martes, 30 de agosto de 2022

Incomodidad


 
Hace poco inicié entrenamiento de fuerza, específicamente circuitos de crossfit. También volví a crear una cuenta virtual personal, esta vez como un taller de autorrepresentación y no como una herramienta para calibrar o manipular las reacciones de otros. Me comprometí firmemente con la postura de un nutricionista cuyo trabajo admiro y ese compromiso fue sinónimo de crítica con un amigo para quien tuve en el pasado un comportamiento condescendiente, consecuencia del ánimo complaciente con el que durante años pretendí aliviar mi temor al rechazo.

Por eso, a la fecha, he decidido enfrentar el rechazo y esto quiere decir recibirlo y también darlo, porque la vida es un movimiento basado en resistencias que impulsan los pasos. Por eso quise experimentar situaciones que no deseaba, es decir, que no me entusiasmaban visceralmente, pero en las cuales vi una oportunidad de desarrollar mi amor a la vida, de fortalecer mi lugar en el mundo más allá del ego. Romper el ego significa, para mí, construir ese lugar a partir de los estándares personales y no desde las ideologías. Pero este tránsito del ideal a la actividad requiere de un campo de entrenamiento y ese campo es la vida misma. Por eso ha sido tan importante redefinir el concepto de “error”: el error no existe, pero es la forma en que los tercos nombran lo que en realidad es la versión no idealizada de la vida.

Vivir sin miedo al error significa vivir ejerciendo la imaginación, pues me parece que este recurso cognitivo es la base de la salud mental. Creo que imaginar opciones —una acción muy distinta de catastrofizar— es el primer paso en la terapéutica de la depresión. La imaginación es la capacidad mental con que asociamos el ingenio y la obra artística, pero considero que su función es más expansiva y que es el fundamento de la creatividad misma, una acción de la que nacen otros rasgos humanos como la compasión y el realismo entusiasta. Ahora bien, no hay que olvidar que la imaginación no es un don que funciona automáticamente: es una habilidad que requiere práctica, esfuerzo, para desarrollarse. La imaginación es, por tanto, un recurso exigente que requiere atravesar frustraciones, decepciones, desilusiones para convertirse en habilidad; en otras palabras, la incomodidad es el correlato de una imaginación desenvuelta y esta imaginación —esa rebeldía con causa— es la puerta hacia la práctica de una libertad alegre.

En experiencias recientes que incluyen cirugías, viajes, encuentros inesperados, conferencias de historiadores, pataletas y quejas decidí observar el grado en que la intolerancia a la frustración obturaba  la obra liberadora de la imaginación. Al respecto, noto una tendencia colectiva y es la baja tolerancia a la frustración, a la crítica: se prefiere negar o cancelar aquello que pone en entredicho una creencia personal e identitaria arraigada. Esos ídolos que creemos que nos definen. Por eso me parece que el autoengaño y la autoindulgencia se han convertido en la trinchera de un ánimo paranoide que ve opresión u hostilidad en formas de comunicación que por no ser condescendientes se confunden y prejuzgan como violentas.

Por ejemplo, para mi abuela resulta insoportable que sus caprichos no siempre se cumplan. De ahí que haya dramatizado el posoperatorio de su cirugía de catarata. En este punto prefiero recordar que "quien quiere marrones aguanta tirones", es decir, que muchas veces necesitamos pagar a corto plazo un dolor, una incomodidad, un "no te va a gustar" para conseguir un bienestar duradero. A mí me tocó aceptar que la interacción con F. terminó de una forma personalmente insatisfactoria, pero objetivamente consecuente con nuestro contexto. La conferencia sobre esclavitud en el mundo Atlántico del siglo XVII me recordó que hay que evitar la "trampa de la paráfrasis", esto es, que hay que esforzarse para no repetir y para imaginar de otra forma las fuentes: que sean más que citas afirmativas, quizá, que las aceptemos como vehículos para la exploración honesta de incertidumbres, porque la incertidumbre es el tejido de la vida y la vida es el material de los historiadores. Pero reconocer que esta es mi tarea como historiadora no es sencilla; hay formas facilistas de adelantar esta profesión, requiere esfuerzo unir investigación y creación, se siente como un puño ver la experiencia de historiadores valientes. Sin embargo, decido vivir este golpe como puño de boxeo. Es una incomodidad que me estimula, que disfruto, porque me despierta, me sacude y así me invita a imaginar y a responder con fuerza.

Por eso me parece que el boxeo es una actividad muy relacionada con la salud mental. Como nos indica este deporte, los golpes nos sacan de la zona de confort, nos hacen sangrar, ponen a prueba la resistencia de nuestros brazos y piernas, pero no nos matan, porque su propósito es hacernos fuertes. Trabajar con lo estropeado. Sacar miel de la hiel. La incomodidad como fermento de un árbol que se extiende del suelo al cielo. Con raíces fuertes ganaremos equilibrio y de esta manera no temeremos movernos, arriesgarnos y transgredir —incluso transgredirse a uno mismo, a sus creencias—.Y aclaro: mi adhesión al pugilato no es una defensa del maltrato, ni de la violencia, ni del abuso. Es mi forma de reconocer que a nivel individual se requiere de la tensión, de la desilusión, de la frustración y del dolor que los músculos demandan para romper sus límites y así fortalecerse.

Para "llegar a ser lo que se es", es decir, para desarrollar la autoestima que desbarata la inseguridad, pero también el narcisismo —el cual está en sus antípodas— es necesario recurrir a momentos de tensión, que rompan las fibras para multiplicarlas. La caricia es necesaria, es de un valor insustituible para nuestro crecimiento como mamíferos, pero resulta insuficiente para que seamos humanos seguros, con capacidad de maniobra en una vida social atravesada por el lenguaje. Si solo recibiéramos caricias exclusivamente no desarrollaríamos las herramientas necesarias para los embates de un planeta al cual le somos indiferentes. Por eso el boxeo me resulta edificante como actividad y como metáfora de entrenamiento mental. Como metáfora, porque gracias a la participación de nuestra especie en el lenguaje podemos pasar del boxeo literal, en que se pone en riesgo la integridad, al boxeo simbólico donde las heridas ocurrirán solo a nivel lingüístico. Por eso es tan importante tener más que amigos a secas, "hermosos enemigos" —recuerdo de Ralph Waldo Emerson—; adversarios que nos quieran y a quien queramos. La amistad real bebe de la digna enemistad: que nos apoyen sin afirmarnos todo el tiempo, que nos reten, que nos contraviertan con respeto personal y contundencia ideológica. De vez en cuando conviene odiar un poco a los amigos. De vez en cuando nos daremos cuenta que el odio —la oposición— es semilla de amistades genuinas. Ya lo dijo Edmund Burke, el conservador más liberal: "El que lucha contra nosotros fortalece nuestros nervios y agudiza nuestra habilidad. Nuestro antagonista es nuestro ayudante".

