sábado, 11 de octubre de 2025

Biblioteca

These days, I'd much rather be on my own / No more walking those streets, that I once called my home / Because down every lane, there are faces and names / That have memories attached, that I'd sooner let go / Sooner than I'd go home again

Aunque llevo catorce años aprendiendo a hacer de historiadora, nunca tuve biblioteca. Bueno, sí, pero no. Esto depende de qué parte del árbol esté hablando. Si me refiero a la madera, no. Si me refiero al papel es un sí a regañadientes. Una biblioteca es a la vez un objeto tangible y una idea intangible. Tal polisemia representa en mi pensamiento una tensión constitutiva de mi relacionamiento consciente con el mundo real: la contraposición entre el trabajo intelectual y el trabajo artesano.

Mi familia es de origen obrero: sus integrantes carecen de formación profesional y de capital cultural significativo. Por tal razón, no me fue heredada ninguna biblioteca y los libros no fueron el paisaje más habitual de mi infancia. Sin embargo, el amor de mamá expresado cotidianamente en palabras, rápidamente despertó mi amor por el lenguaje. De ahí que desde los cuatro años me dedicara deliberadamente a estudiar como resultado de mi pasión por la lectura. 

Quizá por esta razón me convertí en lectora frecuente de biblioteca pública. Mi primer acercamiento a la literatura se dio en una biblioteca administrada por Comfama. Allí no solo prestaban textos para cumplir con tareas escolares, sino aquellos que me interesaban. Además, como el emplazamiento era una vieja casona con patios repletos de árboles de mango, muchas veces me quedaba leyendo en sus jardines.

La biblioteca era entonces un espacio tangible, casi orgánico-vegetal, mientras que mi casa era refugio de escritura, pero casi nunca depósito de libros. Estas condiciones impidieron que desarrollara un fetichismo por este objeto, al cual asumí más como un material nómada y flotante que como una posesión: el libro era más un huésped que un habitante.  

Cuando inicié la carrera esta situación cambió parcialmente. Mi volumen de lectura aumentó, pero esto no implicó comprar libros, sino reproducirlos apelando a un método tosco, pero barato: la fotocopia. El almacenamiento de estas hojas sueltas era fácil: todas terminaron en el fondo del closet. Lo que me interesaba del libro era sustraer la sustancia, no presumir sus materiales o aumentar su exposición en la vitrina-biblioteca. 

Luego llegó el trabajo remunerado, la maestría, las amistades y los romances de adultez. Algunas de sus huellas tomaron forma de libros-regalo, los cuales fui depositando en un viejo mueble cuya función era alojar un computador de escritorio y de una pequeña colección de enciclopedias. Es por esto que la súbita llegada de libros a mi casa saturó el espacio, y coincidió —o más bien metaforizó— mi propia saturación frente al trabajo intelectual. 

Al finalizar mi carrera, entré en contacto con escenarios artísticos que me mostraron "la creatividad" como un concepto esquivo: narrar, dibujar, componer, e interpretar  la música eran actividades que —yo creía— me faltaban. Entonces por ser falta —vacío y error— cifré en ellas mi deseo. Novelistas, músicos, bailarines y pintores me parecían las personas más admirables. Por el contrario, leer me resultaba insuficiente y esa desnudez de sentido se convirtió en resistencia a ejercerlo: primero, dejé de escribir la tesis. Segundo, me negué a comprar libros, justificándome en la practicidad de leer digitalmente y reivindicando el préstamo. Por esta razón, también buscaba excusas para no construir una biblioteca, pese a que el mueble que la sustituía ya estaba dañado. Creía que si no tenía el espacio suficiente, sería más fácil cumplir mi promesa de no comprar o recibir más libros. 

Lectura, libro e idealismo se transformaron en términos equivalentes, o sea, en objetos a rechazar. Aunque el universo de la lógica conceptual e ideal tiene coherencia absoluta y proporciona una verdad sólida, el hecho de que su naturaleza sea dominantemente abstracta le impide encarnar una realidad, esto es, convertirse en una sensibilidad in-corporada que se ve y hace ver. En otras palabras, el ideal carecía de cuerpo y, por extensión, una mera lectora como yo tampoco lo tenía. Por eso, estuve buscándolo desesperadamente. Creía que el arte me daría uno.  

No obstante, estas divagaciones adolescentes tenían fecha de caducidad: entregar la tesis a inicios de 2024. Con ese compromiso a cuestas, me obligué a retomar el texto e inesperadamente redescubrí en ese camino una fascinación que rompió el goce del ideal artístico: resolver problemas. Y no fue porque me interesaran las soluciones, si no porque me percaté de mi capacidad para responder a los problemas que a su vez cada solución supone. 

Esa fue la manera en que abordé la escritura: no como un rodeo mental, si no como un ejercicio práctico. Finalmente viví en cuerpo propio que se piensa escribiendo y que se escribe escribiendo. Fue un viraje sutil, pero significativo este de no conjugar la actividad intelectual en futuro o en pasado —cuya principal consecuencia es la hoja en blanco—, sino de conjugarla en gerundio. Así el lenguaje funcionó para mí como una tecnología y en esa mediación mi cuerpo se hizo visible. 

Tal vez por ese cambio de perspectiva, esta tesis que antes simbolizaba el idealismo abstracto ha sido más que un embeleco intelectual. Aún hoy es una huella con impacto concreto: recordarme el "aceptar la realidad en los términos de la realidad" y multiplicar mi capacidad de trabajo. Porque trabajar no es otra cosa que desplazar el yo, situándolo en una red de intereses colectivos —por tanto contradictorios— y no en el centro de un universo imaginario fantaseado por uno mismo. Trabajar es por tanto otro sinónimo del servicio, de disponer el talento propio en función de las necesidades de otros, incluso, aunque desconozcamos sus rostros o su gratitud. 

Esta nueva actitud me permitió transitar del fuero interior a un afuera exterior para situarme como mi propia observadora y así recalibrar mis caprichos reconociendo que muchas veces "me ahogaba en un vaso de agua". Agua de un mar inventado para negar que estoy sobre un altiplano frondoso y fértil que solo espera de mi acción para dar sus frutos. Renunciar a este ensimismamiento mental me brindó más humildad y, por tanto, mayor potencia al liberarme del peso de ataduras imaginarias. Fue así como desapareció mi resistencia infantil a tener una biblioteca. Quizá porque ahora la veía de una nueva manera: como resultado del trabajo artesano con la madera, la matemática y las manos. 

A inicios de 2025 llamé a Julio, el esposo de mi tía, electricista, carpintero y reparador empírico (aficionado). Le propusimos un diseño discreto para un presupuesto pequeño, sin embargo, él nos lanzó una contrapropuesta asegurando que conseguiría precios preferenciales con su proveedor. La hoja con el dibujo y los cálculos terminó convertida en un mueble del ancho y el alto de toda una habitación. 

Ya no me asustaban las dimensiones del objeto que otrora me resistía a construir. Al contrario, lo que más me gustó de este proceso fue constatar que una biblioteca es algo más que un conjunto de libros. Esta recuperó en casa el sentido de refugio orgánico-vegetal que tuvo como edificio frecuentado en mi infancia. Es verdad que la biblioteca no es solo una idea, no está definida por una verdad fundamental —última— de su identidad. La biblioteca como objeto desprovisto de atributos abstractos será la respuesta a una verdad práctica, es decir, a una verdad que surge del mundo real caracterizado por la escasez y la contradicción y que, por es razón, requiere soluciones de negociadas: en otras palabras, de interpretaciones adaptativas y no de tiranías ideologizadas. 

Mi biblioteca es, por tanto, la interpretación que de ella haga con las manos, incluso aunque no sean las mías. Por eso la que construimos este año cuenta con compartimientos para guardar objetos misceláneos que hablan de una vida menos metafísica: plancha, aspiradora, fotografías, bolsos, sombrillas, cables, zapatos, pintura, decoración y luces navideñas, y la figura de la Virgen del Carmen que está aquí desde 1992. Por supuesto, están los libros visibles y un espacio más para los que llegarán. Mi ansiedad con forma de rebeldía adolescente fue neutralizada. De ahí que tener una biblioteca espaciosa no significa que ahora sea una compradora descontrolada de textos. 

En lo que va de este año solo he comprado uno y me han regalado tres. Creo que para eso dejé espacios —lugares en falta—, esto es, para simbolizar las nuevas relaciones o interacciones que están por-venir. Este cambio también se refleja en un renovado sistema de valores cuyo principal signo son las personas que admiro. Hoy no son tanto los artistas como los artesanos. A estos los diferencio de los primeros porque son personas que canalizan la constitutiva compulsión humana —el afán de ocupar las manos— a objetos que resuelven eficazmente problemas cotidianos. Es decir, son quienes asumen e incorporan la definición del poder —y más aún e la potencia— como la capacidad de servir a los demás.

Ya no veo la creatividad como un concepto trascendental asociado a la fantasía de una coherencia identitaria individual, si no como un trabajo diario para movilizar la vida —o sea el caos— dándole un sentido colectivo a las intenciones individuales. 

La creatividad artesanal es una práctica colectiva que teje solidaridades. Sin embargo, solidaridad no implica una armonía preexistente, sino una armonía que es creada al darnos la oportunidad de negociar entre más de uno, la mejor solución posible a cada situación específica. Esta especificidad quiere decir que la realidad en su complejidad comporta limitaciones y dilemas y que, por tanto, vivir, actuar, organizar una vida común significa elegir, esto es, renunciar a parte de lo que deseamos para que lo deseado sea haga realidad. La paz —con uno y los demás— exige renunciar a la plenitud y a la coherencia de los imperativos categóricos. Así se ven la biblioteca-objeto y los artesanos que la hacen. 

Por eso atrajo mi atención una entrevista reciente del músico Mac De Marco en la que expone su salida parcial de los grandes escenarios para retornar al campo de su país natal. De Marco enfatiza que se alejó del alcohol, las payolas, y la hiperconectividad digital para desempeñarse como fontanero: 

"En los últimos meses, me obsesioné con los pozos [...] Así que ahora me convertí en fontanero. Tengo un sistema de filtrado de cuatro etapas. No es bueno que haya manganeso en el agua porque, si supera una determinada cantidad, puede provocar una enfermedad cerebral [...]. Por eso hay que filtrarlo. Se ablanda el agua con sal en una máquina grande. A continuación, se pasa por una luz ultravioleta que mata todas las bacterias. Después de eso, puedes beber agua cristalina, hermosa y gratuita".

Esto va en línea con su álbum lanzado el 22 de agosto de 2025, titulado Guitar:

"Durante mucho tiempo, era: 'Oh, sintetizador'. Ahora, no me importa. Solo quiero una guitarra. Ni siquiera quiero efectos en la guitarra. Solo la quiero limpia, sin florituras".

Creatividad es aplicar todas las tecnologías del lenguaje, de la madera, del pan, del agua para resolver el afán de cada día, para tejer sentidos cotidianamente útiles con la madeja enmarañada que es la vida. 

Una biblioteca práctica liberó a la biblioteca ideal. Del mismo modo, Mac De Marco —el fontanero músico—, William —el panadero—, o Julio —el carpintero— representan el modelo más significativo para mi presente de la relación entre saber y hacer, ya que resuelven en su saber-hacer, en el movimiento que transforma los materiales, la tensión entre intelecto y artesanía. 

