lunes, 20 de junio de 2022

Egoísmo



Los días recientes han sido los días del arduo descanso. Suena paradójico unir estas dos palabras en la misma oración, pero esas son las perplejidades de nuestro tiempo, las particularidades de un entorno que impone la productividad como medida de la vida humana, aunque en el fondo no seamos más que pura vida animal con sus antiguos ritmos de marea y sus paciencias ajenas al reloj. Por eso, el tiempo del descanso requiere de un esfuerzo, de aprender a tomarlo como parte necesaria de mi rutina en donde lo único “antinatural” es el rendimiento perpetuo. Por tal razón, ha sido todo un trabajo permitirme el momento del descanso; por eso lo describo como arduo pese a que el sentido común nos indique que es fácil “dejar de hacer”.

De esa manera, descansar ha sido otra forma de apostarle a la depuración, al desprendimiento, a la renuncia que hasta el momento es la lección dominante de este primer semestre de 2022. El descanso me ha llevado a soltar (lo que fue) y a soltarme (en lo que es), es decir, a ser sin el deber, sin el ideal, en pleno realismo. Así se explica el título de esta entrada: el descanso se convirtió en la forma más inmediata de reivindicar mi egoísmo como base terapéutica para reconstruirme después del cataclismo. Haberme comportado como una persona complaciente me llevó a una creencia espuria por la cual, sin ninguna revisión crítica, situaba la empatía como un valor superior y antagónico al egoísmo. Sin embargo, me di cuenta que desconocer y temerle a mi poder es la primera forma de corrupción y debilidad espiritual.

Gracias a mis conversaciones con Mauricio, pero también al Nietzsche del Ecce Homo —“Es necesario apoyarse valerosamente sobre las propias piernas, pues de otro modo no es posible amar”—, al Bertrand Russell de La conquista de la felicidad y a Mina Irfan he ido asimilando sin radicalismo que la empatía realista, el amor al prójimo, son complementarias y, de hecho, solo son posibles si existe un sano cultivo del egoísmo: si no hay una vigorosa motivación personal, una raíz que surja del entusiasmo propio e íntimo toda filantropía es solo un solapado soborno.

Por el contrario, la aceptación reflexiva del egoísmo prepara el camino para la alegría genuina derivada de que el otro reciba y no de que me dé un consuelo moral porque di. Antes temí asumir mi poder porque lo confundía automáticamente con la tiranía, pero hoy me di cuenta que esa identificación fue el resultado de una fantasía infantil. Ser egoísta es, de hecho, el antídoto contra la manipulación: una vez que se adquiere la seguridad suficiente en sí es más difícil ser manipulados por otro. Así que los beneficios de este egoísmo se incrementan a medida que la examino sin prejuicio y con miras amplias. Decidí dar el paso, me apropié de mi egoísmo: me desprendí de los pesados disfraces del idealismo para asumir mi desnudez salvaje, salvaje y racional porque esa singular animalidad es la que permite moverme libre, ligera, liviana y lúdica.

El egoísmo es, por tanto, otro sinónimo de la subjetividad. Y para que esta se desarrolle también me di cuenta de algo fundamental: que es necesario asumir la vida como un juego y que el placer es el nombre de ese juego. Acá debo ser precavida para no ser malinterpretada: no estoy a favor de que se tome el juego en el sentido de manipulación, ni de negación de la realidad. Hablo de algo más sencillo: de recuperar la actitud juguetona, curiosa, imaginativa, soñadora y alegre de la vida que es cosecha de la infancia. Aquí también resueno con Cristina Lago cuando hace poco nos invitaba a “jugar como un niño y a pelear como un adulto”, o a Nietzsche, quien no conoce “ningún otro modo de tratar con las grandes tareas que el juego”. Que la vida sea un juego significa que puede ser vista como una danza donde la energía se reencauza dinámicamente. Jugar es la respuesta en movimiento de dos o más energías y la característica de esos movimientos es que están motivados por la espontaneidad, por la curiosidad y la voluntad de diversión.

La seducción, el sexo, la amistad, la alimentación tienen mucho que ver con esa sencilla, pero vital y poderosa experiencia animal: socializar a través del juego, de esos contactos a veces corporalmente visibles, a veces entregados sutilmente en miradas o gestos. Estos son fenómenos que vivimos con naturalidad, por ejemplo, al interactuar con nuestras mascotas, por lo que conviene recordar que somos tan mamíferos como ellos y que expandir ese goce a la vida urbana es apenas el presupuesto para una existencia humana moderna realmente sostenible.

La vida se desenvuelve en esta picardía del ser. Esta interpretación lúdica de la vida me llevó a otro aprendizaje y es que en las relaciones sociales es necesaria una tensión, cierta hostilidad, “poner las cosas difíciles”. Es un error lógico y un atentado contra la creatividad convertirse en facilitadores compulsivos. El éxito de un cuento, de una novela, de un beso, de una relación comercial, de una relación amorosa es no dejarle al otro las cosas tan fáciles. Dejar de brindarle información. Se trata más bien de antojar, provocar, en suma, de jugar.

Comer y hacer el amor son, por principio, actos simultáneamente receptivos y hostiles: se desea y se lucha por igual con el elemento provocador y es allí cuando inicia el juego: uno empieza a provocar también y es en ese lugar del mutuo acertijo donde surge el sabor, el gusto, el placer porque precisamente nos alcanzamos a ratos sin descifrarnos nunca totalmente; nos acercamos sin tocarnos del todo, así como cuando de niños jugábamos “chucha cogida” o “lleva”. Para relacionarse dinámicamente es necesario un contrapeso, hacerse un poco “pesado” hacia el otro. ¿Cómo? entregándose a la acción del egoísmo: no me anulo para evitarle dudas al otro, sino que más bien me reafirmo para frustrarle en justa proporción; total el otro hace lo mismo desde su lado. Solo de esta manera —tensión de ocultarse y aparecer a la vez— puede surgir el equilibrio, la armonía.

Soy consciente de que hay una delgada línea entre ser juguetón, entre aprender a vivir y ser inmaduro. El segundo caso ocurrirá para quien se haya estancado en una posición primitiva frente al juego. Por eso es tan importante modular esa energía y simbolizar la actitud lúdica a partir de las herramientas racionales propias de nuestra especie: la razón no es enemiga de las emociones sino su potenciadora y, probablemente, su principal armonizadora. Todo esto lo digo porque caracteriza mis experiencias recientes, las cuales han consolidado mi sentido de responsabilidad, mi ética: responsabilizarme es reconocer mi poder, mi egoísmo y comprender cómo ello me ha hecho llegar a donde estoy y a relacionarme de la forma en que lo he hecho. Aquí recurro nuevamente al adjetivo arduo para calificarla, porque no ha sido una experiencia sencilla.