La controversia, golpear ideas, golpear nuestras creencias es la forma definitiva de ese boxeo, de esa gimnasia formativa, del dolor que forja, que moldea presencias equilibradas. La posibilidad de sublimar el pugilato en la lucha lingüística, en el debate es un regalo evolutivo al que no conviene renunciar en nombre de nuevos inquisidores disfrazados de empatía. Esta sana beligerancia, que podría resumir en "maluco también es bueno" me ha permitido situarme en la realidad de una autoestima fortalecida y no en los imaginarios de un narcisismo que no tolera ser tocado ni con el pétalo de una rosa. Los golpes incomodan porque abren los ojos a la verdad y la verdad es lo insoportable. La verdad es fuego y quema antes de revelar la madera sana. Cabe aclarar que con ello no me refiero a una verdad metafísica sino a una procedimental, realista. No es una cuestión moral: la moral le teme al dolor de la vedad y a la imaginación, porque le asusta lo nuevo. La verdad como ética, como trabajo es insoportable porque lo que nos dice es que cada uno de nosotros somos los inmediatos responsables de la vida que hemos vivido. Dicen por ahí que la verdad nos hace libres. Pero, ¿estamos realmente preparados para la libertad? Para quien se ha entrenado, la libertad entusiasma. Para quien no se ha fortalecido, la libertad encarta. Así que si la libertad no tiene sentido, la incomodidad que la engendra, mucho menos.

Como quiero una vida libre, he decidido aceptar incomodidades inevitables, por ejemplo, que existen ideas odiosas, ideas de odio, posiciones que no me gustan, que considero éticamente peligrosas, pero trabajo por aprender a soportar oposiciones y a ser opositora. Trabajo por soportar ese malestar en lugar de negar esos discursos o de asumir cegueras sofisticadas para cuidar comodidades. Soportar no significa celebrar esos discursos, sino reconocerlos para derrumbarlos con el puño de una razón apasionada —si es necesario—, en vez de reprimirlos nerviosamente bajo el patrocinio de las nuevas censuras.

La paradoja es que nuestra cultura actual exalta la subjetividad, busca que cada singularidad tenga su representación, que la cultura dé gusto a todos, que la cultura nos cuide. Siento que sociológicamente este mecanismo funciona como una herida colectiva de abandono y esta da lugar a posiciones victimistas, en las que cuesta reconocer que no hay otro responsable de sí que uno mismo. Qué insoportable es recordar que el precio de esa individualidad es la responsabilidad. Sí, hay una familia, hay una cultura, hay estructuras que influyen, pero, ¿te determinan? ¿No es una enorme expresión de cobardía, de irresponsabilidad escudarse en comodines conceptuales que parecen decir mucho pero al final —y sin contexto— no dicen nada? ¿Opresión, sistema, ismos? 
 
No desconozco la existencia de víctimas. Muchas situaciones las generan. Pero haber sido víctima de una injusticia no te obliga a victimizarte: una cosa es la mala experiencia y otra muy distinta es obsesionarse con una interpretación inadecuada e incluso paranoide o revanchista de esa mala experiencia. En términos estrictos, nadie nos debe nada. Por eso considero que los recursos jurídicos que hemos contruido para tramitar humanamente las injusticias deberían reservarse para los casos más cruentos de abuso a los derechos humanos. Lo demás puede tratarse en el debate y en la aceptación de que la mayoría de interacciones sociales son menos maliciosas de lo que parece, que todo es menos personal de lo que creemos, porque en la mayoría de ellas lo que todos hacemos es proyectar. La certeza de esta lógica proyectiva libera y permite asumir y distribuir responsabilidades con nitidez. Por eso actualmente abogo por pensar y actuar menos desde la victimización y más desde el potencial: “Tomar el toro por los cuernos”, hacer soportable y, de hecho practicar con alegría, la responsabilidad que me abre las puertas a la imaginación. 

Imaginar es rechazar los ídolos heredados para dar lugar a la "alegría de lo necesario", es decir, para pasar de la servidumbre del capricho o del autoritarismo a la libertad de una razón apasionada. Y dejar esas herencias es un paso que cuesta porque solemos depositar cargas afectivas en ellas. La incomodidad que supone imaginar, liberarse, es decir, rechazar partes del pasado para caminar en el presente me remite a Baruch de Spinoza. A diferencia de metafísicos o escolásticos, Spinoza no liga la libertad a la voluntad o al control y, por tanto, no es lo opuesto a la necesidad, a lo determinado, sino que la define como un trabajo del autocontrol, en el que se reconoce y se usan las contradicciones humanas a nuestro favor. Se trata de la delgada diferencia entre querer controlar y tener el control. La libertad desde la interpretación spinoziana es un esfuerzo, un golpe que nos damos para formar creencias adecuadas sobre lo que es necesario y a partir de este trabajo racional permitir que las pasiones tristes —las interpretaciones victimistas— den paso a las pasiones alegres, al entusiasmo y a la confianza, que permiten construir un lugar donde nuestros deseos sean posibles. La libertad deja de ser así un ideal moral, porque no corresponde al deber ser, y pasa a ser una práctica ética porque corresponde al poder ser. La libertad no es una idea que opera por antítesis a la opresión, sino que es una acción, una tecnología del sujeto basada en el autoconocimiento y en la autocrítica para que cada uno transite, gracias a esa incomodidad que toda autorrevisión conlleva, de la impotencia y de la servidumbre a la potencia y a la imaginación personales. Entonces no nos preocupará el control, sino que nos ocuparemos de juguetear alegremente con las posibilidades que se presenten.

sábado, 30 de julio de 2022

Mamífero


I know what hands are for / And I'd like to help myself / But I sense something more / And I would like to give / What I think you're asking for / You handsome devil / Let me get my hands / On your mammary glands / And let me get your head / On the conjugal bed / There's more to life than books, you know

Los estímulos se han multiplicado tras la rendición. Dice la sabiduría popular que "saber retirarse en tan importante como saber permanecer." Otra frase que leí recientemente divagando en internet dice que somos ante todo la "suma de nuestras renuncias". Declinar es la contracara de decidir: tomar opción por una acción, enfocarse, es liberar las demás posibilidades que competían con ella. Pero esto más que una limitación es una liberación. 

Últimamente pienso, leo, escribo, siento e incorporo mi realidad animal. Quizá porque quiero entender lo salvaje en mí; quizá porque siento que humanidad es la palabra de un desvío infantil, fantasioso. Hemos escrito ríos de tinta para establecer una jerarquía nominal frente a otras especies, pero cuando nos bañamos en el río y jugueteamos con el agua aparece nuestra sonrisa mamífera, un gesto animal que es olvido de la prepotencia verbal y recuerdo de la potencia corporal. 

