martes, 27 de diciembre de 2022

Sangre

Según la antigua teoría de los temperamentos, el carácter humano se dividía en cuatro humores: sanguíneo, colérico, melancólico o flemático. De esta interpretación desarrollada por Hipócrates hacia el siglo V a. C. me llama la atención que la vida anímica se identifique con líquidos. Así esta hipótesis anticipó el conocimiento de que nuestro cuerpo está constituido en promedio por 60 % de agua, mientras que el restante 40 % se distribuye entre proteínas (18 %), grasa (15 %) y minerales (7 %), es decir, que por otro lado venimos de la roca y en síntesis somos barro, en que además se mezclan todas las tierras y todos los mares. La metáfora acuática me resulta fascinante porque el agua es sin duda el rasgo por antonomasia del planeta Tierra y hoy es una obviedad reconocer que los océanos fueron la cuna y matriz de todas las especies.

A propósito de estas afirmaciones, al ver White Lotus me sentí especialmente conectada con las imágenes que involucraban el mar. De hecho, me parece, que es la metáfora principal de la serie. Cada vez que había un cambio o una revelación aparecían las olas golpeando los acantilados. Sin embargo, es con los personajes de Tanya y de Quinn donde, para mí, se hace evidente esta relación vital con el océano: primero, porque la atormentada mujer que luchó todo el tiempo por liberarse de su madre, del peso de una representación violenta y opresiva aún en forma de ceniza, logró atravesar, gracias al mar, ese miedo a la libertad dejando que este se llevara finalmente su pasado. Segundo, porque Quinn un joven de 17 años enredado en la dopamina barata del consumismo desechable —cuya síntesis es la adicción a la pornografía y a los Smartphone— dio el paso a una vida nueva desde que entró contacto con el mar.

Es probable que el bautismo tome del embarazo su simbolismo acuático. Es en ese medio donde surge la vida humana: un líquido que es atmósfera y alimento hasta que llega la vida en tierra. El bautismo es el saludo de bienvenida a esa vida. Y eso fue lo que le ocurrió a Quinn: el mar le permitió aterrizar. Me pareció hermosa la transición visual que evidencia la transformación de este personaje; se trata de una secuencia muy ilustrativa en donde el contacto con materiales vivos y no con pantallas transforma a un niño mimado, es decir, prisionero de un deseo impuesto externamente (consumos que definen a la élite), en un joven que descubre realmente el placer propio y se da cuenta que este no tiene nada que ver con la masturbación, sino con darse él mismo su lugar en el mundo siendo un individuo en relación con el concierto de los seres vivos.

El punto de inflexión inició cuando Quinn acudió a la playa como dormitorio huyendo del maltrato de su hermana quien monopolizaba el cuarto del hotel. Al quedarse dormido sobre la arena, la marea se llevó los dispositivos electrónicos que Quinn cargaba con él. Ahora que lo pienso, estos objetos eran como el cofre de cenizas de Tanya, o sea, otro lastre ruinoso que opacaba el espíritu, aunque el muchacho aún no podía entender este mensaje. Primero llegó el berrinche y el afán por obtener un nuevo teléfono tan pronto como fuera posible. Para él era inconcebible otra forma de vida, la imaginación está trabada en las cuatro líneas de la pantalla y el muchacho aún no alcanzaba a considerar todas las posibilidades que residen en nuestra herencia animal, en el simple hecho de tener un cuerpo. 
 
Pese a su frustración, Quinn siguió durmiendo en la playa y sin proponérselo tocó de frente y sin intermediarios el umbral del aburrimiento. Y entonces descubrió que era un sentimiento agradable y fértil: solo en el reposo y la contemplación se avizoran ballenas. Para apreciar estos mamíferos increíbles, centinelas del planeta no podemos exigir afán. Hay que quedarse quietos y mirar. La magia no es algo extraordinario sino una transformación de la mirada: no vemos lo que estuvo todo el tiempo porque nos cegaba la velocidad. Un mundo inédito se abre cuando se incorpora la paciencia: que primero baste con estar; que luego esa consciencia reconozca que el origen del movimiento —no de la evasión— es el aburrimiento. Porque el aburrimiento es el océano mental del que nace la creatividad. Pronto Quinn fue más sensible a esa corriente que solo se percibe al estar quieto. También vio la efervescencia del mar adentro y al alzar la mirada al horizonte halló su comunidad: un grupo de hombres fornidos que remaban todos los días entre los islotes del archipiélago. De la inercia de la pantalla, Quinn saltó al esfuerzo del remo y halló en ese trabajo la alegría de una rutina que daba sentido a su roca. Entonces renunció al Smartphone, a la comodidad capitalista de su familia y se quedó siguiendo su inclinación. Una vez más el agua como sinónimo de vida.

*

Como Tanya y como Quinn yo también he estado inquieta en estos días. Ahora que me encuentro en pareja, me he lanzado a un mundo inédito: así fue cuando Tanya esparció las cenizas de su madre y cuando Quinn se quedó en Hawaii dejando a su familia adinerada para habitar con los naturales. Es cierto que le di a mi monstruo, a mi lastre su estocada final. Ese aturdimiento ya no existe. Pero con la nueva vida, también llegan nueva luchas: ahora experimento una extraña agitación, una nostalgia inquietante que me impacienta, haciéndome sentir resaca sin haber tomado licor. Curiosamente varias personas se refieren a mí como alguien apacible, que transmite paz. Yo me sonrío porque para mi intimidad era una descarada ironía. Pasé tres años apaciguando la sombra; pero lo que en realidad hice fue alimentar su voracidad y con ella una guerra de mí contra mí. Me di cuenta que solo podía aniquilar esa sombra a través de la violencia y toda la que guardaba en mi interior, la volqué hacia afuera. Arrasó con todo.