He renunciado a personas, situaciones y actividades que me brindaban evasión más no el goce real del juego, es decir, excitación en lugar de placer y eso ha supuesto momentos de rigurosa soledad. Pero, pese a las vacilaciones, pienso que es el tipo de resistencia y de dolor elegido que se siente cuando se levantan pesas. Es la metáfora más justa: romper fibras para fortalecerse. Ese arduo esfuerzo ha sido el trabajo de permitirme descansar. En estos días he descansado del voyerismo emocional, de someterme a la adicción del caos; a cambio he leído a la entrañable Fannie Flagg y al sensato Bertrand Russell, he vuelto a ver comedias —maravillosa Seinfeld—, a tomar siestas. Renuncié a dar un regalo a alguien que fue importante en el pasado. Este acto había sido un ritual significativo de mi calendario y renunciar conscientemente a él simboliza y refuerza la transición elegida hacia mi salud.

En la construcción de ese nuevo estado, el cuerpo —base del egoísmo— ha sido fundamental: le permito relajarse en el sueño y le tocó tensionarse con la enfermedad —el virus de la década—, pero en ese juego de opuestos encontré la armonía llamada descanso; descanso de meses previos cargados de intenso desgaste físico y emocional. Este fue el momento en que también retorné a cierta forma del tacto y con ello al efecto analgésico del roce. Mi diosa Venus me visitó y aunque con algo de temor confié en lo que voy siendo y me entregué a su designio. Esta oportunidad supuso otro tipo de consideraciones en las que ese egoísmo triunfó para conjurar la falsa moral y para reconciliarme con el placer.

Llegó nuevamente a mi boca el sabor del deseo, que luego bajó y presionó mi garganta cortando delicadamente la respiración. Al tiempo, las manos en el pecho recogían los latidos de un animal feral y hermoso que yo creía perdido en el desierto. Abrevé del manantial y comprobé que podía saborearlo sin ahogarme. Mis labios sobre el río fueron un encuentro con la frescura de la vida. Reaccionar de boca a boca después del naufragio.

Y ahora he llegado a la cordillera: no más arena, ni más sed. Hay un bosque y agua dulce para construir mi hogar. Ser egoísta es elegir el descanso, es volver a la montaña; ese viaje ha tenido hoy para mí la forma del sueño, de la enfermedad, de la renuncia a la nostalgia, de la risa y del beso. Hay espesura de manigua, pero también oxígeno de páramo. Ahora confío más en mis piernas, en mi egoísmo y en la capacidad creativa y solidaria que solo su fortaleza puede concebir y multiplicar.

lunes, 30 de mayo de 2022

Compromiso

 

Ahí, en esa podredumbre, está la fuerza de la flor / ahí donde la vida duele, curan los ojos del amor / ahí cambias la suerte por el impulso de crear / ahí reconocernos es suficiente, es empezar a cambiar

Gracias a D.V.B.

El propósito no es resistirme a las caídas. No me niego, no me reprimo. Dejaré que la carne se rompa; que las fibras se multipliquen. 

Aceptar esta experiencia es diferente a encariñarme (darle vueltas, apegarme, renegar) con la piedra del tropiezo, con la arena que me recibe o con la herida que se abre. Se trata de responder sin reaccionar, porque uno se cae, pero del suelo no pasa; entonces dale mai, párate y seguí, porque el camino es culebrero (ancho y ajeno; aventurero y misterioso). Sacudite y vamos por el paisaje nuevo de la próxima caída y también del próximo descanso, de la próxima pausa.

La confianza es un trabajo: uno aprende a confiar si se respeta la palabra. Por eso es tan importante cumplirse, en primer lugar, las promesas hechas a uno mismo. ¿Cómo no vas a aceptar traiciones de otros, si incumples lo que te prometes a ti? El compromiso no es una actitud hacia afuera, ni mucho menos la extinción de la libertad. El compromiso es otra forma de la introspección, es quizá la única posibilidad de una libertad real, es decir, sin ansiedad, de una libertad que no encarta sino que genera seguridad (no certeza). 

Todo compromiso —con otra persona o con una actividad— es siempre y por principio compromiso con uno mismo.

sábado, 21 de mayo de 2022

Monstruo


A summer storm graces all of me / Highway warm sing silent poetry / I could bring you the light / And take you home into the night / You make me real / Strong as I feel / You make me real 

 

Hace unos días hablaba del origen y de las consecuencias del cataclismo, como una manera personal de nombrar un inminente final emocional. Ahora y luego de conversaciones y de experiencias recientes esa reflexión se traslada de manera correlativa al concepto de irrupción. Esta palabra también me remite a la ocurrencia inevitable de un fenómeno, a su carácter súbito, contundente e incluso transgresor. Pero a diferencia del cataclismo lo irruptivo estaría relacionado con un comienzo, especialmente, si este es inesperado, si no se puede si quiera sospechar. Por eso el cataclismo y la irrupción hacen parte de una dialéctica casi natural: la destrucción que es necesaria para dejar lugar a la creación; el vacío que se requiere para poder llenar. Sin embargo, mentiría si digo que esto es reductible a una aséptica conceptualización mental. No. De hecho es una dialéctica que viví a flor de piel y que me sirve para describir la nueva apertura de una vieja herida: el percibir un desajuste entre la polaridad masculino/femenino, entre lógica/emoción en mi personalidad y considerar que el predominio del lado masculino/lógico me incapacita, inhibe, anula la posibilidad de suscitar ternura/cercanía en los hombres (sujeto de mi interés erótico-romántico) y me sitúa un tanto al lado de lo monstruoso —desfigurada, impotente— en los juegos de la seducción. El acartonamiento de las formas, la trascendencia vista en cada suceso, la aplicación indiferenciada —e indiferente— de la lógica a todos los ámbitos de mi vida, el impulso de explicar, de analizar cada suceso, el llevar a Daniela a todos lados, el dejar todas las cartas sobre la mesa sin condiciones, sin prudencia.

 

Todas estas son las acciones que considero sinónimo de una disposición excesivamente masculina y por tanto angustiante porque en verdad quiero sentirme femenina —que es mi sinónimo para la espontaneidad—. Lo que todas ellas tienen en común es el hecho de anteponer el conocimiento al movimiento. Porque, en últimas, en el amor conocer es necesario pero no suficiente. Hace mucho tiempo me atormenta la pregunta por mi carisma y la paradoja de buscar intimidad, pero hallarme intimidante. En medio de este huracán de ideas, de teorías, M. me preguntó, cuando amas ¿quieres que el otro sepa que sabes? ¿O quieres que el otro sepa a qué sabes? En conclusión ¿quiero conocer al otro o quiero moverlo, movilizar sus sentidos? Y empecé a identificar que mi problema es que radicalizo el principio básico de la neurosis: querer saber, obsesionarme con el saber. Mi zona cómoda, que es decir mi mecanismo de defensa, mi forma de ser niña, ha sido conocer, pero hace unos seis años mi cuerpo que quiere crecer, que se acerca al presentimiento de mi adultez, me empuja al sentir. La pregunta del millón es ¿cómo? porque siento la urgencia, pero no tenía las herramientas para digerirla y asumirla. Hoy tengo claridad y con M. voy construyendo ese camino. Lo afirmo: quiero moverme y me doy cuenta que ese deseo implica renunciar al saber. Moverme es no saber, hacer sin saber, actuar en la incertidumbre, porque la vida, precisamente y a diferencia de la teoría, carece de lógica, es el terreno del no-saber.

