sábado, 19 de marzo de 2022

Naturaleza

Felicity grew a garden / She planted with her hands / The ground beneath her feet, it was bitter / Felicity grew a garden / A haven safe from fate / And the ground beneath her feet, it was bitter, it was sweet

Entre enero y marzo de este año han pasado varios acontecimientos que me llevan a reflexionar sobre mi relación con la Universidad Nacional de Colombia. Pienso en ella con detenimiento, porque su significado y valor son irreductibles a la dimensión estudiantil o laboral que ciertamente la atraviesa. Justo en este mes cumplo trece años de haber incorporado esta institución como parte regular y formativa de mis rutinas. Para mí la universidad ha sido la principal zona verde de mis pies y de mi cabeza; ha representado el lugar por antonomasia de la posibilidad y gracias a ella —ella que son sus momentos, sus espacios y sus personas— he construido, revolcado, tocado los puntos más sensibles de mi identidad al son del placer y del displacer, es decir, al son del conflicto esencial y estimulante que es la vida, especialmente desde mis fases eróticas —de la más sublimada a la más sensual— ligadas con mi paso por la universidad.

Relaciono esta idea con otra imagen que se me cruzó esta semana en donde se veían las arenas del Sahara africano cubriendo los Pirineos franceses. El paisaje es atípico, pero no improbable. Aun así me conmovió el impacto de los colores, una nieve teñida de rojo a la manera de un Marte terrenal bautizado en ambas costas por el Mediterráneo. Entonces me parece que la playa siempre ha sido hermana de la nieve. Tus arenas, nuestras dunas siempre han sido el vestido de la nieve en tus páramos, en nuestras mesetas. Todo está conectado y se nos olvida por pura practicidad que las fronteras son imaginarias. Por eso digo que la universidad es más que burocracia o meritocracia académica para mí. Por ella la vida se me presenta como este juego de correspondencias que me recuerda el vínculo primordial del tejido con el mineral y por el cual toda separación es una ilusión, si bien toda subjetividad es una variación necesaria y deseable para su realización.

Estar en esta universidad —construida sobre las ruinas del río y al lado de un cerro tutelar, como queriendo decir “soy tu naturaleza”— me ha brindado la mayoría de mis experiencias de amor, de sexo, de frustración, de satisfacción, de enfermedad y de muerte. La competitividad, la castración, el dolor, pero también la ternura, la pasión y la comprensión han sido los materiales proporcionados por este espacio para moldearme, moderarme, excederme y reestructurarme. Allí han ocurrido encuentros y desencuentros desde el cuerpo y palabra que han contribuido de manera significativa a mi reconciliación con el mundo, al saberme parte de él y a responsabilizarme de mis acciones porque me reconozco individuo interdependiente en ese mundo conectado.

Y digo esto porque la cinta de Möbius —que son estas conexiones cuánticas y las inesperadas solidaridades que generan— termina —que es decir recomienza— por donde empezó. Esta semana me enteré que ya estaban desocupando la oficina del profesor Luis Miguel. Con este dato logré entrar para recoger un mapa de Colombia y al hacerlo recordé cómo había empezado uno de los capítulos más vivificantes de mi llegada a la universidad. Inicié mi recorrido allí en 2009 al ser admitida a Arquitectura. Sin embargo, esa fue una experiencia difícil que puso en entredicho mi identidad, el alcance de mi esfuerzo y la capacidad de mi cuerpo. La herida se manifestó en la pérdida de salud. La realidad había rebasado al ideal y entonces llegó el momento de la aceptación, que es otro nombre para la renuncia que nos libera.

En el horizonte de mi elección vocacional adolescente también estuvo la Historia. Sus contornos como carrera, al igual que los de Arquitectura, eran imprecisos para una joven de 17 años y en ambos casos asumí que podría desenvolverme en el camino elegido solo porque tenía gusto por la palabra y por la comprensión de los procesos humanos, o bien por el dibujo y la antropología urbana. La experiencia me demostró que el deseo era insuficiente y que la aptitud tenía un peso fundamental para su realización. En ese contexto solicité traslado de programa. Volví a ser primípara en el segundo semestre de 2010 y luego de los traumas vividos llegué con mínimas expectativas al nuevo pregrado, incluso, con cierto temor.