Quedó una playa primigenia y por primera vez sentí de nuevo esa paz de la que tanto hablaban otros y que me era familiar. Se parece a algo que conozco, sí, se parece a las tardes de infancia sin internet. Quizá por eso visité ayer a mi tía Olga. Es probable que no pisara su casa hace quince años. Allí están los portarretratos con fotos infantiles de mis primas y está ese olor singular de su casa, que nunca he sentido en ningún otro lugar y que me recuerda las veces que fui a amanecer y a jugar con Cindy. Es un olor a una especie de pegamento industrial. Necesitaba oxigenación, reposo, marea baja. He estado hablando del agua, de los líquidos y de los temperamentos, y ahora que menciono el oxígeno entra en juego otra forma particular del agua: la sangre, en efecto, el agua de los mamíferos. La sangre se sitúa en este punto como sinónimo de excitación (por presencia o por ausencia de esta): hacer del cuerpo alimento, compartir con tantas personas alrededor de las comidas, el desfallecer de los cuerpos.

Por su color, por su función y por su distribución corporal, la sangre es un indicativo de los signos vitales. Dice la teoría de los humores que el temperamento sanguíneo en su forma positiva es expresivo, cálido, hablador, entusiasta, comprensivo —las cualidades con las que asociamos la vida—; mientras que en su forma negativa es indisciplinado, inestable, improductivo, exagerado y egocéntrico. Si pudiera definir diciembre no dudaría en hacerlo como un mes "sanguíneo" (tanto por lo positivo como por lo negativo). Mi energía social nunca estuvo tan demandada como en diciembre, aunque el corazón que más sangre ha requerido ha sido el de la experiencia en pareja.

Ha pasado mucho en poco tiempo. Hay una densidad que me deja perpleja y a la vez me imanta. En este momento siento la sangre como otro océano, uno revolucionado, cuyas mareas empujan y traen un mar al rojo vivo. Ellas expresan la calidez de comer con seres queridos y las mejillas sonrosadas por el romance, pero también las corrientes que inflan los deseos masculinos. Por eso la sangre también despierta mis vicios neuróticos. Me avergüenza que se torne paranoia (sangre caliente, sangre agitada). ¿Qué pasará cuando la sangre de tu periné vuelva a todo el cuerpo y nos lleve a la otra orilla? ¿Podremos volver juntos a esta orilla solo con la sangre de los pulmones o sucumbiremos a la trampa río abajo?

Cuando la muerte llega el cuerpo palidece, queda tieso y blanco. Visto así podría interpretar que la manifestación sanguínea al son del deseo sea quizá la máxima prueba de vitalidad (encendido, rojo, fuerte), pero al instante no puedo evitar mis preguntas necia, ¿acaso no funciona también así la arrogancia? Es una erección del ego, que como todas ellas no puede ser permanente, ni consistente. Inflar y desinflar. Ilusión y desilusión. La sangre exagerada que lleva a un escenario egocéntrico, improductivo, indisciplinado. ¿Podremos construir nuestra balsa si respondemos solo a la sangre impaciente de las entrepiernas? ¿O navegaremos también al ritmo de un latido acompasado, paciente, de un océano templado en donde la sangre del movimiento sincronizado no se agota en la urgencia del roce?

Insisto en esta pregunta porque yo, mujer que desangra al ritmo de la luna —influida como todas las demás mujeres por las mareas planetarias y no por el capricho egoísta del falo—, yo, mujer también participo de ese torbellino: y lo hago de manera apasionada, como un fluir irreversible. Pero luego también experimento esa sangre concentrada en mi cabeza: lo vivido se torna ensueño, espejismo, como si estuviera entredormida. Como si fuera una distracción. ¿Si distrae es porque está al margen de la vida verdadera? ¿Es la vida verdadera la experiencia no sanguínea? Me gusta esa intensidad, pero prefiero la consistencia. Y siento que la consistencia es el resultado del oxígeno y no simplemente de la sangre, de la revolución que infla a uno y luego desinfla todo.

La sangre saturada en mi cerebro, por ejemplo, convierte al pasado en aguijón y al futuro en neblina. Contamina, asfixia. Mientras tanto pienso que es del oxígeno, de la calma, que surge la creatividad. Quiero que la respiración (sangre metabolizada) y no la sangre cruda (miedo, prevención, envidia) sea mi certeza. Lo que más me interesa es seguir obrando en este mundo, desde mi lugar propio, pero compartido. La encrucijada es que ahora aprecio el valor de mi autonomía, por fin, me valido yo después de tantos tropiezos y torpezas, y a la vez me comprometo con esta nueva conexión. Me siento frágil, pero no débil ni fragmentada. Mi propuesta: tomar de la sangre cruda el impulso para apostar valientemente por los valores y por esta relación que considero valiosa. Tomar del corazón la capacidad de transformar los instintos en algo más que un afán de poder cortoplacista.

