martes, 28 de diciembre de 2021

Improvisa


Light reflects from your shadow / It is more than I thought could exist / You move through the room / Like breathing was easy / And everyday / I am learning about you / The things that no one else sees / And with words unspoken / A silent devotion / I know you know what I mean / And the end is unknown / But I think I'm ready / As long as you're with me

Soy una aficionada de la semiótica. Me encanta observar y descifrar signos, es decir, interpretar. Tal vez de ahí se derivó mi pasión infantil por la lectura. Tal vez también fue lo que propició mi interés por las emociones: descifrar las intenciones o intereses de mis padres, de mis profesores, de mis amistades. Probablemente de esa pasión vino, finalmente, mi afinidad con la historia, un ejercicio de huellas y voces donde no hay última palabra, porque como dice un refrán: "La historia es hija de su tiempo". Esto quiere decir que siempre podemos imaginar no solo el futuro, sino también un pasado diferente. En resumen la historia me enseñó que siempre podemos imaginar.

Ahora bien, de tanto atender a los signos, de tanto exponerme a los misterios de la comunicación me he convencido de que la intuición no es más que una semiótica automática, una impresión que por su inercia la confundimos por espontánea, por ahistórica —como un chispazo de entendimiento venido de la nada—. Lo mismo me sucede con el concepto de magia: pensamos que es un acontecimiento sobrenatural, un asunto de brujas, espíritus, milagros. ¿Pero cuál es la esencia de lo mágico? es el hecho de que hay una transformación de la realidad a partir de un enunciado. Por tanto para mí la magia ha llegado a equipararse con la natural capacidad performativa del lenguaje. Decir es hacer. Es el sentido del hechizo, del spell: el pensamiento es ya verbo hecho carne. 

Pero estas consideraciones no son mi tema principal. Menciono la intuición y la magia porque a pesar de lo dicho, a veces me gusta creer en que sí hay un componente sobrenatural o más bien extrahumano en su ocurrencia. Quiero creer en que sí hay un diálogo con otras fuerzas que confrontan nuestro limitado ego y que hay señales que no son proyecciones propias, sino mensajes, signos de otros; signos otros. Hace poco me preguntaron cuál era el primer paso de la creatividad. No recuerdo que balbuceé, pero mi interlocutor no dudó en afirmar que era el desprendimiento, es decir, la renuncia al paradigma. Es algo similar a lo que ocurre con las frutas maduras cuando se desprenden, esto es, se diferencian del árbol que las concibió, separándose de la rama para adquirir un nombre propio —diferente al del árbol de origen— y con una existencia física totalmente individual y probablemente más dinámica. 

Concedí la razón a mi interlocutor y medité sobre mi experiencia. Entonces caí en cuenta de una omisión fundamental en el relato de mi identidad. Siempre he pensado mi autorrepresentación en términos de metáforas vegetales: semillas, tierra y raíces, pero con este cuestionamiento me di cuenta de que nunca hablé de frutos para referirme a algún aspecto de mi historia, aunque sí lo hice para referime a un otro, claramente diferenciado y deseado por mí. Con estas nuevas herramientas pienso que esta fue una manifestación de mi inconsciente, pues apelar al fruto implica reconocer una separación, dicho de otra manera, el reconocimiento de un dolor. 

También relacioné estas imágenes con mi obsesión por la validación y la descompensación vivida entre los extremos del borramiento y el lucimiento. Las raíces, subterráneas ni siquiera son visibles, mientras que los frutos son lo más vistoso y deseado del árbol. Entiendo así que la omisión deliberada de los frutos en mi discurso fue la manera de expresar mi inseguridad creativa y de revelar el temor a los duelos. 

¿Qué tienen que ver el desprendimiento, las metáforas arbóreas y la aprensión a duelar con mis reflexiones iniciales sobre la intuición y la magia? Con que recientemente me parece ver señales inconfundibles, señales extrahumanas que me quieren aleccionar, más bien confrontar mis paradigmas. Ellas me dicen que sí, que es necesario renunciar, que va a doler y que es necesario atravesar ese dolor porque al final validaré una diferencia que me permitirá descubrir mi propia textura y mi propio sabor. El mensaje, el signo es el siguiente: de este desgarro madurarás fruta. 

