Aunque llevo catorce años aprendiendo a hacer de historiadora, nunca tuve biblioteca. Bueno, sí, pero no. Esto depende de qué parte del árbol esté hablando. Si me refiero a la madera, no. Si me refiero al papel es un sí a regañadientes. Una biblioteca es a la vez un objeto tangible y una idea intangible. Tal polisemia representa en mi pensamiento una tensión constitutiva de mi relacionamiento consciente con el mundo real: la contraposición entre el trabajo intelectual y el trabajo artesano.
Mi familia es de origen obrero: sus integrantes carecen de formación profesional y de capital cultural significativo. Por tal razón, no me fue heredada ninguna biblioteca y los libros no fueron el paisaje más habitual de mi infancia. Sin embargo, el amor de mamá expresado cotidianamente en palabras, rápidamente despertó mi amor por el lenguaje. De ahí que desde los cuatro años me dedicara deliberadamente a estudiar como resultado de mi pasión por la lectura.
Quizá por esta razón me convertí en lectora frecuente de biblioteca pública. Mi primer acercamiento a la literatura se dio en una biblioteca administrada por Comfama. Allí no solo prestaban textos para cumplir con tareas escolares, sino aquellos que me interesaban. Además, como el emplazamiento era una vieja casona con patios repletos de árboles de mango, muchas veces me quedaba leyendo en sus jardines.
La biblioteca era entonces un espacio tangible, casi orgánico-vegetal, mientras que mi casa era refugio de escritura, pero casi nunca depósito de libros. Estas condiciones impidieron que desarrollara un fetichismo por este objeto, al cual asumí más como un material nómada y flotante que como una posesión: el libro era más un huésped que un habitante.
Cuando inicié la carrera esta situación cambió parcialmente. Mi volumen de lectura aumentó, pero esto no implicó comprar libros, sino reproducirlos apelando a un método tosco, pero barato: la fotocopia. El almacenamiento de estas hojas sueltas era fácil: todas terminaron en el fondo del closet. Lo que me interesaba del libro era sustraer la sustancia, no presumir sus materiales o aumentar su exposición en la vitrina-biblioteca.
Luego llegó el trabajo remunerado, la maestría, las amistades y los romances de adultez. Algunas de sus huellas tomaron forma de libros-regalo, los cuales fui depositando en un viejo mueble cuya función era alojar un computador de escritorio y de una pequeña colección de enciclopedias. Es por esto que la súbita llegada de libros a mi casa saturó el espacio, y coincidió —o más bien metaforizó— mi propia saturación frente al trabajo intelectual.
Al finalizar mi carrera, entré en contacto con escenarios artísticos que me mostraron "la creatividad" como un concepto esquivo: narrar, dibujar, componer, e interpretar la música eran actividades que —yo creía— me faltaban. Entonces por ser falta —vacío y error— cifré en ellas mi deseo. Novelistas, músicos, bailarines y pintores me parecían las personas más admirables. Por el contrario, leer me resultaba insuficiente y esa desnudez de sentido se convirtió en resistencia a ejercerlo: primero, dejé de escribir la tesis. Segundo, me negué a comprar libros, justificándome en la practicidad de leer digitalmente y reivindicando el préstamo. Por esta razón, también buscaba excusas para no construir una biblioteca, pese a que el mueble que la sustituía ya estaba dañado. Creía que si no tenía el espacio suficiente, sería más fácil cumplir mi promesa de no comprar o recibir más libros.
Lectura, libro e idealismo se transformaron en términos equivalentes, o sea, en objetos a rechazar. Aunque el universo de la lógica conceptual e ideal tiene coherencia absoluta y proporciona una verdad sólida, el hecho de que su naturaleza sea dominantemente abstracta le impide encarnar una realidad, esto es, convertirse en una sensibilidad in-corporada que se ve y hace ver. En otras palabras, el ideal carecía de cuerpo y, por extensión, una mera lectora como yo tampoco lo tenía. Por eso, estuve buscándolo desesperadamente. Creía que el arte me daría uno.
