sábado, 19 de noviembre de 2022

Amo

 

Inicié el mes pasado con un chiste interno: busqué en mi celular el meme en el que aparece el zar Nicolás II diciéndole a octubre "sorpréndeme" y abajo aparece otra imagen con los campesinos que realizaron la Revolución rusa. Internamente mencioné esa frase para mí y, ¡quién lo diría! realmente mi vida también se revolucionó a lo largo de esos 31 días. Y, ojo, no estoy poniéndome esotérica; más bien estoy convencida de lo que dice la literatura: que el verbo se hace carne. Otras formas de pensamiento menos poéticas le llaman a este proceso programación neurolingüística, pero en el fondo, ambas expresiones apuntan a destacar que lo que importa es la forma: que efectivamente el lenguaje es una dimensión poiética (de poiesis) que no precede a la realidad porque, de hecho, es la manera humana de performarla.

Pero el giro lingüístico no es el tema principal hoy, aunque es el puntal para explicar lo que está sucediendo. Creo que las palabras destinan y por eso tengo un interés particular por neutralizar mi relación discursiva con la procrastinación y el goce en que esta me ha sumergido. Este propósito supone que incorpore de una manera diferente el principio constitutivo de la cultura yes la tensión entre subjetividad y ley; una tensión que ya no quiero vivir desde la negación, ni desde el miedo. Allí la palabra compromiso se ha insinuado en varias ocasiones como la posibilidad de ese reconocimiento desprejuiciado. Para entender las emociones negativas que me ha generado dicha tensión voy a remitirme a mi relación con la autoridad, con “el amo”, la cual ha sido de extremos, sin puntos medios: esa relación ha oscilado entre el temor a la exigencia porque mi historia personal me hizo confundirla con la presión infundida por el amo tirano, por el autoritarismo caprichoso; y entre el encanto del alcahueta, aquel que se permite ser seducido, ilusionado por mí para ser un amo laxo, es decir, que prolonga mis mitos y fantasías produciendo una forma anestésica de vida. Lo paradójico es que en ambos casos desparece todo realismo y en ambos borraba mi individualidad.

Conversando con Mauricio llegamos a la conclusión de que mi procrastinación con la maestría y con otras dimensiones como las relaciones afectivas y con el juego de representación propuesto en el consultorio se había convertido en mi forma de protestar ante EL amo —único y abstracto— por mi subjetividad anulada a lo largo de mi existencia. Esa anulación se fue reforzando cada que en mis acciones infantiles y adolescentes confundía el agradar con el ser agradecida. Agradar implica la inminente responsabilidad de concordar con la imagen que el otro tiene de uno, de comprobarle que no está equivocado. Ser agradecido indica que se acoge el acto del otro, pero uno se desprende de sus opiniones porque se acepta que esas imágenes no tienen nada que ver con uno sino ese otro. Pero esta segunda opción era mi punto ciego, y no se me cruzó ser simplemente agradecida, así que en la obsesión de agradar al otro, su presencia terminó por convertirse en tiranía y en la sensación de que era un amo que quería aprovecharse de mí. En tiempos recientes quise evitar a toda costa el sentirme sometida a un amo. Esa prevención fue la raíz de mi procrastinación, la cual al convertirse en compulsión hizo que me instalara en el goce, es decir, en entregarme en los supuestos de mi mitología hasta llegar al extremo de un onanismo mental que como, me he dado cuenta actualmente, tampoco restituye mi subjetividad, sino todo lo contrario.

