martes, 30 de mayo de 2023

Solidaridad

No estés solo en esta lluvia / No te entregues, por favor / Si debes ser fuerte, en estos tiempos / Para resistir la decepción / Y quedar abierto mente y alma / Yo estoy con vos / Si te hace falta quien te trate con amor / Si no tenés a quien brindar tu corazón / Si todo vuelve cuando más lo precisás /Nos veremos otra vez. "Nos veremos otra vez" - Serú Girán


Algunas fuentes relacionan el origen del nombre mayo con Maya, la diosa de la castidad, la abundancia y la floración. Otras, lo asocian a la díada maius-magnus que significa magno, grande, majestuoso, lo cual resulta coherente con que en otros momentos mayo haya sido el mes dedicado a Júpiter, la máxima deidad de la mitología grecolatina. Personalmente pienso que ambos sentidos se complementan para explicar lo que viví en este mes. Puedo resumir los días más recientes como intensos, no necesariamente agradables a primera vista, pero con revelaciones fundamentales. Por eso asumo este tiempo, siguiendo la etimología del mes, como un majestuoso florecimiento. Esta prosperidad de la vida que experimenté tiene que ver ser testigo de formas de interdependencia con otras personas cuya constatación renueva esperanzas y disipa confusiones sobre la potencialidad del vínculo social.

Me gusta mucho revisar las etimologías como punto de partida en mis reflexiones. No me parece que siempre a las palabras se las lleve el viento, sino que, por el contrario, nos dan muchas pistas para que podamos usar el viento a nuestro favor, o por lo menos jugar con él. Esa exploración inicial en el lenguaje, me parece fundamental, porque nombrar es el comienzo de la existencia como reconocimiento y no como organicidad. Para mí vínculo social es sinónimo de solidaridad. Una de las definiciones de solidaridad que vi en una búsqueda superficial por internet dice que se refiere al adjetivo latino solidus, solida, solidum, “o sea, sólido, macizo, consistente, completo, entero”. Pero también al adjetivo que define “lo real, seguro, sin vanos artificios, firme”. Mientras tanto, la raíz de esta palabra también se asocia a verbos latinos, en este caso “solido, solidas, solidare, solidaui, solidatum”, que nos remiten a acciones específicas como “consolidar, dar solidez, asegurar, endurecer, soldar”. Todas estas definiciones me parecen pertinentes y para nada excluyentes entre sí.

En este mes la posibilidad de contar con otros o ver cómo otros cuentan con otros permitió que en un sentido simbólico y real mi espíritu y mi cuerpo se soldaran, se consolidaran, se realizaran sin vanos artificios y adquirieran consistencia. Quiero decir con esto algo que cada vez se me presenta con mayor nitidez: el antídoto contra la constitutiva incertidumbre de la vida es la confianza en las redes, los tejidos, las fibras que se trenzan en las relaciones sociales. Por eso considero tan importante rescatar una visión sincera y atinada de lo público. La subjetividad, la autonomía son dimensiones importantes para el desarrollo de las personas. Sin embargo, hay una delgada línea entre el autocuidado y el egoísmo. El egoísmo me parece una subjetividad neoliberalizada, es decir, que fetichiza la individualidad convirtiéndola en un fin que debe conseguirse a cualquier precio. Este sometimiento a la idea de éxito individual me resulta el terreno perfecto para que crezca la paranoia, ya que en un contexto de desmesurada competitividad se ve a los demás como potenciales enemigos, creándose un ánimo de permanente hostilidad. Uno de mis actuales manifiestos es que el miedo es el único enemigo del amor y de la vida, entendida como creatividad y capacidad generativa. Para mí la subjetividad es precisamente el espacio que hace contrapeso a toda forma de autoritarismo. Por eso es una paradoja y una tragedia que esa subjetividad pueda volverse autoritaria, o sea, egoísta. En ese sentido para que no cruce ese límite hay que estar atentos al grado en que se forma y se expresa, a cómo la calibramos. La subjetividad, a su vez, se relaciona con otra palabra: la de privacidad. Para mí la privacidad es la oportunidad de que la intimidad sea un lugar de exploración para la creación colaborativa, la creación conversada. Pero muy cercana en su etimología está una palabra tan parecida, pero con consecuencias tan opuestas. Me refiero a la privatización. La privatización es la interpretación distorsionada de la privacidad, es el exceso de privacidad, en otras palabras, que lo privado se traslade a TODOS los contextos, en detrimento de una concepción dialéctica en donde interviene lo público, como complemento y no como antónimo.