Ver a Julio armar este mueble mientras yo estaba frente a un computador revela lo que me parece un vocación: la aspiración creciente de cruzar hacia el camino noble, humilde y potente —pragmático— de los oficios. Porque el oficio es el trabajo de las manos que crean una vida mejor, adaptándose, moldeando la arcilla turbia de los días —la incoherencia de toda relación social— y no ansiando una vida con precisión normativa de ideales morales o estéticos que solo existen en los libros. 

sábado, 8 de febrero de 2025

Despertador


My daddy always said / Nothing worth doing comes easy / Time is not your friend / Time is not your remedy / No amount of waiting will make you / Make you brave / No amount of fear will keep you / No amount of fear will keep you safe - The Crane Wives - "Keep You Safe"

And these steps I take wont go to waste/ If i'm moving towards something / I want to believe  / There's something left for me / A new discovery waiting for me - The Crane Wives - "New Discovery"

Hace mucho tiempo no escribía aquí. Podría justificarme ante mis imaginarios lectores diciendo que precisamente ese “mucho” se debe a que me “faltó” tiempo. Pero rápidamente me prevengo de esa trampa, porque recuerdo la frase que me dijo Pablo hace ya 17 años: “El tiempo no sobra ni falta, tú te lo das y te lo quitas”. Yo tomé la decisión de usar este tiempo de otra manera porque estaba convencida de que los resultados de esa decisión me llevarían a construir una vida más alegre y digna. Hoy confirmo que el esfuerzo fue fructífero porque escribí una tesis de maestría que me angustió por 8 años mientras la rumié en el cabeza, pero que me reconcilió con mi aptitud generativa cuando la convertí en acción alineada con la realidad. Soy consciente de que el tiempo no me faltó, sino que lo destiné a convertir en verbo la idea estancada: escribiendo fuera de este blog concluí deudas financieras y burocráticas, pero sobre todo saldé la deuda con mi creatividad y con la seguridad de lo que puede mi cuerpo, especialmente, la capacidad de crear conexiones significativas que abren nuevos caminos para imaginar, es decir, para desear. 

Sin embargo, es paradójico que luego de esta experiencia aún sigo luchando con cierta idea del tiempo, especialmente, cuando pienso en rutinas personales sintomáticas, en el horario laboral o en los cronogramas. Luego de dedicarme a escribir y exponer una tesis durante la mayor parte de 2024, hoy me siento abrumada por el anhelo de “reponer” en el trabajo y en mi intimidad el tiempo que entonces me tomé. A menudo me siento en una carrera que estoy “perdiendo”, como si contrajera una “deuda” con el tiempo que se manifiesta en la aspiración vital de contar, indeclinablemente, con suficiente flexibilidad horaria y “más” tiempo “libre”. ¿Libre? ¿De qué? ¿De quién? 

Sí, sé que soy yo quien jerarquiza el uso del tiempo, pero también me percato de que necesito incorporar esa comprensión de una forma más sistemática y menos automática, como quizá lo hice en 2024 a la manera de una táctica de supervivencia. Esto lo digo porque hace un mes Mauricio afirmó que mí me gustan los horarios, la organización, pero no responder a la corporación o, en otras palabras, a un amo. O sea soy radicalmente mujer en sentido lacaniano. Entiendo así que mi disonancia se debe a que asimilé estos principios para un tiempo psicológico (individual), pero aún no para el tiempo social. ¿Acaso el tiempo, así entendido, es EL amo? Tal parece que es mi percepción inconsciente porque cuando me preguntaron por el origen del reloj y por qué creía que se había inventado, inmediatamente respondí que para medir la productividad del obrero de fábrica, pero, sobre todo como una estrategia para hacerla más eficiente, es decir, para que el patrón obtenga mayor rendimiento en menor tiempo. 

Por esta razón, me interesa preguntarme con más detenimiento por el reloj, por las condiciones de su surgimiento, y sobre todo por lo que ganamos y perdimos (como individuos y como sociedad) con ese artilugio. Algunos libros dicen que el objeto de los historiadores es estudiar la humanidad en el tiempo y, sin embargo, parece que yo misma tuviera una relación hostil, con él, atribuyéndole una tiranía casi metafísica. De ahí que estuviera predispuesta a desconocer la existencia del reloj en épocas antiguas. La historia se trata de describir los matices humanos. Por el contrario, mi respuesta inicial desestimó esa diversidad constitutiva. Y es que incluso hoy existen varios tipos de reloj: los despertadores, cronógrafos, cronómetros, metrónomos y taxímetros. Esto me lleva a reconocer que el reloj —como el lenguaje— es una tecnología, es decir, una herramienta que tiene función, pero no valor moral intrínseco. Leyendo más detenidamente sobre su historia, observo que este surgió desde la Antigüedad (mesopotámica, egipcia y grecorromana) para satisfacer la demanda social de fraccionar el día cada vez con mayor exactitud. En otras palabras, el reloj es un instrumento para medir el tiempo. 

Pero, ¿qué es el tiempo? Una bella definición de la Real Academia Española lo califica como la “Duración de las cosas sujetas a mudanza” y luego como edad, estación, oportunidad, clima, época en la que vive alguien o sucede algo o “cada uno de los actos sucesivos en que se divide la ejecución de algo”, por ejemplo, el ejercicio o la música. Por otro lado, para la física es una magnitud que, aunada a velocidad y gravedad, mide la duración de los acontecimientos y cambios; para la filosofía es una forma de la experiencia sensible; y para la gramática una categoría que localiza la acción del sujeto a partir de un momento dado. Desde esta descripciones puedo definir al tiempo como sinónimo de cambio, por tanto, de acción, por tanto, de realidad. Entonces lo que se busca con el reloj es ordenar dicha realidad. Pero el reloj es más específico porque, aunque existen otros instrumentos como el calendario, su particularidad radica en que se ocupa de la unidad temporal más pequeña, es decir, más concreta, que es el día, jornal o jornada. Ese es el momento más inmediato, cotidiano y disponible para que las personas ejecutemos y trabajemos, o sea, llevemos a cabo actos, acciones, verbos: la vida. 

Aquí es donde el cruce con la historia abre una oportunidad para resignificar mi prevención actual hacia el tiempo, al conocer que los antiguos egipcios introdujeron la gnomónica como ciencia para el diseño y construcción de relojes solares. De esa ciencia antigua rescato dos elementos clave: primero, que gnomon significa guía o maestro; y segundo, que los relojes iniciaron midiendo nuestra posición en la Tierra con relación al sol. Es decir, el reloj surgió menos  como un tirano y más como un mentor que guía nuestro posicionamiento en el mundo; posición que precede la toma de decisiones por la cuales terminamos habitando ese mundo. Por lo tanto, en esta mezcla entre tecnología, astronomía y matemáticas surgió la oportunidad de organizar la vida humana (e incluso divina si pensamos en el Génesis) en su unidad mínima: el día a día. 

En este contexto me parece importante presentar un breve recorrido histórico de las transformaciones tecnológicas del reloj. Además de los relojes de sol, la Antigüedad también tuvo relojes de agua que sirvieron en Grecia para medir los turnos de los oradores y en Roma para definir los turnos de guardias nocturnas. Entre el siglo VI y el siglo XVII se crearon los relojes de misa (un reloj de sol situado en las fachadas de los monasterios), los relojes de arena y el primer cronómetro náutico estable. De esta manera, la importancia dada a los ritos religiosos cristianos y a la navegación marítima —origen de la primera globalización— fueron los principales causantes de estos ajustes. En tierra, las torres del reloj y los campanarios inspirados en estas tecnologías empezaron a informar las horas del día en cada ciudad. Pero fue la practicidad y discreción de los relojes de arena lo que hizo que esta demanda social por medir el tiempo creciera progresivamente. Ese fenómeno hizo que mientras en tiempos remotos el reloj fuera un objeto externo que hacía parte del paisaje o de la arquitectura, en esta nueva fase pasara a integrar el interior de los edificios y de las casas, convirtiéndose en parte de la cotidianidad ya no solo comunitaria, sino familiar. Fue así como el reloj de arena ingresó en iglesias, hogares y lugares de trabajo para medir sermones, tiempos de cocción y descansos del trabajo. 

Mientras tanto, hacia el siglo XVI aparecieron el péndulo y el reloj mecánico, siendo esta su versión más precisa, pequeña y barata, lo que permitió crear los primeros relojes de bolsillo transformados en objetos de lujo para las clases altas. En la Revolución industrial —ocurrida entre los siglos XVIII y XIX— apareció el reloj de fábrica para coordinar los movimientos de los trabajadores y las máquinas, a la par que fungía como símbolo del progreso industrial. No obstante, al inicio del trabajo fabril aún no se había democratizado una herramienta fundamental para los nuevos obreros fabriles y los estudiantes. Me refiero al despertador, por eso era necesario el oficio de knocker-up, personas dedicadas a golpear puertas y ventanas de sus clientes hasta garantizar que este se despertara. Esto significa que el reloj de la Revolución industrial sí supuso un disciplinamiento inédito para la jornada de los nuevos trabajadores. Pero también queda claro que el reloj no empezó, ni terminó allí, pues, por ejemplo, el invento del telégrafo a mediados del siglo XIX permitió crear los husos horarios y estandarizar el tiempo a nivel mundial, eliminando así la existencia de horas locales en cada ciudad y con ello la dificultad para viajar y comunicaciones internacionalmente. 

Por último, me sorprendió conocer que el paso del reloj al cuerpo, es decir, su conversión en objeto portátil, inició con las mujeres. Efectivamente, en el siglo XIX una hermana de Napoleón encargó a un relojero suizo el primer reloj de pulsera. Como este se sujetaba con cintas y cadenas, desde entonces se convirtió en un popular adorno del vestuario femenino de élite, al asemejar una joya. Que los hombres acogieran un objeto femenino, se debió a la Primera Guerra Mundial, ya que pilotos y militares necesitaban mirar la hora sin necesidad de soltar los controles de avión o las armas. Por esa coyuntura los relojes de pulso se hicieron parte de la vida social de ambos géneros, popularizándose hasta el punto de que muchos relojes mecánicos de pulso siguen considerándose hoy como exclusivas obras de arte y, en esa medida, funcionan como signos de distinción social. Finalmente, los relojes “inteligentes” de la actualidad se comportan como mini computadoras casi insertas en el cuerpo del portador, ya que miden pulsaciones, pasos, presión u otros signos vitales. 

Al observar históricamente sus tipologías concluyo que el reloj es el artificio social por excelencia. ¿Esto es algo negativo? En principio no, porque de hecho la principal ganancia de este invento es que evidenció de forma concreta y no metafísica que la interacción humana precisa de consensos para que esos intercambios puedan funcionar: en esta historia el reloj es el correlato de ritos, servicios, comercios, navegación, combates y oficios en los que intervenían al menos dos partes, incluso toda una ciudad, dos continentes o todo el planeta. De esta manera, el reloj ha contribuido a crear un sentido de comunidad y a establecer acuerdos sociales que han facilitado la convivencia (turnos o citas acordados, definición de ritos compartidos), la justicia (el taxímetro permite establecer cobros no arbitrarios), la seguridad (en la navegación y aviación permite a los tripulantes prepararse mejor considerando la duración del viaje), la comunicación (los usos horarios) y mayor calidad en los oficios que requieren precisión (cocina, música, farmacia, cirugías). Es decir, el reloj proporciona un orden que es técnica y socialmente útil para la ejecución de tareas, al convertirlas en acciones finitas, de plazos estandarizados y objetivos que facilitan su cumplimiento.  

