jueves, 25 de julio de 2019
Solo para Marta
Una tarde de abril trajo Solo a Marta. La penumbra del parque era interrumpida por destellos de espuma dorada y de electricidad ocre.
-El amarillo, ese color paradójico, pensó Solo. Así despuntaba el amanecer, así brillaba el oro soberbio, pero así moría el día y sepia era el color de las hojas que no se llevó el viento pero sí el olvido.
-Definitivamente la nostalgia era amarilla. Volvió a pensar Solo.
Marta tenía un buso negro y Solo una camisa blanca. Juego de antagónicos que, sin embargo, se fundió en gris. Gris de humo, más que gris de asfalto. Fueron nube de tormenta. Era la primera vez que Solo veía a Marta. Pero entonces, sin sospecharlo, Marta se volvió su hogar en hoguera. Casa ruinosa antes de ser construida. La espalda de la despedida que saluda con crueldad. La nostalgia, Marta.
-Solo, ¿me das un beso? Preguntó Marta.
-Marta, el cielo está iluminado. Respondió Solo.
Era luna nueva, la noche se alzaba plena y justo en ese momento hubo un apagón. El buso de Marta era negro. La mirada, luz Solo para Marta.
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