Aquí es donde aparece Luis Miguel. Mi primera clase de Historia la vi con él. Entonces no sabía que había iniciado la ruta de una salvación: esta carrera fue el catalizador para fortalecer mi cuerpo y reconstruir mi identidad. Quizá si Luis no hubiera estado, mi olfato —ya afinado por el dolor— me habría indicado que estaba en la dirección correcta, pero el hecho de que él fuera la primera persona que me saludó en el umbral y me invitó a seguir supuso un cambio inmediato en mi interpretación de la vida, de los talentos y de la creatividad: su discurso apacible, pero a la vez inteligente y apasionado sembraron una confianza y seguridad que hace rato no experimentaba y además demostró sin aspavientos que las humanidades encarnaban una forma bella de vivir, que el trabajo intelectual era tan hermoso como las artes más convencionales.

Llegué a este pregrado con las ruinas del sueño adolescente —naturaleza muerta—, pero la voz de Luis Miguel se situó entre mis despojos como el conjuro del musgo, como el milagro primigenio de la reforestación. Y entonces entendí que la fragilidad —el acto de romperse y derrumbarse— más que sinónimo de destrucción puede serlo, más bien, de barbechar. La ruina puede ser otra forma del descanso el cual es necesario para limpiar las malas hierbas, las espinas y las malezas que de lo contrario habrían corroído silenciosamente los frutos de árboles envenenados en su raíz por el afán o por la terquedad. El trabajo fue mío, pero la palabra y presencia de Luis fueron semilla para el rebrote seguro, saludable y bello de un nuevo jardín. Cuando volví a la nueva carrera me sentía ignorante, asustada, aunque curiosa.

No sabía muy bien qué esperar de una clase llamada “Historia de América I”. Entré y lo que ocurrió fue que Luis nos transportó al siglo XVI, a la manera de una máquina del tiempo, aunque sin aparatos extravagantes, y entonces descubrí que no era aburrido, que no me eran ajenas las experiencias humanas de personas que habían vivido cinco siglos antes que yo. Empecé a entender la personalidad del continente y del país por este ejercicio de arqueología y descubrí que me emocionaba, que me apasionaba comprender con amplitud de miras —críticamente— e interpretar con documentación e imaginación como herramientas principales del pensamiento. En medio de esta pedagogía estuvo la inolvidable referencia a Serge Gruzinksi, historiador de las mentalidades, quien precisamente se ha enfocado en señalar las conexiones que culturalmente nos vinculan desde épocas tempranas. La globalización no es un fenómeno moderno, del siglo XXI, sino que hunde sus raíces en los intercambios del Nuevo y Viejo Mundo cuando se vieron y se tocaron —comerciando, amándose o atacándose— en el siglo XVI. Entonces también entendí que la conexión implica conflicto, tensión, porque son las fuerzas complementarias aquellas que engendran la vida —aún con violencias de por medio—. Existe “la colonización de lo imaginario”, “la guerra de las imágenes desde Cristóbal Colón hasta Blade Runner”, pero también los diálogos entre América y el Islam y el más extenso intercambio de la mundialización que conecta desde los años mil seiscientos a “las cuatro partes del mundo”.

Me pareció fascinante aprender que la exposición historiográfica puede ser original, creativa, pero, sobre todo, que esa narración es una forma de conocimiento en donde la comprensión —y no juzgar— es el principal propósito de la inteligencia. La Historia resultó ser un trabajo de autoconsciencia, un trabajo sobre la naturaleza humana —incluida la mía—. El encuentro con Luis me hizo ver la Historia como una oportunidad para revisar prejuicios, aprender sobre la tolerancia, para reconocer y apreciar la diferencia, para malpensar la tradición y celebrar la creatividad, porque la historia es siempre historia del presente, hija de su tiempo. Gracias a Luis supe que aquí yo podía florecer, reconstruir sin temor mi subjetividad. En mi barbecho, que fueron sus cursos sobre historia de América y de Colombia, pasé de la arquitectura —del presente— al pasado. Volví la vista atrás, pero no para lamentarme, no por nostalgia, sino para aprender de mí a través de mi relación con otros de ayer —en los archivos— y de hoy —en las entrevistas—; para asimilar que el pasado es un país extraño, pero al final no tanto, porque nuestro destino es mestizo —las múltiples conexiones, la arena en la nieve— y nuestra naturaleza la palabra, que a la manera de rizomas y ramas sostiene las verdes hojas con que ayer y hoy, la humanidad —y yo soy humanidad— manifiesta sus creaciones y su gratitud.