Para ser cultura, primero hay que ser cuerpo en entrega, en diálogo con un entorno. Órganos en movimiento, sensibles, gesticulantes. En el principio y también en el final, somos una fuerza animal; fuerza que encarna la voluntad de poder y con ello no me refiero a la intención de dominio, de subyugar, sino a la capacidad y al gusto de vincularnos, de influir y de recibir de otros, de afuera. Somos membranas que responden desde la emoción y con picardía a un entorno que no le es indiferente, casi siempre estimulante, en ocasiones hostil —resistente y por eso atractivo—. 

El comportamiento activamente social, podría decirse que extrovertido —en tanto está volcado de manera decidida hacia afuera— es la principal característica de esta clase de vertebrados, es decir, de nosotros. Tal disposición es el resultado de una estrategia biológica para mantener el equilibrio fisiológico que quiere decir ahorrar energía mientras se conserva la temperatura corporal —sin enfriarse, ni sobrecalentarse— pese a las condiciones ambientales. Los mamíferos somos sociables —jugamos, nos reímos, queremos— porque es nuestro mecanismo de adaptación, ajuste y regulación. Un cuerpo trabajando por su propio balance. 

Mamífero es sinónimo de mamas y de los líquidos que producen ¿Para qué existe la leche? ¿Por qué algunas glándulas sudoríparas evolucionaron para transformarse en mamarias? Recuerdo en este punto la sentencia bíblica de "ganarás el pan con el sudor de tu frente" y me parece que la respuesta a esas preguntas está en el viraje sofisticado e inteligente de esta frase. El sudor se convirtió en leche que asegura la alimentación de los cachorros: este rasgo evolutivo amplió la capacidad de maniobra de la madre, de mamá, quien no depende de recursos externos y puede así moverse con mayor facilidad, especialmente, si precisa huir de un depredador. 

La historia de la leche es la historia de nuestra independencia animal, del movimiento —por eso el sedentarismo es la trampa de la especie— y también de la caricia, de experimentar sin mediaciones artificiosas una cercanía que nutre y que simbólicamente buscaremos y que a veces encontramos en metáforas de la leche que descansan en otras bocas, en otros pechos y en otros perineos. Aquí es donde las hormonas y las feromonas, como otras características de vida animal, aparecen como significantes de ese baile esencial que define la vida, en general y nuestra existencia mamífera, en particular. Según la etimología horman significa "excitar, producir movimiento", mientras que pheran traduce "transferencia". 

La expresión “mensajeros químicos” con que se etiqueta a estas palabras suena inicialmente científica, meramente informativa, pero si seguimos la ruta de la sensación nómada a que alude, lo que encontramos es esa animalidad puesta en marcha y nunca de forma tan literal: las hormonas transfieren el movimiento en uno y lo propician en otros. Son sinónimo de excitación, de estimulación, fenómeno que percibo como una especie de magia porque no veo realmente qué pasa, pero ocurro en una transparente urgencia de movimiento, aparición y contacto al interior de las vísceras propias o hacia otro organismo. Son respuestas que me parecen sorprendentes porque no las creía posibles en mí. Pero aquí no se trata de creencias: está lo que es y lo demás es falta de consciencia, de reconocimiento. 

La ceguera de los imaginarios me estorbaba cada vez más. Y ahora que irrumpió la oportunidad me reconcilié con los mensajeros de un evangelio terrenal. Me preparé para dejar atrás fantasmas y en ese gasto energético que busca compensación real y no solo imaginaria, reconocí otro cuerpo y mi movimiento y su movimiento y una danza aún torpe pero rebosante de impresiones. Bebí nuevamente de la trascendencia no trascendente, de la única necesaria, de reconocerme e incorporarme en posición animal: jugar, reír, buscar el pecho, hundirse en un beso, desgarrar ideas como lo hace una mascota cuando se come la tarea de su dueño. Por eso hablaba al inicio de renunciar, porque personalmente creo que si hay una singularidad humana es esa de expandir hacia la racionalidad lo que todo mamífero hace por defecto: autorregularse —elegir y acomodar— para lograr bienestar. 

Aquí lo paradójico es que mi renuncia fue precisamente al imaginario y a cierta forma de la razón: porque al cerebro, a nuestro cerebro bestial le interesa sobrevivir no la verdad, la interpretación elaborada. Fui humana para poder ser, para elegir ser animal y me parece bello incorporar el orden de esa manera, como si la evolución bebiera del artificio para depurarse hacia una naturalidad verdaderamente feral. De todas maneras, más allá de cualquier simbolización, ser mamífero implica una renuncia inevitable y universal a todos sus integrantes: destetarse. 

Los beneficios de la leche materna son temporales porque los recursos para producirla son biológicamente costosos. Sí, es cierto que en esta temporada he retornado con algún temor de ejecución, pero con seguridad de intención a mis hormonas, pero también es cierto que ese momento coincidió con el hecho de enfrentarme a la necesidad de destetarme —del imaginario, de la idealización singularizada—. No fue suficiente recuperar y transferir nuevamente mis estímulos: es preciso que acepte con objetividad de ojo humano que el paladar animal tiene sus preferencias, una respuesta primitiva acorde consigo mismo y un sentir que no será cambiado por imposición, ni manipulación. Me rindo, porque es la expresión contundente de la escucha: del respeto realizado.

Acepto la animalidad del otro, y en el puente que tiendo a la razón para regular la propia, hallo una verdad que me permite sobrevivir: ahora verdad y supervivencia no son excluyentes sino complementarias. Aceptar lo que es, en vez de encapricharme por lo que debiera ser es la leche de que vivo mientras comparto con los cuerpos —adentro y afuera— que alimentan mi presencia salvaje. No quiero que esos viajes sean excusa, ni distracciones, los asumo como expresión del ambiente, una atmósfera que arrulla mi siesta animal; como aquella que tiene el perro en el porche de una casa en el campo.

lunes, 20 de junio de 2022

Egoísmo



Los días recientes han sido los días del arduo descanso. Suena paradójico unir estas dos palabras en la misma oración, pero esas son las perplejidades de nuestro tiempo, las particularidades de un entorno que impone la productividad como medida de la vida humana, aunque en el fondo no seamos más que pura vida animal con sus antiguos ritmos de marea y sus paciencias ajenas al reloj. Por eso, el tiempo del descanso requiere de un esfuerzo, de aprender a tomarlo como parte necesaria de mi rutina en donde lo único “antinatural” es el rendimiento perpetuo. Por tal razón, ha sido todo un trabajo permitirme el momento del descanso; por eso lo describo como arduo pese a que el sentido común nos indique que es fácil “dejar de hacer”.

