Este año ha sido todo, menos lo que espérabamos que fuera. Lo digo especialmente por mis planes de tristeza. Inicié el 2020 con un profundo desaosiego, acciones llenas de nerviosismo y pensamientos erráticos alrededor de un mismo tema: el amor no correspondido, que debo decir, más bien, el ego no correspondido. Cuanta amargura se desprendía ante la pérdida de una mirada deseada. Y, ¿aún osaría a llamar a eso amor? por supuesto que no. El vacío se inflamó con el pretexto de la pasión para revelar las carencias y un obsesivo afán de validación sobredimensionado en su importancia y que pretendía imponerse al simple acontecer de un otro a quien mi capricho otorgó una interpretación nunca pedida.
"La salud es aceptar y percibir la realidad en los términos de la realidad". Esa fue la frase que escuché en la fantástica Midnight Gospel y que me marcó inmediatamente porque se alineaba con la intención autoimpuesta en este año —del fin del mundo— para limpiar tan bochornoso episodio de egolatría: ajustarme al presente y a lo-que-es —no a lo que quisiera, ni a lo que debería ser según sabe qué absurdas resonancias familiares, culturales e inventos personales—. Consciente del malestar que me causaba situarme en una posición victimista —un acto feo, de mal gusto— comencé a repasar algunas enseñanzas del zazen combinadas con una inmersión en el estoicismo romano.
A estas alturas puedo evaluar lo significativo que fue ese encuentro, el cual, además, me confirmó que la historia es materia viva, es la conversación interminable, la ruptura de toda rutina y pivote de liberación —en contraposición de la memoria que nos puede paralizar—. Quiero decir con todo lo anterior que en el amor fati se me reveló con claridad el camino para reinterpretar las circunstancias de miedo, tristeza y represión: "Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma".
Sé que no sufría por otra persona, sufría por mí, porque mis expectativas fueron exageradas y se nutrieron de fantasías que quizá ni me pertenecían inicialmente y que distorsionaron la pureza de la experiencia. Entonces las intenciones se convirtieron en estrategia al preñarse de futuro y cubrirse de una pátina puritana y cursi con la que pretendía proteger mi orgullo herido. Sin embargo, el amor fati desgarró el velo en mis ojos y me hizo decir en voz alta aquello que me dolía y que negaba al empecinarme en sufrir —"no le gustas, no te ama, no te amará, hay mujeres cuya subjetividad es reconocida por él"—, para determinar con honestidad lo que quería acorde con lo que efectivamente se me ofrecía.
El duelo fue necesario, al final implicó aceptar la muerte de una versión encaprichada y asustada de mí. Para ese momento, las responsabilidades se situaron en el justo lugar y no hubo culpables ni condenas. "Take it as it comes" decía Jim Morrison. La pandemia, los giros del pensamiento, las inflexiones del deseo y el intercambio de roles en otras interacciones ampliaron mi comprensión y revelaron excesos que surgieron por mi resistencia a aceptar la incertidumbre. En algún punto decidí soltar la idea alrededor de esa persona o, en otras palabras, dejar de lamerme la herida idealista.
No puedo decir que esté completamente recuperada, porque la memoria es instintiva y tramposa —habla en términos de ansiedad—. Pero soy una mujer que intenta vivir en comunión con el acontecimiento y he visto en esa transformación de mi percepción una respuesta diferencial contundente: es la mirada aquello que nos delata, pero es la mirada interna la que nos define. Ahora miro con consciencia, sinceridad y también con orgullosa sensualidad. Nadie puede dañarme si no lo permito, cuando alguien me provoca —y hablo aquí de la cólera o de otras emociones o respuestas negativas— soy cómplice de esa provocación.
En este último tercio del año del fin decidí recomenzarme y ser cómplice; más no de la cólera, sino de una húmeda provocación. Dejé de fingir ante mí: tocar el bajo, tocar-m/te debajo. Sí, también quería participar del juego. Aprendí que no necesito confiar en ti, antes bien, independientemente de tu reacción, de tus consecuencias, esta ha sido la primera prueba para empezar a confiar decididamente en mí a partir de una lúbrica versión.
No es fortuito, verdad, un Fender California series: californication con todo el descaro desatado. El cuerpo, ese magnífico maestro y los catalizadores que se aprestan a un alunizaje en el planeta fastlove ¿cuántos apasionados intentos? ¡que me sirvan otro bien caliente con mucha crema encima! Descubrir a través del deseo hecho verbo/lengua la realidad que soy sin enmascaramientos; en cada obscenidad, una abertura de luz que me brinda claridad; claridad que es otro nombre para la generosidad que empieza a brotarme y que entrego al mundo pero, sobre todo, me entrego a mí. Ambos coincidimos: compartimos la religión del deseo y una imparable fascinación infantil por la intensidad y la imaginación al servicio de un intercambio intimista. Mi tristeza venía de no haberm/te demostrado la verdadera ruta de mi voluntad —más juguetona, más risueña, para nada grave—; de haber sido incomprendida porque la inconsistencia entre mis hechos y mis pensamientos nos confundieron, me confundió.
La arremolinada serenidad que he experimentado recientemente —sin que por ello cante victoria— se da porque ese fati se manifestó para expresar una realidad: claro que hay entre nosotros una oportunidad de diálogo. Con mi lengua en tu oído, cuentagotas de éxtasis parlante, donde las palabras se deshacen en bocas de tinta. El amor es amar la vida por encima de nuestros miserables egos, amar la vida es amar el acontecer. El amor es una noche de estrellas incandescentes; no hay engaño en su declaración, si ha sido es porque era. Amar el destino a veces toma la forma de "una inteligencia que descansa en el deseo que nos libera". Bienaventurado delirio que reverbera en la madera del universo.
*muaaa, muaaaaa

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