El reencuentro con mi familia paterna a raíz de un funeral, me permitió bucear en mi pasado con un propósito: traer al presente mi gusto por nadar. Para la sangre pesada, para el océano turbio, para el impulso acalorado: nadar o navegar. Para remover el sedimento y disfrutar mientras muevo mi cuerpo, que es mi centro y mi salvavidas. Una invitación: a remar contra el mar hinchado, sanguíneo, siguiendo el ritmo de una mutua elección.

sábado, 19 de noviembre de 2022

Amo

 

Inicié el mes pasado con un chiste interno: busqué en mi celular el meme en el que aparece el zar Nicolás II diciéndole a octubre "sorpréndeme" y abajo aparece otra imagen con los campesinos que realizaron la Revolución rusa. Internamente mencioné esa frase para mí y, ¡quién lo diría! realmente mi vida también se revolucionó a lo largo de esos 31 días. Y, ojo, no estoy poniéndome esotérica; más bien estoy convencida de lo que dice la literatura: que el verbo se hace carne. Otras formas de pensamiento menos poéticas le llaman a este proceso programación neurolingüística, pero en el fondo, ambas expresiones apuntan a destacar que lo que importa es la forma: que efectivamente el lenguaje es una dimensión poiética (de poiesis) que no precede a la realidad porque, de hecho, es la manera humana de performarla.

Pero el giro lingüístico no es el tema principal hoy, aunque es el puntal para explicar lo que está sucediendo. Creo que las palabras destinan y por eso tengo un interés particular por neutralizar mi relación discursiva con la procrastinación y el goce en que esta me ha sumergido. Este propósito supone que incorpore de una manera diferente el principio constitutivo de la cultura yes la tensión entre subjetividad y ley; una tensión que ya no quiero vivir desde la negación, ni desde el miedo. Allí la palabra compromiso se ha insinuado en varias ocasiones como la posibilidad de ese reconocimiento desprejuiciado. Para entender las emociones negativas que me ha generado dicha tensión voy a remitirme a mi relación con la autoridad, con “el amo”, la cual ha sido de extremos, sin puntos medios: esa relación ha oscilado entre el temor a la exigencia porque mi historia personal me hizo confundirla con la presión infundida por el amo tirano, por el autoritarismo caprichoso; y entre el encanto del alcahueta, aquel que se permite ser seducido, ilusionado por mí para ser un amo laxo, es decir, que prolonga mis mitos y fantasías produciendo una forma anestésica de vida. Lo paradójico es que en ambos casos desparece todo realismo y en ambos borraba mi individualidad.

Conversando con Mauricio llegamos a la conclusión de que mi procrastinación con la maestría y con otras dimensiones como las relaciones afectivas y con el juego de representación propuesto en el consultorio se había convertido en mi forma de protestar ante EL amo —único y abstracto— por mi subjetividad anulada a lo largo de mi existencia. Esa anulación se fue reforzando cada que en mis acciones infantiles y adolescentes confundía el agradar con el ser agradecida. Agradar implica la inminente responsabilidad de concordar con la imagen que el otro tiene de uno, de comprobarle que no está equivocado. Ser agradecido indica que se acoge el acto del otro, pero uno se desprende de sus opiniones porque se acepta que esas imágenes no tienen nada que ver con uno sino ese otro. Pero esta segunda opción era mi punto ciego, y no se me cruzó ser simplemente agradecida, así que en la obsesión de agradar al otro, su presencia terminó por convertirse en tiranía y en la sensación de que era un amo que quería aprovecharse de mí. En tiempos recientes quise evitar a toda costa el sentirme sometida a un amo. Esa prevención fue la raíz de mi procrastinación, la cual al convertirse en compulsión hizo que me instalara en el goce, es decir, en entregarme en los supuestos de mi mitología hasta llegar al extremo de un onanismo mental que como, me he dado cuenta actualmente, tampoco restituye mi subjetividad, sino todo lo contrario.

Fue precisamente en la realización de esta encrucijada que octubre me arrojó a encuentros, desencuentros, propuestas y contrapropuestas que me empujaron del terreno de la duda neurótica —la obsesión— al de la duda metódica —la curiosidad— y entonces sin más preparación que el coraje de experimentar salté al vacío para coquetear con la vida. Porque la vida se trata de entender que hay condiciones que no son negociables, que no se resuelven filosóficamente, sino que te obligan a aceptar pragmáticamente su existencia y que nos condicionan —como la fuerza de gravedad, como el tiempo—, pero que nos permiten interpretar nuestros movimientos con la singularidad que se nos antoje, precisamente, porque esa estructura obligatoria ofrece la estabilidad necesaria para improvisar, para crear. El descubrimiento, la comprensión que me proporcionó esta experiencia fue entender en cuerpo propio —que es decir sensorialmente, por fuera de la ropa y debajo de la piel— que la ley y la subjetividad no tienen por qué ser antagónicos, sino que hacen parte de una realidad complementaria y que hay una alternativa dialéctica: nuestra naturaleza humana hace necesaria a la ley: no olvidemos que es la base del contrato social y esto no implica que la subjetividad sea automáticamente desconocida. Solo reconoce que hay momentos específicos en que se necesitan guías, asesores, jueces y que, de hecho, son “amos” que si se aprovechan en el contexto justo pueden propulsar esa individualidad.