De esa manera, descansar ha sido otra forma de apostarle a la depuración, al desprendimiento, a la renuncia que hasta el momento es la lección dominante de este primer semestre de 2022. El descanso me ha llevado a soltar (lo que fue) y a soltarme (en lo que es), es decir, a ser sin el deber, sin el ideal, en pleno realismo. Así se explica el título de esta entrada: el descanso se convirtió en la forma más inmediata de reivindicar mi egoísmo como base terapéutica para reconstruirme después del cataclismo. Haberme comportado como una persona complaciente me llevó a una creencia espuria por la cual, sin ninguna revisión crítica, situaba la empatía como un valor superior y antagónico al egoísmo. Sin embargo, me di cuenta que desconocer y temerle a mi poder es la primera forma de corrupción y debilidad espiritual.

Gracias a mis conversaciones con Mauricio, pero también al Nietzsche del Ecce Homo —“Es necesario apoyarse valerosamente sobre las propias piernas, pues de otro modo no es posible amar”—, al Bertrand Russell de La conquista de la felicidad y a Mina Irfan he ido asimilando sin radicalismo que la empatía realista, el amor al prójimo, son complementarias y, de hecho, solo son posibles si existe un sano cultivo del egoísmo: si no hay una vigorosa motivación personal, una raíz que surja del entusiasmo propio e íntimo toda filantropía es solo un solapado soborno.

Por el contrario, la aceptación reflexiva del egoísmo prepara el camino para la alegría genuina derivada de que el otro reciba y no de que me dé un consuelo moral porque di. Antes temí asumir mi poder porque lo confundía automáticamente con la tiranía, pero hoy me di cuenta que esa identificación fue el resultado de una fantasía infantil. Ser egoísta es, de hecho, el antídoto contra la manipulación: una vez que se adquiere la seguridad suficiente en sí es más difícil ser manipulados por otro. Así que los beneficios de este egoísmo se incrementan a medida que la examino sin prejuicio y con miras amplias. Decidí dar el paso, me apropié de mi egoísmo: me desprendí de los pesados disfraces del idealismo para asumir mi desnudez salvaje, salvaje y racional porque esa singular animalidad es la que permite moverme libre, ligera, liviana y lúdica.

El egoísmo es, por tanto, otro sinónimo de la subjetividad. Y para que esta se desarrolle también me di cuenta de algo fundamental: que es necesario asumir la vida como un juego y que el placer es el nombre de ese juego. Acá debo ser precavida para no ser malinterpretada: no estoy a favor de que se tome el juego en el sentido de manipulación, ni de negación de la realidad. Hablo de algo más sencillo: de recuperar la actitud juguetona, curiosa, imaginativa, soñadora y alegre de la vida que es cosecha de la infancia. Aquí también resueno con Cristina Lago cuando hace poco nos invitaba a “jugar como un niño y a pelear como un adulto”, o a Nietzsche, quien no conoce “ningún otro modo de tratar con las grandes tareas que el juego”. Que la vida sea un juego significa que puede ser vista como una danza donde la energía se reencauza dinámicamente. Jugar es la respuesta en movimiento de dos o más energías y la característica de esos movimientos es que están motivados por la espontaneidad, por la curiosidad y la voluntad de diversión.

La seducción, el sexo, la amistad, la alimentación tienen mucho que ver con esa sencilla, pero vital y poderosa experiencia animal: socializar a través del juego, de esos contactos a veces corporalmente visibles, a veces entregados sutilmente en miradas o gestos. Estos son fenómenos que vivimos con naturalidad, por ejemplo, al interactuar con nuestras mascotas, por lo que conviene recordar que somos tan mamíferos como ellos y que expandir ese goce a la vida urbana es apenas el presupuesto para una existencia humana moderna realmente sostenible.

La vida se desenvuelve en esta picardía del ser. Esta interpretación lúdica de la vida me llevó a otro aprendizaje y es que en las relaciones sociales es necesaria una tensión, cierta hostilidad, “poner las cosas difíciles”. Es un error lógico y un atentado contra la creatividad convertirse en facilitadores compulsivos. El éxito de un cuento, de una novela, de un beso, de una relación comercial, de una relación amorosa es no dejarle al otro las cosas tan fáciles. Dejar de brindarle información. Se trata más bien de antojar, provocar, en suma, de jugar.

Comer y hacer el amor son, por principio, actos simultáneamente receptivos y hostiles: se desea y se lucha por igual con el elemento provocador y es allí cuando inicia el juego: uno empieza a provocar también y es en ese lugar del mutuo acertijo donde surge el sabor, el gusto, el placer porque precisamente nos alcanzamos a ratos sin descifrarnos nunca totalmente; nos acercamos sin tocarnos del todo, así como cuando de niños jugábamos “chucha cogida” o “lleva”. Para relacionarse dinámicamente es necesario un contrapeso, hacerse un poco “pesado” hacia el otro. ¿Cómo? entregándose a la acción del egoísmo: no me anulo para evitarle dudas al otro, sino que más bien me reafirmo para frustrarle en justa proporción; total el otro hace lo mismo desde su lado. Solo de esta manera —tensión de ocultarse y aparecer a la vez— puede surgir el equilibrio, la armonía.

Soy consciente de que hay una delgada línea entre ser juguetón, entre aprender a vivir y ser inmaduro. El segundo caso ocurrirá para quien se haya estancado en una posición primitiva frente al juego. Por eso es tan importante modular esa energía y simbolizar la actitud lúdica a partir de las herramientas racionales propias de nuestra especie: la razón no es enemiga de las emociones sino su potenciadora y, probablemente, su principal armonizadora. Todo esto lo digo porque caracteriza mis experiencias recientes, las cuales han consolidado mi sentido de responsabilidad, mi ética: responsabilizarme es reconocer mi poder, mi egoísmo y comprender cómo ello me ha hecho llegar a donde estoy y a relacionarme de la forma en que lo he hecho. Aquí recurro nuevamente al adjetivo arduo para calificarla, porque no ha sido una experiencia sencilla.

He renunciado a personas, situaciones y actividades que me brindaban evasión más no el goce real del juego, es decir, excitación en lugar de placer y eso ha supuesto momentos de rigurosa soledad. Pero, pese a las vacilaciones, pienso que es el tipo de resistencia y de dolor elegido que se siente cuando se levantan pesas. Es la metáfora más justa: romper fibras para fortalecerse. Ese arduo esfuerzo ha sido el trabajo de permitirme descansar. En estos días he descansado del voyerismo emocional, de someterme a la adicción del caos; a cambio he leído a la entrañable Fannie Flagg y al sensato Bertrand Russell, he vuelto a ver comedias —maravillosa Seinfeld—, a tomar siestas. Renuncié a dar un regalo a alguien que fue importante en el pasado. Este acto había sido un ritual significativo de mi calendario y renunciar conscientemente a él simboliza y refuerza la transición elegida hacia mi salud.

