We have a great big old society / That won't make room for folks / Like you and me / But I got some real sad news / For them my friend / They're on the outside looking in / We've got a great thing going /And it's gonna keep right on growing / And I hope that soon they'll see the light
Fui a ver Licorice Pizza (Paul Thomas
Anderson, 2021) sin expectativas elaboradas pues desconocía su contexto,
incluyendo el sentido del título, porque había elegido no leer la sinopsis. La
primera referencia la obtuve a inicios de diciembre del año pasado gracias a María
Clara, una persona que admiro y cuyo gusto me parece sobrio pero llamativo.
Mantuve el título muy presente y estuve al tanto de las carteleras hasta
confirmar que se estrenaría el 17 de febrero. Inmediatamente fui a verla sin
muchos datos y, por tanto, sin muchos prejuicios.
No tardé en darme cuenta que se trataba de otra
versión de “chico conoce chica”, pero esto lejos de molestarme me emociona
porque a mí lo que me importa es la variación, la novedad de la interpretación
que le dará cada narrador. Ambientada en la California de los setentas, Licorice
Pizza se impone visual y sonoramente a los sentidos del espectador. Ojo, el
filme no satura con colores brillantes, pero tampoco impide el dominio de una
estética funky —en la fotografía y la música—, la cual siendo propia de
los setentas nos transporta a una atmósfera eternamente juvenil, incluso
cándida —y aquí se reparten por igual la despreocupación de la candidez y la
dulzura del candy—.
Menciono esta palabra porque me remite al título
de la película. Este alude a la jerga californiana que, en un giro aparentemente
absurdo pero también evocador, bautizó al LP (Long Play disc) como Licorice
Pizza (LP). A esto se suma que cuando busqué el significado de Licorice
descubrí que se refiere a la “raíz seca de una planta utilizada para dar sabor
a alimentos, especialmente a dulces”, es decir, candies. La elección del
título no es fortuita porque recoge elementos fundamentales de la película: el
rock setentero de LP —que acompaña su banda sonora—; la pizza que —aunque no
aparece en la película— es el platillo por excelencia de las reuniones
adolescentes, y, en todo caso, símbolo de alegría y fiesta; y el licorice, ese
ingrediente secreto que le da a un alimento convencional un sentido de
extravagancia y experimentación; características propias de la adolescencia.
Y es que el tránsito adolescente con las
revoluciones, rodeos y tensiones este conlleva me parece el tema central de la
película. Gary, un actor de 15 años, conoce a Alana de 25/28 años mientras hace la
fila para sacarse la foto de instituto en el estudio donde ella trabajaba como
asistente. Gary es un chico que quiere dejar atrás la infancia y actuar con la
seguridad del galán adolescente, mientras que Alana se resiste a dejar la
adolescencia para lanzarse de lleno a la adultez. Ambos están así en un punto
medio, tenso, de ese tránsito donde hay más preguntas que respuestas. Un
detalle que me gusta mucho, y que además anticipa el ritmo de la historia, es
que desde su primer encuentro hay un aire conflictivo, porque la trama será
romántica pero no condescendiente.
Efectivamente Gary y Alana se conoce chocándose,
literalmente, porque él la empuja, y entonces me recuerda esa manera
pasivo-agresiva que tienen los niños de indicar la chica que le gusta justo
porque es a quien molestan. Así inicia el encuentro entre este par de jóvenes,
de los que también me gusta la fisonomía proyectada: para nada es estereotipada
ya que renuncia totalmente a los ideales de perfección y simetría. Gary es
panzón y Alana tiene ojeras marcadas, una contextura relativamente gruesa, los
dientes ligeramente irregulares. Sin embargo, ambos resultan carismáticos y
encantadores hasta el punto de verse atractivos y destilar una química poderosa
y natural en su interacción.
