jueves, 23 de diciembre de 2021

Transfiguración


Veo las cosas como son / Vamos de fuego en fuego hipnotizándonos / Y a cada paso sientes otro déja vu / Similitudes que soñás / Lugares que no existen / Vuelves a pasar / Errores ópticos del tiempo y de la luz / Todo es mentira, ya verás / La poesía es la única verdad / Sacar belleza de este caos es virtud

Noviembre y diciembre han aguzado los sentidos y, especialmente, el sentido de la prudencia. Hasta el momento la fijación, la obsesión se estaba convirtiendo en el único método de activar el pensamiento, de ensimismarme en ese remedo de experiencia que es la acción debilitada, es decir, la inacción hiperconsciente. La soledad ya ni siquiera era soliloquio; se había convertido en un ruido sin voz que me llenó de terror y me empujó a buscar algún estímulo externo que confrontara mi cobardía y sacudiera —resignificara— mis errores de percepción. Entonces acudí a dos fuentes, a dos manantiales: la amistad y el psicoanálisis. En ambos busqué instintivamente la cura por la palabra: mientras en el primero ejerzo la escucha, en el segundo el habla, pero los dos tenían el propósito de mirar más allá de mi nariz, de mi ombligo desgastado, del vaso con agua en el cual creo ahogarme. 

Y aunque inicialmente participar de la escucha me permitió redimensionar la exageración de mis neurosis —el idealismo díscolo—, también es cierto que luego me sentí saturada: del extremo ermitaño pasé al extremo del compromiso ilimitado con las historias del otro. El hecho de conocer desde varios ángulos el malentendido entre dos amistades en común me llevó a una urgente reflexión sobre la necesidad social de la mentira —o, con mayor precisión, de la ficción— y sobre la imposibilidad de una verdad referencial. En esta constatación, además del análisis personal que he reiniciado, fueron muy esclarecedoras las palabras de Rodrigo Asseo y de Néstor A. Brausntein —ambos psicoanalistas— ya que fueron ese primer eslabón para asimilar en víscera propia por qué somos responsables de lo que decimos pero no de lo que el otro fallidamente escucha. De esta manera, el torbellino de representaciones apresuradas y de acusaciones subjetivas a cuatro voces en que me sentí arrastrada, desordenada e incluso triste fue calmándose, desacelerando hasta ser brisa y finalmente paisaje sereno. 

Pero esta serenidad no fue la respuesta a un referente literario o a la clínica de análisis externos; se trata más bien de que la abstracción fue sometida a lo concreto, es decir, a mi propia experiencia: ¿por qué la moral exalta la sinceridad, cuando esta no equivale a decir verdad sino a decir lo que pensamos —una percepción personal— porque lo creemos verdadero? La sinceridad no es más que una fe, una mitología sobreestimada y por eso locuaz, que no elocuente. Pienso entonces en el descaro del ego, quien en su pretensión de sinceridad se hace hipócrita y, por tanto, el primer mentiroso: quiere condenar a los demás, a los que le han mentido; quiere denunciar el mugre en el ojo ajeno, sin decidir percatarse del propio. Reconozco haber asumido esa posición condenatoria en el pasado —la falsa consciencia de lo verdadero—, pero desde noviembre observé con atención mi discurso y reconocí a través de él mi activa participación en la mentira, en esta práctica que —fuera perversiones— es otro nombre para el matiz, para el diálogo equilibrado. 

Quiero aclarar que no se trata de someterse al otro, de ser complaciente: no voy a decirle lo que quiere escuchar, sino lo que puede escuchar. En vez de responder, el propósito en este movimiento es escuchar al interlocutor, dejarle hablar y a partir de ahí ser comprensivos, sensibles al contexto que su actitud revela. De esta manera descubriremos las condiciones de lo soportable y con ello las rutas que mantendrán viva una interlocución que mutuamente se desea sostener: este es el sentido de la verdad transferencial, esto es, que no es inmanente sino que existe por una relación que a su vez nunca es totalmente legible, que siempre oculta algo. Así es como he descubierto, aceptado y promovido la realización de mis secretos, por ejemplo, no explicar las manchas en mis dientes; difuminar en la bruma de la sospecha el placer ante el espejo; o esconder el paradero de mi sueño fuera de casa.

Estos dos meses se han resumido, parcialmente, en esa inquietud por el estatuto de la verdad en las relaciones sociales. Porque lo cierto es que la ficcionalización —o la mentira— es el sustento del contrato social, pero también del amor y ambos encarnan la noble —y conflictuada— búsqueda de la humanidad por conjurar la crueldad. Es en el derecho y en el erotismo donde el ímpetu desorganizado de ese rasgo animal se transfigura para convertirse en compasión. Ya lo dijo Cerati con la contundencia liviana del poeta: "Sin secretos no hay amor". Esto significa que mentir, no-revelar/velar, es la expresión más concreta y saludable de la prudencia. Amar a la polis y amar al amante son realidades que precisan de la autocensura, de la sensibilidad ante el interlocutor para calibrar qué de nosotros puede recibir. Amar implica filtrar y asumir que la necesaria opacidad del discurso ofrece mayor nitidez a lo que efectivamente se muestra. Dicho de otra manera, la verdad es lo que no se puede mostrar, es el no-saber; la mentira es lo que podemos ser, es saber que no sabemos y que el deseo —el encuentro— ocurre en el misterio creativo del secreto, del déjà vu.                                                                                                  

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