sábado, 19 de febrero de 2022

Maraña


We have a great big old society / That won't make room for folks / Like you and me / But I got some real sad news / For them my friend / They're on the outside looking in / We've got a great thing going /And it's gonna keep right on growing / And I hope that soon they'll see the light

Fui a ver Licorice Pizza (Paul Thomas Anderson, 2021) sin expectativas elaboradas pues desconocía su contexto, incluyendo el sentido del título, porque había elegido no leer la sinopsis. La primera referencia la obtuve a inicios de diciembre del año pasado gracias a María Clara, una persona que admiro y cuyo gusto me parece sobrio pero llamativo. Mantuve el título muy presente y estuve al tanto de las carteleras hasta confirmar que se estrenaría el 17 de febrero. Inmediatamente fui a verla sin muchos datos y, por tanto, sin muchos prejuicios. 

No tardé en darme cuenta que se trataba de otra versión de “chico conoce chica”, pero esto lejos de molestarme me emociona porque a mí lo que me importa es la variación, la novedad de la interpretación que le dará cada narrador. Ambientada en la California de los setentas, Licorice Pizza se impone visual y sonoramente a los sentidos del espectador. Ojo, el filme no satura con colores brillantes, pero tampoco impide el dominio de una estética funky —en la fotografía y la música—, la cual siendo propia de los setentas nos transporta a una atmósfera eternamente juvenil, incluso cándida —y aquí se reparten por igual la despreocupación de la candidez y la dulzura del candy—. 

Menciono esta palabra porque me remite al título de la película. Este alude a la jerga californiana que, en un giro aparentemente absurdo pero también evocador, bautizó al LP (Long Play disc) como Licorice Pizza (LP). A esto se suma que cuando busqué el significado de Licorice descubrí que se refiere a la “raíz seca de una planta utilizada para dar sabor a alimentos, especialmente a dulces”, es decir, candies. La elección del título no es fortuita porque recoge elementos fundamentales de la película: el rock setentero de LP —que acompaña su banda sonora—; la pizza que —aunque no aparece en la película— es el platillo por excelencia de las reuniones adolescentes, y, en todo caso, símbolo de alegría y fiesta; y el licorice, ese ingrediente secreto que le da a un alimento convencional un sentido de extravagancia y experimentación; características propias de la adolescencia.

Y es que el tránsito adolescente con las revoluciones, rodeos y tensiones este conlleva me parece el tema central de la película. Gary, un actor de 15 años, conoce a Alana de 25/28 años mientras hace la fila para sacarse la foto de instituto en el estudio donde ella trabajaba como asistente. Gary es un chico que quiere dejar atrás la infancia y actuar con la seguridad del galán adolescente, mientras que Alana se resiste a dejar la adolescencia para lanzarse de lleno a la adultez. Ambos están así en un punto medio, tenso, de ese tránsito donde hay más preguntas que respuestas. Un detalle que me gusta mucho, y que además anticipa el ritmo de la historia, es que desde su primer encuentro hay un aire conflictivo, porque la trama será romántica pero no condescendiente. 

Efectivamente Gary y Alana se conoce chocándose, literalmente, porque él la empuja, y entonces me recuerda esa manera pasivo-agresiva que tienen los niños de indicar la chica que le gusta justo porque es a quien molestan. Así inicia el encuentro entre este par de jóvenes, de los que también me gusta la fisonomía proyectada: para nada es estereotipada ya que renuncia totalmente a los ideales de perfección y simetría. Gary es panzón y Alana tiene ojeras marcadas, una contextura relativamente gruesa, los dientes ligeramente irregulares. Sin embargo, ambos resultan carismáticos y encantadores hasta el punto de verse atractivos y destilar una química poderosa y natural en su interacción.

