I was a rose in the garden of weeds / My petals are soft and silky as my sheets / So do not be afraid to get pricked by the thorns / While I'm here, I'm someone to honor / When I'm gone, I'm someone to mourn / My love's deep as the ocean / Don't you drown on me / Just know any love I gave you / Is forever yours to keep
Me gusta mucho
el turrón de mango biche, el arroz frito y el pollo apanado. En este mes comí
de los tres. Con la paleta me relajé, la recibí con mucho gusto y, sin embargo,
me indispuso. Por el contrario, los otros dos los probé con temor porque me
sentía enferma y, contra todo pronóstico, me sentaron bien. Aún recuerdo el
agradable gusto salado que me proporcionan.
A propósito del helado,
quiero contar otra anécdota con la cual me divertí y me angustié por partes
iguales. Resulta que un pasajero del bus en que veníamos, aunque tuvo amplio margen
tiempo para comprar un turrón, solo se decidió a hacerlo justo antes de que el
carro arrancara. Me angustié porque el vendedor casi no alcanza a recibir el
pago y me divertí porque el conductor se percató y en sus movimientos demostró
su complicidad con la situación. Finalmente, fue el pasajero quien pagó el
costo de su demora, pues tuvo que regalarle 1000 pesos de devuelta al vendedor,
porque el conductor ya no podía retardar más la salida del bus.
Vistos así, estos
relatos parecen experiencias inconexas y, sobre todo, triviales. No obstante,
para mí estas historias prueban una vez más la profunda relación entre
alimentación/digestión y vida anímica, y, con ello, la forma en que cada
persona asume el costo de su vida, es decir, la forma en que se valora el
tiempo.
Al finalizar la
segunda semana de enero sentía mi estómago rebotado. Tuve dolor en el cuerpo y
perdí el apetito. Antes de ello recibí noticias inesperadas sobre mi posgrado,
comencé a rumiar nuevamente sobre la tesis y me abandone a las hipótesis de mi
futuro romántico a punta de inseguridad, prevención y desilusión autoimpuesta.
Aunque en el discurso me recordé que la preocupación no resuelve ningún
problema, lo cierto es que un malestar tan súbito solo podía ser una reacción
emocional. De todas maneras separé la cita médica más cercana y si bien seguí
el tratamiento, la conclusión del médico fue que estaba somatizando a toda
máquina.
En resumen me sumergí en
una marejada histérica que trajo sobre la mesa el sentimiento neurótico por
excelencia: la culpa. Culpa por sentirme neurótica, es decir, exagerada y
dramática. Por esto, traigo a colación al pasajero, al vendedor y al conductor
de la anécdota. Identifico el afán de los dos primeros y la autorregulación del
segundo. Por supuesto, mi actitud en estos días ha sido afanada y excesivamente
analítica. Me angustia no poder responder frente a TODO (todo lo que son mis
expectativas sobre la academia, el amor, el trabajo).
Hasta hace poco
resolví una ecuación a la que daba muchas vueltas: no me lanzo a la vida porque
no me siento preparada. Pues bien, gracias al trabajo con Mauricio acepté que
nunca nadie va a estar preparado para vivir. Es absurdo pretenderlo y si se
hace es al precio de caer en la obsesión la cual, como dice Patrick Avrane,
"es una manera de indeterminar la temporalidad. Nada ocurre [...] El
obsesivo padece la ausencia de experiencia". En ese caso, lo humanamente
posible es saberse dispuesto (que es una disposición desde la valentía y no
desde la técnica). Incorporar esta interpretación me ayudó a moverme en muchos
sentidos desde la segunda mitad de 2022. Pero cuando asumo estos cambios
también cometo el error de radicalizarlos: entonces necesito regularme porque
estar dispuesta no significa estar dispuesta a TODO; de lo contrario corro el
riesgo de estar indispuesta, como claramente me lo anunció mi estómago.
Mi cuerpo estaba
pidiendo límites. Pero esta no es una acción sencilla para mí, porque considero
que además del estrés regular hay una ansiedad específicamente femenina. Desde
la biología evolutiva las mujeres estamos programadas para ser detallistas,
cuidadosas, responsables (responder a TODO). Desde la cultura (y su barbarie)
tenemos la presión del pico reproductivo y con ello una visión despectiva de las
mujeres viejas. Esto genera en nosotras una agitación existencial, como si
corriéramos una contrarreloj y una predisposición a los tratamientos y cirugías
que prometen alargar la juventud. A eso se suma la percepción de inseguridad en
las calles, por ejemplo, y la presión de que las madres son quienes terminan
más implicadas (y sacrificadas) en la crianza de los hijos. Siempre a la
carrera, siempre con un ojo en los matorrales del futuro.
Hasta ahora he leído un
tercio de la novela Pechos y Huevos escrita por Mieko Kawakami. Allí la autora
muestra de forma directa, tangible, brutal (aunque sin amarillismo) estas
encrucijadas que vivimos en la modernidad varias generaciones de mujeres
trabajadoras. Esta encrucijada, esta ansiedad se expresa en el estado de alerta
permanente que se ha insertado con fuerza en la memoria corporal femenina desde
nuestras abuelas y que expresa en la imposición de trabajar bajo cualquier
condición cuando los esposos abandonan a sus hijos; en la vinculación casi
causal entre belleza y salud; en la imposición de una biología delatora y
urgente de su destino reproductor.