La clave está en entender que hay que atinar y aprender a moverse en los dos platos de la balanza: por un lado hay que saber cuándo acatar, pero sin convertirse en lacayo; por otro lado, hay que saber ser amo de uno mismo, es decir, aprender a liderarse a sí mismo con la convicción de que ese liderazgo no es sinónimo de tiranía —arrogancia, narcisismo— si el autogobierno está libre de capricho y si se recuerda que aprovecharse del otro es diferente de aprovechar situaciones. La vida se trata de aprovechar los recursos y ser amo de sí, no consiste en someterse ni en ensimismarse, sino en desarrollar la capacidad de ser adaptativo. Por estas conclusiones es que hasta ahora he hablado del "amo" como sustantivo, pero ahora quiero hablar del "amo" como verbo, porque amar me ha puesto en contacto con las contradicciones de la autoridad, de relacionarme con un amo y aunque aún no soy una funámbula experimentada, sí he adquirido mayor nitidez en el camino a ser menos radical en la comprensión de esa tensión: ahora no busco amos externos ni les atribuyo mis desgracias como una víctima. He comprendido que no necesito negar al amo, sino convertirme en mi propio amo, es decir, consolidar mi auto-nomía.

Amo, amar, amor. Afilado como una aguja, otro cuerpo rasgó el velo. Los roces que siguieron urdieron un nuevo tejido donde el deseo apareció en una dirección insospechada, desbordado de asombro. El asombro quiere decir aquí que era la vez ominoso y maravilloso. Ominoso porque, por un lado, creía ver en la pared la sombra del amo: ¿puede otra vez el deseo devorarme las entrañas, distraer mis intenciones, enredar el metasentido creativo? Maravilloso porque el deseo se mostró como el reflejo de lo inesperado, o sea, de la vida —que es la cosa más rara que existe—, del amor, porque sin aviso y sin lógica aparente de repente me gustó algo que no sabía que me gustaba y se dibujó de la nada —que ya no es nada— un nuevo paisaje, uno inédito que, sin embargo, me resulta familiar. Es el paisaje del placer, es decir, la alegría del trazo, porque dibujar y no el dibujo es lo que entonces comienzo a llamar hogar. En esta nueva perplejidad aparece la imagen del amo como un relámpago: es el temor de que me avasalle de nuevo la imagen-amor. Pero luego recuerdo que estoy posicionada de un modo diferente, que me he fortalecido y que la consistencia de mi cuidado depende de mí y no de ningún otro por más cercano que esté, o de qué tanto le quiera yo. Entonces me permito sentir el hecho-amor, porque me comporto como ama que ama y sobre todo, se ama. Bienvenido, mi amor, porque no vienes a completarme ni a descompletarme, sino a unirte a una propuesta hecha a cuatro manos. Te quiero porque confío; confío, especialmente, en mi capacidad de restaurar mi tejido, de renunciar al trazo anterior si acaso necesito sorprenderme con otro punto sobre la hoja para extender la vida.

sábado, 22 de octubre de 2022

Vencer

 

Si alguna vez no me vuelven a ver / Porque a mí como a todos se me olvida / Algo va a quedar adentro tuyo siempre / Algo que yo te dejé alguna vez / No importa si no venís conmigo
Este viaje es mejor hacerlo solo

Han transcurrido dos meses de entusiasmo, de creciente identificación con el fortalecimiento de mi cuerpo que me persuadieron de haber vencido las cárceles que yo misma labré en torno de la idealización, de la fantasía. El entrenamiento continuado en circuitos de alta intensidad; mi efervescencia social; la continuidad de Manuel como director de nuestro equipo de trabajo, todo ello me brindó una optimista sensación de victoria: la sustitución de victimización por responsabilización me resultaba liberadora. Creía entonces firmemente que estaba en control de una despedida y alimentaba mi poder de esa fuente. Y en parte es cierto, sigo controlando lo que realmente puedo regular: mis reacciones a los acontecimientos, seguir haciendo las paces con la contingencia. Pero, en medio de mis intentos decididos por romper el capricho, apareció un esguince, una ligera fragilidad que me dijo "aún no eres vencedora". 

Cada vez con mayor nitidez Mauricio refleja el síntoma que se escondía tras mi rodeo erótico de estos años: la necesidad de que yo me comprometa con el principio de realidad. Hasta este momento, en este primer año de conversaciones, el espejo me había por lo menos devuelto mi reflejo: entonces volví a verme a mí, a recordar mi existencia individual. Por ahora estaba haciéndolo desde una práctica lúdica, asumiendo en mi ánimo un sublime salvajismo que me reconcilió con mi propiocepción y me permitió conocer mi centro de gravedad. Pero bastaron dos hechos para darme cuenta que aún me falta recorrido para alcanzar y sostener ese anhelado principio de realidad. Uno, fue aceptar la seducción neurótica de mis maneras con los retos y el otro la ruptura radical de un contacto. Con el primero, me supe presa de la presión sin haber aprendido a vivir con la exigencia, y con el segundo, me di cuenta que todavía seguía jugando, creyendo que este juego era sinónimo de trampa, de poderle hacer quite al sistema. Me creía seria, pero solo era una desatinada, una bufona. Para comprometerse hay que ser serio, es decir, responder a los acontecimientos sin darle vueltas a su significado, sin buscar una justificación filosófica para una acción que en términos prácticos no la requiere. 