 

De esta manera llego a mi propia conclusión. Lo femenino no es un concepto universal. Lo que estoy buscando a través de esta llaga abierta es mi propio femenino, mi propio sentido —de sentir— y me doy cuenta que ello radica en desarrollar la capacidad de ser irruptiva. Lo que me separa del otro soy yo. Puntualmente mi apego a una epistemología, en el fondo, el muro del miedo. Y el miedo es la raíz de las teorías: insisto no es el momento de pensar, de darle vueltas a las ideas, sino de ocuparme —aplica a la tesis y a mi cuerpo—. Y la irrupción es otra palabra para la acción. Es el equivalente a la valentía y la seguridad en sí mismo, que no es desconocer la incertidumbre de la vida sino actuar pese a —y por— ella. Temblando, probablemente. Un poco a ciegas, es necesario. Es el salto de fe, ese del que habló el resucitado cuando dijo a Tomás "dichosos aquellos que creen sin ver". O como diría Paul Valéry: "Ver es olvidar el nombre de lo que estás viendo". Ver sin saber. Saber sin ver. Lo he comprendido: la fe no es un llamado a la irracionalidad y a desconocer el valor de la ciencia; es un llamado a la confianza en uno y en el futuro como misterio. Por tanto es una dialéctica del momento, una herramienta contextual: la razón se aplica al mundo, la fe en uno —porque somos, en el fondo, nuestros propios dioses, esa divina fuerza creadora—. Pero para llegar al salto de fe que es semilla de la irrupción es fundamental rescatar y luego cuidar uno mismo su subjetividad.

 

Más arriba relacioné lo monstruoso con lo desfigurado: quiero ser algo, pero soy lo opuesto y, por tanto, me siento sin forma —deformada—. Recientemente me encontré en una vieja libreta con una definición propuesta por un profesor de la universidad. Jorge decía que la palabra monstruo estaba lingüísticamente emparentada con mostrar y, particularmente, con "mostrar lo que es singular, irreductible. Es la individuación absoluta, lo imposible de generalizar y que en ese mostrarse advierte una transgresión". De esta manera, el sentido de la monstruosidad da un giro y empieza a encajar con el de irrupción como acción transgresora, que trastoca, moviliza, inicia. A propósito de esta divagación, incluso viene a mi mente el recuerdo de la película de Disney Monsters, Inc. (2001) en la que precisamente se cuestiona la mirada negativa sobre los monstruos y se propone otra lúdica y amistosa que nos muestra lo monstruoso como la reivindicación de nuestras singularidades, de eso que nos hace únicos. Y esto me lleva también a recordar la frase popular, algo cursi, pero que hoy me resulta verdadera: "Nadie es como tú y ese es tu poder".

 

Las comparaciones son odiosas y recientemente me vi en una situación de ese tipo. Fue doloroso comprobarlo de frente, entonces la primera emoción fue la envidia ¿qué tiene otro que no tenga yo? ¿Cómo logra en un instante lo que no logré en años? Por supuesto es el tipo de ceguera que no tiene que ver con la fe. Eso es ego. Porque no, no hay un rasgo mágico, la única diferencia es que el otro vive su singularidad sin temor y por ello irrumpe. Por fin lo comprendo: no se trata del qué, sino del cómo. Esta persona no espera la respuesta del otro para moverse, solo es y así hace que el otro se mueva, no complica la primera emoción, solamente propone, toma el control de su acción y al tiempo se desprende de la reacción del otro. Así pude finalmente comprender más allá del prejuicio. Es que de eso se trata vivir: cada persona tiene su valor, su sabor, su diferencia. Pero en las manos de uno está el no darle vueltas, no rumiar sobre las dudas, sino convencerse de ese sabor propio, convertirlo en placer y permitirle así que movilice los paladares del mundo.

 

La irrupción es la clave de la ternura, del sentir. Suma sabor, resta teoría, muéstrate monstruosa, muestra tu identidad con valentía. Arriesga y aniquila el fantasma del error. Aquí esa cuenta no cuenta. Permítete sentir sin calcular. No se controla el sentir, pero sí el hacer. Decide, irrumpe, sé —sin saber, con sabor—. Apuesta la vida sin imposturas. No cuentes, corazón, vive el cuento.

sábado, 23 de abril de 2022

Cataclismo


Electrizado le escape / A la sobre carga del ayer / Miles de voltios de atracción / Debo ser un buen conductor / Uh babe, no soportaba la presión / Fundí mis naves justo antes de la explosión

Abril es, para el poeta, el mes adolescente. Esto significa, para mí, que es el tiempo de los verdaderos comienzos, más allá de la arbitrariedad del calendario y de los improbables inicios de enero. La Tierra, a su vez, es cómplice de esa secreta poesía, que es otro nombre para la verdad: en el hemisferio norte, abril es el momento de la primavera, de la única esperanza que no traiciona: la vegetal. Por eso no es fortuito que la Pascua Cristiana se celebre en esta época del año, ya que esta festividad no es más que la sublimación, la inteligente absorción por parte de la Religión de la Historia, de los ritos agrarios paganos que en su mitología circular han celebrado el final del  invierno, es decir, del sacrificio de Dios, de su muerte —de la infertilidad—, para recibir a la primavera, a ese Dios resucitado que es el triunfo de la hierba sobre la nieve. 

La muerte y resurrección de Jesús, su triduo pascual, no es más que la metáfora historizada —radicalmente antropomorfizada— e historizante de la semilla que tiene que ser sepultada bajo la tierra porque solo de esa forma puede romper los límites de la contención terrena para elevarse como tallo o madera y fructificar cerca del cielo. Aunque el resultado de ese proceso es esperanzador porque es el origen de las cosechas que sostienen las formas salvajes y urbanas de vida, también es cierto que hay una fase sacrificial en tránsito, donde no vemos qué pasa porque el suelo oscuro es frontera de incertidumbre y entonces solo la fe puede conjurar los demonios de esa espera. 