Pero ese carisma no impide recordar que la adolescencia es el momento en que nos enfrentamos a una pregunta fundamental, para nada ligera: la pregunta por la identidad y por tanto la búsqueda inicial de una respuesta en la intensidad. Esto es justamente lo que hacía Gary con su vida: convertirla en materia prima para su propia obra de arte. Gary entra en pantalla como el chico extrovertido, juguetón, despreocupado, un poco charlatán gracias a su iniciativa rayana en el atrevimiento—no de otra manera alguien habría invitado a salir a una mujer diez, casi quince años mayor—. Pero, contra todo pronóstico, contra el rechazo verbal de Alana ante la propuesta inicial, esta se encontró con él en el lugar indicado y allí empezó un rodeo romántico en donde entre chiste y chiste, tensión y tensión, carrera y carrera surgió ese amor que espeja las preguntas necesarias para alcanzar la madurez —que no es renuncia a la alegría—: ¿quién soy?, ¿qué me satisface?, ¿cuáles son mis sueños? Cuando Gary se lo pregunta al inicio de su cita, Alana respondió con un “no sé”, sobre todo ante aquella en que se cuestionaba por su futuro y ella aún se imaginaba ejerciendo secularmente el trabajo en el estudio de fotografía. Gary se convierte así en gatillo, en detonante pues le hace ver que puede hacer lo que quiera y la convence de emanciparse de esos ideales espurios para iniciar su propio emprendimiento. 

De esta manera, Alana deja su rutinaria vida destinada a sobrevivir y se aboca a vivir, a construir múltiples, inesperadas y divertidas experiencias con Gary: convertirse en gerente de una empresa de colchones de agua, desempeñarse como actriz y conocer leyendas del cine hollywoodense, hacer travesuras a un actor mujeriego y psicópata, y participar del negocio de máquinas de pintball justo cuando Alana creía que trabajar en la política, en el cambio de la ciudad, “pondría en orden su vida”, solo para darse cuenta que ese compromiso militante era un espejismo más, que la realidad siempre derrotaba cualquier idealismo y revelaba su corrupción de base. Por el contrario, Gary siempre representaba el retorno al desorden, o más bien a un caos fértil en donde la autorrealización era segura: no se basaba en ideales ni en promesas, sino en hechos cumplidos por descabellado que pareciera su inicio. Por eso aunque Gary y Alana se separaron varias veces —maravilloso intercambio de silencios al teléfono, de miradas rencorosas en el restaurante, de vouyerismo torturante ante la indiferencia—, esas mismas veces retornaron el uno al otro, y siempre de una manera característica: corriendo. Cada reencuentro estuvo marcado por una carrera, en la que dramáticamente a nivel interno —porque afuera la vida no se había alterado— se revelaba una poderosa urgencia por encontrarse que no era fruto del impulso sino del deseo, de reconocer que es allí donde queremos estar por más que le demos vuelta y creamos que no.

Y es que es en la adolescencia cuando también nos preguntamos por nuestro poder, por su alcance y por su dirección: es el momento en que emerge una energía que es potencial a la vez de destrucción y creación. La adolescencia puede ser manifiesto de autodestrucción o ensayo de creatividad. Y eso es lo que encarna Gary la canalización creativa del poder. Con la inquietud que me caracteriza mi mayor miedo ha sido “no ser creativa” o descubrirme “limitadamente creativa”. Esta pregunta parte de presupuestos, prejuicios, creencias más que realidades sobre lo que considero creativo y que resumo como la capacidad para improvisar relaciones y combinaciones originales en prácticas artísticas, es decir, la capacidad de inventar metáforas convincentes y conmovedoras en objetos puntuales como un instrumento musical, un poema, un cuento o una novela. Pero esa concepción —y no yo— es la que resulta limitante. Por eso me sentí aludida por la confrontación de Gary a Alana cuando le pregunta por su futuro y mucho más lo hice con la incertidumbre y la insatisfacción de ella. Pero así mismo como me confrontó la pregunta de Gary, ser testigo de su influencia en el cambio en su compañera me brindó esperanza y entusiasmo. Primero, porque me invitó a revisar mi idea de creatividad.