En la construcción de ese nuevo estado, el cuerpo —base del egoísmo— ha sido fundamental: le permito relajarse en el sueño y le tocó tensionarse con la enfermedad —el virus de la década—, pero en ese juego de opuestos encontré la armonía llamada descanso; descanso de meses previos cargados de intenso desgaste físico y emocional. Este fue el momento en que también retorné a cierta forma del tacto y con ello al efecto analgésico del roce. Mi diosa Venus me visitó y aunque con algo de temor confié en lo que voy siendo y me entregué a su designio. Esta oportunidad supuso otro tipo de consideraciones en las que ese egoísmo triunfó para conjurar la falsa moral y para reconciliarme con el placer.

Llegó nuevamente a mi boca el sabor del deseo, que luego bajó y presionó mi garganta cortando delicadamente la respiración. Al tiempo, las manos en el pecho recogían los latidos de un animal feral y hermoso que yo creía perdido en el desierto. Abrevé del manantial y comprobé que podía saborearlo sin ahogarme. Mis labios sobre el río fueron un encuentro con la frescura de la vida. Reaccionar de boca a boca después del naufragio.

Y ahora he llegado a la cordillera: no más arena, ni más sed. Hay un bosque y agua dulce para construir mi hogar. Ser egoísta es elegir el descanso, es volver a la montaña; ese viaje ha tenido hoy para mí la forma del sueño, de la enfermedad, de la renuncia a la nostalgia, de la risa y del beso. Hay espesura de manigua, pero también oxígeno de páramo. Ahora confío más en mis piernas, en mi egoísmo y en la capacidad creativa y solidaria que solo su fortaleza puede concebir y multiplicar.

lunes, 30 de mayo de 2022

Compromiso

 

Ahí, en esa podredumbre, está la fuerza de la flor / ahí donde la vida duele, curan los ojos del amor / ahí cambias la suerte por el impulso de crear / ahí reconocernos es suficiente, es empezar a cambiar

Gracias a D.V.B.

El propósito no es resistirme a las caídas. No me niego, no me reprimo. Dejaré que la carne se rompa; que las fibras se multipliquen. 

Aceptar esta experiencia es diferente a encariñarme (darle vueltas, apegarme, renegar) con la piedra del tropiezo, con la arena que me recibe o con la herida que se abre. Se trata de responder sin reaccionar, porque uno se cae, pero del suelo no pasa; entonces dale mai, párate y seguí, porque el camino es culebrero (ancho y ajeno; aventurero y misterioso). Sacudite y vamos por el paisaje nuevo de la próxima caída y también del próximo descanso, de la próxima pausa.

La confianza es un trabajo: uno aprende a confiar si se respeta la palabra. Por eso es tan importante cumplirse, en primer lugar, las promesas hechas a uno mismo. ¿Cómo no vas a aceptar traiciones de otros, si incumples lo que te prometes a ti? El compromiso no es una actitud hacia afuera, ni mucho menos la extinción de la libertad. El compromiso es otra forma de la introspección, es quizá la única posibilidad de una libertad real, es decir, sin ansiedad, de una libertad que no encarta sino que genera seguridad (no certeza). 

Todo compromiso —con otra persona o con una actividad— es siempre y por principio compromiso con uno mismo.

sábado, 21 de mayo de 2022

Monstruo


A summer storm graces all of me / Highway warm sing silent poetry / I could bring you the light / And take you home into the night / You make me real / Strong as I feel / You make me real 

 

Hace unos días hablaba del origen y de las consecuencias del cataclismo, como una manera personal de nombrar un inminente final emocional. Ahora y luego de conversaciones y de experiencias recientes esa reflexión se traslada de manera correlativa al concepto de irrupción. Esta palabra también me remite a la ocurrencia inevitable de un fenómeno, a su carácter súbito, contundente e incluso transgresor. Pero a diferencia del cataclismo lo irruptivo estaría relacionado con un comienzo, especialmente, si este es inesperado, si no se puede si quiera sospechar. Por eso el cataclismo y la irrupción hacen parte de una dialéctica casi natural: la destrucción que es necesaria para dejar lugar a la creación; el vacío que se requiere para poder llenar. Sin embargo, mentiría si digo que esto es reductible a una aséptica conceptualización mental. No. De hecho es una dialéctica que viví a flor de piel y que me sirve para describir la nueva apertura de una vieja herida: el percibir un desajuste entre la polaridad masculino/femenino, entre lógica/emoción en mi personalidad y considerar que el predominio del lado masculino/lógico me incapacita, inhibe, anula la posibilidad de suscitar ternura/cercanía en los hombres (sujeto de mi interés erótico-romántico) y me sitúa un tanto al lado de lo monstruoso —desfigurada, impotente— en los juegos de la seducción. El acartonamiento de las formas, la trascendencia vista en cada suceso, la aplicación indiferenciada —e indiferente— de la lógica a todos los ámbitos de mi vida, el impulso de explicar, de analizar cada suceso, el llevar a Daniela a todos lados, el dejar todas las cartas sobre la mesa sin condiciones, sin prudencia.

 

Todas estas son las acciones que considero sinónimo de una disposición excesivamente masculina y por tanto angustiante porque en verdad quiero sentirme femenina —que es mi sinónimo para la espontaneidad—. Lo que todas ellas tienen en común es el hecho de anteponer el conocimiento al movimiento. Porque, en últimas, en el amor conocer es necesario pero no suficiente. Hace mucho tiempo me atormenta la pregunta por mi carisma y la paradoja de buscar intimidad, pero hallarme intimidante. En medio de este huracán de ideas, de teorías, M. me preguntó, cuando amas ¿quieres que el otro sepa que sabes? ¿O quieres que el otro sepa a qué sabes? En conclusión ¿quiero conocer al otro o quiero moverlo, movilizar sus sentidos? Y empecé a identificar que mi problema es que radicalizo el principio básico de la neurosis: querer saber, obsesionarme con el saber. Mi zona cómoda, que es decir mi mecanismo de defensa, mi forma de ser niña, ha sido conocer, pero hace unos seis años mi cuerpo que quiere crecer, que se acerca al presentimiento de mi adultez, me empuja al sentir. La pregunta del millón es ¿cómo? porque siento la urgencia, pero no tenía las herramientas para digerirla y asumirla. Hoy tengo claridad y con M. voy construyendo ese camino. Lo afirmo: quiero moverme y me doy cuenta que ese deseo implica renunciar al saber. Moverme es no saber, hacer sin saber, actuar en la incertidumbre, porque la vida, precisamente y a diferencia de la teoría, carece de lógica, es el terreno del no-saber.