Hay un puente entre el cataclismo y la floración. Es allí donde el desastre natural, que primero impacta el paisaje, al tocar la conciencia humana se convierte en angustia. Pienso entonces en las tentaciones de Jesús en el desierto; y, sobre todo, en su noche de los Olivos, esa zona del deseo oculto, del Mesías rebelde que quiere renunciar al "trago amargo", a la responsabilidad excesiva y no pedida de salvar la humanidad a costa de su dolor. El Cristo dubitativo y melancólico que considera la huida de su pasión es la metáfora de nuestra inmanente e inminente naturaleza contradictoria: el deseo que nos da la vida, nos la da porque siempre falta algo y así vamos a buscar lo que se ha perdido y no sabemos cuándo, ni por qué. Pero esa falta es precisamente la que instala una guerra interna: que el dicho y el hecho coincidan nos hace sudar sangre, o sea, sudamos sangre para tomar decisiones, para evaluar las consecuencias de las renuncias disponibles y para aceptar las que podemos asumir. Quizá por eso me ahora me resulte sensata la figura del pecado original, porque, fuera del significado religioso, nos recuerda que la sombra es condición de luz. La dialéctica es nuestro verdadero parto: sin la conciencia de la muerte (pecado) no reconoceríamos el valor de la vida. 

En el pasado estuve orgullosa de no manifestar rabia, de tragar entero para evitar conflictos, de escandalizarme ante el odio y el rencor. Pero sesgo es sesgo y como cualquiera de ellos es una expresión de radicalismo y desequilibrio, es una interpretación delirante, en tanto desconoce la realidad. En esa especie de ética psicótica me olvidaba que para florecer primero es necesario el barbecho e, incluso, el cataclismo: fue así como eclosionó la vida en esta roca que gira alrededor del sol. Pero si el Cristo dubitativo me dio la clave para aceptar mi oscuridad, este giro se completó con el recuerdo inesperado de Kikyō. La sacerdotisa también tuvo una vida trágica: un sentido exagerado de la responsabilidad social que la alejó de su deseo personal hasta el límite del sacrificio. Como Jesús, Kikyō resucitó, pero a diferencia de este su retorno fue espurio: a partir del barro —no de la carne— y de las almas ajenas —no de la propia—. 

En ambas existencias Kikyō fue una presencia compasiva y solidaria, pero atormentada en su segunda vida porque esta dependía inevitablemente de la muerte de otros. Fue ella quien mencionó que "vivir es morir, morir es vivir; lo puro se vuelve impuro, lo puro se purifica; lo bueno se vuelve malo, lo malo se vuelve bueno". Kikyō finalmente se redimió de su sufrimiento al soltar una existencia que ya no le correspondía. De esta manera, a través de una nueva reencarnación pudo desarrollar su verdadero deseo: vivir y amar como una chica normal, una que no carga —o cree que carga— el mundo en sus hombros, sino que solamente es responsable de sí misma. Ambos ejemplos —Jesús y Kikyō— tienen en común el ayudarme a reconocer que la sombra, la violencia, el cataclismo y la muerte también son necesarios porque de otro modo el mineral o la palabra nunca darían a luz la vida que está al otro lado de las grietas. Medito sobre la oscuridad, sobre los desastres y sobre la muerte porque son sinónimos de la renuncia, del desprendimiento necesarios para uno “llegar a ser lo que es”. Jesús y Kikyō creían que tenía que responder, que resolver, que atender a TODOS los estímulos y demandas; pero como ellos me di cuenta que no, que hay que depurar, que necesito priorizar y que está bien renunciar y dejar salir la rabia por haber sido complaciente: no tengo que aceptar el trago amargo porque sí. Los mesías que cuestionan su destino me han hecho ver la rabia como la semilla de la personalidad y esa interpretación ha resultado reveladora: me lleva al camino de mi propio renacimiento.

Ahora bien, abril es el mes adolescente no solo por esos mensajes que los ritos de Occidente y las ficciones de Oriente me han presentado en sus días, sino porque también ocurre un cataclismo interno. Varios abriles han sido el comienzo —e incluso los besos— de presencias significativas: p, a, c, s. Las primaveras han respondido con flores al movimiento de mi pecho y al temblor de mis piernas. Pero hoy además es manifestación de una pasión a la manera crística: dolor y sacrificio para la resurrección. Un cataclismo que anticipa el nacimiento de un mundo. Las sombras agitadas que preparan la llegada la luz. Suena lógico y optimista, pero hoy estoy justamente al borde de la prueba, de la tentación: vislumbro ante todo sombra, derrumbe, choques de rocas y huracanes. El volcán derrama lava brillante y mortal. Así como el deseo o como la duda, que carcomen con voracidad mis superficies. Bajan y bajan sin endurecerse, preguntas como ríos de fuego: ¿no estar o quedarse?, ¿calmar es pacificar o impulsar la recompensa? ¿Es amor? o más bien ¿envidia, semiótica sexual, vacío? ¿La luz iluminará o enceguecerá? ¿La quietud será sima o cima? Sin drama, atenta a mis contradicciones, sé que no hay respuestas buenas o malas, solo acciones convenientes o inconvenientes según los objetivos que priorice.

Sí, me repito, quiero afuera las teorías, los verbos sin acción, las acciones descarnadas, las promesas. Sí, me repito, quiero aquí tu cuerpo, sin palabras, sin razones. Sí, quiero un final, que mi sombra te refleje y muestre al otro lado tus puntos suspensivos.

sábado, 19 de marzo de 2022

Naturaleza

Felicity grew a garden / She planted with her hands / The ground beneath her feet, it was bitter / Felicity grew a garden / A haven safe from fate / And the ground beneath her feet, it was bitter, it was sweet

Entre enero y marzo de este año han pasado varios acontecimientos que me llevan a reflexionar sobre mi relación con la Universidad Nacional de Colombia. Pienso en ella con detenimiento, porque su significado y valor son irreductibles a la dimensión estudiantil o laboral que ciertamente la atraviesa. Justo en este mes cumplo trece años de haber incorporado esta institución como parte regular y formativa de mis rutinas. Para mí la universidad ha sido la principal zona verde de mis pies y de mi cabeza; ha representado el lugar por antonomasia de la posibilidad y gracias a ella —ella que son sus momentos, sus espacios y sus personas— he construido, revolcado, tocado los puntos más sensibles de mi identidad al son del placer y del displacer, es decir, al son del conflicto esencial y estimulante que es la vida, especialmente desde mis fases eróticas —de la más sublimada a la más sensual— ligadas con mi paso por la universidad.