¿Qué es la creatividad? La creatividad, más que con productos sofisticados, tiene que ver con la maraña, con el enredo, con el nudo que es la vida misma y, por tanto, con nuestra capacidad para lidiar con ella, asumirla día a día. Es ahí donde fuera de discursos y teorías artificiales se juega nuestra capacidad de metaforizar la existencia, es decir, de ser capaces de resolver la cotidianidad, de elegir, la forma y ritmo de nuestra rutina. Y esa fue justo la invitación de Gary a Alana: a jugar, a divertirse a relacionarse desde la complicidad con la realidad y no con ideales —que paralizan y nos anquilosan en exigencias ajenas—. El arrojo de Gary impulsó a Alana para que se lanzara a la vida y en ese gesto me recordó que la acción es decisiva para vivir, porque la experiencia —no la fantasía, no la teoría— se labra en la manigua. Esto quiere decir que en Licorice Pizza se restituye el valor del trabajo como factor de creatividad y esa creatividad incluye al deseo, que es un mecanismo esencial de creación. La película muestra el deseo como un trabajo, es decir, como la consecuencia de un esfuerzo y no como su causa. A los protagonistas les cuesta nombrar su relación, pero lo que muestran los hechos es que más allá de la palabra hay una mutua influencia que se va construyendo en una complicidad amistosa que desemboca en el desarrollo de una intimidad sin mediaciones idealistas. 

El contacto suele darse en los protagonistas como sinónimo de choque, de la tensión que los empuja nuevamente a reunirse, pero no hay un ánimo sexual: en una escena de eufórica reconciliación Alana y Gary duermen juntos y aunque tentado, este se resistió a tocarla. Solo hasta el final del filme ocurre el beso —el gesto más tierno del roce sexual— acompañado de la palabra amorosa. Este detalle me parece no solo enternecedor, sino lógicamente congruente porque el énfasis de la película está puesto en el proceso y en revelar la transformación que es susceptible de imprimir todo tipo de contacto significativo. Lo que pasa es que ese efecto suele atribuirse al acto sexual —y con toda razón—, pero aquí ese impacto se muestra de una forma sublimada: de dejar que la inundación del otro derrumbe el falso orden propio para poder construir uno que responda a nuestras elecciones.

De eso se trata la creatividad de permitirse desarrollar el ritmo propio —para eso hay que destruir algunas bases primero— y de adaptarse a lo incontrolable con lo que sí podemos controlar: las decisiones propias así luzcan un poco imprudentes. Al terminar la cinta me sentí inspirada y lo relacioné con el hecho de que me hubiera tocado toda una sala para mí sola. Aunque suene paradójico eso de ver una película romántica en soledad, no me parece que lo sea. Fue una experiencia íntima e introspectiva aunque ocurriera en un centro comercial porque al estar sola pude degustar los planos y las canciones sin la interrupción de la mirada ajena. De igual manera, me hizo pensar en que si bien aquí Gary y Alana eran dos individuos diferenciados, sus roles pueden simbolizarse en una sola persona. Últimamente me cuestiono cómo redefinir la voluntad complaciente y me parece que el camino más directo es proponerse a uno mismo como amo de sí: es decir, ser responsable de su cuidado, de su cultivo y de su expresividad. Siento que tendido a comportarme como Alana antes de conocer a Gary, pero siento también que ese Gary habita en mí y que sólo debo darle la señal para que, sin más dilación, me invite a conocer ese lado valiente, arrojado de mí que me permitirá saltar de la incertidumbre mental a la maraña misteriosa, estimulante y retadora de la realidad. A la vida con cuerpo, sin pretextos.

miércoles, 19 de enero de 2022

Teoría

 

 Pero nadie vivió sin matar / Sin cortar una flor perfumarse / Y seguir / Pero dale, la vida está en flor... ¡Tenés, tenés que seguir!...

Quería ser el lugar al quisieras ir cuando fueras libre, no al que caías porque estabas atrapado. Por eso he decidido concluir la pantomima. El discurso y la apariencia para sobrevivir. Porque es el momento de la vida y me voy a entregar al trabajo de la renuncia y del doloroso ritmo de la naturaleza. Voy a duelar para aceptar la realidad, para delimitar la apertura de mi libertad y depurar las teorías, sobre todo aquella tuya encima —a veces debajo— de la mía.

martes, 28 de diciembre de 2021

Improvisa


Light reflects from your shadow / It is more than I thought could exist / You move through the room / Like breathing was easy / And everyday / I am learning about you / The things that no one else sees / And with words unspoken / A silent devotion / I know you know what I mean / And the end is unknown / But I think I'm ready / As long as you're with me

Soy una aficionada de la semiótica. Me encanta observar y descifrar signos, es decir, interpretar. Tal vez de ahí se derivó mi pasión infantil por la lectura. Tal vez también fue lo que propició mi interés por las emociones: descifrar las intenciones o intereses de mis padres, de mis profesores, de mis amistades. Probablemente de esa pasión vino, finalmente, mi afinidad con la historia, un ejercicio de huellas y voces donde no hay última palabra, porque como dice un refrán: "La historia es hija de su tiempo". Esto quiere decir que siempre podemos imaginar no solo el futuro, sino también un pasado diferente. En resumen la historia me enseñó que siempre podemos imaginar.