Por otro lado, si evalúo lo que se perdió con el reloj, está, por un lado, que al ser un objeto material tuvo un impacto social disruptivo: convertido progresivamente en adorno del cuerpo este ha funcionado como un marcador de diferenciación social, de separación a través del lujo. Esta ruptura del lazo social también se hizo evidente en su uso dentro de la guerra, incluso a la manera de temporizadores de artefactos explosivos. Sin embargo, lo que estos dos fenómenos demuestran es que si bien el reloj se hizo cada vez más asequible, esto no impidió que funcionara simultáneamente como un objeto para la jerarquización social, o sea, para evidenciar el conflicto de clases. Su masificación no significó que el tiempo funcionara de la misma manera para todas las personas, porque en las interacciones y, sobre todo, en las laborales no siempre hay igualdad de condiciones para negociar, para crear acuerdo. 

Esto significa que el tiempo no es el tirano, pero sí puede serlo el patrón que monopoliza cómo se organizará el jornal de su empleado, o que determina cuáles son los criterios para medir su eficiencia. En otras palabras, sí considero que el reloj con su radical precisión y su omnipresencia corporal llevó a la pérdida o coartación de ciertos niveles de autonomía y de privacidad o intimidad para que el individuo tome decisiones. Por lo tanto, así como el reloj es la oportunidad de acordar límites que permiten a las personas moverse con seguridad, o lo que es lo mismo, poder tolerar una tensión más o menos insoportable que se impone, o sea esperar; en otras ocasiones, ese mismo reloj puede convertirse en una herramienta invasiva que suscita extralimitaciones, la voracidad de un tercero sobre su tiempo o sea el material que tenemos para actuar. Es bajo esa presión que aparecen nociones extrañas como tiempo “libre”, por oposición al tiempo laboral, o “perder” el tiempo por reflejo a esa obsesión colectiva con la productividad que solo mira resultados sin considerar procesos y contextos (¿Acaso perder es siempre una derrota?). 

Es en ese escenario donde la figura del knocker-up me resulta atractiva, porque en una época donde el reloj ya había estandarizado el trabajo, el comercio y los viajes, todavía había alguien que no “dependía” del reloj, pero de cuya puntualidad sí dependían quienes organizaban su rutina de trabajo alrededor del reloj de fábrica. Lo llamativo radica en esta pregunta: ¿quién despierta al despertador? la respuesta es que él o ella misma. Por tal razón, esa figura recupera, para mí, la sentencia inicial de este escrito: “El tiempo no sobra, ni falta, tú te lo das y te lo quitas”. A la par, me recuerda una situación muy personal por la que pretendo "quedarme con el pan y el queso" sin aceptar que se pueden tener ambas cosas, pero no “al mismo tiempo”. Es decir que soy yo quien debo despertarme, decirme no. Para ambas situaciones el knocker-up expresa una verdad que deseo interiorizar más conscientemente: la autonomía, siempre es sinónimo de responsabilidad y la responsabilidad implica aprender a reconocer el momento, el tiempo en el que debemos decirnos, íntima y solitariamente “No”. La acción, el cumplimiento de la jornada solo ocurre aceptando las limitaciones de cada día, es decir, lo que hoy haces con lo que ya tienes, lo que solo tú te das y lo que solo tú te quitas. 

domingo, 3 de diciembre de 2023

Olvidar es atender


Hace poco más de un año dejé de usar Instagram. Mi reciente intermitencia en esa red social evidencia el periódico hastío con la saturación de información, o más bien, de fantasías que esta provee. Pasé por varias etapas de "desintoxicación", y a la manera de una ludita contemporánea eliminaba de raíz las cuentas; incluso desinstalaba el WhatsApp periódicamente. Como parte de esa ansiedad con las redes respondía a ciertas relaciones personales, tan pronto como estas se transformaron y estabilizaron también aprendí a convivir con internet, a dejar de demonizarlo. Acepté que es una presencia innegable. Por eso, de huirle me interesé cada vez más por comprender cómo esta tecnología influye en el comportamiento de los círculos que frecuento e incluso de las instituciones en que me muevo (universidad, ciencias sociales). 

Como decidí que Instagram, con sus ilusas imágenes perfectas, no era el lugar de internet en que quería estar, remplacé su función con Twitter. Para mí la principal diferencia entre ambas, es que Twitter surgió bajo la lógica del foro: hay textos y muchas respuestas a ellos. Esto no significa que considere ingenuamente a las palabras como vehículos más inocentes o transparentes que las imágenes. Tengo muy claro que ambos objetos son herramientas de representación. Sin embargo, el cómo se construye esa interpretación y qué tantos actores o matices admite y provoca sí marcan, para mí, una diferencia sustancial en el tipo de interacción propuesta entre los participantes de estas redes, de estas sociedades. Instagram y TikTok promueven un ánimo pasivo, pues las acciones entre sus usuarios priorizan las reacciones, antes que las respuestas. 

En Instagram más que crear amistades o enemistades, el objetivo es alimentar fanatismos: no se busca una verdad, una respuesta, que es lo mismo que decir diálogo o debate, sino reproducir (repetir) alabanzas, sean genuinas o no. Claro que en Twitter también hay espacio para las imágenes, pero sobre todo para la presencia de discusiones o de opiniones cuestionables e incluso odiosas. Pero ese es precisamente su potencial porque así suene paradójico, que haya malentendido quiere decir que al menos hay comunicación, o sea una reciprocidad en el intercambio, que no necesariamente en el contenido de las ideas. Si hay malentendido o comprensión o refutación es porque el lenguaje está actuando, ya que si hay desencuentro, quiere decir que hubo movimiento. Hubo un baile con más de dos pies. 

Por el contrario, el primado de la corrección política, de la postal/selfie perfecta, o del ridículo performado son los principios que patrocinan este llamado, no ya a comunicarse, sino a expresarse: o sea a escuchar menos y a hablar o gritar más. Esto no implica que yo esté en contra de la "expresión", sino de que monopolice el rango posible de interacciones sociales. Puedo entender que este giro simplificador sea la respuesta generacional al capitalismo, a unos tiempos donde conviven la nostalgia por el vínculo social fracturado, con la promoción del narcisismo como única garantía de vida. De ahí que surja otra paradoja y es la de creer que la validación externa es la única que asegura la subjetivad, 

Por esta razón se trata de una era que celebra desbocadamente la "libre expresión", que se entrega sin reparos al principio de placer y, que en consecuencia, ha producido un amplio brote de hipersusceptibilidad: increíblemente tu representación y tu identidad son equivalentes. Expresarse, significa que hablas, pero no te pueden criticar, porque al hacerlo violentarían directamente tu ser. Como vemos, el "expresarse" es un formato de interacción que bloquea la respuesta (anula la diferencia) y fomenta la reacción (condescendencia afirmativa para no afectar tu sentir). No en vano, reaccionario es otro sinónimo de conservador. 

Cuando Instagram creó sus stories también trajo los íconos de reacción (gusto, deseo y tristeza simplificados en un click) los cuales son nada más y nada menos que el símbolo de un silencio cómplice. Solo que en este caso esa complicidad es válida porque validas el relato del otro, incondicionalmente, para no herirlo. Ya no son necesarias las palabras: solo el guiño de la alabanza o del insulto. Ojalá siempre la alabanza. Aplausos mudos.

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Lastimosamente este es al antiespíritu que ha influido en muchas relaciones sociales fuera de las redes sociales. Por ejemplo, en los colegios y universidades, especialmente, en las áreas de ciencias sociales donde el esfuerzo por establecer indicativos estandarizados para evaluar tareas que responden a un discurso disciplinar consensuado y colectivo se termina calificando de opresión y de violencia. Me parece que la única violencia en esta ecuación es imponer la supremacía de la subjetividad entendida como sentimentalismo y no como una individualidad que se autodetermina y que acepta la necesaria objetivación de ciertas reglas para vivir en sociedad. 

En este punto, al ver la tergiversación que se ha dado al sentido de subjetividad y de libertad, recuerdo aquel manifiesto atribuido a Stravinski: "Entre más me limito, más me libero". Libertad, en esa lógica, significa reconocer que todo acto, incluido el acto de habla, tiene consecuencias; libertad, por tanto, no es imponer a los otros mi interpretación sobre el yo y sobre el mundo. Reitero, con esta apreciación no defiendo la censura, sino que cuestiono las funciones, excesivas, omnipotentes, que hoy se le atribuyen a "esa libertad de expresión". Porque la subjetividad va mucho más allá de lo que yo siento, porque la subjetividad es más que narcisismo. Todo relato individual tiene implícito un relato social y familiar, y eso es lo que quiero enfatizar, porque percibo en esta tergiversación la pérdida de ese matiz. Me importa recordar que la subjetividad es dialéctica, es relativa a otros, aunque claramente no limitada a, ni reducida por esos otros. Saberse individuos sociales es clave para lograr un sano equilibrio en la acción, para recuperar la expresión como una parte y no como un sustituto de la comunicación. Nuestra potencia como especie y como individuos es ser diferentes. La expresión que busca reacciones neutras es, en el fondo, la muerte del individuo y de la creatividad. Apostemos a expresar esa diferencia, no porque somos cobardes e inseguros y buscamos validación ajena, sino porque es la materia que tenemos para hacer, deshacer y rehacer nuestros destinos siendo cada uno tan singular y común como los demás. 

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Twitter me ha permitido tomar el pulso de cierta porción de realidad, por supuesto, la que me resulta más inmediata por mis patrones de consumo y pensamiento. Esta semana me cruce con dos estados que llamaron mi atención. Uno que machaca sobre un tema cliché en el área de las humanidades: el trabajo con la memoria, cuya característica principal ha sido atribuirle a disciplinas o actividades académicas una función reivindicativa enfocada en el sentir de las víctimas. El otro texto fue escrito por una persona afro quien recordaba algunas ideas de la escritora estadounidense, también afro, Toni Morrison para quien "la función del racismo es la distracción, te impide hacer tu trabajo, te mantiene explicando, una y otra vez, tu razón de ser. Alguien dice que no tienes idioma y te la pasas veinte años demostrando que lo tienes [...] Siempre habrá una cosa más. No te distraigas". 

El primer texto me lleva a revelar una postura polémica, mientras que el segundo me ayuda a explicar de la manera más lógica posible por qué la defiendo. Ambos, eso sí, me remiten a la enseñanza que más recuerdo de Nietzsche y es cuando dice  "Que la vida tiene necesidad del servicio de la historia [en esta cita más bien remplazaría memoria por historia] ha de ser comprendido tan claramente como la tesis según la cual un exceso de historia daña lo viviente. [...] Así pues, es posible vivir, e incluso vivir feliz, casi sin ninguna memoria como lo demuestra el animal, pero es absolutamente imposible vivir sin olvido".  

Me parece que esta obsesión sentimental con la memoria por muy justificada que esté, también puede verse desde otro ángulo como la sublimación del rencor y del anhelo de venganza. La venganza es un sentimiento que induce al estancamiento. Por eso veo este tipo de memoria como la persistencia de una victimización (adjetivo que puedes elegir o no), que no tiene mucho que ver con el hecho de que hayas sido víctima (verbo que no elegiste). Por otro lado, este tipo de memoria resultará insuficiente: y eso es porque nos encontramos de nuevo en el terreno de priorizar la expresión, por encima de la comunicación. Si esperamos que todos se expresen según lo que sienten, será como aquella persona complaciente que busca tener contentos a todos, pero luego se frustra al darse cuenta de la física imposibilidad de su tarea. 

