Entre enero y marzo de este año han pasado varios acontecimientos que me llevan a reflexionar sobre mi relación con la Universidad Nacional de Colombia. Pienso en ella con detenimiento, porque su significado y valor son irreductibles a la dimensión estudiantil o laboral que ciertamente la atraviesa. Justo en este mes cumplo trece años de haber incorporado esta institución como parte regular y formativa de mis rutinas. Para mí la universidad ha sido la principal zona verde de mis pies y de mi cabeza; ha representado el lugar por antonomasia de la posibilidad y gracias a ella —ella que son sus momentos, sus espacios y sus personas— he construido, revolcado, tocado los puntos más sensibles de mi identidad al son del placer y del displacer, es decir, al son del conflicto esencial y estimulante que es la vida, especialmente desde mis fases eróticas —de la más sublimada a la más sensual— ligadas con mi paso por la universidad.
Relaciono esta idea con otra imagen que se me cruzó esta semana en donde se veían las arenas del Sahara africano cubriendo los Pirineos franceses. El paisaje es atípico, pero no improbable. Aun así me conmovió el impacto de los colores, una nieve teñida de rojo a la manera de un Marte terrenal bautizado en ambas costas por el Mediterráneo. Entonces me parece que la playa siempre ha sido hermana de la nieve. Tus arenas, nuestras dunas siempre han sido el vestido de la nieve en tus páramos, en nuestras mesetas. Todo está conectado y se nos olvida por pura practicidad que las fronteras son imaginarias. Por eso digo que la universidad es más que burocracia o meritocracia académica para mí. Por ella la vida se me presenta como este juego de correspondencias que me recuerda el vínculo primordial del tejido con el mineral y por el cual toda separación es una ilusión, si bien toda subjetividad es una variación necesaria y deseable para su realización.
Estar en esta universidad —construida sobre las ruinas del río y al lado de un cerro tutelar, como queriendo decir “soy tu naturaleza”— me ha brindado la mayoría de mis experiencias de amor, de sexo, de frustración, de satisfacción, de enfermedad y de muerte. La competitividad, la castración, el dolor, pero también la ternura, la pasión y la comprensión han sido los materiales proporcionados por este espacio para moldearme, moderarme, excederme y reestructurarme. Allí han ocurrido encuentros y desencuentros desde el cuerpo y palabra que han contribuido de manera significativa a mi reconciliación con el mundo, al saberme parte de él y a responsabilizarme de mis acciones porque me reconozco individuo interdependiente en ese mundo conectado.
Y digo esto porque la cinta de Möbius —que son estas conexiones cuánticas y las inesperadas solidaridades que generan— termina —que es decir recomienza— por donde empezó. Esta semana me enteré que ya estaban desocupando la oficina del profesor Luis Miguel. Con este dato logré entrar para recoger un mapa de Colombia y al hacerlo recordé cómo había empezado uno de los capítulos más vivificantes de mi llegada a la universidad. Inicié mi recorrido allí en 2009 al ser admitida a Arquitectura. Sin embargo, esa fue una experiencia difícil que puso en entredicho mi identidad, el alcance de mi esfuerzo y la capacidad de mi cuerpo. La herida se manifestó en la pérdida de salud. La realidad había rebasado al ideal y entonces llegó el momento de la aceptación, que es otro nombre para la renuncia que nos libera.
En el horizonte de mi elección vocacional adolescente también estuvo la Historia. Sus contornos como carrera, al igual que los de Arquitectura, eran imprecisos para una joven de 17 años y en ambos casos asumí que podría desenvolverme en el camino elegido solo porque tenía gusto por la palabra y por la comprensión de los procesos humanos, o bien por el dibujo y la antropología urbana. La experiencia me demostró que el deseo era insuficiente y que la aptitud tenía un peso fundamental para su realización. En ese contexto solicité traslado de programa. Volví a ser primípara en el segundo semestre de 2010 y luego de los traumas vividos llegué con mínimas expectativas al nuevo pregrado, incluso, con cierto temor.
Aquí es donde aparece Luis Miguel. Mi primera clase de Historia la vi con él. Entonces no sabía que había iniciado la ruta de una salvación: esta carrera fue el catalizador para fortalecer mi cuerpo y reconstruir mi identidad. Quizá si Luis no hubiera estado, mi olfato —ya afinado por el dolor— me habría indicado que estaba en la dirección correcta, pero el hecho de que él fuera la primera persona que me saludó en el umbral y me invitó a seguir supuso un cambio inmediato en mi interpretación de la vida, de los talentos y de la creatividad: su discurso apacible, pero a la vez inteligente y apasionado sembraron una confianza y seguridad que hace rato no experimentaba y además demostró sin aspavientos que las humanidades encarnaban una forma bella de vivir, que el trabajo intelectual era tan hermoso como las artes más convencionales.