Ahora bien, de tanto atender a los signos, de tanto exponerme a los misterios de la comunicación me he convencido de que la intuición no es más que una semiótica automática, una impresión que por su inercia la confundimos por espontánea, por ahistórica —como un chispazo de entendimiento venido de la nada—. Lo mismo me sucede con el concepto de magia: pensamos que es un acontecimiento sobrenatural, un asunto de brujas, espíritus, milagros. ¿Pero cuál es la esencia de lo mágico? es el hecho de que hay una transformación de la realidad a partir de un enunciado. Por tanto para mí la magia ha llegado a equipararse con la natural capacidad performativa del lenguaje. Decir es hacer. Es el sentido del hechizo, del spell: el pensamiento es ya verbo hecho carne. 

Pero estas consideraciones no son mi tema principal. Menciono la intuición y la magia porque a pesar de lo dicho, a veces me gusta creer en que sí hay un componente sobrenatural o más bien extrahumano en su ocurrencia. Quiero creer en que sí hay un diálogo con otras fuerzas que confrontan nuestro limitado ego y que hay señales que no son proyecciones propias, sino mensajes, signos de otros; signos otros. Hace poco me preguntaron cuál era el primer paso de la creatividad. No recuerdo que balbuceé, pero mi interlocutor no dudó en afirmar que era el desprendimiento, es decir, la renuncia al paradigma. Es algo similar a lo que ocurre con las frutas maduras cuando se desprenden, esto es, se diferencian del árbol que las concibió, separándose de la rama para adquirir un nombre propio —diferente al del árbol de origen— y con una existencia física totalmente individual y probablemente más dinámica. 

Concedí la razón a mi interlocutor y medité sobre mi experiencia. Entonces caí en cuenta de una omisión fundamental en el relato de mi identidad. Siempre he pensado mi autorrepresentación en términos de metáforas vegetales: semillas, tierra y raíces, pero con este cuestionamiento me di cuenta de que nunca hablé de frutos para referirme a algún aspecto de mi historia, aunque sí lo hice para referime a un otro, claramente diferenciado y deseado por mí. Con estas nuevas herramientas pienso que esta fue una manifestación de mi inconsciente, pues apelar al fruto implica reconocer una separación, dicho de otra manera, el reconocimiento de un dolor. 

También relacioné estas imágenes con mi obsesión por la validación y la descompensación vivida entre los extremos del borramiento y el lucimiento. Las raíces, subterráneas ni siquiera son visibles, mientras que los frutos son lo más vistoso y deseado del árbol. Entiendo así que la omisión deliberada de los frutos en mi discurso fue la manera de expresar mi inseguridad creativa y de revelar el temor a los duelos. 

¿Qué tienen que ver el desprendimiento, las metáforas arbóreas y la aprensión a duelar con mis reflexiones iniciales sobre la intuición y la magia? Con que recientemente me parece ver señales inconfundibles, señales extrahumanas que me quieren aleccionar, más bien confrontar mis paradigmas. Ellas me dicen que sí, que es necesario renunciar, que va a doler y que es necesario atravesar ese dolor porque al final validaré una diferencia que me permitirá descubrir mi propia textura y mi propio sabor. El mensaje, el signo es el siguiente: de este desgarro madurarás fruta. 