La vida humana es limitada, las emociones son importantes, pero primero es importante  comprender racionalmente esas emociones, es decir, desde el principio de realidad y no desde el principio de placer. Pensar las emociones, no quiere decir que se sientan menos, sino que se sienten con mayor claridad y beneficio. Estoy convencida de que ese es el camino para ser más sensibles y menos susceptibles. Y es un camino donde el pensamiento que ayuda a esa transición solo puede organizarse a través de parámetros, de indicativos que se acuerdan colectivamente. La voracidad vindicativa resultará insostenible, en el mejor de los casos, y peligrosa en el peor de ellos, tanto para las personas como para las instituciones. Ahora bien, este no es un llamado a la invalidación de los sentimientos, de los duelos personales. Es más una invitación a validarlos individualmente y a apostarle en ese proceso por un representatividad objetiva y estructurada, cuyos criterios se dialogan. Hay que olvidar la victimización, para atender a la vida que sigue luego de haber sido víctima, para crear una nueva vida. 

En ese mismo sentido, la cita sobre el racismo como una trampa a la autodeterminación es esclarecedora. Cuántas veces ese llamado a la expresión, y que mencionaba al inicio de este ensayo, no es más que la reacción a una provocación: como aún eres inseguro (por negro, blanco, verde, rico, pobre, alto, bajo, mujer, niño, banquero, cajero, estudiante, trabajador etc.), sientes que todo el tiempo tienes que demostrar quién eres. Entonces aparece un enorme espejismo porque cuando ejerces el poder de mostrarte con bombos y platillos parece que te estuvieras afirmando, pero en realidad te estás olvidando. Te olvidas porque no has revisado si ese ser que defiendes lo deseaste tú. En cambio, cuando te aceptas, cuando tú mismo validas tu potencial, puedes olvidarte sin remordimiento de esa supuesta identidad, porque esa identidad te fue atribuida desde afuera. Puedes desechar la validación externa. Cuando asistes al nacimiento de tu propio deseo, te alivias, ya no tienes que demostrar nada a nadie. Cuando olvidas esa subjetividad impostada y exhibicionista es cuando en realidad más te estás afirmando: la distracción terminó y puedes verte desnudo de frente, reconociéndote como tu creación. Así ya nadie tendrá el poder de provocarte, de hacerte dudar sobre lo que eres. Olvidaste la identidad, para poder atender a tus acciones en el presente, en gerundio. La identidad (mismidad, reactividad) dio lugar a la subjetividad, ese estar aquí que expresa sus diferencias, que olvida el rencor y la herencia y que, por esa misma razón, podrá hablar, escuchar, construir y revisar con otras subjetividades en ese malentendido fértil que es el lenguaje puesto en movimiento, en comunicación. 

martes, 31 de octubre de 2023

Desaparición

Hasta que la vela se apague, hasta que las lágrimas se sequen / Siempre quédate a mi lado, quiero que me mires / Hasta que se derrumbe, hasta que se rompa / Siempre aquí, quiero mirarte  KISS ME GOOD-BYE - BUCK-TICK

El pasado 19 de octubre murió Atsushi Sakurai (1966-2023) líder de la banda japonesa de post punk BUCK-TICK. La noticia apenas fue difundida en los medios al lunes siguiente, momento en que me enteré por mi amigo Jose. Esta no fue la única noticia ominosa que conocí por estos días: tengamos en cuenta que a inicios de ese mes se había recrudecido el genocidio en Gaza (es decir, la destrucción cruel e irracional de la infancia). Luego se sumaron las muertes de una compañera de trabajo, de la joven actriz Alejandra Villafañe (1989-2023) —cuya historia conocí por el conmovedor apoyo de su novio—, y del actor Matthew Perry (1969-2023), intérprete de Chandler Bing en la entrañable serie Friends (1994-2004). 

Menciono estos tristes acontecimientos, no por simple amarillismo, sino porque tuvieron un impacto inusitado en mí. La particularidad de estas personas es que a la mayoría las conocí gracias a los medios de comunicación. Aunque fueran famosos, o más bien pese a eso, experimenté hacia ellos cierta sensación de familiaridad, de cercanía. Esto lo viví, especialmente, con la muerte de Atsushi, ya que simboliza el reposicionamiento que estos eventos generaron en mí frente al impacto de la infancia y a los límites de la juventud. Es decir, actualizó en mí la consciencia dialéctica de la vida a través de la muerte.

Cuando vi la imagen del luto por Atsushi Sakurai la piel se me erizó y se me encharcaron los ojos. ¿Cómo podría ser que la muerte de un famoso me afectara de esa manera? En mi caso la muerte no ha sido una experiencia cercana —y es un miedo con el que lidio día a día—, pues solamente he sido consciente de la partida de mi abuela materna. De alguna manera Atsushi me hace pensar en ese duelo que como hija y amiga enfrentaré algún día. Y si su figura me puso en esta encrucijada emocional es porque, indirectamente, su voz me acompañó desde la infancia hasta el inicio de mi etapa universitaria.

La primera vez que lo escuché fue hace unos veinte años, en 2003, cuando vi en el canal Locomotion la serie anime Nightwalker cuyo ending era interpretado por BUCK-TICK. Como en mi casa no teníamos televisión por cable, ese universo animado japonés que tanto me gustó desde niña lo asocio  con los lugares donde podía verlo: la casa de mi prima Luisa o la casa de mi abuela materna. Esas eran las únicas oportunidades en que dormía fuera de casa; en que jugaba en compañía de mi "hermana"; y en que tenía mimos gastronómicos por cuenta de mi abuela. A lo largo de los años siguientes BUCK-TICK fue la banda sonora de varias de estas experiencias, porque luego estuvo en el opening de otra serie que vi en la adolescencia con mi prima y también hizo parte del repertorio de J-rock que mi amiga Milena  descargó en Ares y me compartía cuando yo aún no tenía internet en casa. 

En este caso la fama no fue sinónimo de una relación distorsionada, de envidia, competencia o idealización, sino de cotidianidad. Atushi, así como otros cantantes japoneses de los años noventa, acompañaron mis jornadas y me unieron a nuevas amistades. En su música están los recuerdos de mi niñez, de posibilidades de compartir, de conocer otras culturas. Por eso, cuando Sakurai murió me pareció increíble: es que una a estas alturas a veces olvida que la muerte acecha, que la muerte es el único destino y la única certeza, pero el afecto por los seres queridos nos lleva a evadirnos y querer estirar las presencias un poco más. 

Que Atsushi despareciera súbitamente, por un derrame cerebral, arrojó de tajo la pregunta por la desaparición de mis seres amados. Es que me volví a dar cuenta que la corporalidad tiene un peso singular, insustituible. Morir es, en primer lugar, desaparecer el cuerpo. Porque sí, por unos años quedan los artificios de la memoria y del lenguaje, los cuales nos brindan un consuelo ante la muerte de alguien amado, pero esos objetos nunca podrán darles una segunda vida. Yo nunca vi a Atsushi en un concierto en vivo, por tanto y, en estricto sentido, tanto vivo, como muerto, siempre fue para mí una presencial virtual. Sin embargo, ser testiga de su muerte, me obliga a aceptar su desaparición definitiva como cuerpo, es decir, a que nunca será posibilidad de presencia real, a que no podrá seguir creando con cierta sistematicidad (esto último lo digo porque ya vimos que la Inteligencia Artificial permitió "revivir" a John Lenon, aunque ciertamente es una práctica que no tendrá la ocasión o el interés de hacerse cotidiana, porque así perdería su eficacia). 

Por tanto, la muerte de Atsushi, su desaparición, me hizo sentir miedo ante la de mis seres queridos, ante la desaparición de sus cuerpos. El origen de esta conmoción se da porque refleja trágicamente mi interés principal en años recientes: buscar mi cuerpo, que quiere decir que busco realidades, mientras denuncio todo idealismo y especulación. Entonces saber que Atsushi murió significa que con la muerte desaparece el cuerpo y ese es el único lugar donde puede existir la acción, o sea el amor y la creatividad. De niña toda esa alegría con mi madre, mi prima, mi abuela, aquella alegría que justamente me recuerda la música de Atsushi, pasaba por el cuerpo: jugar, abrazar, dormir juntas, cocinar, comer, escuchar j-rock, ver anime. Es en esa lógica que me angustia la siguiente constatación: entonces sé que la memoria de la infancia también se evapora; reconozco que la juventud es pasajera y frágil; ya no me doy pajazos mentales sobre que "muere cuando se olvida", porque dejar de tener cuerpo, es el primer olvido. 

La muerte de un famoso que marcó mi infancia refuerza así mi estado actual ante la vida: el desgaste con los excesos filosóficos, con lo especulativo, con lo iluso y, por el contrario, mi búsqueda de consecuencias lógicas. La crudeza de la desaparición es una alerta para que mientras pueda le apueste a mi aparición, que no es lo mismo que a mi apariencia. Hace casi una década he luchado con la sensación de un cuerpo selectivamente voluptuoso, pero trabajo en aceptar que no se trata de anularlo, sino de permitirle que siga apareciendo, porque eso que percibo como exceso puede reacomodarse desde la realidad, no desde la suposición y la consistencia de ese esfuerzo se logrará mientras este cuerpo que ahora tiene pies y cabeza siga reapareciendo. 

Constatar una vez más la inevitabilidad de la desaparición, mi desaparición, me pone alerta sobre dejar de ser espectadora para ser participante y, sobre todo, una participante que entiende que los actos de habla y los actos de realidad no tienen que ser agresivos o acelerados, sino que pueden hacerse con determinación y a la vez con delicadeza, es decir, con un tipo de relacionamiento, procesual, bilateral, a una velocidad descansada, pero metódica que me permitirá llegar a una aparición lógica, donde lo que importa no son las emociones o las palabras reunidas, sino el sentido que he podido construir porque ya no me escondo en mí ni en el miedo, ni en el futuro. La desaparición está asegurada; es una constatación dolorosa. Procuraré que mi aparición, mi incorporación sea la posibilidad más cotidiana y alegre mientras eso otro ocurre. 

sábado, 30 de septiembre de 2023

Imprevisto

When I opened the window, light shone through / Without leaving a trace of my shadow / It took me away / Surely, this is fate / Because it's strange / I can't remember a single piece of the scenery from just a moment ago 

Este mes resume parte de lo que ha representado este año para mí: enfrentarme a lo incontrolable, es decir todo aquello que no sea mi cuerpo, todo aquello que es la vida, es decir, lo imprevisto. La tensión que ha hecho tan dramáticas mis emociones recientes (quién te conoce desmayo) es un efecto del exceso de atención. Poner cuidado a todo para intentar tener a todos contentos es uno de los peores atentados contra la salud propia. Sin embargo, esta actitud es una trampa muy común. Yo, por ejemplo, asociaba la experticia con ser atenta a un nivel competitivo. Me explico: cuando no me considero experta en alguna actividad o saber me da igual la percepción que otros tengan de mi desempeño, simplemente me concentro en hacerlo y no en competir. Pero otro es el cantar cuando siento que estoy en "lo mío", un  un nivel que entre, otras cosas, tiene peso por la legitimidad que le brinda una validación institucional. 