No obstante, estas divagaciones adolescentes tenían fecha de caducidad: entregar la tesis a inicios de 2024. Con ese compromiso a cuestas, me obligué a retomar el texto e inesperadamente redescubrí en ese camino una fascinación que rompió el goce del ideal artístico: resolver problemas. Y no fue porque me interesaran las soluciones, si no porque me percaté de mi capacidad para responder a los problemas que a su vez cada solución supone.
Esa fue la manera en que abordé la escritura: no como un rodeo mental, si no como un ejercicio práctico. Finalmente viví en cuerpo propio que se piensa escribiendo y que se escribe escribiendo. Fue un viraje sutil, pero significativo este de no conjugar la actividad intelectual en futuro o en pasado —cuya principal consecuencia es la hoja en blanco—, sino de conjugarla en gerundio. Así el lenguaje funcionó para mí como una tecnología y en esa mediación mi cuerpo se hizo visible.
Tal vez por ese cambio de perspectiva, esta tesis que antes simbolizaba el idealismo abstracto ha sido más que un embeleco intelectual. Aún hoy es una huella con impacto concreto: recordarme el "aceptar la realidad en los términos de la realidad" y multiplicar mi capacidad de trabajo. Porque trabajar no es otra cosa que desplazar el yo, situándolo en una red de intereses colectivos —por tanto contradictorios— y no en el centro de un universo imaginario fantaseado por uno mismo. Trabajar es por tanto otro sinónimo del servicio, de disponer el talento propio en función de las necesidades de otros, incluso, aunque desconozcamos sus rostros o su gratitud.
Esta nueva actitud me permitió transitar del fuero interior a un afuera exterior para situarme como mi propia observadora y así recalibrar mis caprichos reconociendo que muchas veces "me ahogaba en un vaso de agua". Agua de un mar inventado para negar que estoy sobre un altiplano frondoso y fértil que solo espera de mi acción para dar sus frutos. Renunciar a este ensimismamiento mental me brindó más humildad y, por tanto, mayor potencia al liberarme del peso de ataduras imaginarias. Fue así como desapareció mi resistencia infantil a tener una biblioteca. Quizá porque ahora la veía de una nueva manera: como resultado del trabajo artesano con la madera, la matemática y las manos.
A inicios de 2025 llamé a Julio, el esposo de mi tía, electricista, carpintero y reparador empírico (aficionado). Le propusimos un diseño discreto para un presupuesto pequeño, sin embargo, él nos lanzó una contrapropuesta asegurando que conseguiría precios preferenciales con su proveedor. La hoja con el dibujo y los cálculos terminó convertida en un mueble del ancho y el alto de toda una habitación.
Ya no me asustaban las dimensiones del objeto que otrora me resistía a construir. Al contrario, lo que más me gustó de este proceso fue constatar que una biblioteca es algo más que un conjunto de libros. Esta recuperó en casa el sentido de refugio orgánico-vegetal que tuvo como edificio frecuentado en mi infancia. Es verdad que la biblioteca no es solo una idea, no está definida por una verdad fundamental —última— de su identidad. La biblioteca como objeto desprovisto de atributos abstractos será la respuesta a una verdad práctica, es decir, a una verdad que surge del mundo real caracterizado por la escasez y la contradicción y que, por es razón, requiere soluciones de negociadas: en otras palabras, de interpretaciones adaptativas y no de tiranías ideologizadas.
Mi biblioteca es, por tanto, la interpretación que de ella haga con las manos, incluso aunque no sean las mías. Por eso la que construimos este año cuenta con compartimientos para guardar objetos misceláneos que hablan de una vida menos metafísica: plancha, aspiradora, fotografías, bolsos, sombrillas, cables, zapatos, pintura, decoración y luces navideñas, y la figura de la Virgen del Carmen que está aquí desde 1992. Por supuesto, están los libros visibles y un espacio más para los que llegarán. Mi ansiedad con forma de rebeldía adolescente fue neutralizada. De ahí que tener una biblioteca espaciosa no significa que ahora sea una compradora descontrolada de textos.