Quiero detenerme ahora en esos eventos aparentemente triviales, pero a la vez significativos, es decir, "mágicos" portadores de este mensaje. El primero fue que mi cámara análoga —inicialmente de mi padre— fue deteriorándose desde abril de 2021. Tercamente la sometí a varias reparaciones y ensayos, pero luego de hacer una última prueba, con flash incluido, hace tres semanas acepté que se había dañado. Las fotografías de ese concierto fueron su testamento: en otras palabras, reconocí su muerte y asumí su tumba en el fondo del armario lejos de los escenarios, de los miradores, del sol, de sus ojos, de su desnudez. Veo claramente en la cámara uno de mis paradigmas, primero, porque alimentó mi afán coleccionista —fotomemoria— y, segundo, porque hice depender de ella mi vínculo con alguien especial. En medio del trauma —de la resistencia— incurrí en el error y el mal gusto de sostener un guion rígido en donde tomé la parte como si fuera el todo, como si no pudiera colorear fuera de la línea, como si no hubiera más encuadres para componer otras y mejores escenas. Me resistí, me asusté, como ha sido hasta ahora, ante la improvisación. Por eso digo que lo ocurrido con la cámara es una señal mágica: los anillos de los lentes se desprendieron, de pronto, sin un golpe, sin una caída, sin una razón de peso y desde entonces hasta hoy me vi obligada a aceptar ese duelo: la Olympus no funcionará más.

El segundo evento fue con un objeto explícitamente relacionado con la memoria y, por eso mismo, paradigmático. Me refiero al disco duro externo de una tera que había comprado en febrero de 2021 principalmente con la intención de tener fuera de mi cotidianidad los registros relacionados con aquella persona. Como si presintiera o me hubiera comprometido con cumplir esta profecía guardé todo en ese disco: no quedó ningún respaldo en la nube ni en otro sistema. Sabía que este dispositivo era muy delicado y lo cuidé con atención hasta mediados de noviembre. Ese día justo después de vivir una amarga experiencia tuve un "olvido" y lo dejé caer. Desde ese día no pude acceder a los archivos y mi tío, que es técnico informático, no ha logrado extraer la información. 

En definitiva, a la fecha asumo que he perdido lo que había allí: toda una labor de curaduría y de narrativa coleccionista en la que revivía una y otra vez un guion averiado, fantasmal que por supuesto enfermó mi presente, pero cuyas consecuencias no quería aceptar. Verme desprendida de tajo, sin anestesia de esta información me generó dolores de cabeza, pero, insisto fue otra señal "mágica", porque fue la única y mortal caída que tuvo el disco y la cual llevó  a la des-aparición de un símbolo en el que se juega no sólo la renuncia a mi ansiosa y estéril inclinación coleccionista, sino, sobre todo, mi duelo alrededor del deseo, del deseado. 

Por eso me gusta creer que esos signos de desintegración física en una cámara y un disco son producto de algo más, de un mensaje-otro —otro que no sé nombrar pero que no es mi ego— que me dice: "Asimila el dolor de renunciar a la memoria porque perder no signfica que te conviertas en perdedor". No todos los triunfos son éxitos y también se gana cuando perdemos. Ahora mismo estoy en la frontera de ganar el sabor de mi propio jam, de asumir la invitación a la vida nueva [la dantesca Vita nuova] donde no importarán los guiones —cámaras, memorias, discos [rayados], conceptos, falsa racionalización, caprichos ajenos— sino la interpretación, el fruto liberado, de mi íntima convicción en renovado presente.

jueves, 23 de diciembre de 2021

Transfiguración


Veo las cosas como son / Vamos de fuego en fuego hipnotizándonos / Y a cada paso sientes otro déja vu / Similitudes que soñás / Lugares que no existen / Vuelves a pasar / Errores ópticos del tiempo y de la luz / Todo es mentira, ya verás / La poesía es la única verdad / Sacar belleza de este caos es virtud

Noviembre y diciembre han aguzado los sentidos y, especialmente, el sentido de la prudencia. Hasta el momento la fijación, la obsesión se estaba convirtiendo en el único método de activar el pensamiento, de ensimismarme en ese remedo de experiencia que es la acción debilitada, es decir, la inacción hiperconsciente. La soledad ya ni siquiera era soliloquio; se había convertido en un ruido sin voz que me llenó de terror y me empujó a buscar algún estímulo externo que confrontara mi cobardía y sacudiera —resignificara— mis errores de percepción. Entonces acudí a dos fuentes, a dos manantiales: la amistad y el psicoanálisis. En ambos busqué instintivamente la cura por la palabra: mientras en el primero ejerzo la escucha, en el segundo el habla, pero los dos tenían el propósito de mirar más allá de mi nariz, de mi ombligo desgastado, del vaso con agua en el cual creo ahogarme. 

