Génesis) en su unidad mínima: el día a día. 

En este contexto me parece importante presentar un breve recorrido histórico de las transformaciones tecnológicas del reloj. Además de los relojes de sol, la Antigüedad también tuvo relojes de agua que sirvieron en Grecia para medir los turnos de los oradores y en Roma para definir los turnos de guardias nocturnas. Entre el siglo VI y el siglo XVII se crearon los relojes de misa (un reloj de sol situado en las fachadas de los monasterios), los relojes de arena y el primer cronómetro náutico estable. De esta manera, la importancia dada a los ritos religiosos cristianos y a la navegación marítima —origen de la primera globalización— fueron los principales causantes de estos ajustes. En tierra, las torres del reloj y los campanarios inspirados en estas tecnologías empezaron a informar las horas del día en cada ciudad. Pero fue la practicidad y discreción de los relojes de arena lo que hizo que esta demanda social por medir el tiempo creciera progresivamente. Ese fenómeno hizo que mientras en tiempos remotos el reloj fuera un objeto externo que hacía parte del paisaje o de la arquitectura, en esta nueva fase pasara a integrar el interior de los edificios y de las casas, convirtiéndose en parte de la cotidianidad ya no solo comunitaria, sino familiar. Fue así como el reloj de arena ingresó en iglesias, hogares y lugares de trabajo para medir sermones, tiempos de cocción y descansos del trabajo. 

Mientras tanto, hacia el siglo XVI aparecieron el péndulo y el reloj mecánico, siendo esta su versión más precisa, pequeña y barata, lo que permitió crear los primeros relojes de bolsillo transformados en objetos de lujo para las clases altas. En la Revolución industrial —ocurrida entre los siglos XVIII y XIX— apareció el reloj de fábrica para coordinar los movimientos de los trabajadores y las máquinas, a la par que fungía como símbolo del progreso industrial. No obstante, al inicio del trabajo fabril aún no se había democratizado una herramienta fundamental para los nuevos obreros fabriles y los estudiantes. Me refiero al despertador, por eso era necesario el oficio de knocker-up, personas dedicadas a golpear puertas y ventanas de sus clientes hasta garantizar que este se despertara. Esto significa que el reloj de la Revolución industrial sí supuso un disciplinamiento inédito para la jornada de los nuevos trabajadores. Pero también queda claro que el reloj no empezó, ni terminó allí, pues, por ejemplo, el invento del telégrafo a mediados del siglo XIX permitió crear los husos horarios y estandarizar el tiempo a nivel mundial, eliminando así la existencia de horas locales en cada ciudad y con ello la dificultad para viajar y comunicaciones internacionalmente. 

Por último, me sorprendió conocer que el paso del reloj al cuerpo, es decir, su conversión en objeto portátil, inició con las mujeres. Efectivamente, en el siglo XIX una hermana de Napoleón encargó a un relojero suizo el primer reloj de pulsera. Como este se sujetaba con cintas y cadenas, desde entonces se convirtió en un popular adorno del vestuario femenino de élite, al asemejar una joya. Que los hombres acogieran un objeto femenino, se debió a la Primera Guerra Mundial, ya que pilotos y militares necesitaban mirar la hora sin necesidad de soltar los controles de avión o las armas. Por esa coyuntura los relojes de pulso se hicieron parte de la vida social de ambos géneros, popularizándose hasta el punto de que muchos relojes mecánicos de pulso siguen considerándose hoy como exclusivas obras de arte y, en esa medida, funcionan como signos de distinción social. Finalmente, los relojes “inteligentes” de la actualidad se comportan como mini computadoras casi insertas en el cuerpo del portador, ya que miden pulsaciones, pasos, presión u otros signos vitales. 