En lo que va de este año solo he comprado uno y me han regalado tres. Creo que para eso dejé espacios —lugares en falta—, esto es, para simbolizar las nuevas relaciones o interacciones que están por-venir. Este cambio también se refleja en un renovado sistema de valores cuyo principal signo son las personas que admiro. Hoy no son tanto los artistas como los artesanos. A estos los diferencio de los primeros porque son personas que canalizan la constitutiva compulsión humana —el afán de ocupar las manos— a objetos que resuelven eficazmente problemas cotidianos. Es decir, son quienes asumen e incorporan la definición del poder —y más aún e la potencia— como la capacidad de servir a los demás.
Ya no veo la creatividad como un concepto trascendental asociado a la fantasía de una coherencia identitaria individual, si no como un trabajo diario para movilizar la vida —o sea el caos— dándole un sentido colectivo a las intenciones individuales.
La creatividad artesanal es una práctica colectiva que teje solidaridades. Sin embargo, solidaridad no implica una armonía preexistente, sino una armonía que es creada al darnos la oportunidad de negociar entre más de uno, la mejor solución posible a cada situación específica. Esta especificidad quiere decir que la realidad en su complejidad comporta limitaciones y dilemas y que, por tanto, vivir, actuar, organizar una vida común significa elegir, esto es, renunciar a parte de lo que deseamos para que lo deseado sea haga realidad. La paz —con uno y los demás— exige renunciar a la plenitud y a la coherencia de los imperativos categóricos. Así se ven la biblioteca-objeto y los artesanos que la hacen.
Por eso atrajo mi atención una entrevista reciente del músico Mac De Marco en la que expone su salida parcial de los grandes escenarios para retornar al campo de su país natal. De Marco enfatiza que se alejó del alcohol, las payolas, y la hiperconectividad digital para desempeñarse como fontanero:
"En los últimos meses, me obsesioné con los pozos [...] Así que ahora me convertí en fontanero. Tengo un sistema de filtrado de cuatro etapas. No es bueno que haya manganeso en el agua porque, si supera una determinada cantidad, puede provocar una enfermedad cerebral [...]. Por eso hay que filtrarlo. Se ablanda el agua con sal en una máquina grande. A continuación, se pasa por una luz ultravioleta que mata todas las bacterias. Después de eso, puedes beber agua cristalina, hermosa y gratuita".
Esto va en línea con su álbum lanzado el 22 de agosto de 2025, titulado Guitar:
"Durante mucho tiempo, era: 'Oh, sintetizador'. Ahora, no me importa. Solo quiero una guitarra. Ni siquiera quiero efectos en la guitarra. Solo la quiero limpia, sin florituras".
Creatividad es aplicar todas las tecnologías del lenguaje, de la madera, del pan, del agua para resolver el afán de cada día, para tejer sentidos cotidianamente útiles con la madeja enmarañada que es la vida.
Una biblioteca práctica liberó a la biblioteca ideal. Del mismo modo, Mac De Marco —el fontanero músico—, William —el panadero—, o Julio —el carpintero— representan el modelo más significativo para mi presente de la relación entre saber y hacer, ya que resuelven en su saber-hacer, en el movimiento que transforma los materiales, la tensión entre intelecto y artesanía.
Ver a Julio armar este mueble mientras yo estaba frente a un computador revela lo que me parece un vocación: la aspiración creciente de cruzar hacia el camino noble, humilde y potente —pragmático— de los oficios. Porque el oficio es el trabajo de las manos que crean una vida mejor, adaptándose, moldeando la arcilla turbia de los días —la incoherencia de toda relación social— y no ansiando una vida con precisión normativa de ideales morales o estéticos que solo existen en los libros.
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