sábado, 30 de septiembre de 2023

Imprevisto

When I opened the window, light shone through / Without leaving a trace of my shadow / It took me away / Surely, this is fate / Because it's strange / I can't remember a single piece of the scenery from just a moment ago 

Este mes resume parte de lo que ha representado este año para mí: enfrentarme a lo incontrolable, es decir todo aquello que no sea mi cuerpo, todo aquello que es la vida, es decir, lo imprevisto. La tensión que ha hecho tan dramáticas mis emociones recientes (quién te conoce desmayo) es un efecto del exceso de atención. Poner cuidado a todo para intentar tener a todos contentos es uno de los peores atentados contra la salud propia. Sin embargo, esta actitud es una trampa muy común. Yo, por ejemplo, asociaba la experticia con ser atenta a un nivel competitivo. Me explico: cuando no me considero experta en alguna actividad o saber me da igual la percepción que otros tengan de mi desempeño, simplemente me concentro en hacerlo y no en competir. Pero otro es el cantar cuando siento que estoy en "lo mío", un  un nivel que entre, otras cosas, tiene peso por la legitimidad que le brinda una validación institucional. 

En mi caso esa área de experiencia ha sido el mundo académico, de ahí que el miedo al fallo se incremente over 9000 points cuando estoy en su terreno: entonces llega la parálisis por exceso de análisis, es decir, la catastrofización. Catastrofizar es un mecanismo sustentado en la búsqueda ideal de control, pero ya que esa domesticación del mundo no puede conseguirse llega el pánico como respuesta a la incapacidad de aceptar esa realidad. En resumen, es una forma dramática de reconocer indirectamente que, como decían los Rolling, You can't get always what you want. Solo hasta ahora me doy cuenta que aunque esto es cierto, no significa que sea el fin del mundo. Más bien es una invitación a desarrollar una mirada proporcionada de los eventos, incluso de aquellos (como las tesis) a los que hemos atribuido una solemnidad que, en el fondo, es arbitraria y fruto de ideales más que de realidades. 

Quizá por eso mi búsquedas más urgente es la de mi cuerpo: hacerlo mío, actuar en él y no tomarlo como un organismo distante y diferente del pensamiento. Consolidar esta propiocepción tiene mucho que ver para mí con desarrollar habilidades de la educación física más elemental: flexibilidad, resistencia, agilidad. Estas palabras evocan, para mí, hechos imposibles de sofismarse a través de ardides mentales: son o no son. Hacerme flexible, resistente, ágil es el camino que he concebido para deshacerme de la catastrofización y a su vez de la procrastinación de la tesis. Para comprometerme con un trabajo real me he inventado un juego simbólico con mi cuerpo. La pregunta fundamental en esta fase del recorrido lúdico es la siguiente: ¿hasta qué punto es posible "buscar un cuerpo"? ¿Hasta qué punto puedo "buscar un hijo"? ¿Hasta qué punto puedo "buscar" a mi tesis, a mi hija? Aquí la palabra buscar está entrecomillada porque es sinónimo de idealizar. En ese sentido, la respuesta a estar preguntas es que no se puede buscar. Es necesario poner límite al impulso de idealizar, porque la vida no puede buscarse, es decir, no puede diseñarse: la vida es lo que ocurre y cómo se aprovecha su material para construirse en presente, ella no puede premeditarse. Cualquier anticipación desde el futuro es mitología, fantasía o temor. Por eso hay un punto en que el "buscar" un cuerpo, una tesis o un hijo da paso al aceptar: acepto que hay cosas que no puedo cambiar, ni controlar para luego trabajar en lo que sí.

El primer paso de ese compromiso con la vida es entonces reconocer que no hay cuerpos, ni tesis, ni hijos ideales. Porque si no hay ese reconocimiento no hay validación y solo autovalidando mi existencia puedo darme un lugar en el mundo. Es entonces con la aceptación que empieza a formarse un cuerpo más elástico. No es fortuito que el estrés se manifieste como un endurecimiento de los músculos, como si cerraran sobre sí y se pusieran de piedra. Reconocer la imperfección hace que el cuerpo se relaje, sea fluido. Por el contrario, cuando se niega la existencia de la experiencia (que es imprevista e imperfecta) a cambio de privilegiar el diseño ideal es cuando llega la rigidez de cuerpo y el espíritu. En septiembre ocurrieron varios eventos inesperados que pusieron a prueba este entrenamiento de mi cuerpo: una presentación de mi trabajo ante evaluadores externos, que se adelantara el parto de Benjamín, regalos de amor y amistad, exámenes médicos con descuento, ausencia de infecciones asintomáticas, el avistamiento del zorro perro, las variaciones en mi celebración de cumpleaños, encontrar el vestido de fiesta en una tienda de pueblo, el chocolate después del desmayo inducido, el juego de representación, la reunión de facultad, reconocer y desconocer personas, la muerte de un gato y recibir otra notificación del sistema de investigación de la universidad. 