Por estos días retomé La Vergüenza escrita por Annie Ernaux. Allí encontré un pasaje que inspiró el nudo de esta reflexión. Dice ella que no puedo evitar "asociar la palabra privado con la carencia y con el miedo. Incluso cuando se habla de vida privada. Escribir es algo público". Aunque prefiero matizar su afirmación con respecto a su definición de la vida privada, estoy de acuerdo con que el miedo y la paranoia son los que hacen confundir esta vida privada con privatización. También estoy de acuerdo en que la escritura publicada (incluso aquellas que no están respaldada por editoriales, como la que ocurre en este blog) es deliberadamente y declaradamente pública. Que sea pública no significa que se renuncie a la subjetividad, sino al contrario que esta aspire a una construcción colectiva, a una exposición que va más allá del soliloquio en el espejo y que implica un riesgo (la vulnerabilidad), pero también una posibilidad (un diálogo amplificado). En lo que sí coincidimos Annie y yo es en que apostar por lo público es apostar por no rendirse ante el miedo: reconocernos interconectados es un factor que nos hace sentir más seguros para movernos y actuar; es decir, que el apoyo colectivo amplía la capacidad de maniobra de los individuos. Aquí recuerdo también a Jane Jacobs, la activista canadiense que defendía el urbanismo humanizado y quien dijo —según mi falible memoria— que un zócalo urbano activo brinda sensación y realidad de seguridad a los transeúntes. Trasladado a nuestro contexto latinoamericano, el hecho que esté la viejita chismosa —en la puerta o el balcón—, que haya pequeños comercios y tiendas de barrio significa que las personas habitan la calle y se protegen entre sí. Esta descripción que creo haber leído en Muerte y vida de las grandes ciudades me ha resultado práctica (puro sentido común) y también conmovedora (la solidaridad multiplica la vida).

Uno de mis principales intereses y motivaciones en esta vida es el que llamo "conectar". Me parece que la vida tan misteriosa y absurda como es se dota de sentido por las relaciones que establezcamos y la forma en que cada persona las aproveche y disemine. Por eso, me inquieta la tendencia moderna a la anomia (fragmentación grupal, aislamiento). Recusar del apego y del sentido comunitario es cuando menos pura necedad. Me parece importante que se promueva la comunidad, porque la entiendo como espacio para expandir las posibilidades subjetivas y no como lugar de obediencia. Por eso a la fecha todavía me emociona toda manifestación de solidaridad.

Decía al inicio que durante mayo esa esperanza en lo público, lo solidario, lo colectivo se renovó. Ello se debió a tres acontecimientos muy específicos y especiales. Primero, porque tuve la oportunidad de agradecerle a Manuel su generosidad y la disposición para conversar, para situarse horizontalmente en una relación pedagógica con nosotros. A inicios de mayo nos contó que dejaba el cargo. Fue una noticia agridulce: agria porque esa integridad es difícil de encontrar en relaciones laborales; dulce: porque es honesto consigo y con su ejemplo predica coherencia, parresía motivándonos a seguir unidos y trabajando por esa forma de vida.

