lunes, 26 de julio de 2021

Felching

 

Put yourself into the middle of the rain / and believe into the blessing of its droplets / spin along with its noise / and try to be good

Anticipas la renuncia como forma de protección. Pero entre menos esperas (o des-esperas, como una imposición del deseo) sucede. No esperamos, no exigimos, solo sucedimos al ser la pasajera eternidad que atraviesa el cuerpo. ¿Qué sigue al fin de la eternidad? Te rindes, no haces preguntas, no quieres saber. Miras. Brilla una luz. Es un espejo del sol, un lago en el cielo. Te sumerges buscando las últimas consecuencias del silencio. Inmersión absoluta en la palabra ("y el verbo se hizo carne"). No hay ruido, no hay tiempo (que es casi lo mismo). Te entregas a su lenguaje con la devoción de una danza ritual que creíste imposible. Es extraño, porque arañas el vaso y devoras su blanca miel con avidez animal, pero luego le contemplas con regocijo angelical. No hay resquicio que pueda ignorar tu saliva. Al final somos un nuevo río hijo del relámpago. Ya no te preocupa la imagen, el juego. La fantasía se deshace como crema en tu boca. El destino nos encumbró como unidad a través de nuestras lenguas: "El lenguaje no está en nosotros, somos nosotros quienes estamos en él". Así se cumple tu destino: caminaste al filo de la obsesión, te balanceaste sobre tu gula pero al final —o al principio— saboreaste una íntima metafísica de la vida otra, de la otra vida, de los otros. Fuiste un dios, fuiste él, fuiste un niño: después de nacer te llevaste el dedo a la boca con la última gota del abecedario, la última gota del río. Es el gesto que te devuelve al sueño.

miércoles, 7 de julio de 2021

Tu gusto me sabe a fruta


El cielo estaba azul, muy claro, muy brillante. Al alzar la vista parecía que un mar nos saludaba entre las paredes naranja; ellas lo contenían como arena vertical. Los rayos del sol, imposiblemente hermosos, se derramaban sobre el boquerón de occidente, precisamente, el primer paso del valle de Aburrá hacia el océano Atlántico y hacia el Pacífico. En pocas palabras, con solo cruzar la portería a las 5 de la tarde ya había comenzado el paraíso: la invitación a nadar en las aguas celestes que reverberaban en medio de la montaña.

-Qué bonito atardecer. Solo había estado una vez en el mirador aun siendo de día. Para entonces, qué vergüenza, me sentía muy ansiosa, cautiva del futuro. Hoy es diferente y parece como si el paisaje fuera una respuesta a la alegría de mi presente. 

Eso pensaba Irene mientras se encontró con Rodrigo y se instalaron a conversar en la banca del mirador. Él le habló de la nueva jardinería en la unidad, de los proyectos urbanísticos del sector, de la tirana colonización del ruido a lo largo de la pandemia en los entornos vecinos.

-Es que la mente también genera sus zonas verdes. Comentaba Rodrigo. 

-Es en resumen lo que te he querido decir durante estos meses e incluso hoy al hablar de la ciudad con sus ángeles y demonios. Pero esa es la parte externa. La parte interna corresponde al cuerpo, que es otra forma de nombrar la zona verde en nuestra intimidad. ¿Sabes? ese ha sido mi descubrimiento en estos seis meses de 2021. 

Esto decía Rodrigo mientras se quitaba la mascarilla y, por fin, su rostro, que Irene percibió algo envejecido alrededor de los ojos, volvió a serle ofrendado a su vista. El sol y el viento revolcaban su cabello recogido, y a Irene se le antojaba un delicado espectáculo. Era tan sencillo y por eso tan hermoso. Sus sentidos comenzaban a abrirse, su cuerpo a despertar.

-El cuerpo es diferente al organismo y no está separado de la mente. Es un concepto y una experiencia integral que se adquiere con el paso del tiempo, a diferencia de la fisiología que nos llega desde el parto y que sometemos a tantas inercias inconscientes antes de llegar a comprenderlo como unidad y, sobre todo, como función.

Y entonces, Rodrigo explicó su rutina diaria de ejercicios y como estos se habían convertido en el hábito principal de su vida actual, en una actividad sagrada que le brindaba bienestar e incluso le había permitido alcanzar dos tonos más arriba cuando cantaba. 

-No importa si dejo de beber o persisto en la terquedad de algunos días de sobriedad. El alcohol ha sido una práctica constante y la verdad, la verdad, me gusta estar borracho. Parece contradictorio. Pero está claro: no dejaré la fiesta aunque tampoco el ejercicio. En esta paradoja he aprendido a moverme ahora y de hecho, a pesar de o, más bien, por eso, me he fortalecido.