Y aunque inicialmente participar de la escucha me permitió redimensionar la exageración de mis neurosis —el idealismo díscolo—, también es cierto que luego me sentí saturada: del extremo ermitaño pasé al extremo del compromiso ilimitado con las historias del otro. El hecho de conocer desde varios ángulos el malentendido entre dos amistades en común me llevó a una urgente reflexión sobre la necesidad social de la mentira —o, con mayor precisión, de la ficción— y sobre la imposibilidad de una verdad referencial. En esta constatación, además del análisis personal que he reiniciado, fueron muy esclarecedoras las palabras de Rodrigo Asseo y de Néstor A. Brausntein —ambos psicoanalistas— ya que fueron ese primer eslabón para asimilar en víscera propia por qué somos responsables de lo que decimos pero no de lo que el otro fallidamente escucha. De esta manera, el torbellino de representaciones apresuradas y de acusaciones subjetivas a cuatro voces en que me sentí arrastrada, desordenada e incluso triste fue calmándose, desacelerando hasta ser brisa y finalmente paisaje sereno. 

Pero esta serenidad no fue la respuesta a un referente literario o a la clínica de análisis externos; se trata más bien de que la abstracción fue sometida a lo concreto, es decir, a mi propia experiencia: ¿por qué la moral exalta la sinceridad, cuando esta no equivale a decir verdad sino a decir lo que pensamos —una percepción personal— porque lo creemos verdadero? La sinceridad no es más que una fe, una mitología sobreestimada y por eso locuaz, que no elocuente. Pienso entonces en el descaro del ego, quien en su pretensión de sinceridad se hace hipócrita y, por tanto, el primer mentiroso: quiere condenar a los demás, a los que le han mentido; quiere denunciar el mugre en el ojo ajeno, sin decidir percatarse del propio. Reconozco haber asumido esa posición condenatoria en el pasado —la falsa consciencia de lo verdadero—, pero desde noviembre observé con atención mi discurso y reconocí a través de él mi activa participación en la mentira, en esta práctica que —fuera perversiones— es otro nombre para el matiz, para el diálogo equilibrado. 

Quiero aclarar que no se trata de someterse al otro, de ser complaciente: no voy a decirle lo que quiere escuchar, sino lo que puede escuchar. En vez de responder, el propósito en este movimiento es escuchar al interlocutor, dejarle hablar y a partir de ahí ser comprensivos, sensibles al contexto que su actitud revela. De esta manera descubriremos las condiciones de lo soportable y con ello las rutas que mantendrán viva una interlocución que mutuamente se desea sostener: este es el sentido de la verdad transferencial, esto es, que no es inmanente sino que existe por una relación que a su vez nunca es totalmente legible, que siempre oculta algo. Así es como he descubierto, aceptado y promovido la realización de mis secretos, por ejemplo, no explicar las manchas en mis dientes; difuminar en la bruma de la sospecha el placer ante el espejo; o esconder el paradero de mi sueño fuera de casa.

Estos dos meses se han resumido, parcialmente, en esa inquietud por el estatuto de la verdad en las relaciones sociales. Porque lo cierto es que la ficcionalización —o la mentira— es el sustento del contrato social, pero también del amor y ambos encarnan la noble —y conflictuada— búsqueda de la humanidad por conjurar la crueldad. Es en el derecho y en el erotismo donde el ímpetu desorganizado de ese rasgo animal se transfigura para convertirse en compasión. Ya lo dijo Cerati con la contundencia liviana del poeta: "Sin secretos no hay amor". Esto significa que mentir, no-revelar/velar, es la expresión más concreta y saludable de la prudencia. Amar a la polis y amar al amante son realidades que precisan de la autocensura, de la sensibilidad ante el interlocutor para calibrar qué de nosotros puede recibir. Amar implica filtrar y asumir que la necesaria opacidad del discurso ofrece mayor nitidez a lo que efectivamente se muestra. Dicho de otra manera, la verdad es lo que no se puede mostrar, es el no-saber; la mentira es lo que podemos ser, es saber que no sabemos y que el deseo —el encuentro— ocurre en el misterio creativo del secreto, del déjà vu.