Al observar históricamente sus tipologías concluyo que el reloj es el artificio social por excelencia. ¿Esto es algo negativo? En principio no, porque de hecho la principal ganancia de este invento es que evidenció de forma concreta y no metafísica que la interacción humana precisa de consensos para que esos intercambios puedan funcionar: en esta historia el reloj es el correlato de ritos, servicios, comercios, navegación, combates y oficios en los que intervenían al menos dos partes, incluso toda una ciudad, dos continentes o todo el planeta. De esta manera, el reloj ha contribuido a crear un sentido de comunidad y a establecer acuerdos sociales que han facilitado la convivencia (turnos o citas acordados, definición de ritos compartidos), la justicia (el taxímetro permite establecer cobros no arbitrarios), la seguridad (en la navegación y aviación permite a los tripulantes prepararse mejor considerando la duración del viaje), la comunicación (los usos horarios) y mayor calidad en los oficios que requieren precisión (cocina, música, farmacia, cirugías). Es decir, el reloj proporciona un orden que es técnica y socialmente útil para la ejecución de tareas, al convertirlas en acciones finitas, de plazos estandarizados y objetivos que facilitan su cumplimiento.  

Por otro lado, si evalúo lo que se perdió con el reloj, está, por un lado, que al ser un objeto material tuvo un impacto social disruptivo: convertido progresivamente en adorno del cuerpo este ha funcionado como un marcador de diferenciación social, de separación a través del lujo. Esta ruptura del lazo social también se hizo evidente en su uso dentro de la guerra, incluso a la manera de temporizadores de artefactos explosivos. Sin embargo, lo que estos dos fenómenos demuestran es que si bien el reloj se hizo cada vez más asequible, esto no impidió que funcionara simultáneamente como un objeto para la jerarquización social, o sea, para evidenciar el conflicto de clases. Su masificación no significó que el tiempo funcionara de la misma manera para todas las personas, porque en las interacciones y, sobre todo, en las laborales no siempre hay igualdad de condiciones para negociar, para crear acuerdo. 

Esto significa que el tiempo no es el tirano, pero sí puede serlo el patrón que monopoliza cómo se organizará el jornal de su empleado, o que determina cuáles son los criterios para medir su eficiencia. En otras palabras, sí considero que el reloj con su radical precisión y su omnipresencia corporal llevó a la pérdida o coartación de ciertos niveles de autonomía y de privacidad o intimidad para que el individuo tome decisiones. Por lo tanto, así como el reloj es la oportunidad de acordar límites que permiten a las personas moverse con seguridad, o lo que es lo mismo, poder tolerar una tensión más o menos insoportable que se impone, o sea esperar; en otras ocasiones, ese mismo reloj puede convertirse en una herramienta invasiva que suscita extralimitaciones, la voracidad de un tercero sobre su tiempo o sea el material que tenemos para actuar. Es bajo esa presión que aparecen nociones extrañas como tiempo “libre”, por oposición al tiempo laboral, o “perder” el tiempo por reflejo a esa obsesión colectiva con la productividad que solo mira resultados sin considerar procesos y contextos (¿Acaso perder es siempre una derrota?). 

Es en ese escenario donde la figura del knocker-up me resulta atractiva, porque en una época donde el reloj ya había estandarizado el trabajo, el comercio y los viajes, todavía había alguien que no “dependía” del reloj, pero de cuya puntualidad sí dependían quienes organizaban su rutina de trabajo alrededor del reloj de fábrica. Lo llamativo radica en esta pregunta: ¿quién despierta al despertador? la respuesta es que él o ella misma. Por tal razón, esa figura recupera, para mí, la sentencia inicial de este escrito: “El tiempo no sobra, ni falta, tú te lo das y te lo quitas”. A la par, me recuerda una situación muy personal por la que pretendo "quedarme con el pan y el queso" sin aceptar que se pueden tener ambas cosas, pero no “al mismo tiempo”. Es decir que soy yo quien debo despertarme, decirme no. Para ambas situaciones el knocker-up expresa una verdad que deseo interiorizar más conscientemente: la autonomía, siempre es sinónimo de responsabilidad y la responsabilidad implica aprender a reconocer el momento, el tiempo en el que debemos decirnos, íntima y solitariamente “No”. La acción, el cumplimiento de la jornada solo ocurre aceptando las limitaciones de cada día, es decir, lo que hoy haces con lo que ya tienes, lo que solo tú te das y lo que solo tú te quitas.