Dice Carolina que "la realidad no es el molde del deseo" y ese choque fue el que recibí hace poco. Porque la comodidad del autoengaño, de la evasión termina por convertirse en angustia. Hay que tener claridad y valentía para aceptar la diferencia entre el tiempo de espera como oportunidad de asimilación o su otro significado como excusa de aplazamiento, de dilatación. He tenido miedo de comprometerme realmente con la vida, esa es la verdad. Me creía vencedora y todavía estoy subyugada a las fechas de vencimiento, al miedo que les tengo, porque implican concretar. Y es que a esa realidad, expresada por objetivos que no son infinitos, le importa un pimiento mi deseo (quiero o no quiero) y mi motivación (tengo o no tengo ganas). La procrastinación puede tener disfraces aparentemente lógicos, especialmente, si a ese disfraz se le llama preparación, pero hija, no hay más preparación que la experiencia. Lanzarse, hacer la tarea, exponerse, emprender acción "sin mente" que no quiere decir irresponsablemente sino sin prejuicios. 

Hasta ahora tiene sentido el tipo de relaciones que tuve en estos tres años: finalmente reconozco el efecto de mi sombra en las decisiones y sensaciones que experimenté, y cómo fue que pudo ser nido para la sombra del nombre que aletea como brisa o como huracán, pero ya sin marearme. Entendí los comportamientos del otro, los comprendí sinceramente sin rencor, sin la egolatría herida de abandono. Entendí que mi actitud era infantil y que ese desenlace era tan doloroso como necesario. Desenmascaré mis sentimientos y así impedí que la ansiedad se encumbrara. Por fin di muerte digna a la fantasía y voy permitiendo que nazca la realidad: una realidad que es este presente con nuevo pasado, uno que fue grieta de sangrado e iluminación. Una fisura donde ni tú me viste, ni yo te vi y aun así nos sospechamos entre las gruesas paredes del miedo y el artificio. Intuyéndonos entre la violencia de un paisaje rocoso y opaco, algo fundamental cambió en mi cuerpo y en mi intención. 

Lo que tu presencia me trajo es parte de lo que soy y ni tu partida, ni mi deseo, ni el olvido pueden arrancarlo. Sé que pese a ese impacto que tuviste en mí no puedo forzar a que me veas, que nuestros ojos se crucen desnudos en el horizonte. Es lo más conveniente, ahora que no quiero olvidarme de mí, ahora que me siento vencedora al decir que sí a los términos de vencimiento. La tesis, las nuevas relaciones existirán: de ahora en adelante serán realidad. No es por azar que en estos meses se afinan y atinan las interacciones que he iniciado. No por azar aparece una figura decidida, resuelta y valiente; un nuevo espejo que me invita a alzar la vista de los vidrios rotos, a que guarde la imagen vencida y que atienda el reflejo diáfano, vencedor, que ahora se me presenta para desnudarme sin suspicacia; para que deje e estar sin estar, o más bien deje de estar sin ser. Que de oferta eterna dé el paso a entrega finita, a persona imperfecta que se mueve aunque yerre, para cruzar el espejo y vivir con la exigencia del caminante que define objetivos, que ante todo hace camino y que disfruta sus pisadas.

viernes, 30 de septiembre de 2022

Contrapropuesta

 
 
La creatividad, la desnudez y el amor son las perplejidades en las que ocupo mi tiempo. Quizá poso de lectora, de editora, de escritora o de investigadora. Pero estas modalidades son eso, poses, actuaciones para un teatro sociológico del cual no me quejo, ni al cual atribuyo mis desventuras. La mentira que es otra forma de definir la actuación no significa engaño; la mentira es sinónimo de civilización y considero que este es un valor útil que potencia la capacidad mamífera de autorregulación a través del afecto. Pero no quiero desviarme hablando de los beneficios extramorales de la mentira, porque realmente quiero escribir de lo que me importa, es decir, de esas tres palabras del inicio. Ellas me gustan porque, en primer lugar, no son adjetivos —que son para mí palabras nocivas porque inflaman, hinchan, retienen— y, en segundo lugar, porque aunque son sustantivos a continuación designan verbos decisivos: crear, desnudar, amar. Estas tres acciones tienen en común, para mí, el restituir una y otra vez —como una escalera de arena— mi in-quietud por el sentido: son las formas en que respeto mi deseo.
 
Lo problemático es que hasta ahora me he acercado a ellas con excesiva seriedad. Y con seriedad me refiero a una mirada trascendental que las ha convertido en apariciones sintomáticas, madrigueras de mi sufrimiento. Pero es que apenas me doy cuenta —o más bien, apenas acepto— que he confundido la solemnidad con ser atinada. Esta no ha sido una confusión inocente o carente de lógica y lo digo porque reconozco que en mi inconsciente está alojada una obsesión con la meta, con la anticipación de una respuesta cerrada y absoluta a fatigantes porqués. Aunque diga que me haya secularizado, en la práctica seguí sosteniendo un compromiso con lo sagrado. Por eso le atribuía una aura mística a esos tres verbos y por eso me sometía deliberadamente a los ídolos en que ese ideal se manifestaba. El romance era entonces una emoción sublimada de envidia hacia quienes con su apasionamiento creativo me permitían exponer mi desnudez y con ella abrir las puertas hacia mi propia creatividad, siendo su máxima expresión aquella de enamorarse hasta la agonía. 

He tendido a asociar la creatividad con un universo reducido de manifestaciones artísticas y lúdicas cuyo común denominador es que expresan un amplio rango de flexibilidad cognitiva y, por lo tanto, corporal: me refiero a esa capacidad de no repetir el libreto, sino de inventar otro cuento y de arriesgarse a hacer combinaciones propias pensando con la caja para salirse de ella. Me percato que así como lo irreversible es lo que me impulsa, lo inesperado —su uso como materia prima y no como condena divina— es lo que despierta mi entusiasmo creativo, pero a la vez el miedo de no concretarlo con mi mano, a través de mi cuerpo, de hallar muro en lugar de vientre. 