Quiero detenerme ahora en esos eventos aparentemente triviales, pero a la vez significativos, es decir, "mágicos" portadores de este mensaje. El primero fue que mi cámara análoga —inicialmente de mi padre— fue deteriorándose desde abril de 2021. Tercamente la sometí a varias reparaciones y ensayos, pero luego de hacer una última prueba, con flash incluido, hace tres semanas acepté que se había dañado. Las fotografías de ese concierto fueron su testamento: en otras palabras, reconocí su muerte y asumí su tumba en el fondo del armario lejos de los escenarios, de los miradores, del sol, de sus ojos, de su desnudez. Veo claramente en la cámara uno de mis paradigmas, primero, porque alimentó mi afán coleccionista —fotomemoria— y, segundo, porque hice depender de ella mi vínculo con alguien especial. En medio del trauma —de la resistencia— incurrí en el error y el mal gusto de sostener un guion rígido en donde tomé la parte como si fuera el todo, como si no pudiera colorear fuera de la línea, como si no hubiera más encuadres para componer otras y mejores escenas. Me resistí, me asusté, como ha sido hasta ahora, ante la improvisación. Por eso digo que lo ocurrido con la cámara es una señal mágica: los anillos de los lentes se desprendieron, de pronto, sin un golpe, sin una caída, sin una razón de peso y desde entonces hasta hoy me vi obligada a aceptar ese duelo: la Olympus no funcionará más.

El segundo evento fue con un objeto explícitamente relacionado con la memoria y, por eso mismo, paradigmático. Me refiero al disco duro externo de una tera que había comprado en febrero de 2021 principalmente con la intención de tener fuera de mi cotidianidad los registros relacionados con aquella persona. Como si presintiera o me hubiera comprometido con cumplir esta profecía guardé todo en ese disco: no quedó ningún respaldo en la nube ni en otro sistema. Sabía que este dispositivo era muy delicado y lo cuidé con atención hasta mediados de noviembre. Ese día justo después de vivir una amarga experiencia tuve un "olvido" y lo dejé caer. Desde ese día no pude acceder a los archivos y mi tío, que es técnico informático, no ha logrado extraer la información. 

En definitiva, a la fecha asumo que he perdido lo que había allí: toda una labor de curaduría y de narrativa coleccionista en la que revivía una y otra vez un guion averiado, fantasmal que por supuesto enfermó mi presente, pero cuyas consecuencias no quería aceptar. Verme desprendida de tajo, sin anestesia de esta información me generó dolores de cabeza, pero, insisto fue otra señal "mágica", porque fue la única y mortal caída que tuvo el disco y la cual llevó  a la des-aparición de un símbolo en el que se juega no sólo la renuncia a mi ansiosa y estéril inclinación coleccionista, sino, sobre todo, mi duelo alrededor del deseo, del deseado. 

Por eso me gusta creer que esos signos de desintegración física en una cámara y un disco son producto de algo más, de un mensaje-otro —otro que no sé nombrar pero que no es mi ego— que me dice: "Asimila el dolor de renunciar a la memoria porque perder no signfica que te conviertas en perdedor". No todos los triunfos son éxitos y también se gana cuando perdemos. Ahora mismo estoy en la frontera de ganar el sabor de mi propio jam, de asumir la invitación a la vida nueva [la dantesca Vita nuova] donde no importarán los guiones —cámaras, memorias, discos [rayados], conceptos, falsa racionalización, caprichos ajenos— sino la interpretación, el fruto liberado, de mi íntima convicción en renovado presente.

jueves, 23 de diciembre de 2021

Transfiguración


Veo las cosas como son / Vamos de fuego en fuego hipnotizándonos / Y a cada paso sientes otro déja vu / Similitudes que soñás / Lugares que no existen / Vuelves a pasar / Errores ópticos del tiempo y de la luz / Todo es mentira, ya verás / La poesía es la única verdad / Sacar belleza de este caos es virtud

Noviembre y diciembre han aguzado los sentidos y, especialmente, el sentido de la prudencia. Hasta el momento la fijación, la obsesión se estaba convirtiendo en el único método de activar el pensamiento, de ensimismarme en ese remedo de experiencia que es la acción debilitada, es decir, la inacción hiperconsciente. La soledad ya ni siquiera era soliloquio; se había convertido en un ruido sin voz que me llenó de terror y me empujó a buscar algún estímulo externo que confrontara mi cobardía y sacudiera —resignificara— mis errores de percepción. Entonces acudí a dos fuentes, a dos manantiales: la amistad y el psicoanálisis. En ambos busqué instintivamente la cura por la palabra: mientras en el primero ejerzo la escucha, en el segundo el habla, pero los dos tenían el propósito de mirar más allá de mi nariz, de mi ombligo desgastado, del vaso con agua en el cual creo ahogarme. 