En mi caso esa área de experiencia ha sido el mundo académico, de ahí que el miedo al fallo se incremente over 9000 points cuando estoy en su terreno: entonces llega la parálisis por exceso de análisis, es decir, la catastrofización. Catastrofizar es un mecanismo sustentado en la búsqueda ideal de control, pero ya que esa domesticación del mundo no puede conseguirse llega el pánico como respuesta a la incapacidad de aceptar esa realidad. En resumen, es una forma dramática de reconocer indirectamente que, como decían los Rolling, You can't get always what you want. Solo hasta ahora me doy cuenta que aunque esto es cierto, no significa que sea el fin del mundo. Más bien es una invitación a desarrollar una mirada proporcionada de los eventos, incluso de aquellos (como las tesis) a los que hemos atribuido una solemnidad que, en el fondo, es arbitraria y fruto de ideales más que de realidades. 

Quizá por eso mi búsquedas más urgente es la de mi cuerpo: hacerlo mío, actuar en él y no tomarlo como un organismo distante y diferente del pensamiento. Consolidar esta propiocepción tiene mucho que ver para mí con desarrollar habilidades de la educación física más elemental: flexibilidad, resistencia, agilidad. Estas palabras evocan, para mí, hechos imposibles de sofismarse a través de ardides mentales: son o no son. Hacerme flexible, resistente, ágil es el camino que he concebido para deshacerme de la catastrofización y a su vez de la procrastinación de la tesis. Para comprometerme con un trabajo real me he inventado un juego simbólico con mi cuerpo. La pregunta fundamental en esta fase del recorrido lúdico es la siguiente: ¿hasta qué punto es posible "buscar un cuerpo"? ¿Hasta qué punto puedo "buscar un hijo"? ¿Hasta qué punto puedo "buscar" a mi tesis, a mi hija? Aquí la palabra buscar está entrecomillada porque es sinónimo de idealizar. En ese sentido, la respuesta a estar preguntas es que no se puede buscar. Es necesario poner límite al impulso de idealizar, porque la vida no puede buscarse, es decir, no puede diseñarse: la vida es lo que ocurre y cómo se aprovecha su material para construirse en presente, ella no puede premeditarse. Cualquier anticipación desde el futuro es mitología, fantasía o temor. Por eso hay un punto en que el "buscar" un cuerpo, una tesis o un hijo da paso al aceptar: acepto que hay cosas que no puedo cambiar, ni controlar para luego trabajar en lo que sí.

El primer paso de ese compromiso con la vida es entonces reconocer que no hay cuerpos, ni tesis, ni hijos ideales. Porque si no hay ese reconocimiento no hay validación y solo autovalidando mi existencia puedo darme un lugar en el mundo. Es entonces con la aceptación que empieza a formarse un cuerpo más elástico. No es fortuito que el estrés se manifieste como un endurecimiento de los músculos, como si cerraran sobre sí y se pusieran de piedra. Reconocer la imperfección hace que el cuerpo se relaje, sea fluido. Por el contrario, cuando se niega la existencia de la experiencia (que es imprevista e imperfecta) a cambio de privilegiar el diseño ideal es cuando llega la rigidez de cuerpo y el espíritu. En septiembre ocurrieron varios eventos inesperados que pusieron a prueba este entrenamiento de mi cuerpo: una presentación de mi trabajo ante evaluadores externos, que se adelantara el parto de Benjamín, regalos de amor y amistad, exámenes médicos con descuento, ausencia de infecciones asintomáticas, el avistamiento del zorro perro, las variaciones en mi celebración de cumpleaños, encontrar el vestido de fiesta en una tienda de pueblo, el chocolate después del desmayo inducido, el juego de representación, la reunión de facultad, reconocer y desconocer personas, la muerte de un gato y recibir otra notificación del sistema de investigación de la universidad. 

Les recuerdos que entre abril y mayo se me entumió la espalda y me desmayé, probablemente a causa de ese tipo de notificaciones. En ese sentido, aunque septiembre se movió entre sorpresas agradables e inquietantes, lo cierto es que sigo en pie, sin desvanecerme, aprendiendo a conservar el equilibrio. A propósito de esa búsqueda de balance, justo en esos días me crucé con la palabra "mataculín" que está incluida en la RAE para definir una"1.m. Co:O. Barra de madera o metal apoyada en equilibrio en su punto medio, de modo que quienes se sitúan en sus extremos suben y bajan alternativamente", y que en otros países es conocido como sube y baja, balancín, balanza, romana, columpio. Pensé en esta palabra porque muchas veces llamamos montaña rusa a la sucesión de emociones contradictorias, y en este caso el mataculín es una versión más local de esa metáfora, además que su nombre es sintomático de los niveles de dramatismo: en ese sube y baja tu "culin" está en constante riesgo de "matarse". Vamos que no es tan grave, pero el nombre es un curiosos a guiño a los catastrofizantes S.A. No obstante, por más dramático que suene el "mataculín" es, ante todo, un juego y por eso hay risas y sobre todo disfrute cuando se monta en él. La enseñanza de este objeto lúdico es que la vida sí, sube y baja, pero podemos encontrar un sano equilibrio entre más risueños y divertidos seamos, o sea entre más flexibles seamos a los imprevistos y a la adrenalina propuesta por el juego. Por eso me propuse tratar los imprevistos como si estuviera en un mataculín y, entonces, me di cuenta que al final la realidad no es tan horrible como la imaginaba, que si uno reconoce que no se las sabe todas, pero está dispuesto a enfrentar lo que venga hay capacidad de maniobra. 

Es que a estas alturas una ya no está para matar el tigre y asustarse con el cuero, con el cuerpo. De ahí que el siguiente paso en este compromiso con ese cuerpo, además de su aceptación, sea metabolizar la experiencia, sintetizarla y, sobre todo, a aprender a hacerlo ágilmente, sin quedarse dando vueltas, sino pasar rápidamente a lo que importa: al acto. Lo que pasa es que esta agilidad se logra aprendiendo a considerar las consecuencias lógicas y no las emocionales de las acciones. En la crianza muchas veces se transmiten las emocionales: es lo que hace la seducción del regalo y el miedo de la pela. Pero hoy, como adulta, me corresponde reconocer que mis acciones las llevo a cabo no por las emociones, sino porque tengo un propósito y con base a él surgen reglas, tratos o decisiones con las que me he comprometido y en las que he construido un sentido basado en la realidad. Hay que se flexible para adaptarse, pero esa adaptación necesita un sentido: que responda a la realidad (no a la sugestión emocional). Y es que la adaptación no se entrena en simulaciones ideales, ya que no puedo adaptarme a algo que no existe. Así que para seguir fortaleciendo esta disposición al imprevisto necesito hacer que mi cuerpo siga apareciendo, o sea, que esté aquí (dispuesto, activo, práctico) que no es lo mismo que quedarse ahí (estancado, "ranchado", anquilosado y duro como una piedra). 

Es entonces cuando al unirlas con lo imprevisto puedo darle la vuelta a dos palabras que hasta ahora he abordado de manera patológica: la primera es repetición. No obstante, repetir e imprevisto parece una combinación paradójica. ¿Repetir no es lo opuesto al imprevisto? Si es sinónimo de obsesión ociosa, quizá pueda verse de esa manera, pero si se toma como sinónimo de consistencia lógica no: para que aparezca mi cuerpo, para que aparezcan mis iniciativas necesito exponerme repetidamente a la vida con sus imprevistos, a la acción que engendra acción. 

La segunda palabra es magro. Hasta ahora he buscado que mi cuerpo sea delgado, reducido en volumen, una característica que asocio con la posibilidad de escabullirme fácilmente o pasar desapercibida. El problema es que haya totalizado esa interpretación y quizá también esté atribuyendo rasgos magros a mi cerebro lo cual significaría que estoy falta de ideas y que no tengo cómo responder con la tesis. De ahí la importancia de contar con suficiente contextura y fortaleza y de no tenerle miedo a la carne: puedo depurar la grasa (ideas) pero necesito definir el músculo (base real). Esta imagen me permite percatarme de que son esos músculos los que quedan molidos cuando hago ejercicio, mientras que mi esqueleto sigue intocable. Esta nueva metáfora corporal me permite entrenar la resistencia de la carne como habilidad requerida para posicionarme frente a otra expresión del imprevisto: la crítica. He de ser capaz de llevar mis propuestas, mi tesis, mi cuerpo al asador porque nadie puede destruirme en mi estructura, en mi esencia, en los huesos que me sostienen. Esto me digo diariamente y lo repito una y otra vez: esos huesos son el símbolo de la seguridad propia. Esa seguridad es la clave de la resistencia porque gracias a ella sé de mi potencia (qué puedo proponer), pero que no siempre tengo que estar demostrándolo al otro. 

De esa manera yo misma puedo pasar de enfrentar imprevistos a ser imprevista, o sea, a responder sosegadamente a la crítica, sin dejarme provocar. A responder a mis valores y a actuar con la certeza que me brinda mi criterio. Por eso creo que me siento relajada cada vez que escribo en este blog: es el efecto de pasar a la acción y de usar metódicamente la exposición al imprevisto. Cuando me siento mensualmente pienso en un título y lo escribo, pero nunca sé realmente qué escribiré a continuación. Escribo, escribiendo. Quiero decir, no rumiando. Es en este tipo de momentos donde mi potencia se revela en su esplendor: me cumplo a mí y ese es el logro. Ahora mi propósito es seguir expandiendo este efecto a todas mis acciones: ganar soltura, fluidez no solo para empezar, sino para sostener la actividad y exponerme aún con temor, pero segura de lo que puedo, de lo que puede mi cuerpo. A continuación seguirá en el juego no solo valorar mi desnudez, sino permitirme bailar con o sin reflejo, permitirme extender los brazos, las piernas, darle amplitud a mi presencia, sin que la sensación del imprevisto llamado ridículo sea impedimento del movimiento. 

miércoles, 30 de agosto de 2023

Trámite

Hay días para tratar asuntos prácticos / que no pueden esperar / que se deben resolver / Hay días para tratar asuntos teóricos / que usan mi imaginación como si fuera un lugar real / Dicen que debo diferenciar y saber a cuáles debo apostar —  "Asuntos teóricos y prácticos", Señor Naranjo.

A estas alturas puedo hablar de 2023 como una unidad, no sé qué tan cohesionada, pero sí al menos hilada. Este ha sido el año de los trámites. Trámite parece una palabra aburrida, como de viejito, que te recuerda cuando de niño pasabas por el canal del Congreso y te imaginabas que verlo sería un castigo peor que la pela. Luego he aprendido que el aburrimiento es un estado relativo, que no hay personas o temas que lo sean, sino que uno les atribuye ese estado porque cede a la trampa del inmediatismo, de la ansiedad productiva que exige hacer/conocer compulsivamente, aunque no se haya revisado primero el sentido de tanta hacedera y tanta novelería (novelero: el que busca novedad a toda hora). 

Hoy soy consciente de que se solo se aburre quien no presta atención. Tantos estímulos compiten por nuestra atención que estamos en todo y por eso no estamos en nada. Distracción, cero metabolismo, cero comprensión. Atender, estar activamente presente (ni en la nostalgia dramática, ni en el futuro reparón) revela las maravillas de trapear, hablar con el panadero, estar en la casa sin acceso a Internet, hacer trámites ante las superintendencias de salud y de comercio, ante la Facultad, y hasta disfrutar de eso.