Relaciono esta idea con otra imagen que se me cruzó esta semana en donde se veían las arenas del Sahara africano cubriendo los Pirineos franceses. El paisaje es atípico, pero no improbable. Aun así me conmovió el impacto de los colores, una nieve teñida de rojo a la manera de un Marte terrenal bautizado en ambas costas por el Mediterráneo. Entonces me parece que la playa siempre ha sido hermana de la nieve. Tus arenas, nuestras dunas siempre han sido el vestido de la nieve en tus páramos, en nuestras mesetas. Todo está conectado y se nos olvida por pura practicidad que las fronteras son imaginarias. Por eso digo que la universidad es más que burocracia o meritocracia académica para mí. Por ella la vida se me presenta como este juego de correspondencias que me recuerda el vínculo primordial del tejido con el mineral y por el cual toda separación es una ilusión, si bien toda subjetividad es una variación necesaria y deseable para su realización.

Estar en esta universidad —construida sobre las ruinas del río y al lado de un cerro tutelar, como queriendo decir “soy tu naturaleza”— me ha brindado la mayoría de mis experiencias de amor, de sexo, de frustración, de satisfacción, de enfermedad y de muerte. La competitividad, la castración, el dolor, pero también la ternura, la pasión y la comprensión han sido los materiales proporcionados por este espacio para moldearme, moderarme, excederme y reestructurarme. Allí han ocurrido encuentros y desencuentros desde el cuerpo y palabra que han contribuido de manera significativa a mi reconciliación con el mundo, al saberme parte de él y a responsabilizarme de mis acciones porque me reconozco individuo interdependiente en ese mundo conectado.

Y digo esto porque la cinta de Möbius —que son estas conexiones cuánticas y las inesperadas solidaridades que generan— termina —que es decir recomienza— por donde empezó. Esta semana me enteré que ya estaban desocupando la oficina del profesor Luis Miguel. Con este dato logré entrar para recoger un mapa de Colombia y al hacerlo recordé cómo había empezado uno de los capítulos más vivificantes de mi llegada a la universidad. Inicié mi recorrido allí en 2009 al ser admitida a Arquitectura. Sin embargo, esa fue una experiencia difícil que puso en entredicho mi identidad, el alcance de mi esfuerzo y la capacidad de mi cuerpo. La herida se manifestó en la pérdida de salud. La realidad había rebasado al ideal y entonces llegó el momento de la aceptación, que es otro nombre para la renuncia que nos libera.

En el horizonte de mi elección vocacional adolescente también estuvo la Historia. Sus contornos como carrera, al igual que los de Arquitectura, eran imprecisos para una joven de 17 años y en ambos casos asumí que podría desenvolverme en el camino elegido solo porque tenía gusto por la palabra y por la comprensión de los procesos humanos, o bien por el dibujo y la antropología urbana. La experiencia me demostró que el deseo era insuficiente y que la aptitud tenía un peso fundamental para su realización. En ese contexto solicité traslado de programa. Volví a ser primípara en el segundo semestre de 2010 y luego de los traumas vividos llegué con mínimas expectativas al nuevo pregrado, incluso, con cierto temor.

Aquí es donde aparece Luis Miguel. Mi primera clase de Historia la vi con él. Entonces no sabía que había iniciado la ruta de una salvación: esta carrera fue el catalizador para fortalecer mi cuerpo y reconstruir mi identidad. Quizá si Luis no hubiera estado, mi olfato —ya afinado por el dolor— me habría indicado que estaba en la dirección correcta, pero el hecho de que él fuera la primera persona que me saludó en el umbral y me invitó a seguir supuso un cambio inmediato en mi interpretación de la vida, de los talentos y de la creatividad: su discurso apacible, pero a la vez inteligente y apasionado sembraron una confianza y seguridad que hace rato no experimentaba y además demostró sin aspavientos que las humanidades encarnaban una forma bella de vivir, que el trabajo intelectual era tan hermoso como las artes más convencionales.

Llegué a este pregrado con las ruinas del sueño adolescente —naturaleza muerta—, pero la voz de Luis Miguel se situó entre mis despojos como el conjuro del musgo, como el milagro primigenio de la reforestación. Y entonces entendí que la fragilidad —el acto de romperse y derrumbarse— más que sinónimo de destrucción puede serlo, más bien, de barbechar. La ruina puede ser otra forma del descanso el cual es necesario para limpiar las malas hierbas, las espinas y las malezas que de lo contrario habrían corroído silenciosamente los frutos de árboles envenenados en su raíz por el afán o por la terquedad. El trabajo fue mío, pero la palabra y presencia de Luis fueron semilla para el rebrote seguro, saludable y bello de un nuevo jardín. Cuando volví a la nueva carrera me sentía ignorante, asustada, aunque curiosa.

No sabía muy bien qué esperar de una clase llamada “Historia de América I”. Entré y lo que ocurrió fue que Luis nos transportó al siglo XVI, a la manera de una máquina del tiempo, aunque sin aparatos extravagantes, y entonces descubrí que no era aburrido, que no me eran ajenas las experiencias humanas de personas que habían vivido cinco siglos antes que yo. Empecé a entender la personalidad del continente y del país por este ejercicio de arqueología y descubrí que me emocionaba, que me apasionaba comprender con amplitud de miras —críticamente— e interpretar con documentación e imaginación como herramientas principales del pensamiento. En medio de esta pedagogía estuvo la inolvidable referencia a Serge Gruzinksi, historiador de las mentalidades, quien precisamente se ha enfocado en señalar las conexiones que culturalmente nos vinculan desde épocas tempranas. La globalización no es un fenómeno moderno, del siglo XXI, sino que hunde sus raíces en los intercambios del Nuevo y Viejo Mundo cuando se vieron y se tocaron —comerciando, amándose o atacándose— en el siglo XVI. Entonces también entendí que la conexión implica conflicto, tensión, porque son las fuerzas complementarias aquellas que engendran la vida —aún con violencias de por medio—. Existe “la colonización de lo imaginario”, “la guerra de las imágenes desde Cristóbal Colón hasta Blade Runner”, pero también los diálogos entre América y el Islam y el más extenso intercambio de la mundialización que conecta desde los años mil seiscientos a “las cuatro partes del mundo”.