Midoriko es una
adolescente de 11 años que aparece callada para el mundo adulto, casi
indiferente, pero en realidad es por la lucidez dolorosa de una condición
femenina que la atormenta. En sus escritos recoge el horror que le produce el
paso a la adolescencia, porque esos cambios le hacen comprensible los
sufrimientos de su madre, por ejemplo, las transformaciones corporales
indeseadas tras convertirse en madre. Para Midoriko su mamá es una mujer
sacrificada que la enoja y avergüenza. La maternidad no es, para Midoriko, una
bendición, sino una cicatriz y una esclavitud. De ahí que su diario sea un
manifiesto en contra del crecimiento no autorizado de los pechos o al hecho de
que el feto femenino esté programado para hacer nacer, incluso antes de él
nacer. Desde la perspectiva de la niña es como si la mujer estuviera condenada
a ser madre (cuidadora, responsable, previsiva) y, por tanto, a ser explotada
por la genética, por los hombres, por las fábricas, las oficinas y los bares.
Por otro lado,
está Cleo, la heroína de Agnès Varda. Este personaje no muestra el lado
reflexivo como lo hace Midoriko, sino el lado evasivo de esta ansiedad femenina.
Cleo es una cantante joven y hermosa que enferma de cáncer, pero cuya angustia casi
nadie toma en serio. Solamente la juzgan de dramática porque no pueden creer
que alguien privilegiado pueda sentirse así, es más, que ni siquiera puede
enfermarse gravemente. Incluso la mujer trata de autoengañarse con esta idea
cuando dice que "la fealdad es una muerte, por tanto mientras sea bella
está más viva que muchos", y así se refugia en el consumismo desaforado y
en los caprichos materiales que esa belleza le permite. Sin embargo, depender
de la lozanía de su cuerpo termina siendo otra presión derivada del aparente
destino reproductivo de la mujer. Que sea atractiva es un signo de que ella es
una pareja sana, por tanto apta para ser madre.
Este un mecanismo que opera inconscientemente
en hombres y mujeres. Pero que genera gran presión en estas porque son las que
deben elegir con cuidado. Es como si los pasos en falso no estuvieran
permitidos para nosotras. De ahí la aprehensión de Cleo frente a la desnudez:
mientras su amiga Dorothea posa desenfadadamente ante los artistas, Cleo lo
considera como una indiscreción. Esta es una afirmación muy simbólica porque
obsesionarse con un ideal de la belleza la despojó de ser ella misma, la vació.
Por el contrario, Dorothea, quien está alegre con sus imperfecciones, declara que
su cuerpo no es para sentirse orgullosa, sino para ser feliz. De esa manera aparece
una posición diferente a la angustia de Midoriko y de Cleo. No teme desnudarse quien
está seguro de ser. Solamente la seguridad da paso a una libertad que pueda ejercerse
realmente. Me alivió encontrar estos vestigios de subjetividad en Dorothea y en
la taxista de la película porque son mujeres de carácter, pero no de mal
carácter, es decir, son suaves, pero decididas y así han conjurado la ansiedad
extrema.
Estos personajes
me inspiran, pero lo cierto es que mi indisposición demuestra que todavía estoy
transitando el camino de la hipervigilancia. Siento a la par risa y vergüenza
porque, especialmente, en situaciones románticas aún me entristece o me enoja (¿pero
qué es el enojo sino una forma de tristeza?) que me digan “solo
diviértete", ¿"para qué pensar en eso (cierto futuro)?, ¿para qué
pasar maluco, si ahora podemos pasar bueno?". Aún soy muy reactiva a este
tipo de invitaciones, las tomo como un insulto, porque me suena a un juego
tonto, donde yo soy el juguete. El juego equivale a decepción, como si
solamente una constante metafísica elaborada pudiera salvarme de ella.
Pero la vida se
trata, precisamente, de estar dispuestos a la desilusión y ello requiere superar
la ansiedad femenina que nos hace ver peligro, allí donde solo se encizaña la
imaginación: que si la tesis dice algo significativo, que si mi trabajo será
validado, que si me amará más allá de mi juventud, que si podré ser mujer y no
ser madre. Todas estas ideas revolotean en mi estómago y me han indispuesto
cuando aparentemente me sentía más dispuesta. La paleta de mango biche, gusto
de una tarde de verano, terminó por convertirse en sinónimo de dolor. Esto
quiere decir que, en el fondo, esta histeria responde al principio obsesivo por
excelencia: la paranoia que paraliza, porque nos movemos solo hasta que nos sintamos
aseguradas (con promociones, con garantías), que no es lo mismo que sentirse
seguras. Esta es la obsesión por la ganancia, por reducir la pérdida, por la
utilidad absoluta.
¿Cómo desactivar
esta condición de estrés? mi estómago me dice que aún no he incorporado definitivamente
esa respuesta. Pero conversando con Diana recordé que "no hay que darse
tanto palo". La frase desbloqueó en mí parte de la tensión acumulada. Aunque
en estos días me he tratado con severidad, ahora trato de pasar a la suavidad
de una autopercepción en la que yo misma me valido y, como Dorothea, me
reafirmo en la seguridad de mi cuerpo. La suavidad que busco es un tipo de
serenidad derivada de la confianza en las piernas propias y en la aceptación de
que no hay camino de salvación. Solo hay camino.
Por el pensamiento sereno quiero
transformar, como decía Freud, "la miseria histérica en un infortunio
corriente [cotidiano]". Para conjurar esta ansiedad, que confunde mi
disposición hasta indisponerme, necesito tener presente que no todo es ganancia
y que no siempre ganar más, producir más, aprovechar más es ganar. Hay que
perder el afán, por ejemplo, para que no pase lo del intercambio apurado entre
el ventero y el pasajero. La vida no se vive sin reconocer sus costos y es
preferible que el camino sea llano: “El camino es llano para quien pueda pagar
el costo sin verlo como un gasto”.