Todo lo anterior puede sonar muy bonito, toda una ética poscristiana, pero les advierto, imaginarios lectores, que soy una adulta avanzando inevitablemente en su treintena y puede que diga esto solo para justificar mi necesidad (y mi gusto) de ir a la EPS. Porque uno crece y la vida que en la niñez era jugar y en la juventud escribir trabajos finales, en la adultez es una tramitadera interminable, que la lleva a una a preguntarse si la racionalidad burocrática está realmente cerca de la razón o más bien de la sinrazón. El caso es que no importa cual de las posibilidades sea (ética bonita o autojustificación), porque ambas apuntan a lo mismo: a que yo me relacione con la aceptación. Aceptar —que no equivale a resignarse— es quizá el paso iniciático de la adultez. Ser niño es fusionarse con el otro, justificar la irresponsabilidad; ser adolescente es separarse del otro, pero sin asumir aún la responsabilidad; ser adulto es renunciar a los sentimientos de culpa que dejan esas dos etapas anteriores para asumir acciones responsables. 

En la resignación quedan dudas, fisuras, porque no es una decisión sino una imposición, mientras que en la aceptación hay conclusiones, metabolismo propio. En toda juventud hay una obsesión con las causas, con darle a vueltas al por qué, pero la adultez llega cuando se reconoce que así una tuviera todas las piezas del rompecabezas el resultado sería el mismo. María Martín lo sintetizó de una manera inolvidable: "Aceptar también es dejar de buscar las causas y redirigir tu camino a pesar de las consecuencias". 

Mi versión adulta busca reconciliarse con el no-saber para por fin hacer en lugar de rumiar en el pensamiento. Pero antes, quiero aclarar que esta actitud que dramatiza el saber/perfección no es una experiencia individual: nos ha pasado a muchas mujeres. Entiendo que el ser mujer en un contexto históricamente patriarcal ha influido en que nosotras tengamos esa predisposición a obsesionarnos con saber. Leía hace poco que a las mujeres las educan para la perfección (exceso de saber que idealiza) y a los hombres para ser valientes (hacer aunque no sea perfecto) y que esa era una fórmula que había llevado a la desigualdad económica en general. 

Darle tantas vueltas a las cosas, meterles tanto misterio, abrumarnos por cumplir con resultados (perfeccionismo), creernos que el mundo entero está en nuestros hombros y manifestar todo ello a través de la ansiedad y la anorexia no es un asunto de mera psicología individual, sino una respuesta de muchas mujeres a las condiciones sociológicas en que crecimos. Por eso agradezco las experiencias y la terapia que me han permitido revisar los lastres heredados y desprenderlos reconociendo que eso no era yo: es entonces cuando una se permite ser imperfecta, no sabérselas todas y aún así desarrollar la disposición al riesgo, de hacer cosas. 

Pero yo estaba hablando de relación positiva con los trámites, eso que antes creía tan aburrido. ¿Qué tiene que ver esto con la aceptación, la imperfección y el hacer? Creo que trámite es una palabra con mala prensa. La RAE dice que su etimología viene del latín trames, -ĭtis que significa "camino", "medio" y define dos escenarios "1. Cada uno de los pasos y diligencias que hay que recorrer en un asunto hasta su conclusión. 2. Paso de una parte a otra, o de una cosa a otra". Básicamente trámite es sinónimo de proceso y esa es una palabra importante para los adultos, en general, y paras las mujeres que renunciamos a la perfección, en particular. En el argot popular es habitual que se diga "procesar emociones, cosas, personas". Procesar equivale a entender que no todo se resuelve de un tirón, que la vida se hace a partir de momentos. Lo que me parece de valioso del trámite es que a ese conjunto de etapas le da un orden, una organización. Los trámites crean protocolos, reglas de juego explícitas y esa es la base de una vida saludable, es decir, flexible, que no se anda con suposiciones y que crea límites. 

Cuando una no ha aceptado la imperfección se cae en los excesos, en extralimitaciones y por eso es tan fácil abrumarse, angustiarse al creer falsamente que todas las tareas, que todas las experiencias tienen que hacerse ya, porque para antier es tarde. Pero del afán no queda, sino el cansancio y muchas visitas a la EPS. Para llegar a conclusiones una primero debe tramitar, hacer un camino, un método con el cual se construye, se verifica y se consolida. Concluir es digerir, depurar, todo lo opuesto a correr. El trámite racionaliza la experiencia para que podamos dejar la cobardía por la iniciativa, por ser propositivas. Racionalizar aquí no quiere decir tanto reflexionar como racionar, porcionar, dosificar los indicativos que marcan la realización de cada etapa .

El problema es que por la forma en que fui educada me ha costado percibir el hacer como un proceso y no como una meta. Esa presión explota por algún lado, en mi caso somatizando dolores y desvanecimientos. Con la tesis de maestría se puso de presente ese síntoma y el cuestionamiento de lo que me ha llevado a él. Lo cual no es suficiente. Muchos días me levanto pensando que tal vez no sea capaz de concluirla. Abrir el archivo me da pánico. Nuevamente el fantasma "resultado" y su cómplice "hacerlotodoya" (sic), me acobardan paralizándome. Por fortuna, tres personas que entienden el simbolismo de esta situación me han aconsejado que vea ese tesis como un trámite, o sea que no lo complique tanto. Una de esas personas vivió una experiencia similar de somatización cuyas huellas aún tramita, aunque ya se graduó hace un tiempo. Esa fue una conversación revitalizante, porque se ve que esta experiencia metaacadémica de las tesis es universal y así uno se siente menos solo y busca ser más atinado: es que el objetivo en este momento no ser reflexivo, idealista, perfeccionista, sino práctico. 

Decir que la tesis es un trámite es recordar que ella no representa ni mi identidad, ni mi vida entera. También que ella es un requisito dentro de un juego específico (la maestría) y, por último, que es un proceso, que se construye en la cotidianidad y no en una excepcionalidad abstracta. Los días recientes en que me he sentido más "empoderada" han sido en los que he hecho trámites con la EPS: agendar citas, solicitar autorizaciones o turnos, reclamar medicamentos, radicar incapacidades. Los propósitos se cumplen tras seguir unas reglas. Incluso cuando hubo retrasos o incumplimientos, la situación se resolvió y en otros casos hubo actividades que se agilizaron. El punto es que esa sensación de tener control y de ser resolutiva es poderosa. 

Este último trimestre es decisivo porque debo entregar el texto definitivo. Ya pagué matrícula e inscribí la materia. Para seguir estos pasos necesito potenciar y aplicar esa capacidad resolutiva que se construye día a día. Quién diría que la EPS y los trámites reforzarían la actitud que más necesito para dar este paso: para graduarme como magíster y como adulta, es decir una actitud pragmática a la danesa: "What I really need is to get clear about what I must do, not what I must know, except insofar as knowledge must precede every act". Es el propósito que anima la acciones desde agosto del año pasado. Pronto quiero celebrar el éxito de otro trámite, alegrarme por los certificados, por las conclusiones en el sistema y para aprender de aquí en adelante a no ceder en la ruta de la acción decidida. Así que, estimado lector imaginario, si ves esto encomienda mi último semestre académicos al Cristo atado. Nos vemos en los grados, esperando que haya podido reducir mis trámites en EPS. Muchas gracias. 

lunes, 31 de julio de 2023

Seguridad

I used to float, now I just fall down / I used to know, but I'm not sure now / What I was made for / What was I made for?

Este mes vi Barbie dirigida por Greta Gerwig y me gustó. Quiero decir con ello que la disfruté, que me sorprendió el pensamiento y que me emocionó, lo cual significa que la sentí cercana y, sobre todo, que me brindó coherencia. Incluso fui a dos funciones de la película, no solo porque me gustó, más bien porque ella representaba algo más que un guion puesto en fotogramas: Barbie ha sido ante todo un lugar de memoria en el que tejo complicidad con mi prima hermana, y con el cual quizá pueda suscitar en mi madre las inquietudes de un presente reivindicativo que quizá ella había intuido en su pasado.

Ante estos manifiestos, algunos lectores imaginarios —siempre lo son— dirán que resultan cursis, exagerados. Anticipo esta reacción porque he leído en redes sociales a quienes dicen abstenerse hablar sobre la cinta porque no es más que comercial de dos horas de duración. Esos comentarios me dan risa porque al comunicar la negación, lo negado es afirmado y expuesto. Yo solo pienso que nuestra mera existencia animal ya nos ha hecho consumidores, mientras que los siglos desde la Revolución Industrial en el siglo XVIII nos han hecho consumistas. Las variaciones del consumo es lo que une y a la vez separa el mundo de plástico de Barbieland, del mundo de plástico de cualquier ciudad del mundo. Es el agua en que nos movemos, So what? Personalmente me parece maravilloso que una película con una carga publicitaria tan deliberada y para nada disimulada, amplíe el fuelle de la reflexión. Que sea un producto para vender no impide que uno pueda pensar muchas cosas, incluso contra las ventas. Por su parte, la directora sabe que las ventas de las empresas involucradas están aseguradas y por eso, en un guiño satírico puede permitirse hackear un poco el sistema de la única forma posible: desde adentro. Greta asume el humor como su principal recurso narrativo para recordarnos en esta sutil sátira de qué se trata la vida humana: incomodar para lidiar con la incoherencia esencial de nuestra existencia.

Para mí lo más valioso de Barbie es que se trata de un relato para conjurar los idealismos. Por eso me parece un gran acierto que sean las mujeres quienes representan esta tendencia tan humanamente distractora que es idealizar. Porque es las mujeres a quienes culturalmente se ha presionado con más afán para cuidar la expectativa de "hasta dónde pueden llegar" para preservar un equilibrio social que se sustenta en la moralidad de su comportamiento, pero recompensa a los hombres con los privilegios derivados de esa ecuación. Pese a estas precisiones sociológicas sobre el género, lo cierto es que la película muestra que el idealismo es una distorsión que daña por igual unos y otras, a la especie.

El viaje de Barbie del mundo artificial al mundo real es el paso que hace el niño desde el narcisismo irresponsable hacia la realidad de la responsabilidad como terreno de la adultez. Y sí, seamos honestos, la realidad puede ser miserable, pero la mayor parte del tiempo son innecesarios dramas narcisistas y en cambio pueden experimentarse muchas alegrías. He aquí la secuencia clave de la película: nos dice Barbie que sin la muerte no hay deseo, que sin deseo no hay cuerpo y que sin cuerpo no hay realidad. Barbieland es la expresión de una gran psicosis colectiva, ¿no es acaso sospechosamente esquizofrénico estar convencida que se puede vivir en casas de dos pisos sin escalera y desayunar felizmente leche invisible?

Pero Barbie rompe su estado psicótico y descubre un organismo vivo, del que luego nace un cuerpo. Mas como todo nacimiento, este ser arrojado al mundo tiene consecuencias paradójicas: por un lado, la incomodidad, el displacer; por otro, la alegría. Por supuesto, la segunda solo llega cuando hay aceptación —no resignación— de la inexorabilidad de la primera. Por ejemplo, ir al ginecólogo, como lo hace Barbie al aceptar su cuerpo, no es la actividad más divertida, no representa ningún placer —a corto plazo—, de hecho, siempre representa dolor. No obstante, Barbie sonríe con ingenuidad, nosotras sonreímos porque es un proceso difícil pero que ayuda a ese cuerpo para que tenga la capacidad —salud— para vivir alegrías. Sin la dialéctica de la muerte, la vida no se valoraría.

