El asesinato definitivo. Matar para cuidarse, abrazar la muerte para vivir. Cuanto te quise, pero cuan inerte es tu voluntad hacia el otro. Ni siquiera es el arte, contaminado con tu fingimiento; ni siquiera es tu cuerpo, debilitado por la promiscuidad. Es sólo el fetiche de tu ego deshonesto disfrazado de conciencia. Busco la calma. Vive entonces en el olvido que dices desear. Cuando me quiera traicionar "buscaré una prostituta, le daré una foto tuya. Le diré que me llame cuando se parezca a ti". Así podré confiar en mi simulacro mientras acudo al placer de saborearte voluntariamente sin tu presencia.
jueves, 10 de octubre de 2019
jueves, 3 de octubre de 2019
Réquiem para una malta
Querido: cuando te vi por primera vez percibí un brillo singular, atractivo, hipnótico. El pulsar de las cuerdas, el trenzar del lenguaje. Rápidamente se reveló también una opacidad revestida de mezquindad, evasión y superficialidad. Aún así me entregué a la curiosidad; el ánimo de entonces me empujaba al riesgo.
Luego saboreé el fruto suave y delicado de tu caricia y esa fue la entrada al laberinto. Aticé el deseo que despertaste con el engaño de tus palabras y de tus canciones tan bellas como suspicaces.
Lentamente concebí y me mudé hacia una idea a la que tú, literalmente, sólo diste cuerpo. Me permití, bailarín, caer en tu danza macabra movida al son de alas abiertas, de este tiempo, del jardinero, de conserva tu filo y tu oído. Y, como no, del niño rebelde o, más bien, del niño fiel a sí, que en 1993 decidió pintar la manzana vinotinto y no roja-roja, como lo pedía la maestra en contra de toda evidencia.
Querido, padezco del vicio retrospectivo: mirar el paisaje en el retrovisor. Tal vez sea por la fascinación de constatar que en un encuadre pequeño cabe un universo grande. De hecho, no se trata sólo de este truco de la dimensión sino de la capacidad de síntesis que hay en esa forma de mirar, de lograr un equilibrio entre los niveles del paisaje: que el árbol no monopolice al bosque. Poder saciar la ambición de conocer con detalle y con amplitud.
Con esto quiero decir que al mirar tu autorrepresentación resonó en mí, esa búsqueda de la creación y la conciencia de los distractores de tu alma que, como náufrago en una noche boreal, se agitaba por alcanzar la belleza.
Querido, tus preguntas, tus aprensiones y tu sensibilidad se convirtieron en fuego y me abrasaron. Recordé entonces a la hacedora acallada y con tu incendio volvieron a brillar hondas intuiciones que traicioné. Fuiste un ardiente espejo de lava en donde me fundía por la piel y desde el alma.
Querido, tú no pediste que me asomara a los abismos de tu alma. Ese fue un atrevimiento, el cual a veces califico de invasivo. No lo es del todo, por algo se trata de una obra pública. Mi pecado fue prestar atención desmedida a un actor sordo. Nunca se trató de un diálogo; siempre ha sido un monólogo dirigido a un público anónimo y cambiante. Al contrario, yo singularicé ese discurso y me creí en un diálogo imaginario. Te sembré en mí y mi tierra húmeda te respondía con toda su generosidad. Y así fue creciendo, convirtiéndote en raíz, en tallo, en hoja frondosa. Planta inspiradora de mi germinar como mujer y como hacedora.
Querido, no te imaginas o quizá lo sabes pero prefieres omitirlo: tu paso fue esclarecedor y al mismo tiempo devastador. Mi vida no volverá a ser la misma a partir de aquí. El sufrimiento es electivo y me atormenta saber que soy olvido, que con los días me marchito en tu jardín.
En medio de toda la impaciencia y la urgencia del deseo, siempre te admiré. Pese a todas las excusas y mentiras, creo que el bailarín es capaz de hacer una danza de buen gusto. Este arremolinado incendio me llevó a quererte y anhelar ser parte de tu vida, fuera de la forma que fuera, porque quería contagiarme de esa energía creadora y también por el mero placer de escuchar tu voz, tocar tu mano y besar tu cabello.
Querido, a pesar del deseo siempre fuiste más que un deseo. Tu cuerpo era sacramento por su brillo y porque allí reververaba mi alma, también, por un instante. Me atormenta saber que de tu parte, no hay tal percepción, que por el contrario buscabas dirigirte a mí desde el mínimo esfuerzo. No era tu obligación y no pretendía establecer un simple juego de poder. Sólo quería suscitar la posibilidad de compartir, de ser desde el otro, con intensidad, con decisión y con pasión. Poder confiar en que seríamos-sólo-siendo por uno, dos o tres instantes breves pero entregados.
Querido, me enamoré de ti. Sin embargo, debo olvidar, por mi bienestar, porque eres ilusión y porque aún así conserva la intensidad del primer destello. Pese a todo, aún quisiera tener algún vínculo perdurable contigo; mas nuestros lenguajes discurren por orillas opuestas y tu voluntad va con velas altivas hacia otras direcciones.
Querido, siempre me alegrará ver tus cuentos por ahí y por allá, tu música siendo canto del mundo. Te quiero muchísimo. Pero aunque soy agnóstica, todas las noches le pido a Dios que me libre del amor.
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