Pero ese carisma no impide recordar que la
adolescencia es el momento en que nos enfrentamos a una pregunta fundamental,
para nada ligera: la pregunta por la identidad y por tanto la búsqueda inicial
de una respuesta en la intensidad. Esto es justamente lo que hacía Gary
con su vida: convertirla en materia prima para su propia obra de arte. Gary
entra en pantalla como el chico extrovertido, juguetón, despreocupado, un poco
charlatán gracias a su iniciativa rayana en el atrevimiento—no de otra manera
alguien habría invitado a salir a una mujer diez, casi quince años mayor—. Pero, contra todo
pronóstico, contra el rechazo verbal de Alana ante la propuesta inicial, esta
se encontró con él en el lugar indicado y allí empezó un rodeo romántico en
donde entre chiste y chiste, tensión y tensión, carrera y carrera surgió ese
amor que espeja las preguntas necesarias para alcanzar la madurez —que no es
renuncia a la alegría—: ¿quién soy?, ¿qué me satisface?, ¿cuáles son mis
sueños? Cuando Gary se lo pregunta al inicio de su cita, Alana respondió con un
“no sé”, sobre todo ante aquella en que se cuestionaba por su futuro y ella aún
se imaginaba ejerciendo secularmente el trabajo en el estudio de fotografía.
Gary se convierte así en gatillo, en detonante pues le hace ver que puede hacer
lo que quiera y la convence de emanciparse de esos ideales espurios para iniciar
su propio emprendimiento.
De esta manera, Alana deja su rutinaria vida destinada
a sobrevivir y se aboca a vivir, a construir múltiples, inesperadas y
divertidas experiencias con Gary: convertirse en gerente de una empresa de
colchones de agua, desempeñarse como actriz y conocer leyendas del cine
hollywoodense, hacer travesuras a un actor mujeriego y psicópata, y participar
del negocio de máquinas de pintball justo cuando Alana creía que trabajar en la
política, en el cambio de la ciudad, “pondría en orden su vida”, solo para
darse cuenta que ese compromiso militante era un espejismo más, que la realidad
siempre derrotaba cualquier idealismo y revelaba su corrupción de base. Por
el contrario, Gary siempre representaba el retorno al desorden, o más bien a un
caos fértil en donde la autorrealización era segura: no se basaba en ideales ni
en promesas, sino en hechos cumplidos por descabellado que pareciera su inicio.
Por eso aunque Gary y Alana se separaron varias veces —maravilloso intercambio
de silencios al teléfono, de miradas rencorosas en el restaurante, de vouyerismo torturante ante la
indiferencia—, esas mismas veces retornaron el uno al otro, y siempre de una
manera característica: corriendo. Cada reencuentro estuvo marcado por una
carrera, en la que dramáticamente a nivel interno —porque afuera la vida no se
había alterado— se revelaba una poderosa urgencia por encontrarse que no era fruto
del impulso sino del deseo, de reconocer que es allí donde queremos estar por
más que le demos vuelta y creamos que no.
Y es que es en la adolescencia cuando también nos
preguntamos por nuestro poder, por su alcance y por su dirección: es el momento
en que emerge una energía que es potencial a la vez de destrucción y creación.
La adolescencia puede ser manifiesto de autodestrucción o ensayo de
creatividad. Y eso es lo que encarna Gary la canalización creativa del
poder. Con la inquietud que me caracteriza mi mayor miedo ha sido “no ser
creativa” o descubrirme “limitadamente creativa”. Esta pregunta parte de
presupuestos, prejuicios, creencias más que realidades sobre lo que considero
creativo y que resumo como la capacidad para improvisar relaciones y
combinaciones originales en prácticas artísticas, es decir, la capacidad de
inventar metáforas convincentes y conmovedoras en objetos puntuales como un
instrumento musical, un poema, un cuento o una novela. Pero esa concepción —y no
yo— es la que resulta limitante. Por eso me sentí aludida por la confrontación
de Gary a Alana cuando le pregunta por su futuro y mucho más lo hice con la incertidumbre
y la insatisfacción de ella. Pero así mismo como me confrontó la pregunta de
Gary, ser testigo de su influencia en el cambio en su compañera me brindó esperanza y
entusiasmo. Primero, porque me invitó a revisar mi idea de creatividad.