Me pareció fascinante aprender que la exposición historiográfica puede ser original, creativa, pero, sobre todo, que esa narración es una forma de conocimiento en donde la comprensión —y no juzgar— es el principal propósito de la inteligencia. La Historia resultó ser un trabajo de autoconsciencia, un trabajo sobre la naturaleza humana —incluida la mía—. El encuentro con Luis me hizo ver la Historia como una oportunidad para revisar prejuicios, aprender sobre la tolerancia, para reconocer y apreciar la diferencia, para malpensar la tradición y celebrar la creatividad, porque la historia es siempre historia del presente, hija de su tiempo. Gracias a Luis supe que aquí yo podía florecer, reconstruir sin temor mi subjetividad. En mi barbecho, que fueron sus cursos sobre historia de América y de Colombia, pasé de la arquitectura —del presente— al pasado. Volví la vista atrás, pero no para lamentarme, no por nostalgia, sino para aprender de mí a través de mi relación con otros de ayer —en los archivos— y de hoy —en las entrevistas—; para asimilar que el pasado es un país extraño, pero al final no tanto, porque nuestro destino es mestizo —las múltiples conexiones, la arena en la nieve— y nuestra naturaleza la palabra, que a la manera de rizomas y ramas sostiene las verdes hojas con que ayer y hoy, la humanidad —y yo soy humanidad— manifiesta sus creaciones y su gratitud.

sábado, 19 de febrero de 2022

Maraña


We have a great big old society / That won't make room for folks / Like you and me / But I got some real sad news / For them my friend / They're on the outside looking in / We've got a great thing going /And it's gonna keep right on growing / And I hope that soon they'll see the light

Fui a ver Licorice Pizza (Paul Thomas Anderson, 2021) sin expectativas elaboradas pues desconocía su contexto, incluyendo el sentido del título, porque había elegido no leer la sinopsis. La primera referencia la obtuve a inicios de diciembre del año pasado gracias a María Clara, una persona que admiro y cuyo gusto me parece sobrio pero llamativo. Mantuve el título muy presente y estuve al tanto de las carteleras hasta confirmar que se estrenaría el 17 de febrero. Inmediatamente fui a verla sin muchos datos y, por tanto, sin muchos prejuicios. 

No tardé en darme cuenta que se trataba de otra versión de “chico conoce chica”, pero esto lejos de molestarme me emociona porque a mí lo que me importa es la variación, la novedad de la interpretación que le dará cada narrador. Ambientada en la California de los setentas, Licorice Pizza se impone visual y sonoramente a los sentidos del espectador. Ojo, el filme no satura con colores brillantes, pero tampoco impide el dominio de una estética funky —en la fotografía y la música—, la cual siendo propia de los setentas nos transporta a una atmósfera eternamente juvenil, incluso cándida —y aquí se reparten por igual la despreocupación de la candidez y la dulzura del candy—. 

Menciono esta palabra porque me remite al título de la película. Este alude a la jerga californiana que, en un giro aparentemente absurdo pero también evocador, bautizó al LP (Long Play disc) como Licorice Pizza (LP). A esto se suma que cuando busqué el significado de Licorice descubrí que se refiere a la “raíz seca de una planta utilizada para dar sabor a alimentos, especialmente a dulces”, es decir, candies. La elección del título no es fortuita porque recoge elementos fundamentales de la película: el rock setentero de LP —que acompaña su banda sonora—; la pizza que —aunque no aparece en la película— es el platillo por excelencia de las reuniones adolescentes, y, en todo caso, símbolo de alegría y fiesta; y el licorice, ese ingrediente secreto que le da a un alimento convencional un sentido de extravagancia y experimentación; características propias de la adolescencia.

Y es que el tránsito adolescente con las revoluciones, rodeos y tensiones este conlleva me parece el tema central de la película. Gary, un actor de 15 años, conoce a Alana de 25/28 años mientras hace la fila para sacarse la foto de instituto en el estudio donde ella trabajaba como asistente. Gary es un chico que quiere dejar atrás la infancia y actuar con la seguridad del galán adolescente, mientras que Alana se resiste a dejar la adolescencia para lanzarse de lleno a la adultez. Ambos están así en un punto medio, tenso, de ese tránsito donde hay más preguntas que respuestas. Un detalle que me gusta mucho, y que además anticipa el ritmo de la historia, es que desde su primer encuentro hay un aire conflictivo, porque la trama será romántica pero no condescendiente. 

Efectivamente Gary y Alana se conoce chocándose, literalmente, porque él la empuja, y entonces me recuerda esa manera pasivo-agresiva que tienen los niños de indicar la chica que le gusta justo porque es a quien molestan. Así inicia el encuentro entre este par de jóvenes, de los que también me gusta la fisonomía proyectada: para nada es estereotipada ya que renuncia totalmente a los ideales de perfección y simetría. Gary es panzón y Alana tiene ojeras marcadas, una contextura relativamente gruesa, los dientes ligeramente irregulares. Sin embargo, ambos resultan carismáticos y encantadores hasta el punto de verse atractivos y destilar una química poderosa y natural en su interacción.

Pero ese carisma no impide recordar que la adolescencia es el momento en que nos enfrentamos a una pregunta fundamental, para nada ligera: la pregunta por la identidad y por tanto la búsqueda inicial de una respuesta en la intensidad. Esto es justamente lo que hacía Gary con su vida: convertirla en materia prima para su propia obra de arte. Gary entra en pantalla como el chico extrovertido, juguetón, despreocupado, un poco charlatán gracias a su iniciativa rayana en el atrevimiento—no de otra manera alguien habría invitado a salir a una mujer diez, casi quince años mayor—. Pero, contra todo pronóstico, contra el rechazo verbal de Alana ante la propuesta inicial, esta se encontró con él en el lugar indicado y allí empezó un rodeo romántico en donde entre chiste y chiste, tensión y tensión, carrera y carrera surgió ese amor que espeja las preguntas necesarias para alcanzar la madurez —que no es renuncia a la alegría—: ¿quién soy?, ¿qué me satisface?, ¿cuáles son mis sueños? Cuando Gary se lo pregunta al inicio de su cita, Alana respondió con un “no sé”, sobre todo ante aquella en que se cuestionaba por su futuro y ella aún se imaginaba ejerciendo secularmente el trabajo en el estudio de fotografía. Gary se convierte así en gatillo, en detonante pues le hace ver que puede hacer lo que quiera y la convence de emanciparse de esos ideales espurios para iniciar su propio emprendimiento. 

De esta manera, Alana deja su rutinaria vida destinada a sobrevivir y se aboca a vivir, a construir múltiples, inesperadas y divertidas experiencias con Gary: convertirse en gerente de una empresa de colchones de agua, desempeñarse como actriz y conocer leyendas del cine hollywoodense, hacer travesuras a un actor mujeriego y psicópata, y participar del negocio de máquinas de pintball justo cuando Alana creía que trabajar en la política, en el cambio de la ciudad, “pondría en orden su vida”, solo para darse cuenta que ese compromiso militante era un espejismo más, que la realidad siempre derrotaba cualquier idealismo y revelaba su corrupción de base. Por el contrario, Gary siempre representaba el retorno al desorden, o más bien a un caos fértil en donde la autorrealización era segura: no se basaba en ideales ni en promesas, sino en hechos cumplidos por descabellado que pareciera su inicio. Por eso aunque Gary y Alana se separaron varias veces —maravilloso intercambio de silencios al teléfono, de miradas rencorosas en el restaurante, de vouyerismo torturante ante la indiferencia—, esas mismas veces retornaron el uno al otro, y siempre de una manera característica: corriendo. Cada reencuentro estuvo marcado por una carrera, en la que dramáticamente a nivel interno —porque afuera la vida no se había alterado— se revelaba una poderosa urgencia por encontrarse que no era fruto del impulso sino del deseo, de reconocer que es allí donde queremos estar por más que le demos vuelta y creamos que no.

