jueves, 25 de julio de 2019

Solo para Marta


Una tarde de abril trajo Solo a Marta. La penumbra del parque era interrumpida por destellos de espuma dorada y de electricidad ocre.
-El amarillo, ese color paradójico, pensó Solo. Así despuntaba el amanecer, así brillaba el oro soberbio, pero así moría el día y sepia era el color de las hojas que no se llevó el viento pero sí el olvido.
-Definitivamente la nostalgia era amarilla. Volvió a pensar Solo.
Marta tenía un buso negro y Solo una camisa blanca. Juego de antagónicos que, sin embargo, se fundió en gris. Gris de humo, más que gris de asfalto. Fueron nube de tormenta. Era la primera vez que Solo veía a Marta. Pero entonces, sin sospecharlo, Marta se volvió su hogar en hoguera. Casa ruinosa antes de ser construida. La espalda de la despedida que saluda con crueldad. La nostalgia, Marta.
-Solo, ¿me das un beso? Preguntó Marta.
-Marta, el cielo está iluminado. Respondió Solo.
Era luna nueva, la noche se alzaba plena y justo en ese momento hubo un apagón. El buso de Marta era negro. La mirada, luz Solo para Marta.

lunes, 8 de julio de 2019

Simulacro


Noche blanca. Sol negro. Las décadas: no atravesó en vano (vacío del muro) la vanidad y el resplandor. ¿Puede un ciego ser superficial? Esa pregunta va y viene siempre en las madrugadas que me ven con los ojos abiertos por la insistencia del falso idealismo (como toda exacerbación de la imagen). Ahí viene el bufón disfrazado de bilis negra. Error deliberado: confundir la ortiga con raíz.

sábado, 6 de julio de 2019

Podría ser


O también puede ser que, simplemente, esté romantizando la falta de empatía del otro. Las palabras se han tornado simulacros de autodefensa, conjuros que prolongan el hechizo de las máscaras. En todo caso, y aunque sean arbitrarias las divisiones del calendario, esta segunda mitad de 2019 empezó con la constatación del desamparo y la desestimación del esfuerzo. ¿Es por qué se cierne sobre nosotros?, ¿si fuera desde nosotros seríamos autoindulgentes? Hoy no importa, el presente es un grito de vísceras. Ni silencio, ni sermón. Pobre animal metafísico que sólo puede ser estertor de la noche. 


jueves, 4 de julio de 2019

Los mesías escriben en la arena


Cuando ni la autocomplacencia, ni una moral externa determinan las acciones y las reflexiones que estás generan, el tratamiento de las emociones se convierte en un trabajo arduo y autoexigente, pues libre de la tentación "delegacionista" (de culpas, de pesares, de ofensas) uno, aun encarnado por el apasionamiento, se pregunta más bien por los contextos y la circunstancias que les dieron origen y en las cuales se darán sus consecuencias.

No creo que, en la mayoría de interacciones, podamos hablar de víctimas y victimarios. Todo contacto iniciado deliberadamente (y digo esto para diferenciarlo de las situaciones de abuso) es sólo eso, una voluntad del encuentro. Y eso es maravilloso, porque dos personas hacen tregua de sus soledades constitutivas para trenzar en el lenguaje o en la caricia un tejido vivo de genuino compartir, por más que las máscaras funcionen como agujas de esa urdimbre. Ellas siempre nos acompañan, sin embargo, no es menos cierto que pese a ellas hay verdad y revelación pura en todo acto de comunicación.

Pero la ambición, la manía esquizoide de proyectar, es lo que arruina esa potencia mágica del presente. La corrupción del encanto se da entonces por su inmersión en las turbias aguas del futuro; allí donde nadan las miserias del ego. Anhelamos la validación del sujeto deseado, ser observados con detalle y atención, asentar nuestra identidad en su aceptación. Pero estas operaciones implican una ampliación (temporal y espacial) de la voluntad del otro, la cual no podemos controlar. Así, en el afán de reconocimiento alimentamos expectativas llenas de impaciencia y nerviosismo que terminan por agotar la belleza de esa transparente aurora en que fuimos uno.

La comunión es un presente autorreferencial. Su sacralidad reside en la entrega inmediata y en el olvido que se da de forma simultánea a su ocurrencia. Por supuesto, esta es una autoadvertencia que hago al constatar mi caída en el vértigo de competir desde la memoria, de condicionarme por un futuro escurridizo y de ceder al facilisimo de la tristeza y la ansiedad. Pero mi anhelo es otro: tú fuiste el mesías que destruyó la hoja seca del miedo; tú encendiste el fuego, pero el incendio ahora me pertenece. Y en él celebro un cálido bautizo.

Por eso mismo, quiero atenerme al regalo de una escritura contingente. Dijiste que ninguna escritura es inocente, que en el fondo es siempre fingimiento. Quiero asumir entonces el hecho de haberme honrado con tu escritura en la arena de mis playas; así hallaré tranquilidad en la pérdida de la palabra: será la prueba de tu paso benevolente, es decir, ligero (en tiempo y densidad) pero contundente. No será en la presión de una prolongación forzada donde hallaré mi dicha, sino en la suscitación de una vida nueva que se hará y deshará en sucesivos castillos de arena.