El segundo semestre de este año decidí asumirlo como una escuela para entender y canalizar ese miedo como posibilidad. Considero que he sido valiente y que cada persona nueva que he conocido desde entonces ha sido alimento y no contaminación. Porque liberada de la autoindulgencia victimista, he aprendido a digerir conscientemtne mis experiencias para seguir desmontando mi uso del perfeccionismo, de la meta, de la finalidad, o sea, de la fatalidad, de la muerte como un mecanismo de defensa para mis inseguridades. Mi propósito ha sido transitar decididamente hacia la apostasía, poder vivir en una alegre indiferencia hacia dioses morales y románticos —afortunadamente los políticos me son indiferentes hace rato—. Y creía —aún creo— que iba en un camino consecuente con mi intención. Pero todavía faltaba la cuesta que pondría a prueba la resistencia de mis piernas. Esa cuesta, esa dificultad tiene la forma de invitación pendiente ante el espejo. Una invitación que cuando ocurrió sentí taxativa: "Desnúdate". ¿Por qué cuando lo dijo así, me sonrojé y sentí vértigo? Antes yo aseguraba que hacer algo así no me costaba, pero a esa afirmación le faltaba aterrizar. 

Y una vez aterrizada, me aterró y fue porque sentí un destino inminente en esa propuesta. Allí el espejo me devolvió un mensaje: que la vida no se trata de obediencias, ni de porqués, sino de contraposiciones y de sentidos que se crean sobre la marcha. Me di cuenta que tenía miedo a desnudarme, a exponerme y a relacionarme sin el disfraz. Y no es que el disfraz sea malo o haya que eliminarlo, pero sí es problemático que dependa de él. Una cosa es usarlo sabiendo que me sentiría igual en caso que no lo tuviera y otra usarlo porque es la única forma en que concibo mis apariciones. Me paralicé ante el "desnúdate" porque olvidé que puedo y no debo ser, que ocupo un lugar activo y que en esta vida no se obtiene lo que se merece —una expresión cuestionable— sino lo que se negocia, lo que se improvisa en consonancia con la incertidumbre constitutiva de la vida. 

Fue un momento revelador porque entonces comprendí los circuitos que han unido mi ansiedad y mi inseguridad a través de un fenómeno particular: la tensión por atención. Aquí recordé a mi padre regateador y la dificultad que a mí me suponía desde la infancia pedir rebaja, negociar con los vendedores. También pensé en el cuidado excesivo que prodigaba a la propiedad intelectual, puntualmente, mi aversión al plagio porque considero que es todo lo opuesto a mi percepción de la creatividad que no equivale a originalidad, pero sí a autenticidad. En fin me di cuenta que aún tenía una actitud afirmativa hacia el otro y asumía que solo había una dirección. Pero no es así. Hasta ahora me he expuesto, he sentido personas y experiencias, pero soy yo quién decide cuándo, cómo y quién pasará la membrana, quién me nutrirá. Voy comprendiendo que se trata de ser reactiva sin ser impulsiva y de apostar por el juego. No estoy escribiendo un libro sagrado, estoy jugando: no respondo, sino que sencillamente construyo sentido con lo que hay. Y esta libertad propia del juego no es un valor díscolo, sino que es sinónimo de acuerdos, de reglas, de propuestas y contrapropuestas. 

Jugando no tengo por qué sentirme vulnerable, la desnudez pierde trascendencia —nunca el sentido— si lo hago a mi manera. Es otra forma de incorporar lo que ya venía saboreando: la importancia de recibir sin tragar entero; ese es, precisamente, el primer paso de un ánimo creativo. No está la creatividad en las alturas de la inspiración mística, sino en la cercanía del niño que no le teme al anonimato, al mañana, ni a los juicios sino que solo extiende su mano con la siguiente ficha del juego que tiene entre manos.

martes, 30 de agosto de 2022

Incomodidad


 
Hace poco inicié entrenamiento de fuerza, específicamente circuitos de crossfit. También volví a crear una cuenta virtual personal, esta vez como un taller de autorrepresentación y no como una herramienta para calibrar o manipular las reacciones de otros. Me comprometí firmemente con la postura de un nutricionista cuyo trabajo admiro y ese compromiso fue sinónimo de crítica con un amigo para quien tuve en el pasado un comportamiento condescendiente, consecuencia del ánimo complaciente con el que durante años pretendí aliviar mi temor al rechazo.

Por eso, a la fecha, he decidido enfrentar el rechazo y esto quiere decir recibirlo y también darlo, porque la vida es un movimiento basado en resistencias que impulsan los pasos. Por eso quise experimentar situaciones que no deseaba, es decir, que no me entusiasmaban visceralmente, pero en las cuales vi una oportunidad de desarrollar mi amor a la vida, de fortalecer mi lugar en el mundo más allá del ego. Romper el ego significa, para mí, construir ese lugar a partir de los estándares personales y no desde las ideologías. Pero este tránsito del ideal a la actividad requiere de un campo de entrenamiento y ese campo es la vida misma. Por eso ha sido tan importante redefinir el concepto de “error”: el error no existe, pero es la forma en que los tercos nombran lo que en realidad es la versión no idealizada de la vida.