Y es que es en la adolescencia cuando también nos preguntamos por nuestro poder, por su alcance y por su dirección: es el momento en que emerge una energía que es potencial a la vez de destrucción y creación. La adolescencia puede ser manifiesto de autodestrucción o ensayo de creatividad. Y eso es lo que encarna Gary la canalización creativa del poder. Con la inquietud que me caracteriza mi mayor miedo ha sido “no ser creativa” o descubrirme “limitadamente creativa”. Esta pregunta parte de presupuestos, prejuicios, creencias más que realidades sobre lo que considero creativo y que resumo como la capacidad para improvisar relaciones y combinaciones originales en prácticas artísticas, es decir, la capacidad de inventar metáforas convincentes y conmovedoras en objetos puntuales como un instrumento musical, un poema, un cuento o una novela. Pero esa concepción —y no yo— es la que resulta limitante. Por eso me sentí aludida por la confrontación de Gary a Alana cuando le pregunta por su futuro y mucho más lo hice con la incertidumbre y la insatisfacción de ella. Pero así mismo como me confrontó la pregunta de Gary, ser testigo de su influencia en el cambio en su compañera me brindó esperanza y entusiasmo. Primero, porque me invitó a revisar mi idea de creatividad.

¿Qué es la creatividad? La creatividad, más que con productos sofisticados, tiene que ver con la maraña, con el enredo, con el nudo que es la vida misma y, por tanto, con nuestra capacidad para lidiar con ella, asumirla día a día. Es ahí donde fuera de discursos y teorías artificiales se juega nuestra capacidad de metaforizar la existencia, es decir, de ser capaces de resolver la cotidianidad, de elegir, la forma y ritmo de nuestra rutina. Y esa fue justo la invitación de Gary a Alana: a jugar, a divertirse a relacionarse desde la complicidad con la realidad y no con ideales —que paralizan y nos anquilosan en exigencias ajenas—. El arrojo de Gary impulsó a Alana para que se lanzara a la vida y en ese gesto me recordó que la acción es decisiva para vivir, porque la experiencia —no la fantasía, no la teoría— se labra en la manigua. Esto quiere decir que en Licorice Pizza se restituye el valor del trabajo como factor de creatividad y esa creatividad incluye al deseo, que es un mecanismo esencial de creación. La película muestra el deseo como un trabajo, es decir, como la consecuencia de un esfuerzo y no como su causa. A los protagonistas les cuesta nombrar su relación, pero lo que muestran los hechos es que más allá de la palabra hay una mutua influencia que se va construyendo en una complicidad amistosa que desemboca en el desarrollo de una intimidad sin mediaciones idealistas. 

El contacto suele darse en los protagonistas como sinónimo de choque, de la tensión que los empuja nuevamente a reunirse, pero no hay un ánimo sexual: en una escena de eufórica reconciliación Alana y Gary duermen juntos y aunque tentado, este se resistió a tocarla. Solo hasta el final del filme ocurre el beso —el gesto más tierno del roce sexual— acompañado de la palabra amorosa. Este detalle me parece no solo enternecedor, sino lógicamente congruente porque el énfasis de la película está puesto en el proceso y en revelar la transformación que es susceptible de imprimir todo tipo de contacto significativo. Lo que pasa es que ese efecto suele atribuirse al acto sexual —y con toda razón—, pero aquí ese impacto se muestra de una forma sublimada: de dejar que la inundación del otro derrumbe el falso orden propio para poder construir uno que responda a nuestras elecciones.

De eso se trata la creatividad de permitirse desarrollar el ritmo propio —para eso hay que destruir algunas bases primero— y de adaptarse a lo incontrolable con lo que sí podemos controlar: las decisiones propias así luzcan un poco imprudentes. Al terminar la cinta me sentí inspirada y lo relacioné con el hecho de que me hubiera tocado toda una sala para mí sola. Aunque suene paradójico eso de ver una película romántica en soledad, no me parece que lo sea. Fue una experiencia íntima e introspectiva aunque ocurriera en un centro comercial porque al estar sola pude degustar los planos y las canciones sin la interrupción de la mirada ajena. De igual manera, me hizo pensar en que si bien aquí Gary y Alana eran dos individuos diferenciados, sus roles pueden simbolizarse en una sola persona. Últimamente me cuestiono cómo redefinir la voluntad complaciente y me parece que el camino más directo es proponerse a uno mismo como amo de sí: es decir, ser responsable de su cuidado, de su cultivo y de su expresividad. Siento que tendido a comportarme como Alana antes de conocer a Gary, pero siento también que ese Gary habita en mí y que sólo debo darle la señal para que, sin más dilación, me invite a conocer ese lado valiente, arrojado de mí que me permitirá saltar de la incertidumbre mental a la maraña misteriosa, estimulante y retadora de la realidad. A la vida con cuerpo, sin pretextos.

miércoles, 19 de enero de 2022

Teoría

 

 Pero nadie vivió sin matar / Sin cortar una flor perfumarse / Y seguir / Pero dale, la vida está en flor... ¡Tenés, tenés que seguir!...

Quería ser el lugar al quisieras ir cuando fueras libre, no al que caías porque estabas atrapado. Por eso he decidido concluir la pantomima. El discurso y la apariencia para sobrevivir. Porque es el momento de la vida y me voy a entregar al trabajo de la renuncia y del doloroso ritmo de la naturaleza. Voy a duelar para aceptar la realidad, para delimitar la apertura de mi libertad y depurar las teorías, sobre todo aquella tuya encima —a veces debajo— de la mía.

martes, 28 de diciembre de 2021

Improvisa


Light reflects from your shadow / It is more than I thought could exist / You move through the room / Like breathing was easy / And everyday / I am learning about you / The things that no one else sees / And with words unspoken / A silent devotion / I know you know what I mean / And the end is unknown / But I think I'm ready / As long as you're with me

Soy una aficionada de la semiótica. Me encanta observar y descifrar signos, es decir, interpretar. Tal vez de ahí se derivó mi pasión infantil por la lectura. Tal vez también fue lo que propició mi interés por las emociones: descifrar las intenciones o intereses de mis padres, de mis profesores, de mis amistades. Probablemente de esa pasión vino, finalmente, mi afinidad con la historia, un ejercicio de huellas y voces donde no hay última palabra, porque como dice un refrán: "La historia es hija de su tiempo". Esto quiere decir que siempre podemos imaginar no solo el futuro, sino también un pasado diferente. En resumen la historia me enseñó que siempre podemos imaginar.

