lunes, 28 de diciembre de 2020

Bucle


Ser consciente del bucle. Ver con claridad las insinuaciones de un desvío —o desvarío— que tuvo lugar hace 12 o 15 años y nombrar al mareo sin eufemismos: repetición de la fantasmagoría. La salud no es solo ausencia de enfermedad, sino la valentía de asumir hábitos para evitarla. 

También puede ser que esté atendiendo una exageración, reinvindicando el drama como vehículo de sentido. Si fuera campesina, artesana, pescadora, mujer endurecida por la violencia latinoamericana ¿Me sentiría igual? ¿Es la tristeza histérica un privilegio, una autoindulgencia del estómago lleno, de las manos sin callos, de los vientres no profanados? 

Soy hija de las hojas —en blanco y no de los árboles—,  de las paredes blancas, de los muñecos de plástico, de las pantallas azules —sin cielo—. Mi madre es la virtualidad, la potencia, lo que no es pero puede ser todo y nada. Cuerpo liviano que depende de la ficción para sentir el arraigo del fantasma y que sería semblante sólido si se limitara a la tierra.

Romper ese circuito implica dar el salto de la fantasía a la historia o más bien la historicidad: a nuestra materialidad, a la realidad que somos como contexto. 

No renuncio a la imaginación, pues la considero fuente de creatividad tanto en los campesinos como en mí, pero sí a fantasear: la virtualidad es la anarquía del deseo y, por tanto, su anulación. Identificar y asumir los límites no significa restringir sino actuar. Acción es presencia en el presente [sic] y no acomodación extralimitada en los tiempos del pasado, del futuro o de la ucronía. 

Estoy borracha de fantasía, de huida edulcorada, de reflejos intercambiados que me confunden. Debo despertarme de esta resaca. Mi misión no es la perfección de la idea sino la consistencia práctica. Ese es mi único, solitario e íntimo deber: proporcionarme en la vida el verdadero placer. Por eso debo ser una vigilante dedicada de mi cotidianidad y una iconoclasta comprometida de las mitologías personales.

martes, 22 de diciembre de 2020

Sueño de una noche de verano [en Tokio]


It was fun for a while / There was no way of knowing / Like a dream in the night / Who can say where we're going? / Maybe I'm learning / Why the sea on the tide / Has no way of turning / More than this, you know there's nothing  / More than this, no, there's nothing

More than This - Roxy Music

¿Qué nos conecta en medio de la muchedumbre solitaria? 

Miras por la ventana, ¿qué te mira? una gran mancha gris que siempre se torna hormigueo vertical, afanada corriente de metal. En las noches la mancha se viste de neón y extiende al infinito la melodía del fin del mundo con tonadas de 8 bits y voces infantiles que promocionan mercancías.

¿Y en el medio? ¿Qué queda? —"en el medio", quiero decir, entre la vida y la muerte— pasillos y ascensores: imposición del tránsito, delirio por embriaguez o hastío, y a partir de allí el ascenso al bar, el descenso al agua o la desesperada inmersión en el canto desafinado como refugio del soliloquio que somos; que seremos a los veinte y a los cincuenta aunque estemos casados, aunque engendremos hijos, aunque consigamos títulos en Yale. 

¿Qué somos en la puerta del hotel? Animales huérfanos e insomnes que se inventan dioses de papel y templos de madera para acallar el ronquido del esposo que yace a nuestro lado sin sospechar el vacío o la voz de una esposa al otro lado del teléfono preocupada por el color que llevará tu próximo sillón. 

Dios es el sueño de los matrimonios que no aman, el nombre de las dudas sobre el rumbo del propio destino. 

Pero los confines del tedio —de la vida— se cruzan con el rebrote de la inocencia. ¿Qué es la esperanza, si no un silencio ajeno que nos habla? Aunque en el amor siempre intervienen los cuerpos —no podría ser de otra forma— esto no implica que haya violenta posesión, pura materialidad viscosa como única forma de comunicarlo. 

¿Qué nos conecta en medio de las muchas soledades? una mirada cómplice, una sonrisa llena de pícara candidez, que un pie sea canción de cuna del anhelado dormir en compañía. 

Caricia, caro, mi querida, mi querido. Susurro de las pieles, delicado himno de ternura que en un par de minutos rehace nuestra humanidad en un profundísimo roce. 

Y no se trata de la redención platónica de nuestro deseo. Una diatriba contra la lujuria. Es más una celebración a la hierba del desierto y de los muros. Es simplemente que la realidad del amor es tan vívida como una brisa inesperada que nos acaricia mientras estamos en el balcón o como los rayos plenos que atraviesan el agua mientras nadamos. 

Soy naufragio, somos nube: abrazo suave en la tormenta que se desgarra para ser secreto de la tierra [suelo de metrópoli que pertenece a todos y a nadie]. 

domingo, 13 de diciembre de 2020

Vida

 

And with our strength, we'll be as one / A life of goodness, a life as one

El agua y el cielo. Dos superficies de consistencia etérea. Dos que son uno. Superficies que por no ser sólidas —inmóviles— transportan la imagen total del universo. Nuestro planeta es un espejo y, nosotros, sus espejismos. 

Hidrógeno y oxígeno son los nombres del siglo para el eterno retorno. 

¿Dónde acabo yo y dónde inicias tú? ¿Son las moléculas de mi estómago contenedores del océano? ¿Acaso las contracciones de mi pecho son la memoria de los huracanes que engendraron el mundo? ¿Es la electricidad de mi cabeza resonancia del trueno primitivo? 

Creo que la sensación de soledad es el invento definitivo de la vanidad; el juguete favorito de una mirada infantil o, si lo prefieren, la manifestación en el tacto de una ceguera fundamental 

¿Qué es el individuo sino la ilusión de una separación, el vaho sobre el único reflejo que somos?