¿Qué es la creatividad? La creatividad, más que
con productos sofisticados, tiene que ver con la maraña, con el enredo, con el
nudo que es la vida misma y, por tanto, con nuestra capacidad para lidiar con
ella, asumirla día a día. Es ahí donde fuera de discursos y teorías
artificiales se juega nuestra capacidad de metaforizar la existencia, es decir,
de ser capaces de resolver la cotidianidad, de elegir, la forma y ritmo de
nuestra rutina. Y esa fue justo la invitación de Gary a Alana: a jugar, a
divertirse a relacionarse desde la complicidad con la realidad y no con
ideales —que paralizan y nos anquilosan en exigencias ajenas—. El arrojo de
Gary impulsó a Alana para que se lanzara a la vida y en ese gesto me recordó
que la acción es decisiva para vivir, porque la experiencia —no la fantasía, no
la teoría— se labra en la manigua. Esto quiere decir que en Licorice Pizza se restituye el valor del
trabajo como factor de creatividad y esa creatividad incluye al deseo, que es
un mecanismo esencial de creación. La película muestra el deseo como un
trabajo, es decir, como la consecuencia de un esfuerzo y no como su causa. A
los protagonistas les cuesta nombrar su relación, pero lo que muestran los
hechos es que más allá de la palabra hay una mutua influencia que se va
construyendo en una complicidad amistosa que desemboca en el desarrollo de una
intimidad sin mediaciones idealistas.
El contacto suele darse en los protagonistas como
sinónimo de choque, de la tensión que los empuja nuevamente a reunirse, pero no
hay un ánimo sexual: en una escena de eufórica reconciliación Alana y Gary duermen
juntos y aunque tentado, este se resistió a tocarla. Solo hasta el final del
filme ocurre el beso —el gesto más tierno del roce sexual— acompañado de la
palabra amorosa. Este detalle me parece no solo enternecedor, sino lógicamente
congruente porque el énfasis de la película está puesto en el proceso y en revelar la transformación que es susceptible de imprimir todo tipo de contacto significativo. Lo que pasa es que ese efecto
suele atribuirse al acto sexual —y con toda razón—, pero aquí ese impacto se
muestra de una forma sublimada: de dejar que la inundación del otro derrumbe el
falso orden propio para poder construir uno que responda a nuestras elecciones.
De eso se trata la creatividad de permitirse desarrollar
el ritmo propio —para eso hay que destruir algunas bases primero— y de
adaptarse a lo incontrolable con lo que sí podemos controlar: las decisiones
propias así luzcan un poco imprudentes. Al terminar la cinta me sentí inspirada
y lo relacioné con el hecho de que me hubiera tocado toda una sala para mí
sola. Aunque suene paradójico eso de ver una película romántica en soledad, no
me parece que lo sea. Fue una experiencia íntima e introspectiva aunque ocurriera
en un centro comercial porque al estar sola pude degustar los planos y las
canciones sin la interrupción de la mirada ajena. De igual manera, me hizo
pensar en que si bien aquí Gary y Alana eran dos individuos diferenciados, sus
roles pueden simbolizarse en una sola persona. Últimamente me cuestiono cómo
redefinir la voluntad complaciente y me parece que el camino más directo es proponerse
a uno mismo como amo de sí: es decir, ser responsable de su
cuidado, de su cultivo y de su expresividad. Siento que tendido a comportarme
como Alana antes de conocer a Gary, pero siento también que ese Gary habita en
mí y que sólo debo darle la señal para que, sin más dilación, me invite a
conocer ese lado valiente, arrojado de mí que me permitirá saltar de la
incertidumbre mental a la maraña misteriosa, estimulante y retadora de la realidad. A la vida con
cuerpo, sin pretextos.