jueves, 4 de julio de 2019

Los mesías escriben en la arena


Cuando ni la autocomplacencia, ni una moral externa determinan las acciones y las reflexiones que estás generan, el tratamiento de las emociones se convierte en un trabajo arduo y autoexigente, pues libre de la tentación "delegacionista" (de culpas, de pesares, de ofensas) uno, aun encarnado por el apasionamiento, se pregunta más bien por los contextos y la circunstancias que les dieron origen y en las cuales se darán sus consecuencias.

No creo que, en la mayoría de interacciones, podamos hablar de víctimas y victimarios. Todo contacto iniciado deliberadamente (y digo esto para diferenciarlo de las situaciones de abuso) es sólo eso, una voluntad del encuentro. Y eso es maravilloso, porque dos personas hacen tregua de sus soledades constitutivas para trenzar en el lenguaje o en la caricia un tejido vivo de genuino compartir, por más que las máscaras funcionen como agujas de esa urdimbre. Ellas siempre nos acompañan, sin embargo, no es menos cierto que pese a ellas hay verdad y revelación pura en todo acto de comunicación.

Pero la ambición, la manía esquizoide de proyectar, es lo que arruina esa potencia mágica del presente. La corrupción del encanto se da entonces por su inmersión en las turbias aguas del futuro; allí donde nadan las miserias del ego. Anhelamos la validación del sujeto deseado, ser observados con detalle y atención, asentar nuestra identidad en su aceptación. Pero estas operaciones implican una ampliación (temporal y espacial) de la voluntad del otro, la cual no podemos controlar. Así, en el afán de reconocimiento alimentamos expectativas llenas de impaciencia y nerviosismo que terminan por agotar la belleza de esa transparente aurora en que fuimos uno.

La comunión es un presente autorreferencial. Su sacralidad reside en la entrega inmediata y en el olvido que se da de forma simultánea a su ocurrencia. Por supuesto, esta es una autoadvertencia que hago al constatar mi caída en el vértigo de competir desde la memoria, de condicionarme por un futuro escurridizo y de ceder al facilisimo de la tristeza y la ansiedad. Pero mi anhelo es otro: tú fuiste el mesías que destruyó la hoja seca del miedo; tú encendiste el fuego, pero el incendio ahora me pertenece. Y en él celebro un cálido bautizo.

Por eso mismo, quiero atenerme al regalo de una escritura contingente. Dijiste que ninguna escritura es inocente, que en el fondo es siempre fingimiento. Quiero asumir entonces el hecho de haberme honrado con tu escritura en la arena de mis playas; así hallaré tranquilidad en la pérdida de la palabra: será la prueba de tu paso benevolente, es decir, ligero (en tiempo y densidad) pero contundente. No será en la presión de una prolongación forzada donde hallaré mi dicha, sino en la suscitación de una vida nueva que se hará y deshará en sucesivos castillos de arena.

No hay comentarios:

Publicar un comentario