Y aunque inicialmente participar de la escucha me permitió redimensionar la exageración de mis neurosis —el idealismo díscolo—, también es cierto que luego me sentí saturada: del extremo ermitaño pasé al extremo del compromiso ilimitado con las historias del otro. El hecho de conocer desde varios ángulos el malentendido entre dos amistades en común me llevó a una urgente reflexión sobre la necesidad social de la mentira —o, con mayor precisión, de la ficción— y sobre la imposibilidad de una verdad referencial. En esta constatación, además del análisis personal que he reiniciado, fueron muy esclarecedoras las palabras de Rodrigo Asseo y de Néstor A. Brausntein —ambos psicoanalistas— ya que fueron ese primer eslabón para asimilar en víscera propia por qué somos responsables de lo que decimos pero no de lo que el otro fallidamente escucha. De esta manera, el torbellino de representaciones apresuradas y de acusaciones subjetivas a cuatro voces en que me sentí arrastrada, desordenada e incluso triste fue calmándose, desacelerando hasta ser brisa y finalmente paisaje sereno. 

Pero esta serenidad no fue la respuesta a un referente literario o a la clínica de análisis externos; se trata más bien de que la abstracción fue sometida a lo concreto, es decir, a mi propia experiencia: ¿por qué la moral exalta la sinceridad, cuando esta no equivale a decir verdad sino a decir lo que pensamos —una percepción personal— porque lo creemos verdadero? La sinceridad no es más que una fe, una mitología sobreestimada y por eso locuaz, que no elocuente. Pienso entonces en el descaro del ego, quien en su pretensión de sinceridad se hace hipócrita y, por tanto, el primer mentiroso: quiere condenar a los demás, a los que le han mentido; quiere denunciar el mugre en el ojo ajeno, sin decidir percatarse del propio. Reconozco haber asumido esa posición condenatoria en el pasado —la falsa consciencia de lo verdadero—, pero desde noviembre observé con atención mi discurso y reconocí a través de él mi activa participación en la mentira, en esta práctica que —fuera perversiones— es otro nombre para el matiz, para el diálogo equilibrado. 

Quiero aclarar que no se trata de someterse al otro, de ser complaciente: no voy a decirle lo que quiere escuchar, sino lo que puede escuchar. En vez de responder, el propósito en este movimiento es escuchar al interlocutor, dejarle hablar y a partir de ahí ser comprensivos, sensibles al contexto que su actitud revela. De esta manera descubriremos las condiciones de lo soportable y con ello las rutas que mantendrán viva una interlocución que mutuamente se desea sostener: este es el sentido de la verdad transferencial, esto es, que no es inmanente sino que existe por una relación que a su vez nunca es totalmente legible, que siempre oculta algo. Así es como he descubierto, aceptado y promovido la realización de mis secretos, por ejemplo, no explicar las manchas en mis dientes; difuminar en la bruma de la sospecha el placer ante el espejo; o esconder el paradero de mi sueño fuera de casa.

Estos dos meses se han resumido, parcialmente, en esa inquietud por el estatuto de la verdad en las relaciones sociales. Porque lo cierto es que la ficcionalización —o la mentira— es el sustento del contrato social, pero también del amor y ambos encarnan la noble —y conflictuada— búsqueda de la humanidad por conjurar la crueldad. Es en el derecho y en el erotismo donde el ímpetu desorganizado de ese rasgo animal se transfigura para convertirse en compasión. Ya lo dijo Cerati con la contundencia liviana del poeta: "Sin secretos no hay amor". Esto significa que mentir, no-revelar/velar, es la expresión más concreta y saludable de la prudencia. Amar a la polis y amar al amante son realidades que precisan de la autocensura, de la sensibilidad ante el interlocutor para calibrar qué de nosotros puede recibir. Amar implica filtrar y asumir que la necesaria opacidad del discurso ofrece mayor nitidez a lo que efectivamente se muestra. Dicho de otra manera, la verdad es lo que no se puede mostrar, es el no-saber; la mentira es lo que podemos ser, es saber que no sabemos y que el deseo —el encuentro— ocurre en el misterio creativo del secreto, del déjà vu.