 

De esta manera llego a mi propia conclusión. Lo femenino no es un concepto universal. Lo que estoy buscando a través de esta llaga abierta es mi propio femenino, mi propio sentido —de sentir— y me doy cuenta que ello radica en desarrollar la capacidad de ser irruptiva. Lo que me separa del otro soy yo. Puntualmente mi apego a una epistemología, en el fondo, el muro del miedo. Y el miedo es la raíz de las teorías: insisto no es el momento de pensar, de darle vueltas a las ideas, sino de ocuparme —aplica a la tesis y a mi cuerpo—. Y la irrupción es otra palabra para la acción. Es el equivalente a la valentía y la seguridad en sí mismo, que no es desconocer la incertidumbre de la vida sino actuar pese a —y por— ella. Temblando, probablemente. Un poco a ciegas, es necesario. Es el salto de fe, ese del que habló el resucitado cuando dijo a Tomás "dichosos aquellos que creen sin ver". O como diría Paul Valéry: "Ver es olvidar el nombre de lo que estás viendo". Ver sin saber. Saber sin ver. Lo he comprendido: la fe no es un llamado a la irracionalidad y a desconocer el valor de la ciencia; es un llamado a la confianza en uno y en el futuro como misterio. Por tanto es una dialéctica del momento, una herramienta contextual: la razón se aplica al mundo, la fe en uno —porque somos, en el fondo, nuestros propios dioses, esa divina fuerza creadora—. Pero para llegar al salto de fe que es semilla de la irrupción es fundamental rescatar y luego cuidar uno mismo su subjetividad.

 

Más arriba relacioné lo monstruoso con lo desfigurado: quiero ser algo, pero soy lo opuesto y, por tanto, me siento sin forma —deformada—. Recientemente me encontré en una vieja libreta con una definición propuesta por un profesor de la universidad. Jorge decía que la palabra monstruo estaba lingüísticamente emparentada con mostrar y, particularmente, con "mostrar lo que es singular, irreductible. Es la individuación absoluta, lo imposible de generalizar y que en ese mostrarse advierte una transgresión". De esta manera, el sentido de la monstruosidad da un giro y empieza a encajar con el de irrupción como acción transgresora, que trastoca, moviliza, inicia. A propósito de esta divagación, incluso viene a mi mente el recuerdo de la película de Disney Monsters, Inc. (2001) en la que precisamente se cuestiona la mirada negativa sobre los monstruos y se propone otra lúdica y amistosa que nos muestra lo monstruoso como la reivindicación de nuestras singularidades, de eso que nos hace únicos. Y esto me lleva también a recordar la frase popular, algo cursi, pero que hoy me resulta verdadera: "Nadie es como tú y ese es tu poder".

 

Las comparaciones son odiosas y recientemente me vi en una situación de ese tipo. Fue doloroso comprobarlo de frente, entonces la primera emoción fue la envidia ¿qué tiene otro que no tenga yo? ¿Cómo logra en un instante lo que no logré en años? Por supuesto es el tipo de ceguera que no tiene que ver con la fe. Eso es ego. Porque no, no hay un rasgo mágico, la única diferencia es que el otro vive su singularidad sin temor y por ello irrumpe. Por fin lo comprendo: no se trata del qué, sino del cómo. Esta persona no espera la respuesta del otro para moverse, solo es y así hace que el otro se mueva, no complica la primera emoción, solamente propone, toma el control de su acción y al tiempo se desprende de la reacción del otro. Así pude finalmente comprender más allá del prejuicio. Es que de eso se trata vivir: cada persona tiene su valor, su sabor, su diferencia. Pero en las manos de uno está el no darle vueltas, no rumiar sobre las dudas, sino convencerse de ese sabor propio, convertirlo en placer y permitirle así que movilice los paladares del mundo.

 

La irrupción es la clave de la ternura, del sentir. Suma sabor, resta teoría, muéstrate monstruosa, muestra tu identidad con valentía. Arriesga y aniquila el fantasma del error. Aquí esa cuenta no cuenta. Permítete sentir sin calcular. No se controla el sentir, pero sí el hacer. Decide, irrumpe, sé —sin saber, con sabor—. Apuesta la vida sin imposturas. No cuentes, corazón, vive el cuento.

sábado, 23 de abril de 2022

Cataclismo


Electrizado le escape / A la sobre carga del ayer / Miles de voltios de atracción / Debo ser un buen conductor / Uh babe, no soportaba la presión / Fundí mis naves justo antes de la explosión

Abril es, para el poeta, el mes adolescente. Esto significa, para mí, que es el tiempo de los verdaderos comienzos, más allá de la arbitrariedad del calendario y de los improbables inicios de enero. La Tierra, a su vez, es cómplice de esa secreta poesía, que es otro nombre para la verdad: en el hemisferio norte, abril es el momento de la primavera, de la única esperanza que no traiciona: la vegetal. Por eso no es fortuito que la Pascua Cristiana se celebre en esta época del año, ya que esta festividad no es más que la sublimación, la inteligente absorción por parte de la Religión de la Historia, de los ritos agrarios paganos que en su mitología circular han celebrado el final del  invierno, es decir, del sacrificio de Dios, de su muerte —de la infertilidad—, para recibir a la primavera, a ese Dios resucitado que es el triunfo de la hierba sobre la nieve. 

La muerte y resurrección de Jesús, su triduo pascual, no es más que la metáfora historizada —radicalmente antropomorfizada— e historizante de la semilla que tiene que ser sepultada bajo la tierra porque solo de esa forma puede romper los límites de la contención terrena para elevarse como tallo o madera y fructificar cerca del cielo. Aunque el resultado de ese proceso es esperanzador porque es el origen de las cosechas que sostienen las formas salvajes y urbanas de vida, también es cierto que hay una fase sacrificial en tránsito, donde no vemos qué pasa porque el suelo oscuro es frontera de incertidumbre y entonces solo la fe puede conjurar los demonios de esa espera. 

Hay un puente entre el cataclismo y la floración. Es allí donde el desastre natural, que primero impacta el paisaje, al tocar la conciencia humana se convierte en angustia. Pienso entonces en las tentaciones de Jesús en el desierto; y, sobre todo, en su noche de los Olivos, esa zona del deseo oculto, del Mesías rebelde que quiere renunciar al "trago amargo", a la responsabilidad excesiva y no pedida de salvar la humanidad a costa de su dolor. El Cristo dubitativo y melancólico que considera la huida de su pasión es la metáfora de nuestra inmanente e inminente naturaleza contradictoria: el deseo que nos da la vida, nos la da porque siempre falta algo y así vamos a buscar lo que se ha perdido y no sabemos cuándo, ni por qué. Pero esa falta es precisamente la que instala una guerra interna: que el dicho y el hecho coincidan nos hace sudar sangre, o sea, sudamos sangre para tomar decisiones, para evaluar las consecuencias de las renuncias disponibles y para aceptar las que podemos asumir. Quizá por eso me ahora me resulte sensata la figura del pecado original, porque, fuera del significado religioso, nos recuerda que la sombra es condición de luz. La dialéctica es nuestro verdadero parto: sin la conciencia de la muerte (pecado) no reconoceríamos el valor de la vida. 