Ahora bien, de tanto atender a los signos, de tanto exponerme a los misterios de la comunicación me he convencido de que la intuición no es más que una semiótica automática, una impresión que por su inercia la confundimos por espontánea, por ahistórica —como un chispazo de entendimiento venido de la nada—. Lo mismo me sucede con el concepto de magia: pensamos que es un acontecimiento sobrenatural, un asunto de brujas, espíritus, milagros. ¿Pero cuál es la esencia de lo mágico? es el hecho de que hay una transformación de la realidad a partir de un enunciado. Por tanto para mí la magia ha llegado a equipararse con la natural capacidad performativa del lenguaje. Decir es hacer. Es el sentido del hechizo, del spell: el pensamiento es ya verbo hecho carne. 

Pero estas consideraciones no son mi tema principal. Menciono la intuición y la magia porque a pesar de lo dicho, a veces me gusta creer en que sí hay un componente sobrenatural o más bien extrahumano en su ocurrencia. Quiero creer en que sí hay un diálogo con otras fuerzas que confrontan nuestro limitado ego y que hay señales que no son proyecciones propias, sino mensajes, signos de otros; signos otros. Hace poco me preguntaron cuál era el primer paso de la creatividad. No recuerdo que balbuceé, pero mi interlocutor no dudó en afirmar que era el desprendimiento, es decir, la renuncia al paradigma. Es algo similar a lo que ocurre con las frutas maduras cuando se desprenden, esto es, se diferencian del árbol que las concibió, separándose de la rama para adquirir un nombre propio —diferente al del árbol de origen— y con una existencia física totalmente individual y probablemente más dinámica. 

Concedí la razón a mi interlocutor y medité sobre mi experiencia. Entonces caí en cuenta de una omisión fundamental en el relato de mi identidad. Siempre he pensado mi autorrepresentación en términos de metáforas vegetales: semillas, tierra y raíces, pero con este cuestionamiento me di cuenta de que nunca hablé de frutos para referirme a algún aspecto de mi historia, aunque sí lo hice para referime a un otro, claramente diferenciado y deseado por mí. Con estas nuevas herramientas pienso que esta fue una manifestación de mi inconsciente, pues apelar al fruto implica reconocer una separación, dicho de otra manera, el reconocimiento de un dolor. 

También relacioné estas imágenes con mi obsesión por la validación y la descompensación vivida entre los extremos del borramiento y el lucimiento. Las raíces, subterráneas ni siquiera son visibles, mientras que los frutos son lo más vistoso y deseado del árbol. Entiendo así que la omisión deliberada de los frutos en mi discurso fue la manera de expresar mi inseguridad creativa y de revelar el temor a los duelos. 

¿Qué tienen que ver el desprendimiento, las metáforas arbóreas y la aprensión a duelar con mis reflexiones iniciales sobre la intuición y la magia? Con que recientemente me parece ver señales inconfundibles, señales extrahumanas que me quieren aleccionar, más bien confrontar mis paradigmas. Ellas me dicen que sí, que es necesario renunciar, que va a doler y que es necesario atravesar ese dolor porque al final validaré una diferencia que me permitirá descubrir mi propia textura y mi propio sabor. El mensaje, el signo es el siguiente: de este desgarro madurarás fruta. 

Quiero detenerme ahora en esos eventos aparentemente triviales, pero a la vez significativos, es decir, "mágicos" portadores de este mensaje. El primero fue que mi cámara análoga —inicialmente de mi padre— fue deteriorándose desde abril de 2021. Tercamente la sometí a varias reparaciones y ensayos, pero luego de hacer una última prueba, con flash incluido, hace tres semanas acepté que se había dañado. Las fotografías de ese concierto fueron su testamento: en otras palabras, reconocí su muerte y asumí su tumba en el fondo del armario lejos de los escenarios, de los miradores, del sol, de sus ojos, de su desnudez. Veo claramente en la cámara uno de mis paradigmas, primero, porque alimentó mi afán coleccionista —fotomemoria— y, segundo, porque hice depender de ella mi vínculo con alguien especial. En medio del trauma —de la resistencia— incurrí en el error y el mal gusto de sostener un guion rígido en donde tomé la parte como si fuera el todo, como si no pudiera colorear fuera de la línea, como si no hubiera más encuadres para componer otras y mejores escenas. Me resistí, me asusté, como ha sido hasta ahora, ante la improvisación. Por eso digo que lo ocurrido con la cámara es una señal mágica: los anillos de los lentes se desprendieron, de pronto, sin un golpe, sin una caída, sin una razón de peso y desde entonces hasta hoy me vi obligada a aceptar ese duelo: la Olympus no funcionará más.

El segundo evento fue con un objeto explícitamente relacionado con la memoria y, por eso mismo, paradigmático. Me refiero al disco duro externo de una tera que había comprado en febrero de 2021 principalmente con la intención de tener fuera de mi cotidianidad los registros relacionados con aquella persona. Como si presintiera o me hubiera comprometido con cumplir esta profecía guardé todo en ese disco: no quedó ningún respaldo en la nube ni en otro sistema. Sabía que este dispositivo era muy delicado y lo cuidé con atención hasta mediados de noviembre. Ese día justo después de vivir una amarga experiencia tuve un "olvido" y lo dejé caer. Desde ese día no pude acceder a los archivos y mi tío, que es técnico informático, no ha logrado extraer la información. 

En definitiva, a la fecha asumo que he perdido lo que había allí: toda una labor de curaduría y de narrativa coleccionista en la que revivía una y otra vez un guion averiado, fantasmal que por supuesto enfermó mi presente, pero cuyas consecuencias no quería aceptar. Verme desprendida de tajo, sin anestesia de esta información me generó dolores de cabeza, pero, insisto fue otra señal "mágica", porque fue la única y mortal caída que tuvo el disco y la cual llevó  a la des-aparición de un símbolo en el que se juega no sólo la renuncia a mi ansiosa y estéril inclinación coleccionista, sino, sobre todo, mi duelo alrededor del deseo, del deseado. 

Por eso me gusta creer que esos signos de desintegración física en una cámara y un disco son producto de algo más, de un mensaje-otro —otro que no sé nombrar pero que no es mi ego— que me dice: "Asimila el dolor de renunciar a la memoria porque perder no signfica que te conviertas en perdedor". No todos los triunfos son éxitos y también se gana cuando perdemos. Ahora mismo estoy en la frontera de ganar el sabor de mi propio jam, de asumir la invitación a la vida nueva [la dantesca Vita nuova] donde no importarán los guiones —cámaras, memorias, discos [rayados], conceptos, falsa racionalización, caprichos ajenos— sino la interpretación, el fruto liberado, de mi íntima convicción en renovado presente.