Fue precisamente en la realización de esta encrucijada que octubre me arrojó a encuentros, desencuentros, propuestas y contrapropuestas que me empujaron del terreno de la duda neurótica —la obsesión— al de la duda metódica —la curiosidad— y entonces sin más preparación que el coraje de experimentar salté al vacío para coquetear con la vida. Porque la vida se trata de entender que hay condiciones que no son negociables, que no se resuelven filosóficamente, sino que te obligan a aceptar pragmáticamente su existencia y que nos condicionan —como la fuerza de gravedad, como el tiempo—, pero que nos permiten interpretar nuestros movimientos con la singularidad que se nos antoje, precisamente, porque esa estructura obligatoria ofrece la estabilidad necesaria para improvisar, para crear. El descubrimiento, la comprensión que me proporcionó esta experiencia fue entender en cuerpo propio —que es decir sensorialmente, por fuera de la ropa y debajo de la piel— que la ley y la subjetividad no tienen por qué ser antagónicos, sino que hacen parte de una realidad complementaria y que hay una alternativa dialéctica: nuestra naturaleza humana hace necesaria a la ley: no olvidemos que es la base del contrato social y esto no implica que la subjetividad sea automáticamente desconocida. Solo reconoce que hay momentos específicos en que se necesitan guías, asesores, jueces y que, de hecho, son “amos” que si se aprovechan en el contexto justo pueden propulsar esa individualidad.

La clave está en entender que hay que atinar y aprender a moverse en los dos platos de la balanza: por un lado hay que saber cuándo acatar, pero sin convertirse en lacayo; por otro lado, hay que saber ser amo de uno mismo, es decir, aprender a liderarse a sí mismo con la convicción de que ese liderazgo no es sinónimo de tiranía —arrogancia, narcisismo— si el autogobierno está libre de capricho y si se recuerda que aprovecharse del otro es diferente de aprovechar situaciones. La vida se trata de aprovechar los recursos y ser amo de sí, no consiste en someterse ni en ensimismarse, sino en desarrollar la capacidad de ser adaptativo. Por estas conclusiones es que hasta ahora he hablado del "amo" como sustantivo, pero ahora quiero hablar del "amo" como verbo, porque amar me ha puesto en contacto con las contradicciones de la autoridad, de relacionarme con un amo y aunque aún no soy una funámbula experimentada, sí he adquirido mayor nitidez en el camino a ser menos radical en la comprensión de esa tensión: ahora no busco amos externos ni les atribuyo mis desgracias como una víctima. He comprendido que no necesito negar al amo, sino convertirme en mi propio amo, es decir, consolidar mi auto-nomía.

Amo, amar, amor. Afilado como una aguja, otro cuerpo rasgó el velo. Los roces que siguieron urdieron un nuevo tejido donde el deseo apareció en una dirección insospechada, desbordado de asombro. El asombro quiere decir aquí que era la vez ominoso y maravilloso. Ominoso porque, por un lado, creía ver en la pared la sombra del amo: ¿puede otra vez el deseo devorarme las entrañas, distraer mis intenciones, enredar el metasentido creativo? Maravilloso porque el deseo se mostró como el reflejo de lo inesperado, o sea, de la vida —que es la cosa más rara que existe—, del amor, porque sin aviso y sin lógica aparente de repente me gustó algo que no sabía que me gustaba y se dibujó de la nada —que ya no es nada— un nuevo paisaje, uno inédito que, sin embargo, me resulta familiar. Es el paisaje del placer, es decir, la alegría del trazo, porque dibujar y no el dibujo es lo que entonces comienzo a llamar hogar. En esta nueva perplejidad aparece la imagen del amo como un relámpago: es el temor de que me avasalle de nuevo la imagen-amor. Pero luego recuerdo que estoy posicionada de un modo diferente, que me he fortalecido y que la consistencia de mi cuidado depende de mí y no de ningún otro por más cercano que esté, o de qué tanto le quiera yo. Entonces me permito sentir el hecho-amor, porque me comporto como ama que ama y sobre todo, se ama. Bienvenido, mi amor, porque no vienes a completarme ni a descompletarme, sino a unirte a una propuesta hecha a cuatro manos. Te quiero porque confío; confío, especialmente, en mi capacidad de restaurar mi tejido, de renunciar al trazo anterior si acaso necesito sorprenderme con otro punto sobre la hoja para extender la vida.

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