Vivir sin miedo al error significa vivir ejerciendo la imaginación, pues me parece que este recurso cognitivo es la base de la salud mental. Creo que imaginar opciones —una acción muy distinta de catastrofizar— es el primer paso en la terapéutica de la depresión. La imaginación es la capacidad mental con que asociamos el ingenio y la obra artística, pero considero que su función es más expansiva y que es el fundamento de la creatividad misma, una acción de la que nacen otros rasgos humanos como la compasión y el realismo entusiasta. Ahora bien, no hay que olvidar que la imaginación no es un don que funciona automáticamente: es una habilidad que requiere práctica, esfuerzo, para desarrollarse. La imaginación es, por tanto, un recurso exigente que requiere atravesar frustraciones, decepciones, desilusiones para convertirse en habilidad; en otras palabras, la incomodidad es el correlato de una imaginación desenvuelta y esta imaginación —esa rebeldía con causa— es la puerta hacia la práctica de una libertad alegre.

En experiencias recientes que incluyen cirugías, viajes, encuentros inesperados, conferencias de historiadores, pataletas y quejas decidí observar el grado en que la intolerancia a la frustración obturaba  la obra liberadora de la imaginación. Al respecto, noto una tendencia colectiva y es la baja tolerancia a la frustración, a la crítica: se prefiere negar o cancelar aquello que pone en entredicho una creencia personal e identitaria arraigada. Esos ídolos que creemos que nos definen. Por eso me parece que el autoengaño y la autoindulgencia se han convertido en la trinchera de un ánimo paranoide que ve opresión u hostilidad en formas de comunicación que por no ser condescendientes se confunden y prejuzgan como violentas.

Por ejemplo, para mi abuela resulta insoportable que sus caprichos no siempre se cumplan. De ahí que haya dramatizado el posoperatorio de su cirugía de catarata. En este punto prefiero recordar que "quien quiere marrones aguanta tirones", es decir, que muchas veces necesitamos pagar a corto plazo un dolor, una incomodidad, un "no te va a gustar" para conseguir un bienestar duradero. A mí me tocó aceptar que la interacción con F. terminó de una forma personalmente insatisfactoria, pero objetivamente consecuente con nuestro contexto. La conferencia sobre esclavitud en el mundo Atlántico del siglo XVII me recordó que hay que evitar la "trampa de la paráfrasis", esto es, que hay que esforzarse para no repetir y para imaginar de otra forma las fuentes: que sean más que citas afirmativas, quizá, que las aceptemos como vehículos para la exploración honesta de incertidumbres, porque la incertidumbre es el tejido de la vida y la vida es el material de los historiadores. Pero reconocer que esta es mi tarea como historiadora no es sencilla; hay formas facilistas de adelantar esta profesión, requiere esfuerzo unir investigación y creación, se siente como un puño ver la experiencia de historiadores valientes. Sin embargo, decido vivir este golpe como puño de boxeo. Es una incomodidad que me estimula, que disfruto, porque me despierta, me sacude y así me invita a imaginar y a responder con fuerza.

Por eso me parece que el boxeo es una actividad muy relacionada con la salud mental. Como nos indica este deporte, los golpes nos sacan de la zona de confort, nos hacen sangrar, ponen a prueba la resistencia de nuestros brazos y piernas, pero no nos matan, porque su propósito es hacernos fuertes. Trabajar con lo estropeado. Sacar miel de la hiel. La incomodidad como fermento de un árbol que se extiende del suelo al cielo. Con raíces fuertes ganaremos equilibrio y de esta manera no temeremos movernos, arriesgarnos y transgredir —incluso transgredirse a uno mismo, a sus creencias—.Y aclaro: mi adhesión al pugilato no es una defensa del maltrato, ni de la violencia, ni del abuso. Es mi forma de reconocer que a nivel individual se requiere de la tensión, de la desilusión, de la frustración y del dolor que los músculos demandan para romper sus límites y así fortalecerse.

Para "llegar a ser lo que se es", es decir, para desarrollar la autoestima que desbarata la inseguridad, pero también el narcisismo —el cual está en sus antípodas— es necesario recurrir a momentos de tensión, que rompan las fibras para multiplicarlas. La caricia es necesaria, es de un valor insustituible para nuestro crecimiento como mamíferos, pero resulta insuficiente para que seamos humanos seguros, con capacidad de maniobra en una vida social atravesada por el lenguaje. Si solo recibiéramos caricias exclusivamente no desarrollaríamos las herramientas necesarias para los embates de un planeta al cual le somos indiferentes. Por eso el boxeo me resulta edificante como actividad y como metáfora de entrenamiento mental. Como metáfora, porque gracias a la participación de nuestra especie en el lenguaje podemos pasar del boxeo literal, en que se pone en riesgo la integridad, al boxeo simbólico donde las heridas ocurrirán solo a nivel lingüístico. Por eso es tan importante tener más que amigos a secas, "hermosos enemigos" —recuerdo de Ralph Waldo Emerson—; adversarios que nos quieran y a quien queramos. La amistad real bebe de la digna enemistad: que nos apoyen sin afirmarnos todo el tiempo, que nos reten, que nos contraviertan con respeto personal y contundencia ideológica. De vez en cuando conviene odiar un poco a los amigos. De vez en cuando nos daremos cuenta que el odio —la oposición— es semilla de amistades genuinas. Ya lo dijo Edmund Burke, el conservador más liberal: "El que lucha contra nosotros fortalece nuestros nervios y agudiza nuestra habilidad. Nuestro antagonista es nuestro ayudante".