Barbie estaba sumergida en su fantasía —igual que hacemos todos en la niñez— y no sabía que los sentidos la engañaban, porque ni siquiera era consciente de su existencia. Por eso el dolor cumple una función tan importante: es una alarma que nos hace prestar atención a algo que tendrá efectos duraderos sobre ese cuerpo. Así, el punto de inflexión de la narrativa es que Barbie adquiera consciencia y, sobre todo, experiencia de la muerte, de la imperfección, del dolor, del cambio, en otras palabras, de la historia —no de las ideas o ideologías inmanentes—. Es allí cuando aparece una realidad disruptiva porque es imperfecta: la representan los olores fastidioso, los dolores, el pan de plástico quemado y los pies en la tierra. Fue, entonces, el tiempo de la angustia ante el descubrimiento de la incoherencia esencial. Barbie lloró por primera vez.

Imagino que ella se preguntó: “¿Me estarán engañando los sentidos? ¿Si todo cambia en qué puedo confiar?” Sin embargo, una vez cruzado ese umbral —no sin esfuerzo— Barbie también descubrió otra acción potenciadora: la capacidad de resimbolizar, es decir, de jugar con el doble sentido de una palabra, de invertir sus significados y por vuelta imaginar lo que antes le aterraba como una posibilidad creativa. Veo a Barbie dándose cuenta de que la pregunta estaba mal formulada o, más bien, incompleta: “¿Y si los sentidos me engañan, por qué no los engaño yo a ellos?” Barbie aprendió a soltar el ideal y en ese punto pudo decir: "No soy lo que esperas que sea. Soy lo que yo puedo hacer". Pero... ¿A quién le dijo esto? ¿Ante quién se rebeló con justa causa? Aquí yo podría dar la respuesta simplista: los hombres; o la más refinada: el patriarcado. Sin embargo, me parece que es algo más cercano y concreto que sintetiza las angustias que aquellos generan: Barbie se rebeló, traicionó a su niña interna, esa que es ansiosa, caprichosa, insegura.

Cuando Barbie entró por primera vez al insólito mundo real, el principal síntoma de esa disonancia fue sentirse insegura por primera vez. Para alguien que siempre había sido totalmente fiel a sí misma, a su perfección, la duda se mostró como una fisura casi mortal. Pero, aclaro, esto no quiere decir que yo abogue por la autodestrucción, por el autoengaño o por la impostura, no digo que haya que traicionarse, así a secas. Digo que hay que ser lo suficientemente flexible como para saber traicionar ciertas emociones, sentimientos y pensamientos porque ellos no son hechos, ni son la verdad, son apenas transeúntes sobre los cuales sería un error basar decisiones. Barbie entendió nítidamente la sutileza de este método. Hay que traicionar el sentir, para ser fiel a una existencia propia y real. He ahí la base de la seguridad, de la coherencia que una demanda en un mundo que es constantemente inestable.

De todas maneras, yo sonrío irónicamente. Aquí estoy describiendo serenamente este recurso, pero la verdad es que me cuesta aplicarlo: ¿no es este el nudo de mi propio laberinto? Recién me percaté de que esa neurosis del celo ha sido un susurro permanente en mi oído. Ahora, gracias a la conversación con Mauricio esta se convirtió en una declaración contundente: ¿por qué le temo a la traición? ¿Por qué quiero sentirme especial para un otro cuya atención debe serme exclusiva? ¿Qué busco con esa atención? ¿Qué hago cuando la tengo? Nada, respondo... Luego me doy cuenta de esta verdad: la atención es solo un talismán, el truco tras este juego, mi propósito es hallar seguridad, coherencia. Mientras lo digiero conscientemente, Barbie me dice que además esa coherencia que busco no puede ser absoluta, ni perfecta, ni virtuosa. A propósito del honor masculino depositado en el comportamiento de las mujeres, traigo aquí la pregunta que nos hizo una mujer a otras que estábamos reunidas: “Y usted, ¿cómo la prefiere? ¿Bandida o agüevada? 'Obviamente, bandida'", respondió ella sin dudarlo. Pienso ahora que el uso despectivo de la palabra "bandida" vista sin prejuicio solo significa que se trata de una mujer aterrizada, que traiciona sentires e ideales propios y ajenos —patriarcales— para vivir su vida. La pregunta es muy útil para resolver los dilemas reales, es decir, los prácticos y no los filosóficos, que se presentan cotidianamente: “Y usted, ¿A cuál prefiere?" ¿La que pone los pies en la tierra o la que flota en una ensoñación ansiosa? Vamos, la respuesta no es difícil ¿O ustedes, lectores, qué creen?

viernes, 30 de junio de 2023

Potencia

No hay pasado por encontrar / No hay futuro para olvidar / Tu mirada siempre dice la verdad  / Olvidemos el tiempo que volverá - Futura memoria, Mr. Bleat

En estos seis meses he vuelto a enfrentarme a mis impulsos paranoides. La cercanía especial con una persona renueva mi familiaridad con los estados de alerta, la competencia y el afán de control. Mientras me decidí terminar con aquella situación que me enfermaba mi ánimo redirigí mi atención hacia mis actividades: ejercitarme, exponerme al mundo. De esa manera me sentí "empoderada", sentía como se restituía la fuerza, cómo se lavaban mis sentidos haciendo nítidos y alegres de nuevo. Entonces me sentía a gusto reconstruyendo lo que entonces entendía como "mi autoestima". Creía que este concepto que yo relacionada con la idea de poder había sido el antídoto contra los fantasmas y las fantasías. 

Por entonces había, para mí, un vínculo estrecho entre soledad y "autoestima". Creía que la soledad era necesaria para hacer realidad la autoestima. Pero como en la salud casi siempre se trata de la dosis adecuada, también me percaté de que la soledad excesiva puede ser sinónimo de miedo y que podía convertirse en un simulacro, en entrenamiento de burbuja no realista. Sí, fue necesario estar sola, pero pasarme hasta convertirla en aislamiento. Esta comodidad es extremadamente artificiosa. Concluí que la única manera de medir mi "poder" era enfrentándome a la realidad, es decir, a las nuevas relaciones que vendrían tras el incendio y el barbecho. 

Entonces él irrumpió y yo fui valiente: arriesgué con base en indicativos, pero con la certeza de que no podía imponer(me) certezas. Él se convirtió en presencia y yo también me sentía presente. Pero a medida que nos acercamos empieza la prueba de fuego para la "autoestima": permitirse la vulnerabilidad, sí, pero ¿en qué grado? En se punto se me coló nuevamente la sospecha, entonces la ausencia se hizo a presencia más fuerte: llegó la temporada de fantasmas, es decir, la paranoia. Sin embargo, esta vez soy consciente y quiero hacer algo diferente. Eso me digo, pero mientras tanto siento como esos mecanismos antiquísimos de mi historia parecen poseerme por completo. 

¿Confundir el amor con competir, con volver a mirar los otros del deseado en pasado y en futuro? No es cierto que el amor tenga que ver con la duda, pero sí es cierto que el amor pone al ego en vilo, exige entregar una parte de él, así que por instinto de conservación mi respuesta es desviar el foco como una manera de compensar esa pérdida (que luego veré que sí es ganar un poco). Por ahora solo siento que perder es "malo", y por efecto compensatorio me vuelvo paranoide: ya no soy la mujer curiosa, sino la niña voyerista. Las energías decaen y de ser propositiva paso a entregarme indolentemente a la pasividad. ¿Qué clase de retroceso es este? Me da un poco de rabia. Pero su existencia quiere decir que puedo hacer algo, yo misma me rebelo frente a mi lado caprichoso. 

Claro, ya me doy cuenta de que esa reacción primaria está fundada en preguntas mal hechas, necias: ¿dónde está mi "poder"?, ¿cómo "subir" mi "baja" autoestima? De esta manera solo me enredaré comparándome con otras personas. A esta vulnerabilidad, que digo, a esta victimización se suman la supersticiones sentimentalistas que alimentan la paranoia propia de la "baja" autoestima. Que si se llama Juan, que si le gusta Bizarre Love Triangle, que si ama a The Cure, que si profesa pasión Borges, que si profesa fervor Pessoa, que si le gusta la literatura como forma de vida, que si es profesor. Dicen por ahí que la vida amorosa es actualizar continuamente un deseo de otro, en otro y en otro. Este solapamiento (irracional desde cierto punto) me ha llevado a dudar del presente sobreponiendo dolores pasados asociados al Juan: ¿y la promiscuidad corporal y simbólica?, ¿y el ego alimentado de atención femenina?  

Recientemente leí que la "alta" autoestima no hace necesariamente más felices a las personas, por el contrario puede convertirse en una ruta peligrosa que lleva a la arrogancia, el egocentrismo y el narcisismo. Al principio parece un contrasentido, hasta un insulto a las recetas del siglo. Pero es cierto que la relación entre autoestima y poder puede llevar a nuestra especie más fácilmente al desbalance que al equilibrio. ¿Por qué? Porque este tipo de "poder" sigue volcado hacia fuera: quiere competir, demostrar, justificar. La "autoestima" a secas es una noción pirotécnica, que puede llevarnos fácilmente al ego y a la paranoia en el mejor de los casos, a la violencia en el peor. 

Confieso que no me es fácil evitar desenfocarme. Me he pasado mucho tiempo atendiendo hacia afuera. De hecho, hoy pienso que desviación externa es una forma del confort, de la pereza de mover el culo propio y de sentir el malestar que demanda el esfuerzo. Pero hoy tengo nuevas herramientas para no ser simplemente la mula terca que insiste en entrar al corral cuando va en una cabalgata para otros n destinos. 

Cada día trabajo por interiorizar que lo importante no es demostrar nadie mi "poder" sino construir y ser consciente de que tengo potencial. Esta es una diferencia sustancial en cuanto a la administración de la energía: el poder necesita justificar porque la alta autoestima es exhibirse, lucirse, ser lucido. Esa competitividad desgasta. El potencial, por el contrario, no grita, no es superlativo, solo brinda la consciencia de que existe una capacidad la cual no se aplicará para deslumbrar, sino para ser, porque es práctica. De esta manera me parece que se llega la lucidez, a ser lúcido. 

Como se ve el foco del potencial no está en otros —como pasa con el poder de la "alta autoestima"—, sino en uno y en vivir con la tranquilidad de saber sin tener que demostrarlo todo el tiempo, de qué es capaz un cuerpo, de que es capaz mi cuerpo. Será la alegría de la discreción el camino que seguiré transitando para reconocer la paranoia, sin inflarla y mucho menos dejarle robar mi presente, verdadera materia de la felicidad. 

martes, 30 de mayo de 2023

Solidaridad

No estés solo en esta lluvia / No te entregues, por favor / Si debes ser fuerte, en estos tiempos / Para resistir la decepción / Y quedar abierto mente y alma / Yo estoy con vos / Si te hace falta quien te trate con amor / Si no tenés a quien brindar tu corazón / Si todo vuelve cuando más lo precisás /Nos veremos otra vez. "Nos veremos otra vez" - Serú Girán


Algunas fuentes relacionan el origen del nombre mayo con Maya, la diosa de la castidad, la abundancia y la floración. Otras, lo asocian a la díada maius-magnus que significa magno, grande, majestuoso, lo cual resulta coherente con que en otros momentos mayo haya sido el mes dedicado a Júpiter, la máxima deidad de la mitología grecolatina. Personalmente pienso que ambos sentidos se complementan para explicar lo que viví en este mes. Puedo resumir los días más recientes como intensos, no necesariamente agradables a primera vista, pero con revelaciones fundamentales. Por eso asumo este tiempo, siguiendo la etimología del mes, como un majestuoso florecimiento. Esta prosperidad de la vida que experimenté tiene que ver ser testigo de formas de interdependencia con otras personas cuya constatación renueva esperanzas y disipa confusiones sobre la potencialidad del vínculo social.