Irene lo observaba ya dominada por el deseo. La charla giraba en torno al cuerpo de Rodrigo y los contrastes en que este habitaba. Entre más poderosa era la antinomia, más se le antojaba a ella acercarse nuevamente a esa anhelada piel. Le gustaba sentir que era un reto. Una cierta cercanía lúdica con el imposible, porque ya Rodrigo le había anticipado que por ahora solo iba por la charla. Pero esa tarde Irene estaba decidida. 

-Ya no soy más la niña de ayer. Pensó convencida para sí misma.

-Soy una mujer: sé hacia dónde se dirige mi deseo y tendré confianza en la desenfrenada lujuria que me permito desplegar. El lenguaje nos trajo hasta el borde del encuentro, pero mi actitud femenina nos llevará hasta la otra orilla de la inmersión total. Ahora tengo claridad sobre dónde termina él y dónde empiezo yo. Sus inseguridades y miedos no me pertenecen. Así que voy a ignorarlos completamente. Voy a bailar con las olas para escuchar el ritmo de Rodrigo. Finalmente, en el fondo, solo somos una mujer y un hombre. Hacer el amor será la consecuencia.

-¿Vamos ya al taller? Dijo Rodrigo. -¿Quieres helado?

-Claro que sí, respondió entusiasmada Irene. -Me quedo con el de fresa. Dijo ella mientras guiñaba el ojo y así Rodrigo no tuvo más alternativa que tomar el de chocolate con arequipe. 

Arriba, los dos siguieron conversando, él le pasó una muestra de una de sus últimas canciones, mientras ella lamía el cono y no sin cierta picardía lanzaba unas miradas a Rodrigo como indicándole que ella imaginaba otra cosa en su lugar. 

Pero el tiempo pasaba e Irene sentía que se agotaban sus oportunidades. De repente Rodrigo dijo —me parece también que con otra intención— que tenía el cabello muy largo y se lo soltó. Irene no lo dudó un segundo, sabía que este sería su caballo de Troya. Inmediatamente fue a acariciarlo y se quedó allí, paseando una y otra vez sus dedos por su cabeza y por las puntas que llegan más abajo de los hombros. 

-Qué delicia. Aquí me podría morir feliz. Tanto tiempo anhelando semejante trivialidad: mimar a Rodrigo. Está tan suave su cabello. 

Ahora ella deslizaba sus dedos con mayor intensidad una y otra vez, por la cabeza, pero también por el rostro, por sus pómulos y cejas, con tal devoción que parecía estar tocando el material más frágil del mundo.

-Qué rico, Irene, qué rico como me mimas. Maullaba Rodrigo con los ojos cerrados y un tono más agudo. 

-Me antojas demasiado. Exhaló él.

Y entonces la atrajo hacia sí y comenzó a besarle el cuello. Besos suaves de algodón, mientras sus manos se deslizaron hacia la cintura de ella y aún sobre la ropa alcanzaron el pecho y luego las nalgas. Sin prisa, sin violencia. Luego la movió al frente y la abrazó. En algún momento la besó en los labios.

-Ahhh, uffff, mmmm. El cerebro de Irene simplemente se deshizo en una enorme sonrisa de placer.

Irene había deseado ese momento por mucho tiempo. Tomó suavemente la cara de Rodrigo entre sus manos y la llevó hasta su boca. Correspondió su beso mientras se mezclaban sus lenguas y ella abría los ojos para mirar sus labios convertidos en granate, pero, sobre todo, para deleitarse con su mirada hundida en quién sabe qué esquinas del delirio, con una expresión de rendición. Rodrigo se había rendido a su invitación y esa renuncia total la excitaba. Además, puso atención a su aliento: mezclado con feromonas, había un gusto ácido, como a maracuyá, pero a sabiendas que era resultado del paso del tiempo y del helado de vainilla que se había comido hace un momento. Esa dulce acidez la excitaba aún más. Con delicadeza se entregó a esa fruta de pasión. 

-Qué delicia esta boquita. Todos sus matices. La eternidad es este instante. Pensaba Irene.

-A esto me refería con la desrealización que ocurre con la borrachera, con la traba y también con el sexo. Dijo Rodrigo borracho por esta miel inesperada.

Rodrigo e Irene estaban en la barra de la cocina y de repente él exclamó con un ánimo feral:

-Te quiero comer aquí mismo. 

-Vamos al cuarto.

Irene ya estaba derretida: en su entrepierna, en su boca, en sus ojos. Era un charco de emociones listas para sumergirse y también para ser atravesada a nado, completamente. Fue al baño primero y cuando pasó al cuarto disfrutó por un par de segundos ver a Rodrigo acostado. Alto, dispuesto. Le pidió que la desvistiera y él bajó su enterizo, mientras ella le quitó el pantalón.

