lunes, 26 de julio de 2021

Felching

 

Put yourself into the middle of the rain / and believe into the blessing of its droplets / spin along with its noise / and try to be good

Anticipas la renuncia como forma de protección. Pero entre menos esperas (o des-esperas, como una imposición del deseo) sucede. No esperamos, no exigimos, solo sucedimos al ser la pasajera eternidad que atraviesa el cuerpo. ¿Qué sigue al fin de la eternidad? Te rindes, no haces preguntas, no quieres saber. Miras. Brilla una luz. Es un espejo del sol, un lago en el cielo. Te sumerges buscando las últimas consecuencias del silencio. Inmersión absoluta en la palabra ("y el verbo se hizo carne"). No hay ruido, no hay tiempo (que es casi lo mismo). Te entregas a su lenguaje con la devoción de una danza ritual que creíste imposible. Es extraño, porque arañas el vaso y devoras su blanca miel con avidez animal, pero luego le contemplas con regocijo angelical. No hay resquicio que pueda ignorar tu saliva. Al final somos un nuevo río hijo del relámpago. Ya no te preocupa la imagen, el juego. La fantasía se deshace como crema en tu boca. El destino nos encumbró como unidad a través de nuestras lenguas: "El lenguaje no está en nosotros, somos nosotros quienes estamos en él". Así se cumple tu destino: caminaste al filo de la obsesión, te balanceaste sobre tu gula pero al final —o al principio— saboreaste una íntima metafísica de la vida otra, de la otra vida, de los otros. Fuiste un dios, fuiste él, fuiste un niño: después de nacer te llevaste el dedo a la boca con la última gota del abecedario, la última gota del río. Es el gesto que te devuelve al sueño.

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