Segundo, porque acompañé a mi novio a comprarle una máquina de coser a su mamá. Cabe apuntar que esta mujer tiene una historia de resiliencia increíble y que sigue en pie junto con sus hijos precisamente por estos hilos de afecto que han sido más fuertes que cualquier otra violencia. En este contexto los lujos o los antojos no han pasado de ser más que fantasías, ya que lo urgente era resolver la maraña de la existencia, ser pragmáticos. Pero ese trabajo tiene sus consecuencias, en este caso su recompensa, y así fue que, en el día de la madre de este año, ella tuvo su primera máquina de coser. Mi suegra define este momento como haber cumplido un sueño. Su alegría era incontenible, inocultable. Desde entonces cose todos los días y si algo me produce satisfacción es ver que alguien le saque gusto a un regalo, a algo que le interese mucho. Me pareció muy tierno todo lo que sucedió alrededor de esa máquina, especialmente, recordar que se trató de un gesto de solidaridad de su hijo, de una respuesta al apoyo mutuo que se han brindado, ya que ambos han renunciado a privatizar sus recursos, sus existencias, y ahora a él se muestra agradecido a través un acto solidario.

Y Tercero, porque en este mes me desmayé por primera vez en mi vida. No me di cuenta del movimiento, del desplome, ni del golpe en mi cara. Quedé privada. Y mira cómo se presta el lenguaje para jugar con el tema de esta entrada: quedé privada, pero la ausencia de un ánimo privatizante en mis seres queridos y en mi entorno fue lo que me ayudó a salir de esa crisis. Mi mamá estaba sola cuando ocurrió todo, así que su impulso fue salir y gritar a los vecinos, sobre todo, para que la vecina enfermera se enterara. Fue la vecina del lado la que primero dio aviso. Cuando desperté estaba rodeada de mujeres: mi mamá, mi prima que también es vecina, la enfermera, la cuñada de la enfermera. Recibí los primeros auxilios y luego el consejo de que me llevaran a urgencias por el golpe en la cabeza. Estas acciones hechas por Rita fueron útiles en sentido médico, pero lo más importante es que ayudó a que mamá se tranquilizara y pudiera avanzar en el tratamiento de mis heridas. Ese sábado estuve todo el día y parte de la noche en urgencias. Mi prima me acompañó todo el tiempo. Los días siguientes las vecinas preguntaban por mí, también rezaban y hasta me llevaban frutas. Mi abuela, otras primas y mi tío también estuvieron pendientes.

Esos días estuve débil de cuerpo, pero fortalecida en el espíritu, profundamente conmovida y agradecida con esta solidaridad que fue el principal insumo para reconstruir mi tejido corporal y moral. En medio del dolor de cabeza y la confusión por el golpe, de lo primero que fui muy consciente estando en el hospital era que esa actitud solidaria, además barrial y femenina, fue lo que me salvó en ese momento. Pienso entonces que la soledad es necesaria, sí, pero es cuando compartimos con otros que sus frutos adquieren propósito. Si viviéramos en torres privatizadas ¿cuál habría sido la respuesta de mis vecinos? ¿Podría llamarlos vecinos? ¿Tendría quizá una herida más profunda así hubiera logrado curar la herida física por otros medios? Probablemente en mí, que soy romántica, estaría abierta la herida de la indiferencia, de que lo privado, sea como cuestiona Annie, expresión de cerramiento.

La vida del vecindario, de mi vecindario con sus antejardines y su calle peatonal promueve un diálogo permanente entre el adentro y el afuera en el que ebulle la vida, la creatividad, la cooperación. Como la membrana de esta parte de la ciudad es porosa, el miedo sale y la creatividad y solidaridad entran. Me di cuenta, y sin intermediarios, que ni mi casa, ni la de mis vecinos están privatizadas, encerradas en sus mundos, sino que por el contrario seguimos conversando, seguimos intercambiando y seguimos cuidándonos. Es una experiencia, una prueba que viví de primera mano para seguir enamorándome de la vida en el barrio. Un aliciente para seguir buscando mi singularidad en permanente comunicación con el entorno. Gracias al barrio que me acogió y me levantó es que ahora puedo incorporar un nuevo sentido de vida: la experiencia de lo íntimo como un espacio que se sabe conectado (ni subyugado, ni dominante) de lo público. Es en su intersección donde la solidaridad se me mostró como un hecho. Con la nueva cicatriz en mi labio, pero con el corazón sano y alegre, hoy celebro su existencia.

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