En el pasado estuve orgullosa de no manifestar rabia, de tragar entero para evitar conflictos, de escandalizarme ante el odio y el rencor. Pero sesgo es sesgo y como cualquiera de ellos es una expresión de radicalismo y desequilibrio, es una interpretación delirante, en tanto desconoce la realidad. En esa especie de ética psicótica me olvidaba que para florecer primero es necesario el barbecho e, incluso, el cataclismo: fue así como eclosionó la vida en esta roca que gira alrededor del sol. Pero si el Cristo dubitativo me dio la clave para aceptar mi oscuridad, este giro se completó con el recuerdo inesperado de Kikyō. La sacerdotisa también tuvo una vida trágica: un sentido exagerado de la responsabilidad social que la alejó de su deseo personal hasta el límite del sacrificio. Como Jesús, Kikyō resucitó, pero a diferencia de este su retorno fue espurio: a partir del barro —no de la carne— y de las almas ajenas —no de la propia—. 

En ambas existencias Kikyō fue una presencia compasiva y solidaria, pero atormentada en su segunda vida porque esta dependía inevitablemente de la muerte de otros. Fue ella quien mencionó que "vivir es morir, morir es vivir; lo puro se vuelve impuro, lo puro se purifica; lo bueno se vuelve malo, lo malo se vuelve bueno". Kikyō finalmente se redimió de su sufrimiento al soltar una existencia que ya no le correspondía. De esta manera, a través de una nueva reencarnación pudo desarrollar su verdadero deseo: vivir y amar como una chica normal, una que no carga —o cree que carga— el mundo en sus hombros, sino que solamente es responsable de sí misma. Ambos ejemplos —Jesús y Kikyō— tienen en común el ayudarme a reconocer que la sombra, la violencia, el cataclismo y la muerte también son necesarios porque de otro modo el mineral o la palabra nunca darían a luz la vida que está al otro lado de las grietas. Medito sobre la oscuridad, sobre los desastres y sobre la muerte porque son sinónimos de la renuncia, del desprendimiento necesarios para uno “llegar a ser lo que es”. Jesús y Kikyō creían que tenía que responder, que resolver, que atender a TODOS los estímulos y demandas; pero como ellos me di cuenta que no, que hay que depurar, que necesito priorizar y que está bien renunciar y dejar salir la rabia por haber sido complaciente: no tengo que aceptar el trago amargo porque sí. Los mesías que cuestionan su destino me han hecho ver la rabia como la semilla de la personalidad y esa interpretación ha resultado reveladora: me lleva al camino de mi propio renacimiento.

Ahora bien, abril es el mes adolescente no solo por esos mensajes que los ritos de Occidente y las ficciones de Oriente me han presentado en sus días, sino porque también ocurre un cataclismo interno. Varios abriles han sido el comienzo —e incluso los besos— de presencias significativas: p, a, c, s. Las primaveras han respondido con flores al movimiento de mi pecho y al temblor de mis piernas. Pero hoy además es manifestación de una pasión a la manera crística: dolor y sacrificio para la resurrección. Un cataclismo que anticipa el nacimiento de un mundo. Las sombras agitadas que preparan la llegada la luz. Suena lógico y optimista, pero hoy estoy justamente al borde de la prueba, de la tentación: vislumbro ante todo sombra, derrumbe, choques de rocas y huracanes. El volcán derrama lava brillante y mortal. Así como el deseo o como la duda, que carcomen con voracidad mis superficies. Bajan y bajan sin endurecerse, preguntas como ríos de fuego: ¿no estar o quedarse?, ¿calmar es pacificar o impulsar la recompensa? ¿Es amor? o más bien ¿envidia, semiótica sexual, vacío? ¿La luz iluminará o enceguecerá? ¿La quietud será sima o cima? Sin drama, atenta a mis contradicciones, sé que no hay respuestas buenas o malas, solo acciones convenientes o inconvenientes según los objetivos que priorice.

Sí, me repito, quiero afuera las teorías, los verbos sin acción, las acciones descarnadas, las promesas. Sí, me repito, quiero aquí tu cuerpo, sin palabras, sin razones. Sí, quiero un final, que mi sombra te refleje y muestre al otro lado tus puntos suspensivos.

sábado, 19 de marzo de 2022

Naturaleza

Felicity grew a garden / She planted with her hands / The ground beneath her feet, it was bitter / Felicity grew a garden / A haven safe from fate / And the ground beneath her feet, it was bitter, it was sweet

Entre enero y marzo de este año han pasado varios acontecimientos que me llevan a reflexionar sobre mi relación con la Universidad Nacional de Colombia. Pienso en ella con detenimiento, porque su significado y valor son irreductibles a la dimensión estudiantil o laboral que ciertamente la atraviesa. Justo en este mes cumplo trece años de haber incorporado esta institución como parte regular y formativa de mis rutinas. Para mí la universidad ha sido la principal zona verde de mis pies y de mi cabeza; ha representado el lugar por antonomasia de la posibilidad y gracias a ella —ella que son sus momentos, sus espacios y sus personas— he construido, revolcado, tocado los puntos más sensibles de mi identidad al son del placer y del displacer, es decir, al son del conflicto esencial y estimulante que es la vida, especialmente desde mis fases eróticas —de la más sublimada a la más sensual— ligadas con mi paso por la universidad.

Relaciono esta idea con otra imagen que se me cruzó esta semana en donde se veían las arenas del Sahara africano cubriendo los Pirineos franceses. El paisaje es atípico, pero no improbable. Aun así me conmovió el impacto de los colores, una nieve teñida de rojo a la manera de un Marte terrenal bautizado en ambas costas por el Mediterráneo. Entonces me parece que la playa siempre ha sido hermana de la nieve. Tus arenas, nuestras dunas siempre han sido el vestido de la nieve en tus páramos, en nuestras mesetas. Todo está conectado y se nos olvida por pura practicidad que las fronteras son imaginarias. Por eso digo que la universidad es más que burocracia o meritocracia académica para mí. Por ella la vida se me presenta como este juego de correspondencias que me recuerda el vínculo primordial del tejido con el mineral y por el cual toda separación es una ilusión, si bien toda subjetividad es una variación necesaria y deseable para su realización.