Les recuerdos que entre abril y mayo se me entumió la espalda y me desmayé, probablemente a causa de ese tipo de notificaciones. En ese sentido, aunque septiembre se movió entre sorpresas agradables e inquietantes, lo cierto es que sigo en pie, sin desvanecerme, aprendiendo a conservar el equilibrio. A propósito de esa búsqueda de balance, justo en esos días me crucé con la palabra "mataculín" que está incluida en la RAE para definir una"1.m. Co:O. Barra de madera o metal apoyada en equilibrio en su punto medio, de modo que quienes se sitúan en sus extremos suben y bajan alternativamente", y que en otros países es conocido como sube y baja, balancín, balanza, romana, columpio. Pensé en esta palabra porque muchas veces llamamos montaña rusa a la sucesión de emociones contradictorias, y en este caso el mataculín es una versión más local de esa metáfora, además que su nombre es sintomático de los niveles de dramatismo: en ese sube y baja tu "culin" está en constante riesgo de "matarse". Vamos que no es tan grave, pero el nombre es un curiosos a guiño a los catastrofizantes S.A. No obstante, por más dramático que suene el "mataculín" es, ante todo, un juego y por eso hay risas y sobre todo disfrute cuando se monta en él. La enseñanza de este objeto lúdico es que la vida sí, sube y baja, pero podemos encontrar un sano equilibrio entre más risueños y divertidos seamos, o sea entre más flexibles seamos a los imprevistos y a la adrenalina propuesta por el juego. Por eso me propuse tratar los imprevistos como si estuviera en un mataculín y, entonces, me di cuenta que al final la realidad no es tan horrible como la imaginaba, que si uno reconoce que no se las sabe todas, pero está dispuesto a enfrentar lo que venga hay capacidad de maniobra. 

Es que a estas alturas una ya no está para matar el tigre y asustarse con el cuero, con el cuerpo. De ahí que el siguiente paso en este compromiso con ese cuerpo, además de su aceptación, sea metabolizar la experiencia, sintetizarla y, sobre todo, a aprender a hacerlo ágilmente, sin quedarse dando vueltas, sino pasar rápidamente a lo que importa: al acto. Lo que pasa es que esta agilidad se logra aprendiendo a considerar las consecuencias lógicas y no las emocionales de las acciones. En la crianza muchas veces se transmiten las emocionales: es lo que hace la seducción del regalo y el miedo de la pela. Pero hoy, como adulta, me corresponde reconocer que mis acciones las llevo a cabo no por las emociones, sino porque tengo un propósito y con base a él surgen reglas, tratos o decisiones con las que me he comprometido y en las que he construido un sentido basado en la realidad. Hay que se flexible para adaptarse, pero esa adaptación necesita un sentido: que responda a la realidad (no a la sugestión emocional). Y es que la adaptación no se entrena en simulaciones ideales, ya que no puedo adaptarme a algo que no existe. Así que para seguir fortaleciendo esta disposición al imprevisto necesito hacer que mi cuerpo siga apareciendo, o sea, que esté aquí (dispuesto, activo, práctico) que no es lo mismo que quedarse ahí (estancado, "ranchado", anquilosado y duro como una piedra). 

Es entonces cuando al unirlas con lo imprevisto puedo darle la vuelta a dos palabras que hasta ahora he abordado de manera patológica: la primera es repetición. No obstante, repetir e imprevisto parece una combinación paradójica. ¿Repetir no es lo opuesto al imprevisto? Si es sinónimo de obsesión ociosa, quizá pueda verse de esa manera, pero si se toma como sinónimo de consistencia lógica no: para que aparezca mi cuerpo, para que aparezcan mis iniciativas necesito exponerme repetidamente a la vida con sus imprevistos, a la acción que engendra acción. 

La segunda palabra es magro. Hasta ahora he buscado que mi cuerpo sea delgado, reducido en volumen, una característica que asocio con la posibilidad de escabullirme fácilmente o pasar desapercibida. El problema es que haya totalizado esa interpretación y quizá también esté atribuyendo rasgos magros a mi cerebro lo cual significaría que estoy falta de ideas y que no tengo cómo responder con la tesis. De ahí la importancia de contar con suficiente contextura y fortaleza y de no tenerle miedo a la carne: puedo depurar la grasa (ideas) pero necesito definir el músculo (base real). Esta imagen me permite percatarme de que son esos músculos los que quedan molidos cuando hago ejercicio, mientras que mi esqueleto sigue intocable. Esta nueva metáfora corporal me permite entrenar la resistencia de la carne como habilidad requerida para posicionarme frente a otra expresión del imprevisto: la crítica. He de ser capaz de llevar mis propuestas, mi tesis, mi cuerpo al asador porque nadie puede destruirme en mi estructura, en mi esencia, en los huesos que me sostienen. Esto me digo diariamente y lo repito una y otra vez: esos huesos son el símbolo de la seguridad propia. Esa seguridad es la clave de la resistencia porque gracias a ella sé de mi potencia (qué puedo proponer), pero que no siempre tengo que estar demostrándolo al otro. 

De esa manera yo misma puedo pasar de enfrentar imprevistos a ser imprevista, o sea, a responder sosegadamente a la crítica, sin dejarme provocar. A responder a mis valores y a actuar con la certeza que me brinda mi criterio. Por eso creo que me siento relajada cada vez que escribo en este blog: es el efecto de pasar a la acción y de usar metódicamente la exposición al imprevisto. Cuando me siento mensualmente pienso en un título y lo escribo, pero nunca sé realmente qué escribiré a continuación. Escribo, escribiendo. Quiero decir, no rumiando. Es en este tipo de momentos donde mi potencia se revela en su esplendor: me cumplo a mí y ese es el logro. Ahora mi propósito es seguir expandiendo este efecto a todas mis acciones: ganar soltura, fluidez no solo para empezar, sino para sostener la actividad y exponerme aún con temor, pero segura de lo que puedo, de lo que puede mi cuerpo. A continuación seguirá en el juego no solo valorar mi desnudez, sino permitirme bailar con o sin reflejo, permitirme extender los brazos, las piernas, darle amplitud a mi presencia, sin que la sensación del imprevisto llamado ridículo sea impedimento del movimiento. 

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