Me gusta mucho revisar las etimologías como punto de partida en mis reflexiones. No me parece que siempre a las palabras se las lleve el viento, sino que, por el contrario, nos dan muchas pistas para que podamos usar el viento a nuestro favor, o por lo menos jugar con él. Esa exploración inicial en el lenguaje, me parece fundamental, porque nombrar es el comienzo de la existencia como reconocimiento y no como organicidad. Para mí vínculo social es sinónimo de solidaridad. Una de las definiciones de solidaridad que vi en una búsqueda superficial por internet dice que se refiere al adjetivo latino solidus, solida, solidum, “o sea, sólido, macizo, consistente, completo, entero”. Pero también al adjetivo que define “lo real, seguro, sin vanos artificios, firme”. Mientras tanto, la raíz de esta palabra también se asocia a verbos latinos, en este caso “solido, solidas, solidare, solidaui, solidatum”, que nos remiten a acciones específicas como “consolidar, dar solidez, asegurar, endurecer, soldar”. Todas estas definiciones me parecen pertinentes y para nada excluyentes entre sí.

En este mes la posibilidad de contar con otros o ver cómo otros cuentan con otros permitió que en un sentido simbólico y real mi espíritu y mi cuerpo se soldaran, se consolidaran, se realizaran sin vanos artificios y adquirieran consistencia. Quiero decir con esto algo que cada vez se me presenta con mayor nitidez: el antídoto contra la constitutiva incertidumbre de la vida es la confianza en las redes, los tejidos, las fibras que se trenzan en las relaciones sociales. Por eso considero tan importante rescatar una visión sincera y atinada de lo público. La subjetividad, la autonomía son dimensiones importantes para el desarrollo de las personas. Sin embargo, hay una delgada línea entre el autocuidado y el egoísmo. El egoísmo me parece una subjetividad neoliberalizada, es decir, que fetichiza la individualidad convirtiéndola en un fin que debe conseguirse a cualquier precio. Este sometimiento a la idea de éxito individual me resulta el terreno perfecto para que crezca la paranoia, ya que en un contexto de desmesurada competitividad se ve a los demás como potenciales enemigos, creándose un ánimo de permanente hostilidad. Uno de mis actuales manifiestos es que el miedo es el único enemigo del amor y de la vida, entendida como creatividad y capacidad generativa. Para mí la subjetividad es precisamente el espacio que hace contrapeso a toda forma de autoritarismo. Por eso es una paradoja y una tragedia que esa subjetividad pueda volverse autoritaria, o sea, egoísta. En ese sentido para que no cruce ese límite hay que estar atentos al grado en que se forma y se expresa, a cómo la calibramos. La subjetividad, a su vez, se relaciona con otra palabra: la de privacidad. Para mí la privacidad es la oportunidad de que la intimidad sea un lugar de exploración para la creación colaborativa, la creación conversada. Pero muy cercana en su etimología está una palabra tan parecida, pero con consecuencias tan opuestas. Me refiero a la privatización. La privatización es la interpretación distorsionada de la privacidad, es el exceso de privacidad, en otras palabras, que lo privado se traslade a TODOS los contextos, en detrimento de una concepción dialéctica en donde interviene lo público, como complemento y no como antónimo.

Por estos días retomé La Vergüenza escrita por Annie Ernaux. Allí encontré un pasaje que inspiró el nudo de esta reflexión. Dice ella que no puedo evitar "asociar la palabra privado con la carencia y con el miedo. Incluso cuando se habla de vida privada. Escribir es algo público". Aunque prefiero matizar su afirmación con respecto a su definición de la vida privada, estoy de acuerdo con que el miedo y la paranoia son los que hacen confundir esta vida privada con privatización. También estoy de acuerdo en que la escritura publicada (incluso aquellas que no están respaldada por editoriales, como la que ocurre en este blog) es deliberadamente y declaradamente pública. Que sea pública no significa que se renuncie a la subjetividad, sino al contrario que esta aspire a una construcción colectiva, a una exposición que va más allá del soliloquio en el espejo y que implica un riesgo (la vulnerabilidad), pero también una posibilidad (un diálogo amplificado). En lo que sí coincidimos Annie y yo es en que apostar por lo público es apostar por no rendirse ante el miedo: reconocernos interconectados es un factor que nos hace sentir más seguros para movernos y actuar; es decir, que el apoyo colectivo amplía la capacidad de maniobra de los individuos. Aquí recuerdo también a Jane Jacobs, la activista canadiense que defendía el urbanismo humanizado y quien dijo —según mi falible memoria— que un zócalo urbano activo brinda sensación y realidad de seguridad a los transeúntes. Trasladado a nuestro contexto latinoamericano, el hecho que esté la viejita chismosa —en la puerta o el balcón—, que haya pequeños comercios y tiendas de barrio significa que las personas habitan la calle y se protegen entre sí. Esta descripción que creo haber leído en Muerte y vida de las grandes ciudades me ha resultado práctica (puro sentido común) y también conmovedora (la solidaridad multiplica la vida).

Uno de mis principales intereses y motivaciones en esta vida es el que llamo "conectar". Me parece que la vida tan misteriosa y absurda como es se dota de sentido por las relaciones que establezcamos y la forma en que cada persona las aproveche y disemine. Por eso, me inquieta la tendencia moderna a la anomia (fragmentación grupal, aislamiento). Recusar del apego y del sentido comunitario es cuando menos pura necedad. Me parece importante que se promueva la comunidad, porque la entiendo como espacio para expandir las posibilidades subjetivas y no como lugar de obediencia. Por eso a la fecha todavía me emociona toda manifestación de solidaridad.

Decía al inicio que durante mayo esa esperanza en lo público, lo solidario, lo colectivo se renovó. Ello se debió a tres acontecimientos muy específicos y especiales. Primero, porque tuve la oportunidad de agradecerle a Manuel su generosidad y la disposición para conversar, para situarse horizontalmente en una relación pedagógica con nosotros. A inicios de mayo nos contó que dejaba el cargo. Fue una noticia agridulce: agria porque esa integridad es difícil de encontrar en relaciones laborales; dulce: porque es honesto consigo y con su ejemplo predica coherencia, parresía motivándonos a seguir unidos y trabajando por esa forma de vida.

Segundo, porque acompañé a mi novio a comprarle una máquina de coser a su mamá. Cabe apuntar que esta mujer tiene una historia de resiliencia increíble y que sigue en pie junto con sus hijos precisamente por estos hilos de afecto que han sido más fuertes que cualquier otra violencia. En este contexto los lujos o los antojos no han pasado de ser más que fantasías, ya que lo urgente era resolver la maraña de la existencia, ser pragmáticos. Pero ese trabajo tiene sus consecuencias, en este caso su recompensa, y así fue que, en el día de la madre de este año, ella tuvo su primera máquina de coser. Mi suegra define este momento como haber cumplido un sueño. Su alegría era incontenible, inocultable. Desde entonces cose todos los días y si algo me produce satisfacción es ver que alguien le saque gusto a un regalo, a algo que le interese mucho. Me pareció muy tierno todo lo que sucedió alrededor de esa máquina, especialmente, recordar que se trató de un gesto de solidaridad de su hijo, de una respuesta al apoyo mutuo que se han brindado, ya que ambos han renunciado a privatizar sus recursos, sus existencias, y ahora a él se muestra agradecido a través un acto solidario.

Y Tercero, porque en este mes me desmayé por primera vez en mi vida. No me di cuenta del movimiento, del desplome, ni del golpe en mi cara. Quedé privada. Y mira cómo se presta el lenguaje para jugar con el tema de esta entrada: quedé privada, pero la ausencia de un ánimo privatizante en mis seres queridos y en mi entorno fue lo que me ayudó a salir de esa crisis. Mi mamá estaba sola cuando ocurrió todo, así que su impulso fue salir y gritar a los vecinos, sobre todo, para que la vecina enfermera se enterara. Fue la vecina del lado la que primero dio aviso. Cuando desperté estaba rodeada de mujeres: mi mamá, mi prima que también es vecina, la enfermera, la cuñada de la enfermera. Recibí los primeros auxilios y luego el consejo de que me llevaran a urgencias por el golpe en la cabeza. Estas acciones hechas por Rita fueron útiles en sentido médico, pero lo más importante es que ayudó a que mamá se tranquilizara y pudiera avanzar en el tratamiento de mis heridas. Ese sábado estuve todo el día y parte de la noche en urgencias. Mi prima me acompañó todo el tiempo. Los días siguientes las vecinas preguntaban por mí, también rezaban y hasta me llevaban frutas. Mi abuela, otras primas y mi tío también estuvieron pendientes.

Esos días estuve débil de cuerpo, pero fortalecida en el espíritu, profundamente conmovida y agradecida con esta solidaridad que fue el principal insumo para reconstruir mi tejido corporal y moral. En medio del dolor de cabeza y la confusión por el golpe, de lo primero que fui muy consciente estando en el hospital era que esa actitud solidaria, además barrial y femenina, fue lo que me salvó en ese momento. Pienso entonces que la soledad es necesaria, sí, pero es cuando compartimos con otros que sus frutos adquieren propósito. Si viviéramos en torres privatizadas ¿cuál habría sido la respuesta de mis vecinos? ¿Podría llamarlos vecinos? ¿Tendría quizá una herida más profunda así hubiera logrado curar la herida física por otros medios? Probablemente en mí, que soy romántica, estaría abierta la herida de la indiferencia, de que lo privado, sea como cuestiona Annie, expresión de cerramiento.

La vida del vecindario, de mi vecindario con sus antejardines y su calle peatonal promueve un diálogo permanente entre el adentro y el afuera en el que ebulle la vida, la creatividad, la cooperación. Como la membrana de esta parte de la ciudad es porosa, el miedo sale y la creatividad y solidaridad entran. Me di cuenta, y sin intermediarios, que ni mi casa, ni la de mis vecinos están privatizadas, encerradas en sus mundos, sino que por el contrario seguimos conversando, seguimos intercambiando y seguimos cuidándonos. Es una experiencia, una prueba que viví de primera mano para seguir enamorándome de la vida en el barrio. Un aliciente para seguir buscando mi singularidad en permanente comunicación con el entorno. Gracias al barrio que me acogió y me levantó es que ahora puedo incorporar un nuevo sentido de vida: la experiencia de lo íntimo como un espacio que se sabe conectado (ni subyugado, ni dominante) de lo público. Es en su intersección donde la solidaridad se me mostró como un hecho. Con la nueva cicatriz en mi labio, pero con el corazón sano y alegre, hoy celebro su existencia.