Llegué a este pregrado con las ruinas del sueño adolescente —naturaleza muerta—, pero la voz de Luis Miguel se situó entre mis despojos como el conjuro del musgo, como el milagro primigenio de la reforestación. Y entonces entendí que la fragilidad —el acto de romperse y derrumbarse— más que sinónimo de destrucción puede serlo, más bien, de barbechar. La ruina puede ser otra forma del descanso el cual es necesario para limpiar las malas hierbas, las espinas y las malezas que de lo contrario habrían corroído silenciosamente los frutos de árboles envenenados en su raíz por el afán o por la terquedad. El trabajo fue mío, pero la palabra y presencia de Luis fueron semilla para el rebrote seguro, saludable y bello de un nuevo jardín. Cuando volví a la nueva carrera me sentía ignorante, asustada, aunque curiosa.
No sabía muy bien qué esperar de una clase llamada “Historia de América I”. Entré y lo que ocurrió fue que Luis nos transportó al siglo XVI, a la manera de una máquina del tiempo, aunque sin aparatos extravagantes, y entonces descubrí que no era aburrido, que no me eran ajenas las experiencias humanas de personas que habían vivido cinco siglos antes que yo. Empecé a entender la personalidad del continente y del país por este ejercicio de arqueología y descubrí que me emocionaba, que me apasionaba comprender con amplitud de miras —críticamente— e interpretar con documentación e imaginación como herramientas principales del pensamiento. En medio de esta pedagogía estuvo la inolvidable referencia a Serge Gruzinksi, historiador de las mentalidades, quien precisamente se ha enfocado en señalar las conexiones que culturalmente nos vinculan desde épocas tempranas. La globalización no es un fenómeno moderno, del siglo XXI, sino que hunde sus raíces en los intercambios del Nuevo y Viejo Mundo cuando se vieron y se tocaron —comerciando, amándose o atacándose— en el siglo XVI. Entonces también entendí que la conexión implica conflicto, tensión, porque son las fuerzas complementarias aquellas que engendran la vida —aún con violencias de por medio—. Existe “la colonización de lo imaginario”, “la guerra de las imágenes desde Cristóbal Colón hasta Blade Runner”, pero también los diálogos entre América y el Islam y el más extenso intercambio de la mundialización que conecta desde los años mil seiscientos a “las cuatro partes del mundo”.
Me pareció fascinante aprender que la exposición historiográfica puede ser original, creativa, pero, sobre todo, que esa narración es una forma de conocimiento en donde la comprensión —y no juzgar— es el principal propósito de la inteligencia. La Historia resultó ser un trabajo de autoconsciencia, un trabajo sobre la naturaleza humana —incluida la mía—. El encuentro con Luis me hizo ver la Historia como una oportunidad para revisar prejuicios, aprender sobre la tolerancia, para reconocer y apreciar la diferencia, para malpensar la tradición y celebrar la creatividad, porque la historia es siempre historia del presente, hija de su tiempo. Gracias a Luis supe que aquí yo podía florecer, reconstruir sin temor mi subjetividad. En mi barbecho, que fueron sus cursos sobre historia de América y de Colombia, pasé de la arquitectura —del presente— al pasado. Volví la vista atrás, pero no para lamentarme, no por nostalgia, sino para aprender de mí a través de mi relación con otros de ayer —en los archivos— y de hoy —en las entrevistas—; para asimilar que el pasado es un país extraño, pero al final no tanto, porque nuestro destino es mestizo —las múltiples conexiones, la arena en la nieve— y nuestra naturaleza la palabra, que a la manera de rizomas y ramas sostiene las verdes hojas con que ayer y hoy, la humanidad —y yo soy humanidad— manifiesta sus creaciones y su gratitud.

Qué hermoso texto. Un bello homenaje a un profesor, unas palabras que dan sentido a la labor docente.
ResponderEliminarProfe, ¡qué alegría tu tiempo por aquí y también que mi gratitud te la pueda expresar cotidianamente y de viva voz! Es la forma preferida. A muchos profes que conocí en Historia les agradezco por lo que representaron en ese momento de transición y allí estás tú. ¡Cómo olvidar a los presocráticos, a Nietzsche y asimilar que el lenguaje no está en nosotros, sino que somos nosotros quienes estamos en él! Ese fue un gran "boooom" para mi pensamiento y mi vida. Un abrazo.
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