-La mirada crea. Aquí estoy por fin recuperando la vida que se había marchitado durante la pandemia. Fueron meses en que el mensaje era fantasmagoría: rostros ocultos, cuerpos anulados. Erosión y resequedad en todas las tierras. La hora oscura de la hierba. Había desaparecido el agua que nos riega para hacernos crecer: la saliva, el semen. Cuánta sed de las primeras formas de la semilla. Todo había desaparecido como si la sexualidad compartida hubiera sido el sueño de alguna noche de verano en los tiempos remotos del tiempo. Y aquí estás, mi querido Rodrigo, siendo ya no mar, sino río para mis rizomas. 

Irene se deleitaba en la contemplación de su amante, de su humanidad: rasguños profundos hechos en el muslo por su perro, vellos en las piernas, algunos en el pecho; un pubis sin rasurar. Las tetillas y genitales más oscuros de lo que recordaba. La cuasi barba del lampiño. Irene explotó de felicidad con este paisaje. Y con gusto lo probó. El sabor de las horas y del amoníaco acumulado durante el día. Este cóctel, ese tránsito químico entre él y su boca eran para ella un delicioso manjar. Adentro y afuera. Lamer mientras tanto. Detenerse en la punta. Observar la expresión de éxtasis de Rodrigo mientras ella se entrega a la extensión acidulce de su fruto. 

-Ya no aguanto, Irene, ¿puedo entrar?, ¿puedo venirme adentro?

-Sí, sí, sí, mil veces sí, mi corazón. Ella también se había rendido a todas las posiciones. A cualquiera de sus conclusiones. Al amor. 

Varias veces, Irene se percató sonriendo y mordiéndose involuntariamente el labio, mientras Rodrigo se hundía totalmente en ella. 

-¡Lo logré!, ¡lo logré! Desperté al sueño dentro del sueño. Suspiraba Irene.

Así es, ella aterrizó, reinició la vida sembrándose semillas de pasiflora. Cuántas veces había renunciado mentalmente a Rodrigo. Tantas veces había asumido la armaga rendición. En el camino del silencio fue dándose a la libertad fuera del narcisismo y, en alguna parte del camino, a la manera de una dulce rendición, encontró en la figura de la prostituta su redención.

El principio de la prostitución (elegida) es, en el fondo, el de la generosidad, la entrega sin reservas. Claro que en el caso literal está el incentivo del dinero. Pero Irene está convencida que hay prostitutas del amor y que, precisamente, ella, para liberarse de la represión y serle fiel a su deseo sin un sacrificio mortal de la esperanza, había elegido convertirse en una. 

Por fin a fuerza de caprichos, de salvaje necesidad, de despedidas en bucle y de un consciente pragmatismo Irene había comprendido aquello que dijo Jean-Luc Godard en Poule —palabra del francés coloquial para prostituta—: “préstate a los otros, date a ti mismo”. También resonaba en ella el manifiesto de Milena Busquets en También esto pasará: “En cualquier caso creo que nadie puede sobrevivir sin determinada dosis de amor y de contacto físico. Por debajo de cierto nivel nos pudrimos. Las prostitutas son imprescindibles. Debería haber prostitutas del amor también. Si no fuese porque el amor es tan difícil de reproducir y de fingir, tan laborioso y largo y subterráneo. Tan ruinoso también [… pero quizá] es lo único que nos salvará”.

Y aquí Irene invertía el orden de la frase de Milena, porque el orden de los factores sí altera el resultado y el libro iniciaba con la idea redentora del amor para luego rendirse a su caducidad. Pero Irene tiene un corazón optimista y, convencida de la fecundidad de esta forma nueva del amor, tuvo esa tarde la certeza de que en el verano también ocurre la primavera, y que sin los grilletes absurdos del tiempo, las flores y los frutos brotan de la boca y el pubis de su amado.

-Últimamente he estado reflexionando sobre cuándo decidí ser hombre. Y cuál es la manera en que lo he sido. Porque no es un estado automático, no es un simple dato del organismo. Siempre me he sentido singularmente vinculado al mundo femenino. Irónicamente, siento que me brinda la potencia que no hallo en el masculino. ¿Sabes? Cuando era niño creía que mi pene era una flor...

Entre sorbo y sorbo, algunos besos y otros tantos abrazos, Rodrigo le expresó estas perplejidades a  Irene cuando volvieron a la cocina para tomarse una aromática tras haberse amado sin decirse más. 

-Te quiero mucho, mucho, Irene. Tu presencia es muy importante en mi vida. Eres como un puerto seguro, querida Irene. Vamos de paseo algún día. Dijo Rodrigo antes de cerrar la puerta y acompañarla a la portería. 

-Dame un abrazo, Rod. Cuídate. Murmulló en su oído, a las 10 de la noche, ya sin cielo ni mar, mientras se daba la vuelta para subirse al auto y atravesar la oscuridad.