Estar en esta universidad —construida sobre las ruinas del río y al lado de un cerro tutelar, como queriendo decir “soy tu naturaleza”— me ha brindado la mayoría de mis experiencias de amor, de sexo, de frustración, de satisfacción, de enfermedad y de muerte. La competitividad, la castración, el dolor, pero también la ternura, la pasión y la comprensión han sido los materiales proporcionados por este espacio para moldearme, moderarme, excederme y reestructurarme. Allí han ocurrido encuentros y desencuentros desde el cuerpo y palabra que han contribuido de manera significativa a mi reconciliación con el mundo, al saberme parte de él y a responsabilizarme de mis acciones porque me reconozco individuo interdependiente en ese mundo conectado.

Y digo esto porque la cinta de Möbius —que son estas conexiones cuánticas y las inesperadas solidaridades que generan— termina —que es decir recomienza— por donde empezó. Esta semana me enteré que ya estaban desocupando la oficina del profesor Luis Miguel. Con este dato logré entrar para recoger un mapa de Colombia y al hacerlo recordé cómo había empezado uno de los capítulos más vivificantes de mi llegada a la universidad. Inicié mi recorrido allí en 2009 al ser admitida a Arquitectura. Sin embargo, esa fue una experiencia difícil que puso en entredicho mi identidad, el alcance de mi esfuerzo y la capacidad de mi cuerpo. La herida se manifestó en la pérdida de salud. La realidad había rebasado al ideal y entonces llegó el momento de la aceptación, que es otro nombre para la renuncia que nos libera.

En el horizonte de mi elección vocacional adolescente también estuvo la Historia. Sus contornos como carrera, al igual que los de Arquitectura, eran imprecisos para una joven de 17 años y en ambos casos asumí que podría desenvolverme en el camino elegido solo porque tenía gusto por la palabra y por la comprensión de los procesos humanos, o bien por el dibujo y la antropología urbana. La experiencia me demostró que el deseo era insuficiente y que la aptitud tenía un peso fundamental para su realización. En ese contexto solicité traslado de programa. Volví a ser primípara en el segundo semestre de 2010 y luego de los traumas vividos llegué con mínimas expectativas al nuevo pregrado, incluso, con cierto temor.

Aquí es donde aparece Luis Miguel. Mi primera clase de Historia la vi con él. Entonces no sabía que había iniciado la ruta de una salvación: esta carrera fue el catalizador para fortalecer mi cuerpo y reconstruir mi identidad. Quizá si Luis no hubiera estado, mi olfato —ya afinado por el dolor— me habría indicado que estaba en la dirección correcta, pero el hecho de que él fuera la primera persona que me saludó en el umbral y me invitó a seguir supuso un cambio inmediato en mi interpretación de la vida, de los talentos y de la creatividad: su discurso apacible, pero a la vez inteligente y apasionado sembraron una confianza y seguridad que hace rato no experimentaba y además demostró sin aspavientos que las humanidades encarnaban una forma bella de vivir, que el trabajo intelectual era tan hermoso como las artes más convencionales.

Llegué a este pregrado con las ruinas del sueño adolescente —naturaleza muerta—, pero la voz de Luis Miguel se situó entre mis despojos como el conjuro del musgo, como el milagro primigenio de la reforestación. Y entonces entendí que la fragilidad —el acto de romperse y derrumbarse— más que sinónimo de destrucción puede serlo, más bien, de barbechar. La ruina puede ser otra forma del descanso el cual es necesario para limpiar las malas hierbas, las espinas y las malezas que de lo contrario habrían corroído silenciosamente los frutos de árboles envenenados en su raíz por el afán o por la terquedad. El trabajo fue mío, pero la palabra y presencia de Luis fueron semilla para el rebrote seguro, saludable y bello de un nuevo jardín. Cuando volví a la nueva carrera me sentía ignorante, asustada, aunque curiosa.

No sabía muy bien qué esperar de una clase llamada “Historia de América I”. Entré y lo que ocurrió fue que Luis nos transportó al siglo XVI, a la manera de una máquina del tiempo, aunque sin aparatos extravagantes, y entonces descubrí que no era aburrido, que no me eran ajenas las experiencias humanas de personas que habían vivido cinco siglos antes que yo. Empecé a entender la personalidad del continente y del país por este ejercicio de arqueología y descubrí que me emocionaba, que me apasionaba comprender con amplitud de miras —críticamente— e interpretar con documentación e imaginación como herramientas principales del pensamiento. En medio de esta pedagogía estuvo la inolvidable referencia a Serge Gruzinksi, historiador de las mentalidades, quien precisamente se ha enfocado en señalar las conexiones que culturalmente nos vinculan desde épocas tempranas. La globalización no es un fenómeno moderno, del siglo XXI, sino que hunde sus raíces en los intercambios del Nuevo y Viejo Mundo cuando se vieron y se tocaron —comerciando, amándose o atacándose— en el siglo XVI. Entonces también entendí que la conexión implica conflicto, tensión, porque son las fuerzas complementarias aquellas que engendran la vida —aún con violencias de por medio—. Existe “la colonización de lo imaginario”, “la guerra de las imágenes desde Cristóbal Colón hasta Blade Runner”, pero también los diálogos entre América y el Islam y el más extenso intercambio de la mundialización que conecta desde los años mil seiscientos a “las cuatro partes del mundo”.

Me pareció fascinante aprender que la exposición historiográfica puede ser original, creativa, pero, sobre todo, que esa narración es una forma de conocimiento en donde la comprensión —y no juzgar— es el principal propósito de la inteligencia. La Historia resultó ser un trabajo de autoconsciencia, un trabajo sobre la naturaleza humana —incluida la mía—. El encuentro con Luis me hizo ver la Historia como una oportunidad para revisar prejuicios, aprender sobre la tolerancia, para reconocer y apreciar la diferencia, para malpensar la tradición y celebrar la creatividad, porque la historia es siempre historia del presente, hija de su tiempo. Gracias a Luis supe que aquí yo podía florecer, reconstruir sin temor mi subjetividad. En mi barbecho, que fueron sus cursos sobre historia de América y de Colombia, pasé de la arquitectura —del presente— al pasado. Volví la vista atrás, pero no para lamentarme, no por nostalgia, sino para aprender de mí a través de mi relación con otros de ayer —en los archivos— y de hoy —en las entrevistas—; para asimilar que el pasado es un país extraño, pero al final no tanto, porque nuestro destino es mestizo —las múltiples conexiones, la arena en la nieve— y nuestra naturaleza la palabra, que a la manera de rizomas y ramas sostiene las verdes hojas con que ayer y hoy, la humanidad —y yo soy humanidad— manifiesta sus creaciones y su gratitud.