La controversia, golpear ideas, golpear nuestras creencias es la forma definitiva de ese boxeo, de esa gimnasia formativa, del dolor que forja, que moldea presencias equilibradas. La posibilidad de sublimar el pugilato en la lucha lingüística, en el debate es un regalo evolutivo al que no conviene renunciar en nombre de nuevos inquisidores disfrazados de empatía. Esta sana beligerancia, que podría resumir en "maluco también es bueno" me ha permitido situarme en la realidad de una autoestima fortalecida y no en los imaginarios de un narcisismo que no tolera ser tocado ni con el pétalo de una rosa. Los golpes incomodan porque abren los ojos a la verdad y la verdad es lo insoportable. La verdad es fuego y quema antes de revelar la madera sana. Cabe aclarar que con ello no me refiero a una verdad metafísica sino a una procedimental, realista. No es una cuestión moral: la moral le teme al dolor de la vedad y a la imaginación, porque le asusta lo nuevo. La verdad como ética, como trabajo es insoportable porque lo que nos dice es que cada uno de nosotros somos los inmediatos responsables de la vida que hemos vivido. Dicen por ahí que la verdad nos hace libres. Pero, ¿estamos realmente preparados para la libertad? Para quien se ha entrenado, la libertad entusiasma. Para quien no se ha fortalecido, la libertad encarta. Así que si la libertad no tiene sentido, la incomodidad que la engendra, mucho menos.

Como quiero una vida libre, he decidido aceptar incomodidades inevitables, por ejemplo, que existen ideas odiosas, ideas de odio, posiciones que no me gustan, que considero éticamente peligrosas, pero trabajo por aprender a soportar oposiciones y a ser opositora. Trabajo por soportar ese malestar en lugar de negar esos discursos o de asumir cegueras sofisticadas para cuidar comodidades. Soportar no significa celebrar esos discursos, sino reconocerlos para derrumbarlos con el puño de una razón apasionada —si es necesario—, en vez de reprimirlos nerviosamente bajo el patrocinio de las nuevas censuras.

La paradoja es que nuestra cultura actual exalta la subjetividad, busca que cada singularidad tenga su representación, que la cultura dé gusto a todos, que la cultura nos cuide. Siento que sociológicamente este mecanismo funciona como una herida colectiva de abandono y esta da lugar a posiciones victimistas, en las que cuesta reconocer que no hay otro responsable de sí que uno mismo. Qué insoportable es recordar que el precio de esa individualidad es la responsabilidad. Sí, hay una familia, hay una cultura, hay estructuras que influyen, pero, ¿te determinan? ¿No es una enorme expresión de cobardía, de irresponsabilidad escudarse en comodines conceptuales que parecen decir mucho pero al final —y sin contexto— no dicen nada? ¿Opresión, sistema, ismos? 
 
No desconozco la existencia de víctimas. Muchas situaciones las generan. Pero haber sido víctima de una injusticia no te obliga a victimizarte: una cosa es la mala experiencia y otra muy distinta es obsesionarse con una interpretación inadecuada e incluso paranoide o revanchista de esa mala experiencia. En términos estrictos, nadie nos debe nada. Por eso considero que los recursos jurídicos que hemos contruido para tramitar humanamente las injusticias deberían reservarse para los casos más cruentos de abuso a los derechos humanos. Lo demás puede tratarse en el debate y en la aceptación de que la mayoría de interacciones sociales son menos maliciosas de lo que parece, que todo es menos personal de lo que creemos, porque en la mayoría de ellas lo que todos hacemos es proyectar. La certeza de esta lógica proyectiva libera y permite asumir y distribuir responsabilidades con nitidez. Por eso actualmente abogo por pensar y actuar menos desde la victimización y más desde el potencial: “Tomar el toro por los cuernos”, hacer soportable y, de hecho practicar con alegría, la responsabilidad que me abre las puertas a la imaginación. 

Imaginar es rechazar los ídolos heredados para dar lugar a la "alegría de lo necesario", es decir, para pasar de la servidumbre del capricho o del autoritarismo a la libertad de una razón apasionada. Y dejar esas herencias es un paso que cuesta porque solemos depositar cargas afectivas en ellas. La incomodidad que supone imaginar, liberarse, es decir, rechazar partes del pasado para caminar en el presente me remite a Baruch de Spinoza. A diferencia de metafísicos o escolásticos, Spinoza no liga la libertad a la voluntad o al control y, por tanto, no es lo opuesto a la necesidad, a lo determinado, sino que la define como un trabajo del autocontrol, en el que se reconoce y se usan las contradicciones humanas a nuestro favor. Se trata de la delgada diferencia entre querer controlar y tener el control. La libertad desde la interpretación spinoziana es un esfuerzo, un golpe que nos damos para formar creencias adecuadas sobre lo que es necesario y a partir de este trabajo racional permitir que las pasiones tristes —las interpretaciones victimistas— den paso a las pasiones alegres, al entusiasmo y a la confianza, que permiten construir un lugar donde nuestros deseos sean posibles. La libertad deja de ser así un ideal moral, porque no corresponde al deber ser, y pasa a ser una práctica ética porque corresponde al poder ser. La libertad no es una idea que opera por antítesis a la opresión, sino que es una acción, una tecnología del sujeto basada en el autoconocimiento y en la autocrítica para que cada uno transite, gracias a esa incomodidad que toda autorrevisión conlleva, de la impotencia y de la servidumbre a la potencia y a la imaginación personales. Entonces no nos preocupará el control, sino que nos ocuparemos de juguetear alegremente con las posibilidades que se presenten.